Fernando Maldonado – El fotógrafo y la modelo

Keka era una puta con la U bien alargada, una canción mil veces repetida, un culo rotundo y un cierto misterio. El genio vivo y los ojos grises, los tres lunares en la cara, la impaciencia infinita o el acento rolo en su voz de niña crecida y malhablada, de todo eso guardo memoria vívida, no necesito escuchar la cinta que lleva su nombre ni volver a mirar las cien fotos (ciento una, contando la que Susi se entretuvo una noche en garabatear hasta dejarla inservible) ni los cinco vídeos que conservo de ella para recordar los detalles. Anda, escribe tú ahora que ya me cansé, síguelo que yo me voy a poner un rato con las tetas parriba. Se tumbaba en la moqueta, las piernas muy juntas y muy estiradas, cruzaba las manos sobre el vientre y miraba a la araña con los ojos muy abiertos buscando la inspiración. Entonces el comedor de invitados de mi madrina tenía una moqueta de color verde claro, papel pintado en las paredes y una lámpara de araña envejecida y más bien pequeña que de todas formas le venía grande a la estancia. Entrar en esta casa es como meterse en la cápsula del tiempo, solía decir Keka cuando quedábamos allí para trabajar. Nada que ver con los techos acristalados de los salones, las puertas automáticas y los jardines japoneses de su casa de tres plantas llena de mil detalles que ya tanto añoraba a los escasos dos meses de instalarse en Madrid. En Bogotá no hay nada a medias, man, allí todos somos muy ricos o muy pobres, muy lindos o muy feos, muy buenos o muy cabrones.

Keka arrastraba el idioma en todos los sentidos posibles. Hablaba como si articular cada palabra le costase un esfuerzo infinito e inútil y usaba en cada frase mil vocablos indescifrables. Años más tarde conocí a Diana, también colombiana aunque costeña, y ella enamoraba con su hablar elegante y pausado. Esa era una nenita malcriada, nosotros tratamos el castellano mil veces mejor que ustedes, españolitos. El Madrid de Keka estaba lleno de hijueputas, pirobos, pendejos y malparidos, de gente y cosas que le caían en una y le rebotaban en la otra, desde el profesor calvo hasta el barman que no le ponía suficiente tortilla en el bocadillo, la compañera que le negaba los apuntes, el quiosquero que se demoraba con las vueltas, su tía viuda y sus dos primas, el transeúnte que estorbase su paso apresurado y altivo o yo mismo cuando le pedía que hablase más claro o caminase más despacio. Cállate y anda, güevón. Kilómetro y medio desde la calle Lagasca hasta la Escuela, que hacíamos en menos de diez minutos cuando era la casa de su tía, su alojamiento en Madrid, el lugar en el que trabajábamos. Cuando lo hacíamos en casa de mi madrina usábamos el metro para desplazarnos, y era allí, sentada en el vagón, el único sitio en el que Keka no hablaba. Nunca supe qué extraña fascinación era esa que la mantenía en silencio, escrutando con los sentidos afilados a cada pasajero que entraba o salía, cada sonido, cada pequeño detalle rutinario del viaje, seis estaciones y un transbordo desde Príncipe de Vergara hasta Alonso Martínez.

Belleza pasajera eres tú, y soy yo. En el metro, ni siquiera cantaba. En mala hora le expliqué que el hombre que cada tarde le miraba el culo en el bar era el líder y cantante de un conocido grupo de pop español. Esa misma noche se compró un CD y a la mañana siguiente lo escuchamos en el equipo de música de la madrina. A partir de entonces, canturreó constantemente -la mitad de los ocho meses de curso escuchando el mismo estribillo a todas horas- una de las canciones del disco. Mamavergas eran todos los compañeros de clase que se burlaban de aquella obsesión maltratando la canción, sustituyendo los versos originales por otros ingeniosos u obscenos. Hasta la profesora de Diálogo llegó a dirigirse a ella alguna vez llamándola Belleza Pasajera en lugar de por su nombre. Su nombre, Keka, que tampoco lo era; le costó más de un mes de confianza confesar que era Rocío el nombre con el que la bautizaron en Bogotá su madre andaluza y su padre antioqueño. No le gustaba, le sonaba antiguo y extravagante a la vez y se ponía brava conmigo o con cualquiera que osara llamarla alguna vez de esa manera. Y es que los enojos de Keka eran tan explosivos, frecuentes y caprichosos que acababan por resultar cómicos y pocos se sustraían a la malévola tentación de provocárselos.

¿Tú quieres verme sin ropa, verdad? Porque si quieres no tienes más que pedírmelo, y yo en cuantico me lo pidas te arreo un bofetón que te vuelvo del revés esa cara de niño bueno que tienes. Keka posaba sentada en el sofá de mi madrina con sus largos y delgados brazos extendidos sobre el respaldo tal como yo le había pedido: y si te quitas el jersey, mejor. Aún hoy sigo convencido de que era sincera mi protesta, de que era el deseo de hacer una buena foto lo que me motivaba para atreverme a pedirle que se quitara aquella rebeca, casi siempre la misma, en la que cabían dos Kekas, que se desabrochara un botón más de la blusa o adoptara una postura sexy. Fue tal vez nuestra condición común de forasteros en aquel Madrid de mediados de los noventa lo que nos acercó para formar grupo de trabajo. Ocho meses de curso, clases en días alternos y un proyecto a desarrollar por parejas que había que presentar en mayo a modo de examen final. Convinimos un calendario de trabajo que respetamos escrupulosamente más o menos hasta la mitad de curso, hasta el momento en que empezamos a posar desnudos el uno para el otro. Ignoro qué habrá hecho ella con esas fotos y esos vídeos, retratos de cuerpo entero, primeros planos, interpretaciones de escenas clásicas y autorretratos en pareja. Poco después de conocernos, Susi descubrió la caja donde yo guardo todo eso, decidió por su cuenta que aquella colombianita era mucho más guapa que ella y se tomó cumplida venganza pintando de rojo los pezones oscuros de Keka y de amarillo su vello púbico, poniéndole orejas de burro y dibujando un globo que salía de su boca en el que escribió: “Hola, soy la sudaca sorrita”.

Lunes guión, martes fotos e iluminación, viernes vídeo y producción y sábados por la mañana de cotejo y repaso de detalles. Algún miércoles íbamos solos o con más compañeros a ver películas en versión original subtitulada o a mirar libros. Pablito el melenas, un chaval de La Moraleja que abandonó el curso a la mitad, estaba loco por Keka. Antes me jalo una teta que dejarme invitar por el nene ese, me decía cuando yo bromeaba con la forma en que él la miraba. Keka tenía una relación formal con un ingeniero industrial ocho años mayor que ella, de familia aún más rica que la suya, un tipo jovial y excéntrico al que yo conocí en abril, cuando viajó desde Bogotá para estar cuatro días con su prometida, que no llegó virgen al matrimonio. En realidad, no sé si finalmente se casó con él, pero sí que aplazó la primera fecha de boda fijada. No  he vuelto a verla personalmente desde que se marchó de Madrid al terminar el curso, aunque aún nos mantuvimos en contacto unos meses por teléfono y cartas. Andas hermoso, me dijo un día a modo de saludo en el vestíbulo del cine Alphaville, dándome una palmadita en el hombro y desplegando un segundo más de lo habitual una de aquellas sonrisas casi imperceptibles, de tan fugaces y sobrias, que muy de vez en cuando se asomaban a su mirada y sus labios rollizos.

Andas hermoso, me dijo. Aprendió pronto a usar las expresiones peninsulares y desde ese momento se cagaba en la leche o en todo lo que se menea con la misma soltura con la que amenazaba con dar una hostia a quien se burlase de su forma de hablar o me pedía que siguiera follándola porque estaba a punto de correrse. Después, relajada y contenta, desnuda sobre la cama, se divertía a veces repitiendo en bucle interminable “tu polla y mi coño, tu polla y mi coño” mientras señalaba con sus dedos largos mi sexo y el suyo alternativamente, como si pretendiera que aquellas palabras pintorescas para ella quedasen grabadas a fuego en su imaginario particular. Belleza pasajera eres tú, le cantaba a mi verga ya declinante, empapada de sus jugos y los míos, y a continuación estallaba en una risa feliz celebrando su propia ocurrencia. En la intimidad de aquellas camas Keka sí reía con facilidad contagiosa. Al principio se descojonaba viva y más tarde se partía el culo, o quizá fue al revés, ya no recuerdo cuál de las dos expresiones aprendió primero. Lo que no abandonó nunca fue aquel “lapuuuuta” ante todo lo que la sorprendía, la asustaba, la enfadaba o la alegraba, que era casi cualquier cosa, porque el genio de Keka era una cuerda constantemente tensa y vibrante que no aflojaba jamás.

Fernando Maldonado – Venus de la pantalla

Me queda un deseo: no apagues hoy la luz, no hay color en la oscuridad. Una tarde la tía viuda de Keka nos recibió con sonrisa preocupada y modos apresurados e inquietos, tan distintos a la cordialidad y la buena disposición con la que habitualmente nos tenía preparados el despachito para trabajar y la merienda para el descanso. Si nos perdonas un segundo, Albert, tengo que darle a mi sobrina un recado de sus papás. Keka me agarró instintivamente la mano durante unos segundos antes de que su tía se la llevase a la cocina, me la apretó con fuerza y clavó sus ojos en los míos. No he olvidado aquella mirada, la cuerda vibrando: no había sorpresa ni sobresalto, sino un temor confirmado. Keka sabía lo que iban a contarle. Aguardé en el despacho tomando café, repasando el trabajo del día anterior. Apenas veinte minutos después abrió la puerta con una sonrisa forzada, se sentó en la silla del otro lado de la mesa, tomó aire y por fin habló: a qué esperas, güevón, dame esas hojas, vamos a currelar que estamos retrasados. Teníamos una camarera enamorada de un hombre misterioso que cada día se sentaba en la misma mesa del restaurante, un maletín con dinero y una prostituta que fue testigo involuntaria del crimen. El final de la historia fue lo primero que decidimos, y habíamos avanzado mucho en el segundo acto pero andábamos atascados en el tercer punto de giro y en el diseño definitivo de la escaleta. Keka, tan sólida y tenaz siempre, flotaba por la estancia sentada enfrente de mí. No lograba concentrarse y acabó pidiendo una tregua. Se incoroporó, dio una vuelta por la habitación tarareando con la mirada perdida un fraseo de su canción fetiche: ahora que eres mayor, has comprendido. Arrastró la silla hasta colocarse a mi lado. Dime algo en catalán, anda, me dijo mientras alargaba su mano para acariciar la mía. Le gustaba oírme hablar en mi lengua materna, escucharme sin entender, abandonarse al eco del idioma en mi voz.

Bellesa passatgera. Hace dos años y pico, encendí el televisor y me topé súbitamente con los tres lunares del rostro de Keka, vestida con cofia y delantal de doncella a la vieja usanza. Era un episodio de un culebrón de mala muerte en el que no volvió a aparecer hasta una semana después, vestida exactamente igual y recitando la misma y única frase: “enseguida, señora”. Desde entonces grabé todos los capítulos para verlos por las noches al regresar a casa, pero sólo aparecía esporádicamente, interpretando a esa criada que apenas permanecía unos segundos en plano. Busqué en internet la ficha de aquella serie televisiva y vi su nombre en el equipo técnico, como operadora, guionista y actriz ocasional. Nada más pude averiguar a través de la red sobre ella o sus circunstancias. Sí encontré, sin embargo, viejas noticias de prensa acerca de un hombre con sus mismos dos apellidos que guardaba un parecido físico más que evidente con Keka. En Bogotá no hay nada a medias, man.

(Ver parte 2ª)

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7 comentarios en “Keka (parte 1º)

  1. Me encantan los textos así, tan largos… (bueno, no todos, sólo los tuyos)
    Buen fin de semana jefe.

    PD: Como buena secre (puñetera) he visto una errata en el penúltimo párrafo.
    Besos grandes

  2. Gracias, BB. Procuraremos darle ritmillo al tema. Besos.

    Lunera, tú ya sabes el final, te lo veo en los ojos. Ni se te ocurra contarlo.

    Jajaja, Invisibla. Veo que tú también tienes venganzas por cumplir. Es importante colocar bien las comas, porque si no estás expuesta a que cualquier chistoso tontorrón (yo mismo) le saque punta a las frases. Pásalo bien. Besos.

    Secre, me pones muy difícil lo de despedirte. Buen trabajo, ahora mismo lo corrijo. Me he ruborizado con eso de que sólo te gustan mis textos. Buen fin de semana, guapa.

  3. Hola, Albert:

    Tras pasar una temporada en el purgatorio, pagando por mis anteriores excesos en tu blog, retomo la lectura de tus post.

    Keka, Keka, Keka…

    Mucho me temo que la esperada continuación no disipara la incógnita que más me llamo la atención. El hecho o la situación alrededor de la que mi visión del texto gira y gira tras terminar de leerlo.

    En eso coincidimos, creo, en esa misteriosa y extraña “paz alerta” de Keka según se subía al metro:

    “Keka no hablaba. Nunca supe qué extraña fascinación era esa que la mantenía en silencio, escrutando con los sentidos afilados a cada pasajero que entraba o salía, cada sonido, cada pequeño detalle rutinario del viaje, seis estaciones y un transbordo desde Príncipe de Vergara hasta Alonso Martínez.

    Belleza pasajera eres tú, y soy yo. En el metro, ni siquiera cantaba.”

    En segunda lectura, intente buscar las pistas de esa fascinación silenciosa. Pero faltan elementos claves para intentar descubrirla, no se si esa fascinación era temerosa o no. Si Keka ponía excusas para coger el metro o para no cogerlo. Si eso le pasaba en otros tipos de transporte colectivo publico o no, etc., etc.

    El resto del texto nos presenta a una Keka homogénea, dentro de su originalidad: impulsiva, agresiva (sobre todo a la defensiva), rebotada, locuaz e inquieta (bueno, menos cuando buscaba inspiración tumbada en la moqueta, mitrando la araña).

    No se, debo ser raro, es como en “El silencio de los corderos”, lo menos importante es quien era el asesino en serie costurero. Aquí, solo tengo un interés pasajero por saber lo sucedido con sus padres, por su potencial hermano y por como llego Keka a ser una estrella renacentista de culebrones low cost. Lo que no puedo quitarme de la cabeza es esa imagen de una Keka silenciosa, alerta, sentada en el rincón de un vagón de metro.

    Y lo malo (o lo bueno) es que como nunca sabre que motivos le hacían comportarse así, puedo imaginarme múltiples historias, razones o, quizás lo mejor, ninguna razón en especial.

    Un saludo:

    Sanan.ex

    Odiosa P.d.: Por mi deformación habitual.

    Sí, unos 7 minutos si vas por la Calle Zurbarán.

    Mejor rolo que paisa, pero… problema, el “ustedeo”, el uso de “usted” en vez de “tú” en el dialecto bogotano. No es que sea una norma general, de hecho, las excepciones al ser más habitual en las clases socio-económicamente más altas y en ciertos ámbitos, podrían validar su uso por Keka, pero… si en el resto de su “habla” es tan… rolo, extraña un poco el uso del “tú”.

    “Seis estaciones y un transbordo desde Príncipe de Vergara hasta Alonso Martínez. “. ¿Quizás tu memoria te juegue una mala pasada y el transbordo no seria en Goya en vez de Príncipe de Vergara?

    Si, el disco es de 1992.

  4. Hola, Sanan. Fue un placer disfrutar de tus excesos, lo es aún mayor verte de nuevo por aquí y todavía más grande constatar que uno cuenta con lectores tan atentos, críticos y agudos Si me permites la pequeña confesión personal, he tenido muy presente en estos últimos meses aquel comentario que dejaste aquí hace ya tiempo a propósito de la eficacia de las tropas auxiliares de las Legiones romanas. Tenía ganas de darte las gracias por esas líneas, y aprovecho la primera ocasión.

    Al grano con Keka. No, me temo que no despejarás esa incógnita acerca de esa especie de hechizo que la atrapaba en los viajes en metro, porque yo mismo, lo digo en el texto, nunca supe a qué obedecía. Alguna vez bromeé con ella sobre la cuestión y nunca me dio respuesta más allá de sus habituales desplantes cariñosos, por llamarlo de algún modo. No, no se trataba de una fascinación temerosa, ni ponía excusa alguna para no viajar en metro, sino todo lo contrario, le gustaba. No recuerdo haber estado nunca con ella en ningún otro transporte público. Sí en coche, como habrá ocasión de leer en la segunda parte, pero a los coches estaba más que acostumbrada. Es todo lo que puedo decir para alimentar tu imaginación sobre los motivos de ese extraño embrujo. No descarto, sino más bien todo lo contrario, que imagines más y mejor que yo.

    Inquieta era un rato, sí, te lo aseguro, bastante más de lo que me siento capaz de describir. Y sí, efectivamente, esa inquietud tenía siempre un aire defensivo. Joder, siete minutos: deduzco que caminas por lo menos tan deprisa como ella… ¿Por qué vais tan deprisa? hay que disfrutar del camino. No recuerdo a Keka usando el ustedeo con ningún conocido, ni tampoco a Diana, al menos de forma individual. Sí es cierto, y es algo que me has hecho recordar, que ambas lo hacían invariablemente cuando se dirigían a varias personas a la vez; ninguna de ellas utilizaba nunca el “vosotros”, si la memoria no me falla. Sobre el transbordo, lo que quizá me haya jugado una mala pasada sea la capacidad de expresión, más que la memoria: sí, por supuesto, el transbordo era en la estación de Goya, cómo olvidarlo; quise decir que el viaje se iniciaba en Príncipe de Vergara y terminaba en Alonso Martínez. Supongo que eso no ha cambiado, aunque hace años que no frecuento el metro. “Sí, el disco es de 1992”: jajajaja; perfecta rúbrica a lo Sherlock Holmes. Genio y figura, Sanan.

    Repito, un auténtico placer tenerte aquí. Un abrazo.

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