Entrecintas

Esta la pago yo

He coincidido fugazmente con Nacho Campillo en dos momentos de mi vida. Recién llegado desde Barcelona, le veía cada atardecer de un largo mes de invierno en un bar del centro de Madrid. Como yo mismo, andaba ocupado por allí cerca y usaba aquella cafetería de paso para distraerse un instante con un par de cañas, un pincho de tortilla y el culo de Keka, mi acompañante habitual, al que no perdía ocasión de echar un vistazo en cuanto se terciaba. Años más tardé me topé con él de nuevo, esta vez en -literalmente- el fin del mundo, de la mano de una morena cuyas curvas, en justa correspondencia, conservo todavía en mi memoria. Seguir leyendo