Rot se instaló en casa sólo un día después que yo. Era un irish terrier de extraordinario pedigrí nacido en el mejor criadero de la propia Irlanda, un lujo que yo nunca hubiese querido ni podido pagarme. Mónica lo consiguió gratis después de una larga y trabajosa cadena de intercambio de favores, contactos y negociaciones propiciada por uno de sus compañeros en el zoológico. Se presentó en casa con él en brazos, cuando el cachorro apenas contaba con mes y medio de vida y yo aún no había trasladado la mitad de mis cosas. Le había pedido que me consiguiese un buen perro para mi nueva casa, pero aquel carísimo y rojísimo peluche me abrumó cuando lo depositó en mi regazo. Tú quédatelo y no preguntes, no quiero que estés aquí tan solo.

Viví mi primer año en Madrid en un destartalado, minúsculo y ruidoso apartamento de la calle del Salitre por el que pagaba un alquiler digno de una mansión. Apenas once meses después decidí trasladarme a algún lugar cercano a la sierra; por entonces trabajaba en el norte de la capital y la zona me apetecía y me resultaba conveniente. Encontré pronto lo que buscaba, un pequeño adosado con jardín por el que negocié un precio inferior al que pagaba en Lavapiés, en uno de los pueblos más pequeños de la Comunidad de Madrid. Los “madrileños” éramos allí bienvenidos a cambio, por ejemplo, de no inscribirnos en las peñas ni montar negocios, es decir, de no participar en modo alguno de la vida interior del lugar. Sólo se trataba, obviamente, de una ley tácita no escrita, pero efectiva al punto de que los capitalinos que osaban poner tienda eran sistemáticamente boicoteados hasta obligarles al cierre. Por lo demás, la gente era algo ruda y bastante fea -siglos de mala vida y alimentación insuficiente a las espaldas-, pero más o menos hospitalaria y agradable. Yo hice buenas migas con Armando el frutero, un diletante vocacional que, si no lo atajabas, podía retenerte durante horas en su tiendecita hablando de política; con Rufino el de los periódicos y con la bella -provenía de antigua inmigración- Rocío, simultáneamente panadera del pueblo y concejala por el PSOE. Mónica me visitaba casi todos los fines de semana, y Rot creció haciéndome compañía.

Cada atardecer me esperaba impaciente para dar su paseo largo del día; por la mañana apenas tenía tiempo para sacarlo un rato, de modo que al caer la noche se esparcía a sus anchas por los retamares cercanos al pueblo o, si nos alejábamos más, por las alamedas y juncales que bordean el río. Amparo y Sheila tomaban a menudo los mismos caminos que nosotros, de modo que en ocasiones coincidíamos en el encinar, otras en la alameda, alguna vez al otro lado del río. Sheila era una munsterlander esterilizada de la misma edad que Rot, con el que pronto hizo buenas migas. A Amparo, que también era de mi misma edad, la vi por primera vez el día que firmé el contrato de alquiler. Caminaba por la calle Mayor del pueblo azotando el trasero de su hijo y gritándole como si el chaval acabase de destruir el mundo; el crío llevaba la camiseta de Figo con el 7 a la espalda, es decir, la que vistió en el Barça, cosa que inevitablemente me hizo sentir simpatía por él y un cierto recelo  por aquella joven de formas rotundas que le martirizaba; al notar mis pasos se giró, se topó con mis ojos y se ruborizó con una rapidez que yo jamás había visto, avergonzada de que un desconocido hubiese contemplado su ataque de rabia. Pocos días después pude comprobar que era la pescadera del pueblo; me envolvía el salmón otra vez con las mejillas coloradas, en completo silencio, rehuyendo mi mirada, todavía azorada -eso me lo confesó más tarde- por la reprimenda que tuve ocasión de contemplar.

Desde el breve encinar había una vista magnífica de la vega y los picos de la sierra; en los días buenos, podía distinguirse además el perfil mudo y lejano de la gran ciudad, con las Torres KIO en primer plano. El ayuntamiento había colocado en el sendero que rodeaba el bosquecillo un par de bancos de madera para los vecinos que apeteciesen de contemplar el paisaje, especialmente al atardecer, cuando el ocaso entre las gastadas montañas matizaba las líneas, los olores y los sonidos “para regocijo de los sentidos y sosiego del espíritu”, como rezaba una breve leyenda inscrita en el respaldo de aquellos bancos. Era muy raro el día en que no disfrutaba de al menos un cigarrillo sentado allí, acompañado únicamente por Rot. Una tarde de primavera encontré a Amparo en el banco, tejiendo distraídamente coronas y pulseritas con el abrótano y las aliagas que habría recogido por el camino. A pesar de todo el salmón que ya le había comprado y de las innumerables ocasiones en que nos cruzamos en las calles del pueblo y en los paseos de los perros, seguía bajando los ojos y ruborizándose al verme. Son para la niña, me dijo después del saludo mostrándome aquellas pequeñas filigranas, intentando tal vez que ese gesto tierno borrase de mi mente la imagen de la mala madre. Además del pequeño Figo, tenía otra más joven y estaba casada con Pedro, el dueño de uno de los tres talleres mecánicos que había en el pueblo, el que tenía más cerca de casa y elegí para las pequeñas reparaciones e instalaciones en el Audi que mi hermano Carles me había regalado cuando me marché de Barcelona; ese coche, en mucha mayor medida que mi propia persona, me había concedido el respeto de todo el pueblo, pero especialmente el del marido de la pescadera, que no perdía ocasión de invitarme a una caña en cuanto se terciaba. No era lo único que le gustaba de mí; cuando creyó tener la suficiente confianza, intentó hablarme de macho a macho de otra de mis pertenencias: de lo buena que estaba mi novia y lo bien que tenía que mover ese culazo. No es mi novia y yo no te pregunto por tu mujer, coño. Acompañaba la respuesta con dos codazos en el costado: cojones, que no es lo mismo, ya me lo dirás cuando te cases. Y además, añadía con el mismo gesto burlón, la Amparito es más sosa follando que los pescaos que vende.

Tienes mano para eso, le dije, seguro que la niña estará guapa con ellas. Amparo me sonrió complacida, con su eterna mirada huidiza y el rubor en las mejillas. Me senté a su lado  y encendí un cigarrilo mientras los perros correteban hasta la alameda. El sol se ponía olvidadizo sobre la Sierra de la Cabrera cuando me ofrecí para atar una de esas pulseras en su muñeca derecha, entregada en completo silencio sobre el respaldo del banco que compartíamos. Las fibras eran tan finas que la tarea requirió concentración y buena vista, pero aun así no fue difícil percibir que, mientras yo trabajaba en su brazo, los ojos de Amparo recuperaban el tiempo perdido en tantos meses de miradas esquivas. Los sentí posados, veloces e intensos, sobre mi cabello, sobre mis labios, en mi camisa distraídamente abierta y en mis muslos ceñidos por el vaquero. Cuando el sol desapareció definitivamente tras el Pico de la Miel dejando la vega en la penunbra azul de aquellas noches de primavera, besé la palma de su mano, tan cercana. Sheila, perseguida por Rot a un palmo de distancia en su regreso del río -era la hora de volver a casa-, se detuvo bruscamente a un par de metros, alzó la orejas y dejó el alegre rabo inmóvil cuando  vio la boca de su dueña pegada a la mía. Rot la imitó por un instante pero después fue el primero en echar a correr de nuevo por el camino que más alejaba del pueblo. Amparo olía a aquella fresca penumbra azul.

Dime una cosa, me dijo sin mirarme, con la mano recién engalanada acariciando mi pierna y la larga y oscura melena descansando en mi hombro. ¿Te gusta encontrarme cuando sales con el perro? Ya sé que le gusta jugar con Sheila y que por eso cogéis a veces este camino, pero ¿vienes por aquí siempre por él? No, contesté buscando otra vez su boca. Entonces, sin variar la postura, tomó mi mano y entrelazó sus dedos en los míos. ¿Tienes condones? Preguntó sin mirarme. No, le dije. Me cautivaban su tacto fresco y su aroma azul oscuro, el absoluto silencio apenas matizado por su respiración serena, por las carreras lejanas de los perros, las aún más lejanas voces procedentes de la vega y del pueblo, el canto angustiado de una avutarda perdida y el sonido de la última bandada de estorninos. Amparo apretó el lazo de sus dedos en los míos antes de atreverse con otra pregunta en susurros. ¿Es verdad que eres escritor? Soy psicólogo, le dije. Ya, pero me han dicho que también escribes, y que te publican en los periódicos de la zona. Sólo en una revista, esa que sale cada quince días, y casi no me pagan. Un alcavarán descuidado anunció su vuelta al trabajo. La noche era franca cuando Rot se acercó corriendo delante de Sheila para observarnos de nuevo. Se echaron jadeando a nuestros pies, intuyendo sin duda que el regreso a casa no se demoraría. Amparo me besó fugazmente el cuello y luego retomó la misma postura. ¿Me has escrito algo? preguntó bajando un poco más la cabeza. Se la alzé con una mano y la besé en la boca con toda la delicadeza de que fui capaz. Un poema, le dije, pero no lo tengo aquí y no sé si lo recordaré entero. Entonces buscó decididamente mis ojos. Dime lo que te sepas, me da igual que no te acuerdes de todo. Me da no sé qué, le dije. Por favor, insistió acariciando instintivamente el lomo de Sheila. Acerqué la boca a su oído y recité unos versos:

Amparo,

¡qué sola estás en tu casa

vestida de blanco!

(Ecuador entre el jazmín y el nardo.)

Oyes los maravillosos

surtidores de tu patio

y el débil trino amarillo

del canario.

Es un poco más largo, le dije, pero no me acuerdo bien de las siguientes estrofas y no quiero estropearlo. Se había abrazado a mí y percibí que la humedad de sus ojos traspasaba la tela de mi camisa. Tonto, dijo cuando se recompuso, yo no tengo canarios, y tú no has estado nunca en mi patio. Pero tienes un vestido blanco, le dije, te he visto con él más de una vez. Lo demás es imaginación, sueños despierto que tengo algunos días. ¿Puedo preguntarte otra cosa? Claro, respondí. La chica esa rubia ¿es tu novia? No lo sé, le dije acariciando las puntas de su pelo. Me besó en los labios varias veces seguidas y después palmeó la cabeza de su perra. Las dos se pusieron en pie al mismo tiempo y Rot, más caballeroso, también se levantó antes que yo. Mañana te traes las dos cosas si quieres, me dijo Amparo por el camino. El resto del poema y los condones.

Pero a la noche siguiente quien apareció con Sheila, que se quejaba de los tirones de su amo, fue Pedro, el mecánico marido de Amparo. Se sorprendió al verme y me saludó tan cordial como siempre. Me ha tocado sacarla a cagar, me dijo ofreciéndome un cigarro. La Amparito está mala, me dijo sin más explicaciones. Preferí no preguntar. Quiso hablarme de nuevo de Mónica, pero eludí la conversación una vez más. Al día siguiente fui a comprar salmón, aunque ya tenía mucho en casa. Pero la pescadería estaba cerrada. Amparo está mala, me dijo Pilar la del bar desde arriba. ¿Mala de qué? le pregunté. Pilar esbozó una sonrisa afilada y cerró el balcón sin contestar. Ecuador entre el jazmín y el nardo, pensé al pasar por su puerta.

(Ver parte 2ª)

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6 comentarios en “Amparo (parte 1ª)

  1. Lunera: la vida da vueltas y vueltas, ya sabes. Besos.

    Honey, Marpart, gracias. No creo que haya que esperar mucho para la segunda parte. Ese es mi propósito al menos. Besos y abrazos.

  2. Jefe, me encanta. Deseando que publiques la segunda parte.
    Permíteme comentar que creo que lo de ligar paseando al perro es una leyenda urbana (o rural, según el caso). O quizá es que mi perrete es demasiado guapo para que se fijen en mi 😉 jejeje.
    Besos

  3. Nerea, permíteme tú a mí otro comentario: vete a un pueblo pequeño y, además de con ese perro guapo, paséate en un deportivo potente y échate un medio novio que llame la atención y que te venga a ver sólo de vez en cuando; si a todo eso le sumas una profesión extravagante (psicólogo está bien), comprobarás que de leyenda nada. Rot, Mónica, el coche y mi ocupación fueron mi salvoconducto en aquel lugar. Besos.

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