María

Nunca le tuve miedo a María. Ni tampoco a los guantazos de mi madre, que no fueron pocos porque donde no llega el espanto brota la curiosidad y a mí los ojos siempre abiertos de María me atraían como dinosaurios. Ni leves, no pocas veces me estrelló contra la pared y alguna me saltó un diente. Lo que de verdad me incomodaba, más que aquellas palizas que tampoco fueron tantas, más que no ir al colegio ni asomarme a las ventanas ni apenas pisar la calle, era el silencio, la obligación de aguantar las ganas de reír y de gritar y de saltar, de llorar también alguna vez; qué niño no es pasto varias veces al día del asombro, de la alegría o del capricho y para mí cualquier expresión sonora de todo ello estaba vedada. Para mí y también para Vicky el Vikingo y Pippi Calzaslargas, la necesidad de no hacer ruido también les concernía y en consecuencia nunca conocí sus voces. Las telenovelas y los concursos sí podían escucharse con la voz alta porque eso María se hubiera sentado a verlo, para eso tenía televisor en casa, quizás también para ver el parte aunque pocas veces lo vimos, a mi madre nada le interesaba de lo que sucediera más allá del barrio.

Me arrodillaba cuando mi madre no estaba para escrutar los ojos de María, intentando averiguar qué miraba tan fijamente y con tanto asombro, qué objeto o asunto la había dejado tan fascinada que ya no quiso cerrarlos nunca. Me ponía a su lado -sin tocarla, naturalmente, eso era lo más prohibido de todo- y procuraba alcanzar su misma línea de visión, pero lo único que distinguía eran las gastadas baldosas blancas y negras y las patas de la silla, y más allá el zócalo de la vieja alacena y en el hueco alguna vez una cucaracha o dos que siempre se me escapaban a pesar de que era otra de las reglas, matarlas a toda costa, a ellas y a las arañas y a cualquier otro bicho que pudiera tener la tentación de acercarse, sobre todo las hormigas; mi madre me tenía dicho que eran las más voraces y atrevidas y yo había podido comprobarlo: a pesar del perímetro de insecticida que cada día renovábamos, una rociada por la mañana y otra al acostarnos, un día vi una negra grande picoteando nerviosa su pupila, y otro dos pequeñas y rojas trepando desde su pie sin zapato muslo arriba, las atrapé justo cuando estaban a punto de desaparecer bajo las faldas del vestido y al hacerlo rocé sin querer a María, nunca se lo conté a mi madre pero no he olvidado el tacto, mezcla de tabla y musgo.

Yo entonces no sabía lo que era el musgo, le pongo nombre ahora, tantos años después de María y de mi madre, de aquella casa a pie de calle de un barrio dentro de un barrio, un antiguo islote en la ciudad olvidado e indeciso entre hundirse o echar a volar; no sabría deciros por cuál de las dos cosas optó, lo visité hace unos meses por primera vez desde entonces y de él solo queda el nombre y el gris ceniza. La casa de María, que durante tres años compartimos con ella, es ahora un edificio de cinco pisos sin balcones ni geranios, aquellos que mi madre regaba a escondidas por las noches, alargando por una rendija de la puerta del minúsculo balcón una fina manguera que yo me encargaba de mantener sujeta al grifo del fregadero. “Al menos ella tuvo compañía”; fue lo último que escuché de la boca de mi madre, en la sala de vis a vis de la prisión provincial. Acababa de ver en la televisión un caso parecido, eso me contó, también una mujer y también una cocina con suelo ajedrezado. Fui a visitarla todos los domingos durante el tiempo que estuvo allí. Después no habló nunca más y de la celda pasó al módulo psiquiátrico y allí murió, casi he olvidado sus rasgos que ya por entonces, con mis seis años, me parecían envejecidos aunque ella no había cumplido los veintidós. Se había quedado sin trabajo pocos meses antes de conocer a María, aunque en realidad nunca tuvo ninguno medianamente continuo, ni tampoco domicilio, nos mudábamos con frecuencia de un cuarto alquilado a otro y pasamos muchas temporadas en la calle.

Tampoco sabría deciros, no pienso mucho en ello, si aquella carencia de una vida mínimamente estable era causa o efecto de su enfermedad, como ella lo llamaba y en efecto lo era, aunque entonces todo el mundo lo consideraba un vicio infame, una desgracia para los más benévolos. De mi padre, huelga decirlo, jamás supe nada. María, como algunas otras ancianas solitarias del barrio, le entregaba una escueta gratificación a cambio de alguna ayuda puntual con los recados, la limpieza o incluso el aseo personal. Más de una vez comimos en su casa y le dio a mi madre las llaves, cosa que nunca hicieron ninguna de las otras viejas, recelosas y desconfiadas, quién podría reprochárselo, yo mismo dudaba a menudo del juicio y las intenciones de mi madre. María era una mujer serena, afable y benigna, ahora diría que incluso hermosa a pesar de su edad y sus achaques, de ella no he olvidado el rostro delgado que tenía forma de corazón, la media melena tan blanca como la piel, recogida con horquillas negras, los labios largos y delicados y aquellos ojos grandes y azules que tanto tiempo tuve de mirar. A mi madre le hubiera gustado cerrárselos pero decidió que no rozarla siquiera, dejarla exactamente como la había encontrado, era lo más sensato. No cubrió su cuerpo y dejó siempre medio abiertas una ventana y la puerta del balcón para que le llegara una corriente de aire. Intuyó con buen tino que así tardaría en oler pero con los días y las semanas descubrió sorprendida que era más efectivo de lo que esperaba porque después de meses María solo parecía más encogida y eso sí, su piel pálida se oscureció y se endureció, ya nunca hubo que espantar a las hormigas; cuando por fin la dejamos sola en aquella casa y aquella ciudad fría y seca, estaba tan rígida y marrón como la funda del sillón del salón, que era bueno, de cuero.

Me hubiera gustado besarla en la mejilla para despedirme pero eso, ya os lo he dicho, estaba severamente prohibido por mi madre, que siempre pensó, inocentemente quizás, que si no había huellas nuestras nadie podría acusarnos de nada grave porque nada habíamos hecho, solo acompañarla, velarla durante tres años, eso diría a la policía si alguna vez nos descubrían y no hubiera mentido. Pero en tres años nadie preguntó jamás por María, nadie notó su ausencia y seguía habiendo luz en las bombillas y agua en los grifos; mi madre concluyó con razón, eso lo supe después, que tanto su pensión de viuda como sus pagos estarían en el banco y esa rueda seguiría girando por inercia para nuestra ventura, tres años seguidos sin mudarnos. Solo en los últimos meses mi madre vio alguna vez el parte en la tele, recuerdo haber pensado sentado a su lado que aquel Generalísimo tenía bien puesto el nombre, debía haber sido grande y bueno de verdad si tanta gente hacía cola para verlo y lloraba por él. Mucho mejor que María sin duda, a la que nadie echaba de menos aunque a mí me acariciaba el pelo y hasta me regaló un geyperman soldado con prismáticos y saco de campaña. Yo desde luego no la he olvidado, ni su sonrisa limpia y viva ni su pie descalzo, que había quedado sobre una baldosa negra, y en una blanca la bonita cabeza ladeada con su último pensamiento dentro.

La muerte de aquel general bueno, quizás incluso más osado y audaz que mi geyperman, no solo había trastornado a los que hacían fila para verlo sino también al barrio y puede que a toda la ciudad, eso no lo sabía porque hasta los nueve años nunca traspasé las vías ni el descampado. “Las cosas empiezan a moverse”, eso decía mi madre cada dos por tres y un día incluso me besó en la cabeza. Tenía una conocida en otra ciudad muy lejos a la que se llegaba en tren que le había prometido trabajo en una peluquería. Dejamos la puerta del balcón y la ventana entreabiertas para que María siguiera disfrutando de aquella corriente de aire frío que tanto la beneficiaba y salimos de madrugada sin hacer ningún ruido, pensando que nunca volveríamos a aquella casa ni a ver a María. Nos equivocamos en las dos cosas. A pesar de que seguía enferma o enviciada, según se mire, mi madre trabajó durante meses en la peluquería de la ciudad nueva y alquilamos un cuarto con una cama y derecho a baño en otro barrio parecido al que habíamos dejado, el mismo gris ceniza pero sin televisor. Antes de acostarse, cada noche se encerraba en el baño y regresaba a la habitación que compartíamos mucho más aliviada, con los ojos un poco idos, retirada por una horas del mundo y de sí misma. Una madrugada me despertaron sus temblores, a los que ya estaba acostumbrado, casi siempre tenía frío, pero esa vez también los ojos muy abiertos, se había sentado en la cama y miraba aterrorizada a la pared de enfrente en la que yo solo veía una silla vacía y sobre ella el cuadro de un ciervo que un poco de miedo sí daba, pero no tanto. A partir de aquella, casi todas las noches despertaba igual, estremecida y llorando unas veces mientras pedía perdón y suplicaba lastimeramente, otras gritando e insultando a la silla que yo seguía viendo vacía.

Acabó por contagiarme su enfermedad porque con los días yo también empecé a ver a María sentada frente a nosotros, bajo el cuadro del ciervo, con las misma palidez y el mismo vestido con que la encontramos tirada en la cocina y la abandonamos tres años más tarde ya mucho más morena, el mismo pie descalzo, las manos recogidas sobre el regazo y el gesto tranquilo, observándome en silencio. La primera vez que la vi allí sentada, lo único distinto era que no tenía horquillas y así el pelo blanco le caía sobre los hombros, pero después de varias noches de sudores en los que aún hoy no sé si estaba dormido o despierto noté otros cambios: un amanecer sus ojos no eran azules sino negrísimos y desde la boca cerrada le corría un hilo de sangre que se perdía en el escote de su vestido; así la contemplé un rato, más curioso que asustado, hasta que de pronto los ojos se le vaciaron porque no eran tales sino dos cucarachas grandes  y gordas que escaparon por sus mejillas, y el hilo de sangre se desbarató a la misma velocidad en un tropel de hormigas rojas que ocuparon aquellas cuencas vacías y le picoteaban desde el pecho hasta la frente. Entonces sí grité, mucho más y mucho más fuerte que mi madre hasta que desperté a los inquilinos de los otros cuartos de la casa, gente que como nosotros andaba siempre mudándose de cuarto en cuarto.

Ninguno de los dos mejorábamos con el tiempo sino todo lo contrario, mi madre empezó a faltar al trabajo y su conocida acabó por echarla de la peluquería, y como además seguíamos metiendo escandaleras por las noches, también nos echaron del cuarto y mi madre pensó que lo más sensato era armarse de valor, así me lo dijo haciendo la maleta y me dio otro beso en la cabeza, coger el tren de vuelta y regresar a casa de María. Lo único que en aquellos meses había cambiado en el barrio eran los carteles, ahora había muchos pegados en los postes y en los muros con fotografías de hombres que querían ocupar el puesto del general muerto, ninguno de ellos parecía tan valiente como él, ni siquiera como mi geyperman, que me traje de vuelta para protegernos mutuamente si al llegar encontrábamos a María otra vez pálida y sentada en una silla y no sobre las baldosas de la cocina como la habíamos dejado, todo era posible para una mujer enferma y un niño contagiado. Llegamos a la casa muy silenciosos ya bien entrada la madrugada, casi abrazados uno al otro y los dos a mi soldado y antes de encender la luz siquiera empujamos muy despacio la puerta de la cocina, lo hice yo porque mi madre no se atrevía y temblaba de sus fríos pero también de angustia y miedo. María no estaba sentada en una silla pero tampoco tumbada en el suelo de la cocina; en el rincón que durante tres años habitó ahora solo había baldosas como las demás pero un poco más amarillas las blancas y más grises las negras. Seguía habiendo luz y agua y nevera y geranios en el balcón, nada parecía distinto ni movido de sitio excepto María. Quizás cuando nos fuimos le dio susto o pena estar sola allí tirada, o se había cansado de mirar lo que fuese que mirase con sus ojos azules tan abiertos y había decidido levantarse sin dejar más huella que su silueta amarilla y gris sobre el ajedrez del suelo.

Podía estar viendo la televisión, o acostada en su cama o bañándose, eso le dije a mi madre y ella asintió en silencio, parecía una niña asustada, me dio un poco de pena. No se fio del coraje de mi soldado de plástico, cogió un cuchillo del cajón de la alacena y así recorrimos la casa agarrados de la mano, me clavaba las uñas y tiritaba muchísimo. El televisor estaba apagado y el baño vacío, igual que el cuarto donde yo dormía. También me tocó a mí abrir la última puerta, la del dormitorio que durante tres años fue de mi madre y tantos otros, tantísimos, de la dueña de la casa, de la benéfica y encantadora María. Allí estaba, durmiendo apacible en su cama, con la luz del pasillo vi sus ojos por fin cerrados y su respiración tranquila; estaba soñando con cosas buenas, tan plácidas y dulces que su rostro había rejuvenecido hasta el punto de que me costó un rato reconocerla. La misma cara delgada con forma de corazón, la misma piel blanca, los mismos labios largos y delicados y también los mismos ojos grandes y azules, aunque eso solo lo vi cuando por fin la luz y los balbuceos de mi madre la despertaron y los abrió de par en par. Era María pero con el pelo oscuro y por lo menos treinta años más joven, igualita que en las fotografías que siempre tuvo en el salón, de cuando no era mucho mayor que mi madre y acababa de mudarse a aquella casa.

No os voy a engañar, de lo que pasó después de que la joven María abriese sus ojos de cielo apenas puedo contar nada cabalmente porque mi madre me dio un empujón y como loca se abalanzó con el cuchillo en la mano. Escuché tirado en el suelo del pasillo los gritos de las dos hasta que solo quedaron los de mi madre. Tanto gritaba y tantas desquiciadas cuchilladas seguía pegando en aquel cuerpo y después en los muebles, en las paredes y hasta en los cristales de la ventana, que la policía apenas tardó cinco minutos en tirar la puerta y detener su furia a balazos, cojeó hasta el final de sus días. Apenas me llevaron a verla dos o tres veces a la cárcel hasta que cumplí la mayoría de edad, aunque en los días siguientes a todo aquello también vi fotografías suyas en la televisión. De la María dos veces muerta nunca supe más que lo que en las semanas y aún los meses siguientes dijo el parte, que alguna tarde nos dejaban ver en el orfanato después de los dibujos. Ella también había sabido de su madre por las noticias, cuando contaron del hallazgo de una anciana solitaria que llevaba casi cuatro años momificada sobre el suelo de su cocina sin que nadie la hubiese echado de menos, ni siquiera su única hija, que había pasado la vida mudándose de cuarto en cuarto hasta que se enteró por la televisión de que por fin tenía un lugar para vivir. Esa palabra sí que me asustó, porque las momias eran cosas de películas de miedo y yo nunca le tuve miedo a María.

Tulipanes

Para Josepepe, que aquí  supo de aquellas hogueras.
Para Rebeca, que avistó a los náufragos.
A la memoria de las olas.

El Joanet de la barca sabe lo que es carne y lo que son tulipanes. Eso anda diciendo en la iglesia.

Le escucha a su espalda en silencio, apretando los tallos con las uñas para sacarles más sustancia antes de echarlos al cazo. Poca agua y menos tallos, la sequía mengua el pozo y cría brotes duros y encogidos, en horas buscando a la vera de los caminos apenas recoge un cuartillo aprovechable. Cuando por fin hierve el agua se chupa el dedo corazón hasta el nudillo, se arrima a él y se sienta a horcajadas sobre sus rodillas para darle el pulgar y el índice.

-No me dejes siempre a mí el dedo gordo, mujer -le dice con una sonrisa burlona y fatigada después de chupar sus dedos, antes de lamer el escote y buscarle los pezones hinchados-.

-Yo no ando las higueras de sol a sol.

-Pero tienes dos bocas -dice posando la palma en su vientre-.

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Lo no venido por pasado

Recuerde

Durante cuánto tiempo tuve la misma foto. No lo recuerdo, cómo podría. A finales de febrero la cambié por una tomada por mí mismo años antes, la estatua de Manrique al contraluz del crepúsculo azul sobre el pico del Yelmo. Horas después, Eugenia envió un corto mensaje para saludarme, elogiar la foto y preguntar, curiosa y cordial, quién era el hombre de la efigie que había elegido para mi perfil. Contesté y ella continuó la charla, qué tal has empezado el año, guapo, hace meses que no hablamos. Ahí siguen mis palabras, las leo de nuevo ahora, “He enterrado a mi padre, he leído a Coetzee, he viajado a Inglaterra”. Tardó, también lo veo ahora, varios minutos en procesarlas, sin duda desconcertada por el laconismo y la brutalidad de mi respuesta, sírvanme estas líneas como la disculpa que entonces no supe ofrecer. Agradecí sinceramente sus condolencias y sus muestras de cariño, contesté a sus nuevas preguntas, caricias de vieja amiga en realidad, no estaba interesada en mis respuestas ni yo en dárselas pero de qué otra forma podía ella continuar ni yo corresponder, acabamos en lo más trivial: Desgracia es el título de la novela aunque quizá no esté bien traducido, tú lo sabrás mejor; el viaje fue el de siempre, Gloucester, Oxford, Bath, Wells, esta vez también Cardiff y Bristol, nos despedimos hablando de Banksy y Massive Attack. No quise contarle que me acordé de ella en Christ Church ante la imagen de Alice Liddell, la niña que fue más tarde la Alicia de Carroll, habría preguntado sin duda por la razón de tan extravagante asociación y yo no hubiera sabido qué contestar. Durante la misa cantada en la catedral de Gloucester tuve probablemente unas décimas de fiebre, me llovió durante todo el día, floté muchos minutos en el país de las maravillas envuelto en aquellas voces angelicales del mismo modo que tantos años antes, de la mano de Eugenia, me había sucedido en el Monasterio de Suso, la negra espalda y el abismo del tiempo, también lo recordé y también preferí no mencionarlo en la conversación por whatsapp. Bendita Uge, eternamente desconcertante y desconcertada, siempre tan lejos del suelo. Tú y yo vamos a querernos mucho, niño. Conservo un viejo papel con unas palabras de amor y dos versos sobre su firma, “Ayer y mañana comen oscuras flores de duelo”.

Avive, despierte Leer Más

La ley innata

Dulce introducción al caos

Se hacía llamar Claude. A pesar del acento, nunca he creído que fuese su verdadero nombre. Puta leída o hermosa casualidad, la última mujer a la que he pagado, una improbable prostituta parisina en Brooklyn, aunque me aseguró que no era la única. No dijo mucho más en las dos horas que pasé con ella, solo alguna lánguida sonrisa y los términos estrictamente profesionales. La Claude de Brooklyn se parecía demasiado a la Claude de Trópico de Cáncer, pero nada le pregunté al respecto, no dio pie, la percibí desde el principio distante y derrotada, impaciente por abandonar mi dormitorio. Meses después, al llegar a casa, releí el largo pasaje de Miller sobre las abundantes y precisas diferencias entre Claude y Germaine, subrayé algunas frases en su momento. “No era de las que metían prisa, Germaine. Se sentó en el bidet a enjabonarse y estuvo hablando, afable, conmigo, de esto y de lo otro; le gustaban mis pantalones bombachos. Très chic, en su opinión. Después de ponerse de pie para secarse, sin dejar de hablarme con simpatía, dejó caer la toalla de repente y, avanzando hacia mí despacio, comenzó a restregarse la almeja con cariño, pasándole las manos despacito, acariciándola, dándole palmaditas y palmaditas. Hablaba de ella como si fuese un objeto extraño que hubiese adquirido a alto precio, un objeto cuyo valor había aumentado con el tiempo y que ahora apreciaba como nada en el mundo. Al echarse en la cama, con las piernas bien abiertas, la apretó con las manos y la acarició un poco más, mientras murmuraba con su ronca y cascada voz que era buena y bonita, un tesoro, un pequeño tesoro. Claude no era así, aunque yo la admiraba enormemente: por un tiempo pensé incluso que la amaba. Claude tenía alma y conciencia; también tenía refinamiento, lo que no es bueno en una puta. Claude comunicaba siempre una sensación de tristeza; daba la impresión, inconsciente desde luego, de que no eras sino uno más añadido a la corriente que el destino había prescrito para destruirla. Digo inconsciente porque Claude era la última persona en el mundo capaz de inspirar conscientemente aquella imagen. Era demasiado delicada, demasiado sensible para eso. Claude era simplemente una buena chica francesa con educación e inteligencia de tipo medio a quien la vida había estafado de algún modo; había algo en ella que no tenía fuerza suficiente para resistir el embate de la vida cotidiana. Germaine era puta de pies a cabeza, hasta el fondo de su buen corazón, su corazón de puta, que no es en realidad un buen corazón, sino un corazón indiferente, blando, que puede sentirse conmovido por un momento, un corazón sin referencia a un punto fijo interior, un gran corazón blando de puta que puede separarse por un instante de su centro auténtico. Con Claude había siempre cierta delicadeza, hasta cuando se metía bajo las sábanas contigo. Y su delicadeza ofendía. ¿Quién va a querer una puta delicada? Aunque es magnífico saber que una mujer tiene inteligencia, la literatura procedente del frío cadáver de una puta es lo último que se debe servir en la cama. Germaine estaba en lo cierto: era ignorante y lasciva, ponía alma y corazón en su trabajo. Era puta de pies a cabeza… ¡y esa era su virtud!”. No me cabe duda de que Trópico de Cáncer sufriría de nuevo en nuestros días intentos de censura, hoy ya no por la dominante moral burguesa que la condenó al ostracismo durante treinta años y aún al cabo de ellos se resistió en los tribunales para que nunca fuese publicado. “No estoy demasiado interesado en el feminismo, a pesar de que comparto sus reivindicaciones básicas”. Me sorprendí hace poco a mí mismo dando esa respuesta y luego a solas me pregunté si realmente hay alguna idea o reivindicación en la que esté verdaderamente interesado. Las hay, afortunadamente, pero en el fondo todas son morales, éticas, no políticas. Eso creo. El ejemplar de la novela es de Susi, se lo devolví hace días, solo una parva excusa para visitarla sin que me percibiese de nuevo como el ex novio compasivo que gasta algo de su tiempo en arreglarle las sábanas o acompañarla a dar un paseo. Pero sonrió al verme. Leer Más

Azucena

De ella, primero los ojos y unos minutos más tarde el nombre, para mí poco común y tan sonoro. Y con el tiempo su maciza figura sentada, escribiendo rayas en el cuaderno o mirando por la ventana, la espalda encorvada y la mejilla vencida sobre la mano, absorta, una más de las desalentadas amapolas que mecía el viento permanente en el descampado al que asomaba aquella sala de juntas recién mudada en aula, todavía olía a pintura y a yeso.

No faltó un solo día a clase y fue la primera a la que pregunté el nombre, pura casualidad prefiero recordar pero tal vez fueron ya sus ojos, no era fácil sustraerse a ellos, enormes y negros y tristes o sólo ensimismados, subterráneos en todo caso como las lánguidas e infrecuentes sonrisas, en cualquier circunstancia parecía prestar poca atención y desistir pronto, de hecho su presencia puntual y constante siempre se me antojó más renuncia y resignación que voluntad o acuerdo. Vivía sin hermanos con sus abuelos y aunque nunca lo supe di por sentado que la asistencia a las clases para adultos era su purgatorio, la imposición de un hombre que la consideraba demasiado joven para empezar a trabajar o de una mujer que disponía para ella una segunda oportunidad, o más probablemente sólo anudarla al tiempo en ambos casos, un año más para la niña y a ver luego. Nunca supe dónde estaban sus padres, si los veía o siquiera si vivían. De esas cosas, en caso necesario, se encargaba Olvido, pero nunca me contó nada sobre Azucena. Leer Más

El cielo protector

Qué podemos saber realmente del pasado si la memoria es tan indulgente o embustera, tan arbitraria y antojadiza en el mejor de los casos. Creo que eso lo dijo Mónica pero cómo estar seguro, tal vez fui yo, hablábamos sobre ese tipo de cosas y terminamos por estar de acuerdo, quizá yo con ella pero es probable que su recuerdo sea el contrario, que fui yo quien lo formuló de ese modo y ella quien se mostró conforme. Y sin embargo percibo nítidamente el sabor demasiado dulce de la cerveza y los olores que llegaban desde la plaza, veo con absoluta claridad el paquete de tabaco y el mechero blanco sobre la mesa y los aros en sus orejas, aquellos grandes de plata. Qué recordará Mónica sobre esa noche, la última juntos asomados a Djemaa el Fna, tal vez a su memoria se le antoje que fue la penúltima, cómo saberlo. La Wiki llama a la plaza Yaama El Fna, ya lo he visto transcrito de mil modos, me pregunto con qué nombre la recuerda ella y si aún tiene esos pendientes, los perdía a menudo pero siempre acababan por aparecer en algún lugar inesperado.

“Son estorninos”. Contestó a mi espalda sin que yo verbalizara la pregunta, con una sonrisa franca en los labios, tal vez satisfecha de haberse adelantado a mi curiosidad mientras se ajustaba esos pendientes y el vestido azul con manchas negras, o quizá las formas eran azules y el fondo negro, tampoco podría precisarlo ahora del cielo recién anochecido sobre Marrakech, la misma mezcla de azul y negro del vestido, me sorprendió la casualidad, la coincidencia en los colores de dentro y de fuera de la habitación, pero estoy convencido de que ella ni siquiera recuerda el detalle. El cielo protector, tan viejo y ensimismado, tan ajeno a las bandadas de pájaros que tratan de agotarlo en vano como al desierto y a la ciudad, a los enigmas de las ventanas enrejadas de la medina, los balcones de los hoteles caros, la silueta remota de los palmerales o las luces del alminar de la Kutubia, las vi encenderse mientras fumaba apoyado en la baranda. Anda, ayúdame a abrocharme el vestido. Me sobran por lo menos cinco kilos, eso dijo mientras me ofrecía la espalda, o tal vez sólo tres, seguro que ese número sí lo recuerda, aún se queja a menudo de que nunca está en su peso, ayer mismo en el pie de la foto que envió por whatsapp, como una disculpa o una autocrítica preventiva, nunca supe discernir eso, ni contestar entonces como realmente quería hacerlo: eres la mujer más hermosa del mundo. Lo dije en los años que siguieron, varias veces, pero siempre a destiempo y mal, así lo recuerda ella. Leer Más

Heaven

Introducción

En un día soleado, un deportivo descapotable de alta gama circula a velocidad elevada por una carretera secundaria junto al mar. En su interior viaja una pareja joven. Él conduce y Yolanda va en el asiento del copiloto, con el largo cabello al viento. En el reproductor del coche suena una canción, “Escenas olvidadas” [Golpes Bajos, 1984], que ambos corean casi al unísono entre risas, miradas cómplices, caricias y bromas. El paisaje, la música alegre, la actitud de la pareja, todo dibuja un momento perfecto de felicidad. Súbitamente, a la salida de una curva cerrada, una brusquísima colisión sacude toda la escena. Cristales rotos, amasijo de hierros, una nube de polvo, sangre y absoluto silencio. Leer Más

Sadie Q.

Viernes 10 julio 2015, 23:38 p.m.

Albert.cit.: Hola, rizos. Te eché ayer de menos en el sarao.

Sadie Q.: Yo a ti también, guapo. Cómo estás? Has podido dormir o sigues arrastrando la resaca transatlántica? Tienes cara de sueño.

A.cit: Sigo. Y encima me he encontrado con no sé qué putas fiestas del pueblo, hasta las siete de la mañana con una discomóvil de esas patateras. Y el estómago un poco jodido. El rato que he dormido, además, con pesadillas de niño pequeño.

SQ: Vaya por dios. Las pesadillas jorobando. Por esto o por aquello, la cuestión es que no has dormido bien y ya tocaba, joder.

A.cit: El cerebro está en las tripas, no en la cabeza. Lo que yo te diga. Y si no funcionan como deben, hay pesadillas. Y ya está, ya no me quejo más.

SQ: Y no dicen nada los vecinos? Porque bueno, si yo tengo que ir a trabajar al día siguiente desde luego me hubieran dado ganas de salir con un trabuco y arrasar la disco móvil esa. Pero no creo que esta noche te libres, siendo mañana sábado. Leer Más

Encadenados

Para Roxana, que sin saberlo alumbró este blog. DEP

Noche invernal en la ciudad exterior. Regulan los semáforos su pulso y baja el ritmo cardiaco de los durmientes. La sangre fluye con la misma cadencia de los automóviles que transitan las rondas y los bulevares, todas las arterias tan excesivas ahora, también en la ciudad interior, en el círculo intramuros, tantos muros, tantos círculos. En un apartamento de Juan Bravo, una mujer bebe a tragos largos y espaciados frente al televisor y cuando los ojos ya se le cierran, deja el vaso en el fregadero y sube el embozo de las sábanas de su bebé, antes de acostarse en una cama demasiado grande para ella sola, apenas necesita embriagarse un poco para dormir. Un hombre de vuelta del trabajo cuelga su chaqueta en el perchero de un piso del Barrio del Pilar, su mujer le avisa desde la cama de que la cena está en la cocina. Come solo, de pie, sin vino para no añadir más grados al licor que destila su ánimo. Leer Más

Beatriz Noguera

Regreso al libro después de una semana de ausencia. El marcapáginas de Barnes&Noble sobre la 80. Ya he conocido a Beatriz Noguera, siete días y seis mil kilómetros atrás pude contemplarla a mis anchas a través de la memoria del ya no tan joven De Vere. Quise leer en el avión, pero me quedé profundamente dormido nada más despegar y desperté sobre las costas portuguesas, ya no merecía la pena retomar la lectura y además el azul luminoso invitaba a olfatear la Península, nunca me canso de mirar mi país, recuerdo haberlo pensado así en ese momento y probablemente jamás llegaré a verbalizarlo ante nadie: los viejos y estúpidos complejos. Leer Más