En los últimos meses, los pezones de Teresa estuvieron siempre erectos. Era una consecuencia del escalofrío permanente que la habitaba. Más allá de mis torpes metáforas, ese frío era real como la sed constante, la fiebre intermitente y la luz en fuga de sus pupilas. Siempre prefirió ocultarlo con ropas amplias y oscuras o sujetadores de copa rígida que la incomodaban, hasta que encontró en una tienda de lencería una especie de piezas adhesivas, entonces yo ignoraba de qué material porque nunca me dejó verlas, diseñadas expresamente para disimular ese inconveniente. La conocí un par de años antes. Era abogada y amaba su profesión. Trabajamos juntos en un encargo privado para el que fuimos contratados por separado, un arduo asunto familiar que nos mantuvo en contacto durante algunos meses. Cuando acabó el trabajo, no volví a verla hasta que recibí una llamada suya tiempo después.

Teresa estaba casada y tenía una hija. Me he separado y me gustaría verte, fueron sus siguientes palabras después del saludo telefónico. Lo interpreté como una invitación para despejar a destiempo la incierta tensión sexual que, como protagonistas de un culebrón de sobremesa, existió entre nosotros durante el tiempo en que trabajamos juntos. Me equivoqué, pero eso lo he entendido mucho más tarde. Estuvo esa noche en mi casa, nos reímos durante horas a cuenta de las aventuras compartidas, escuchó divertida alguna de mis cintas. Yo no pregunté y ella no contó nada acerca de su reciente fracaso matrimonial ni el modo en que enfocaba su nueva vida. La encontré tan sobria, elegante y dueña de sí misma como la recordaba, pero también tan culta y encantadora en las distancias cortas como pude sospechar en aquel tiempo en que se cruzaron nuestras carreras profesionales. Un corte de pelo radical -eché de menos el delicado gesto de las manos para apartarse los oscuros rizos de la cara-, un sutil cambio en el atuendo y una mirada distinta que atribuí al hecho de no conocerla en aquellas circunstancias, relajada e íntima; a algo tan banal y tan poco original -cuántas mujeres cambian de aspecto cuando se separan- se reducía, me dije, su nueva etapa vital.

Esa misma noche, tumbada a mi lado en la cama, aún cubierta de sudor y con la respiración entrecortada, tomó mi rostro con una mano para ver mi mirada desconcertada; estalló en una carcajada limpia, cristalina. No imaginabas que la abogada moviese el culo así, verdad, me dijo entre risas; la abracé para que no siguiese mirando en mis ojos y su risa se tornó melancólica; la verdad es que yo tampoco lo sabía, concluyó repartiendo besos lánguidos por mis hombros. Claro que no lo imaginaba. Mientras aquella flaca paliducha cabalgaba sobre mí, me dominó la extraordinaria impresión de estar haciendo por primera vez lo que ya había hecho mil veces antes: follar con una mujer. Su mirada y su aliento a centímetros de mi rostro, el tacto y la temperatura de su piel y su sexo exprimiendo el mío, todo me resultaba insólitamente nuevo y distinto; cuando Teresa se durmió con la cabeza sobre mis nalgas, pensé en la poderosa Itziar, la primera con la que efectivamente lo hice; recordé con agrado la intensa lluvia de julio al otro lado de la ventana y a Eguzki e Ilargi lamiéndome los pies mientras yo desabrochaba la blusa de su dueña. Cuando despierte, me había dicho Teresa, quiero que me lleves al mar, a algún sitio donde pueda bañarme desnuda.

Nunca le pregunté nada. Durmió todo el camino mientras yo conducía y aún cuando al final de la mañana aparqué en las calas de Port Lligat, tuve ocasión de contemplar largo rato su rostro dormido, buscando en sus anchos párpados y la curva de su boca respuestas para las que no tenía preguntas. Por qué me miras así, dijo con una dulce sonrisa sin abrir los ojos. Me besó cuando vio el mar y salió corriendo del coche, quitándose la ropa por el camino. Bajo el sol abrasador del Mediterráneo al mediodía, las olas mecían en mis ojos los perfiles incandescentes del Cap de Creus mezclándolos con la arena y la silueta imprecisa de Teresa, de pie en la orilla bebiendo agua, la otra mano acariciándose el cuello, los pezones siempre erguidos; la vi arrodillarse para llenar la ya vacía botella de plástico con agua salada y algunas piedras y conchas, mientras se giraba un momento para buscarme y sonreírme. Nunca me contarás nada, me dije a mí mismo contemplándola relajada y satisfecha, preguntándome de dónde procedía aquella abrumadora sensación de soledad que transmitía su piel desnuda.

Hasta que acabó el verano, Teresa durmió muchas veces en mi casa. En ocasiones regresaba a la suya al amanecer, otras desayunábamos juntos y algún otro día hicimos cortas escapadas a la montaña o a la costa. No fui ni mucho menos el único hombre con el que se acostaba en aquel tiempo, no era difícil intuirlo a partir de pequeños detalles. Nunca hablamos de ello. El tres de septiembre de aquel año la vi por última vez. Mañana te llamo, me dijo besándome como siempre. Pero no lo hizo, ni contestó a mis llamadas en los dos largos meses siguientes. No supe nada de ella hasta que, a mediados de noviembre, recibí una llamada de una desconocida que me citó por mi nombre y apellidos. Sí, soy yo, contesté. Te llamo en nombre de Teresa, me dijo.

Tinín me acompañó en aquel pequeño y austero cementerio del norte de Madrid. Creí reconocer sin dificultad a la mujer que me llamó por encargo de Teresa, apenas veinte años, más menuda y menos grácil que su hermana mayor. Sostenía en los brazos a una cría que lloraba silenciosamente apartándose de vez en cuando los rizos oscuros de la cara con un delicado gesto de las manos. Situado junto a ellas murmuraba una oración un hombre alto y elegante, cuya mirada firme creí percibir en varias ocasiones buscando mis ojos, a pesar de sus gafas oscuras. La hermana no me habló expresamente acerca de ello, pero a partir de la conversación telefónica, además de escuchar palabras y datos sobre la enfermedad que la mató que hubiera preferido no conocer, deduje que Teresa había mentido cuando afirmó que se había separado de su marido.

Una noche del siguiente enero Susi descubrió un par de aquellos tapapezones de silicona que Teresa había dejado en casa. De quién es esto, preguntó divertida jugando con ellos en sus propios senos. De una chica que conocí, le dije. Se arrulló a mi lado como la gata zalamera que es, me agarró la polla y siguió preguntando: ¿te la chupaba bien? ¿mejor o peor que yo? Vístete, le dije, nos vamos a Cadaqués. ¿A dónde?, preguntó con los ojos muy abiertos; oye niño, son las doce de la noche y yo mañana tendría que abrir, protestó entre risas. A la Costa Brava, a Cataluña, respondí; esperaba su sonrisa maliciosa y sus palabras: ¿podré ver a tu hermana?; eres una puñetera morbosa y además Marta vive en Nueva York, le dije alcanzándole las bragas que buscaba.

Me esperó en el coche, adormecida y cubierta con una manta mientras yo bajaba hasta la orilla transportando una botella de plástico llena de agua salada con algunas piedras y conchas. Los primeros rayos de sol se achataban en la mole oscura del Cap de Creus cuando devolví su contenido al mar.

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