Para María José García Sánchez, víctima de ETA

Para Ana Franco Salguero, desaparecida

El 2 de febrero de 1954, día de la Candelaria, mi madre perdió para siempre a su única hija.

A las cinco de la tarde comenzó la ceremonia en San Nicolás de Bari. “Bendice a nuestros hijos y concede que crezcan sanos, no permitas que el mal anide en sus corazones”. Terminadas las preces, la acercó hasta el altar de la mano y una vela encendida en la otra, luz que alumbra las naciones. El Padre Cristóbal tomó a la niña en brazos y la alzó hasta la Virgen: “Madre, es tuyo, protégelo”.

A las seis, Isabel las esperaba en la puerta de la iglesia. Era prima lejana de la familia, sus padres habían emigrado a Vizcaya mucho antes de la guerra y a los veinticinco años, viuda y huérfana temprana, regresó a una ciudad que no conocía, reclamada para entrar a trabajar en la casa de la calle Moratín cuidando de la cría. Tenía exactamente la misma edad que su señora y bien pronto congenió con ella, Aurora fue siempre de fácil trato y carácter afable, risueño y gentil como el azahar y el jazmín de las plazas y las calles. También con la ciudad que era suya solo por sangre Isabel se avino desde el principio. Habían bajado a paso tranquilo las tres por la calle Albareda y la Cuesta del Rosario, un paseo largo que Aurora pagaba a gusto cada domingo. A ella también la bendijo la Candelaria en San Nicolás antes de cumplir el año y creció con esa devoción más bien ligera y festiva, nada era grave ni demasiado sobrio en su genio ni en sus querencias o costumbres, apenas las formalidades de ser hija y esposa de militares y más que eso la prudencia obligada de su condición, qué remedio, hija, la esclavitud del linaje, le decía a Isabel entre risas a solas en las habitaciones o los frescos patios. En la intimidad de aquellas estancias, Aurora dispensaba a Isabel de llamarla “señora” y la animaba a tutearla, me llevas dos meses y además somos familia, niña, déjate de señoríos. Pero jamás lo hizo, qué hubieran pensado sus padres. Hoy, bien entrado el nuevo siglo, en los ochenta años de las dos, sigue tratándola de usted y de señora.

La niña había hecho buena parte del camino hasta la iglesia también caminando, a sus nueve meses y catorce días era capaz de dar muchos pasos seguidos agarrada a las manos de su madre y su nana, que en la Cuesta se alternaban cargándola en brazos y comiéndole los carrillos a besos, rosa de mis entrañas, reina de los ángeles, cuánto te quiero. Era cosa común para quien conocía a ambas pensar y decir que la cría había heredado de su madre no solo el nombre y la belleza sino también el garbo, el don de gentes, la agudeza y la curiosidad precoces. De haber sido macho llegaría lejos, quién sabe si a obispo o a general, o a ingeniero. Quizás cirujano, añadía siempre Isabel.

-Mire el cielo, señora.

Mirando a las alturas y olfateando el aire, así la encontró Aurora cuando por fin se abrió paso entre la algarabía de madres y niños que abandonaban la iglesia para congregarse en la puerta intercambiando saludos, carantoñas y cuchicheos antes de coger cada una su camino, todas a casa o a tomar la merienda en alguna cafetería. En el rato de la misa se había levantado un aire extravagante y ajeno que no invitaba a alargar la cháchara. Aurora tardó aún un poco más en llegar hasta Isabel porque Aurora niña se encaprichó en acercarse andando a su nana por su propio pie, no aceptó siquiera la mano de su madre, que la seguía riendo con los brazos extendidos por si la excursión terminaba en tambaleo y tropiezo, no fuera a mancharse el abrigo rosa porque por lo demás era dura, nunca lloraba ni aunque cayera de cara o se hiciera cardenal, ya tenía uno en la barbilla de días atrás.

-Cielo color panza de burra, nieve segura.

-Anda ya, Isabel. Ni mi abuela que la Gloria guarde habrá visto nevar en Sevilla.

-Mire esa nube parda, hinchada como una pústula. Está rabiosa por romper y aliviarse. En el norte las tengo muy vistas.

No la creyó pero aún así elevó también los ojos, más fascinada por el entendimiento o la intuición de la muchacha acerca de aquella insólita nube, en verdad lo era, que por la posibilidad de ver la predicción cumplida. El aire traía además un olor intruso a témpano y un tacto de vidrio gris que raspaba la piel. Sintió un escalofrío y buscó la mano de su hija para abrocharle el abrigo.

-Va a nevar. Pronto y fuerte. Lo que yo le diga.

No la encontró, ni en el intento primero y todavía distraído ni después, cuando bajó los ojos y no vio ni su mano ni su abrigo ni sus rizos, ni a su vera ni un paso ni dos más allá, en ninguna dirección de la placita. Isabel se alarmó antes que ella misma, cuando la escuchó nombrarla todavía en voz baja; sus cortos y vacilantes pasos no le habrían llegado para alcanzar las esquinas ni la puerta de la iglesia, estaría detrás de alguna de las madres todavía rezagadas o jugando con algún chiquillo, oculta en aquel laberinto de espaldas sin querer o por diversión, no sería la primera vez que salía de algún escondite fugaz y cercano riendo y agitando los brazos. Aurora buscaba con la mirada, todavía confiada, sin apenas moverse del sitio, pero antes de tener tiempo siquiera de angustiarse vio cómo Isabel apartaba sin demasiados miramientos a cada uno de los críos y las mujeres, casi a empellones, alguno se echó a llorar y las madres miraron también a su alrededor hasta que todas abandonaron la charla y la llamaron en voz alta acercándose a los rincones y las bocacalles. Mientras, Aurora entraba otra vez en la iglesia vacía y recorría las cinco naves diciendo su nombre, convencida aún de tener ocasión de darle en el culo hasta hacerle llorar tras hallarla escondida por guasa y capricho detrás de una de las dieciocho columnas de jaspe rojo, o en alguna de las capillas, tal vez los interminables altares y pies de retablos que ahora se le hacían fastidioso enredo y le fatigaban el aliento. Ni Don Cristóbal ni sus monaguillos la habían visto entrar pero también ayudaron a buscar y miraron hasta en la sacristía. No supo cuánto tiempo estuvo allí dentro, tres, cinco o diez minutos antes de salir otra vez todavía crédula, fiada a que ya estaría en la plazuela en brazos de Isabel. Lo que sí recuerda aún hoy es que antes de salir se persignó más supersticiosa que devota ante el altar de la Candelaria y que su última mirada, estremecida, fue para la hornacina que albergaba La Piedad. También que cuando salió encontró a Isabel en el centro de la plaza, negando con la cabeza, los ojos quebrados y las manos desnudas sobre el pecho bajo los primeros copos de nieve. Nevaba en Sevilla el día en que yo me perdí.

Cada 2 de febrero, día de la Candelaria, celebro mi cumpleaños y mi onomástica. Mi madre siempre tomó por recompensa del cielo haberme dado a luz el día de la virgen de la que era tan fiel y severa devota ya en el campo, de donde había llegado con su marido a finales de la década de los cuarenta para buscar en la capital trabajo y vivienda estables que les ofrecieran más porvenir que los cortijos y los jornales. En Triana continuó su devoción por la Candelaria en la iglesia de San Jacinto. Allí se desplazaba cada mañana de misa desde la casita del Barrio León en la que gastaron los ahorros de una vida. Aún estaban amueblando los dormitorios cuando mi padre consiguió trabajo en la construcción del tapón de Chapina para domar el río, sólo unos años antes anegó calles en las dos orillas y se tragó a vecinos que luego aparecieron flotando aguas abajo.

Mi madre me alumbró el 2 de febrero de 1953 en mi casa de la calle Regla Sanz, asistida por Dionisia, una partera titulada de la calle López de Gomara. Hasta cumplir los ocho años, nunca salí de esa casa, ni siquiera para ir al colegio o acompañar a mi madre en sus visitas a San Jacinto. El día de la gran nevada del 54 se había perdido en el centro, en la iglesia de San Nicolás de Bari, una niña con la misma edad que yo tenía entonces, apenas un año de vida. Se supo hasta en el Barrio León porque todo lo que quedó de ese año y aún los dos o tres siguientes la buscó la Guardia Civil por toda Sevilla y la provincia y más allá, y aquello dejó a mi madre desde ese mismo día una aprensión tan grande que sólo me permitía salir al patio y casi ni asomarme a la ventana para que no me pasara lo mismo; si se llevaban a las hijas de las familias ricas, qué no harían con las de gentes que habían llegado del campo. No tuve más hermanos ni muchos juguetes porque el sueldo de mi padre en el tapón y luego en la dársena y el puerto no daba para más que pagar la casa y los avíos, pero mi madre siempre estaba conmigo, me hacía chistes, me cosía muñecas y armaba juegos y columpios con tablas y cuerdas. Me enseñó a leer y a contar y además yo sabía entretenerme sola porque desde la cuna tuve curiosidad e ingenio, por muy pequeñas que fueran la casita y el patio les saqué partido y crecí tranquila y con buen carácter. Yo fui feliz en Triana.

La primera vez que salí de mi casa fue muy poco después de cumplir los ocho años, un Domingo de Resurrección. Mis padres me llevaron en autobús a Gilena, el pueblo de la Sierra Norte en que los dos habían crecido, para asistir a la procesión de la Hermandad de la Sagrada Resurrección, Niño Jesús Perdido en el Templo y Nuestra Señora de la Candelaria, así se llamaba con justicia porque tenía dos pasos, uno con la imagen del Niño Dios, que salía primero hasta esconderse en la plaza del Ayuntamiento, y más tarde el que llevaba a la Virgen, que iba en su búsqueda recorriendo las calles del pueblo hasta que por fin ambos se encontraban ante la alegría de todos los vecinos, que al paso de las dos procesiones tiraban caramelos y polvorones desde las ventanas. Me acuerdo de haberme echado muchos de limón al bolsillo, y de las lágrimas de mi madre, y de la fuerza con que me apretaba la mano cuando la Candelaria encontraba por fin a su Niño Perdido. Luego me comía los carrillos a besos, rosa y ángel de mi vida, cuánto te quiero. Desde entonces volvimos todos los Domingos de Resurrección a Gilena para ver esa misma procesión y ella siempre lloraba y me apretaba la mano con la misma fuerza. Cuánto me quiere aún, a sus ochenta años.

Me nacieron los pechos encerrada en aquella casita del Barrio León y cuando tuve mi primera regla, alta ya y con el cuerpo tan cambiado, a mi madre se le pasaron un poco aquellos temores que tan celosamente guardaba por los desalmados que se llevaban niñas chicas de las calles. Me cosió tres vestidos para que la acompañara a San Jacinto cada mañana, y más de una me llevó también al mercado del Altozano y a las tienditas de telas y costura del barrio; al año siguiente, cumplidos mis doce, empecé a ir a la escuela. Para entonces mi padre era ya capataz en el muelle del Batán y ganaba lo bastante para cambiarnos a una casa más grande en la calle Azucena, y hasta para comprar un televisor, qué locura, éramos los únicos del barrio que lo teníamos pero todas las demás niñas sí salían a la calle. Veía con mi madre el parte y los concursos, pero a mí lo que más me gustaba eran las películas, sobre todo las de policías, vi muchísimas y ni pestañeaba, eso me dice mi madre todavía cuando voy a visitarla. De esa misma buena época llegó también un Seílla 600 de segunda mano que mi padre pagó a plazos y con el que íbamos ya no solo a las procesiones de Gilena, sino también de excursión a echar el día en el campo o en los pantanos, una vez también fuimos a conocer Córdoba y otra a Cádiz y comimos allí. El Martes Santo siguiente a cumplir mis quince años, no sin resquemor de mi madre, que al final consintió llevarme, crucé por primera vez el puente de Triana y puse el pie en Sevilla, para ver la procesión de la Hermandad de la Candelaria.

Cogí la escuela con tantas ganas que los maestros aconsejaron vivamente a mis padres que aprovecharan la agudeza y la curiosidad extraordinarias de su Candelaria y le dieran estudios tantos años como pudieran. Como aquella nana Isabel soñó que podría haber hecho algún día la niña perdida Aurora de haber nacido varón, a los dieciocho comencé mis estudios de medicina, la única mujer del Barrio León en la Facultad y quién sabe si en toda la Universidad, de eso no pude enterarme. A principios de los setenta, una futura médico en Sevilla sólo podía esperar terminar como pediatra, ginecóloga en el mejor de los casos con mucha suerte y tesón y una familia que le despejara el camino, y yo había nacido y crecido en el Barrio León y por ninguna de esas salidas sentía disposición ni gusto. Abandoné en el tercer curso sabiendo muy bien lo que de verdad quería hacer. No fue fácil ni siquiera para aquella niña de tan extraordinarias capacidades.

En diciembre de 2009, hace poco más de un mes, el Ministro presidió en Madrid una ceremonia de homenaje por el 30º aniversario de la primera promoción de mujeres inspectoras de policía en España. De aquellas cuarenta y dos que entonces juramos el cargo solo faltó María José, con la que coincidí en la Academia y luego trece meses en la Brigada de Estupefacientes de Sevilla. Después se marchó a Madrid, y trabajando para la Central de Información la mató a bocajarro un balazo de ETA. Hicimos buenas migas desde el principio, continuamos hablando casi a diario cuando se fue de aquí y creo que en estos treinta años nunca he dejado de conversar con ella. No he vuelto a llorar desde entonces, ni siquiera en el entierro de mi padre. Ni siquiera cuando cayó en mis manos un antiguo informe del caso de Aurora Pineda, desaparecida en la puerta de la iglesia de San Nicolás de Bari en la tarde del 2 de febrero de 1954, el último día que nevó en Sevilla.

Abandoné Estupefacientes muy poco después de la Expo, cuando el periódico empezó a publicar enredos de los que yo había advertido reiteradamente por vía reglamentaria. No me sirvió para otra cosa que para ganarme la inquina de mis propios compañeros, tan machitos, tan pagados de sí mismos, tan sevillanos; sé que están rodando una película sobre todo aquello, un director de aquí, de La Alameda, ni siquiera iré a verla, para qué. En aquellas películas que yo veía de chica en el televisor de la calle Azucena y aún en las que hoy ponen en los cines, la policía de homicidios se dedica exclusivamente a investigar muertes violentas. Yo entré en la Academia creyendo eso mismo, pero en mis más de quince años en el Grupo de Homicidios apenas he trabajado en muertos, como ninguno de mis compañeros; nos dedicamos sobre todo a quienes quizás lo estaban pero pocas veces acabaron estándolo, los desaparecidos. No son pocos en una ciudad como esta, pero tampoco muchos los que no han terminado por aparecer por su propio pie o de nuestra mano la mayoría de las veces. Casi desde que entré en el Grupo tuve sobre mi mesa el caso de Ana Franco, una madre joven del Polígono Norte a la que se tragó la tierra en diciembre de 1997, también las madres desaparecen y por lo que sé el caso aún sigue abierto. Durante al menos dos años trabajé casi en exclusiva en ella. Una de las líneas de búsqueda me llevó a pedir informes de expedientes dormidos ya archivados en Madrid. En una de esas solicitudes periódicas me los enviaron todos, absolutamente todos, aún no sé si en un exceso de celo o por pura hartura de mí y mis ideas. Exactamente doscientos ochenta expedientes sin resolver en Sevilla capital, el más antiguo de los años veinte. Entre ellos estaba el de la niña Aurora Pineda.

“Tengo el honor de participar a V.S. que de las averiguaciones practicadas por personal afecto a esta Jefatura, resulta que…”. El informe no es demasiado largo, apenas diez folios mecanografiados a doble espacio. “Los datos que pudieron adquirirse son muy confusos y apenas se ha podido precisar…”. Añoro a María José, la única amiga que he tenido. Tal vez, nunca he pensado en ello, fue el recuerdo de su ataúd cerrado lo que me disuadió de pensar en formar una familia, de exponerme siquiera más allá de una noche, unos meses a lo sumo, siete el que más me duró, un compañero que tampoco arriesgaba a dejar dolientes. “Que Luisa C.P., de 38 años de edad, casada, natural y vecina de esta ciudad, con domicilio en la Calle Conde de Ibarra Nº 9 de la propia, refiere que, asomada a la ventana de su domicilio por ver la nieve caer, llamó su atención el paso anormalmente apresurado por esa misma calle de una mujer de mediana edad alejándose de la expresada iglesia de San Nicolás de Bari, con una niña de corta que no sabe precisar en brazos. Que no pudo distinguir el rostro de la mujer por llevar esta un pañuelo en la cabeza y no tener tiempo suficiente para verla y dificultárselo además lo copioso de la nevada. Que tampoco pudo ver apenas el de la niña pero está cierta de que lo era por llevar esta un abrigo de color rosa y el cabello rizado y peinado como es costumbre peinar a las hembras. Que la reseñada niña lloraba con un llanto muy vivo que la citada mujer procuraba apagar en lo posible poniendo una mano en su boca. Que la niña tenía una visible contusión en la barbilla que ella se figura producto de una caída propia de esas tempranas edades. Que las siguió con la vista observando cómo la mujer aligeraba aún más el paso por la citada calle hasta el punto de topar con algunos transeúntes. Que finalmente las perdió de vista a ambas, siempre una en brazos de la otra, a la altura de la Plaza de las Mercedarias. Que otros testigos que a continuación se relacionan acreditan en todo o en partes el relato de esta vecina pero no añaden ningún otro dato ni conjetura de provecho para las pesquisas…”.

No era necesario consultar el Registro Civil, me bastaban los fugaces e inesperados destellos de mi memoria y sobre todo las preguntas que nunca quise hacerme. Yo fui feliz en Triana, aun encerrada en la casa durante mis primeros doce años, sin escuela ni paseos ni amigos ni familia ni más trato con  mayores ni chicos que el que tuve con mis padres. Pero lo hice, nueve meses después de leer ese informe constaté que ninguna niña había nacido jamás en aquella casa de Regla Sanz y que la hija de aquellos inmigrantes de Gilena que con tanto esfuerzo construyeron un futuro para ella, la única estudiante mujer del Barrio León en la Facultad de Medicina, fue inscrita en el registro ya con doce años cumplidos, alegando desconocimiento de las leyes y los trámites. Aún están disponibles los archivos del antiguo Consejo Nacional de Auxiliares Sanitarios, no sería difícil seguir la pista de aquella Dionisia matrona titulada si en verdad existía y seguía viviendo. No en la calle López de Gomara ni en ninguna otra de Sevilla, la encontré en Barcelona gastando sus últimos años al cuidado de su hija, que me ayudó para convencerla de que me contara lo que yo ya sabía sin haberla escuchado: lo único que hizo respecto a mi madre fue confirmar lo que ya le habían dicho otras parteras en Gilena, que tenía las entrañas del revés y jamás engendraría hijos. Mi madre sigue viviendo en la calle Azucena, entre su pensión y mi sueldo podemos permitirnos una muchacha que está con ella cuatro horas al día. La llamo a diario y voy a verla cada semana, y en cada una de esas visitas le hago entre chistes la relación de los desalmados y bandidos que he atrapado en los últimos días.

Apenas se necesitan dotes, instrumentos ni trabajo policial para seguir la vida de Aurora Solís desde el mismo día de su nacimiento hasta hoy, basta con una hemeroteca. La familia contrató detectives privados, se sucedieron los habituales falsos avisos, medradores atrevidos y gentes anónimas que de buena fe o por ganas de notoriedad dieron rastros que a ninguna parte condujeron, todo ello con mucha más intensidad y constancia tratándose de un caso tan sabido, todavía hoy sigue sufriendo llamadas y cartas, imposturas y embustes. No quiso tener más hijos, se negó en redondo y contra toda evidencia confió siempre en que su Aurora aparecería algún día, por su propio pie o de nuestra mano. Enviudó con la misma edad que yo tengo ahora. Cada día de la Candelaria, no ha faltado ni uno desde entonces, va a San Nicolás acompañada de Isabel, ambas en la candorosa esperanza de que quizás quien se la llevó la traiga de vuelta a la puerta de la iglesia donde la vio por última vez, dando sus primeros pasos mientras ella la seguía riendo con los brazos extendidos, no fuera a abrirse la herida de la barbilla o a mancharse el abrigo. Allí mira cada febrero a las madres del año anterior llevando a sus hijos de la mano para entregarlos a Dios.

Hace diez años que abandoné el Cuerpo, retomé mis estudios de medicina y a mis cincuenta y siete ejerzo de ginecóloga en una clínica de Nervión. En los últimos tres febreros, yo también he estado en San Nicolás el día de la Candelaria. Las observo de lejos, desde la cristalera del Bar Mármoles, enfrente de la iglesia. Las dos tienen ya paso torpe pero siguen haciendo a pie el camino hasta la calle Moratín, imagino que ese empeño forma parte de la ceremonia del candor forzado y la marchita esperanza.

El 10 de enero de 2010 volvió a nevar en Sevilla, tras cincuenta y seis años sin un solo copo en la capital. Apenas cuajó, pero en cuanto vi las primeras gotas de aguanieve salí de casa sabiendo que las encontraría en la puerta de San Nicolás de Bari. Allí estaban, bajo la nieve blanda, agarradas del brazo, mirando gastadas a su alrededor en la plazuela vacía. No entré en el bar, me quedé fumando en la puerta. Aurora me miró fugazmente al pasar a mi lado y me dio los buenos días con su voz exquisita, ya arrugada. Isabel también lo hizo, pero apenas segundos después, subiendo la calle Muñoz y Pabón de vuelta a casa, giró la cabeza para observarme un instante antes de continuar el camino con su señora bajo la nieve. Nevaba en Sevilla el día en que la niña Aurora se perdió para siempre.

Foto de Cabecera: Fernando Ruso / Pepo Herrera / Ayto. de Sevilla

6 comentarios en “Candelaria

  1. Muy agradecido, señora y señores. Triste y dura, sí, es posible. Recuerdo que antes de empezar a escribirlo leí algo sobre dos de los personajes reales que aparecen en el relato (tres en realidad, también se alude sin nombrarlo a Alberto Rodríguez, director de cine sevillano, a propósito de su película “Grupo 7”, que nunca me canso de recomendar). Ni la de la policía María José García, asesinada en plena juventud, ni la de Ana Franco, que no era joven ni guapa ni rica ni glamourosa y sigue desaparecida 25 años después, son precisamente de las que alegran el día; supongo que algo se me contagió de esa melancolía cuando empecé a teclear. Pero bueno, cabe consolarse pensando que mi inspectora Candelaria fue feliz en Triana. Gracias de nuevo, Viejecita, Notas (un placer verle por aquí), Perro.

  2. Quien eres tú y porqué escribes en el blog der niño??
    Chiquillo, siempre me ha gustado como escribes, pero este regreso tuyo es.. espectacular…graciasss.
    La historia tiene esa belleza rara que da la tristeza, el paseo por Sevilla es precioso…pero que pena me da la pobre Aurora, no me gusta nada la actitud de la protagonista, que doló de madre.
    Beso casto.

  3. No le hagas esas preguntas, Pepi; bastante conflicto de identidad le supongo ya a la protagonista como para echarle más encima. Me has hecho pensar con eso de que “no te gusta su actitud”; lo que me has hecho pensar es que no lo había pensado, ni en este caso ni en ningún otro: creo que me resultaría imposible escribir una sola línea si juzgase a mis personajes mientras los escribo. O puede ser simplemente que sean estos terrenos ambiguos los que ahora más me atraen. Qué dolor de madre, sí, pero hay dos, y otra más que implícitamente ha renunciado a serlo. Yo no sé cómo se reparte ese dolor, ni quiero saberlo. Para eso, en todo caso, estáis los lectores. En fin, me ha quedado el parrafito un poco pedante y puede que tópico; no podía ser de otra manera, me falta práctica y quizás me sobra pudor, no suelo comentar (ni siquiera comentarme a mí mismo) el trasfondo de mis propios textos (más pedantería), pero casi que me has empujado a hacerlo, chica astuta. No es la primera vez, ni la segunda, que sale Sevilla en este blog: mi querida Eugenia, de la que hablé en unos de los primeros textos que publiqué aquí, vivió en la ciudad durante años y yo iba a verla casi cada fin de semana, ella fue la que enseñó con detalle esa joya que es la iglesia de San Nicolás de Bari, tan modestita por fuera y tan imponente por dentro. Mil gracias, un beso casto y una frase de una canción que yo creo que ya te he puesto otras veces y que repito abajo porque nunca me harto de ella: “El río le dice a Sevilla: ¡ay si te cojo en Sanlúcar borracha de manzanilla!”. Ñam.

Comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s