Sobre Albert y el blog

No sé muy bien qué hago aquí. En este blog, quiero decir: mi lugar bajo el sol dejé de buscarlo hace ahora siete años, cuatro meses y doce días exactamente. Me gusta escribir, eso es cierto; que soy un hombre de lectura y reflexión lo advirtió mi hermana Marta muy pronto: nen, tu no mires els dibuixos, tu només llegeixes les lletres; me lo decía en un susurro porque en casa estaba prohibido alzar la voz, pero aun así conseguía aterrorizarme clavando en las mías sus pupilas de color lavanda, soltándome coscorrones con una mano y apretando la otra firmemente contra la página del tebeo abierto en su regazo, que yo pretendía pasar antes de que ella hubiese terminado: espera una mica, hòsties.

Marta ha triunfado en la vida con las mismas armas de las que ya disponía en aquellas tardes de tebeos y música preadolescente: genio para imponer su criterio y el dibujo por encima de la letra. Pero también por la risa franca y un tanto cruel con que celebraba los fracasos de Mortadelo y, para qué negarlo, por el color de sus ojos y el tamaño de sus senos, que ya por entonces me impedían ver la viñeta entera por encima de su hombro. Vive en Nueva York, hace años que no nos vemos; ni siquiera en esta Navidad: ella acudió a la cena familiar de Nochebuena y yo sólo estuve en la de Nochevieja, a esa nunca falto. Es probable que mi hermana evite conscientemente el contacto conmigo, más aún en la cena de fin de año. No me sorprende en realidad, ni me importa demasiado.

Sigo. Me llamo Albert. Nací en Barcelona hace treinta y dos años, pero vivo en Madrid desde los veinticuatro. Me formé como psicólogo aunque apenas ejerzo, las cosas no van bien en el gabinete y a mi padre no le importa financiar a su hijo más diletante con tal de que no vuelva definitivamente por Vallvidrera. Tampoco me comunico apenas con él, y a mi madre lo único que le interesa es que lleve el pelo arreglado y preguntarme en cada llamada si tinc xicota. Acabé por inventarme una para ella, de la que incluso le he mandado fotos vía correo electrónico. Durante la cena de fin de año procuró hacer un aparte conmigo en la cocina y, mientras cortaba las berenjenas, sin mirarme, me lo soltó a bocajarro: ¿no hay mujeres guapas en Madrid que has tenido que fijarte en una extranjera?. Sé muy bien qué significa “extranjera” entre aquellos fogones, de modo que lamenté para mis adentros la apresurada idea de haber elegido una foto de Beyonce en lugar de otra de, qué sé yo, Britney Spears o Amy Winehouse, ninguna de las cuales habrían puesto a prueba los prejuicios raciales de mi atribulada mareta. No te preocupes, le dije ayudándola con los pimientos, no me casaré con ella, no tiene buen carácter.

Bien. Hoy, de vuelta en casa, salí temprano a pasear. Es uno de mis hábitos: caminar a diario por Madrid, preferentemente por las calles de mi barrio, del mismo modo en que otros van al cine, juegan a la playstation o visitan el centro comercial con su esposa. Yo no tengo esposa, no tengo novia, no tengo más compromisos que los que yo mismo me establezco. Sí tengo un piso alquilado, un Audi regalado por mi hermano Carles que Tinín usa más que yo, un ordenador viejo, tiempo y algunas costumbres. Durante mis paseos observo mucho, pienso más y anoto todo. La forma en que concreto esto último constituye otro de mis hábitos; uso una grabadora portátil diminuta, la misma que a veces empleo en las sesiones con mis escasos pacientes, excepto con María Elena, que no desea nada registrado. Lo hago así por las cintas, por no variar a estas alturas el soporte de mi colección de apuntes al natural: empecé cuando en cada acera de Madrid había una cabina telefónica; si algo me llamaba la atención, si tenía ganas de comunicarme conmigo mismo, entraba en una de esas cabinas, llamaba a casa y me dejaba un mensaje en el contestador.

Sumando las de aquel antiguo aparato y las de la grabadora de bolsillo, he acumulado cerca de mil cintas magnéticas que apenas sirven ya para ningún dispositivo, todas correspondientemente clasificadas y anotadas; sé lo que contiene cada una de ellas. Las cosas que dejo en esas cintas son de todo tipo, pero fundamentalmente se refieren a la gente, a la que veo en mis paseos, a la que recuerdo durante ellos. Me interesa la gente que pasea o camina por la calle. A veces conozco chicas, la calle es el mejor sitio para conocer mujeres; en esos casos, acabo la noche en casa de ella o en la mía, follando hasta el amanecer o, si congenio bien con ellas, escuchando mi colección de cintas. Si no ocurre, oigo música, escribo, grabo más cintas, navego por internet, entro en los chats.

A esto iba. Hace un par de meses, calculo, descubrí las salas de charla de la edición online de un diario de tirada nacional. Las pateé todas con el mismo espíritu con el que fatigo las calles de mi ciudad y acabé en la más poblada, la que lleva, a juzgar por los temas que allí se tratan, el extraño título de Ciencia. Me aburrí como una puta hasta que descubrí el modo de mantener conversaciones privadas; no me sirvió de mucho: fui sistemáticamente rechazado por todos y cada uno de los nicks femeninos con los que intenté entablar conversación, de modo que estaba a punto de desistir cuando una de ellas me devolvió el discreto hola. Más por cortesía que por interés genuino -sé distinguir estas cosas- me siguió el rollo durante cerca de una hora hasta acabar expresando sumariamente su opinión sobre mí: eres un tipo curioso tú, me dijo. Durante la conversación le hablé de mis cintas y de mi recién descubierto interés por transcribirlas, por volcarlas al papel, al menos algunas de ellas. Hazte un blog, se limitó a añadir ella a modo de despedida.

He dejado para otros blogs aspectos diferentes de mi vida; para este estoy pensando en seleccionar aquellas entradas que se refieren preferentemente a mi vida sexual, a las numerosas y variadas experiencias que han girado en torno a las mujeres. Inevitablemente se colarían otro tipo de experiencias y reflexiones, pero creo que esa sería la línea fundamental del discurso. Tengo mis dudas, no obstante, acerca de la receptividad que puedo esperar de los asiduos a internet. He tenido ocasión de pasear despacio por la red y he visto gente realmente extraña. Si finalmente aprendo a manejar con suficiente solvencia la edición de entradas y despejo mis dudas, mencionaré a esa gente en subsiguientes entregas, en las que también seguiré hablando de Marta y de las Nocheviejas y daré noticias de Tinín y María Enema, de Julio el comunista y del adicto Santiago, de mis últimas noches con Teresa, enferma de cáncer, de las pobladas axilas de las independentistas catalanas y de la ternura con que las militantes de ETA cuidan de sus gatitos; de mi madre y de Carles, de una filóloga canaria con agorafobia y una abogada sevillana que nunca me dejó verla desnuda, de una chatera que jamás susurra y una actriz que grita demasiado; de los pezones estrábicos de cierta tertuliana televisiva y el sexo (mal) depilado de una destacada dirigente del Partido Popular; y, tal vez, eso tengo que pensarlo porque me da cierto apuro, también de las cositas de Susi, la peluquera de mi barrio.

Un saludo. Albert.

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9 comentarios en “Sobre Albert y el blog

  1. Pues, Albert, yo aún soy más “limitado” que tu. Si cierta profesora de Lengua llevaba razón, mi enorme problema con las tildes proviene de que leo demasiado rápido y que, al hacerlo así, solo me fijo en la mitad inferior de las palabras. De esa forma la “memoria visual” y el “automatismo” de poner las tildes se pierde y solo quedan las áridas reglas ortográficas

    Confieso que no es la explicación más peregrina para algunas de mis limitaciones. Considero que la que se lleva la palma me la dio el desesperado profesor de natación que, tras tirar la toalla conmigo, me dijo “tu problema, el que te impide aprender a nadar, es que te pesan demasiado los huesos”.

    En fin, esa forma de leer tiene otros inconvenientes. Solo tras visitar tu blog 37 veces, percibí, gracias a cierto vistazo de reojo, que además de texto, tu blog contiene imágenes y, al comprobar muchas de ellas, me di cuenta de lo que me había perdido hasta ese momento.

    Un saludo.

  2. Con un breve retraso, S., te devuelvo el saludo. Lo creas o no, recuerdo perfectamente, casi al detalle, dónde estaba y qué hacía yo ese pasado domingo 12 de septiembre. Disculpas, gracias por aceptarlas 🙂

    Jajaja Sanan…brindo por tus profesores, por la de lengua, por el de natación y por todos ellos: supieron hacer su trabajo, a la vista está. Dicho lo cual, puedes estar seguro de que aquí lo fundamental son las imágenes: los textos los cuelgo sólo para que no queden espacios en blanco, que hace feo. 37 saludos.

  3. No sé si este es el post adecuado, ya que llevo leyendo algo más de una hora (le debes unos vinos a Sanan) todas las entradas en las que él ha intervenido.

    En primer lugar, quiero darte las gracias por enlazar Piedras y Princesas y, de paso, contarte algo:

    Yo también entré por primera vez, hace muchos años, en los chats de un periódico digital. Tengo que aclarar que, por aquel entonces, me interesaban más los debates políticos que cualquier otra cosa. Ahora, he rebajado la dosis.

    Tu historia, de ahora mismo, me recuerda a alguien que conocí en aquellos chats. Al igual que tú, se había licenciado y, al igual que tú, escribía y recibía un estipendio familiar. Estipendio por el que se sentía obligado a preparar una oposición, con la sensación de que daba vueltas a una noria.

    Tenía, como tú ahora, 32 años y, por su forma de escribir, yo pensaba que era un anciano decepcionado de la vida y de las personas, que la habían compartido.

    Mis padres tuvieron el dudoso gusto de educarme para ser cortés y atenta. Eso hacía que yo sí contestara a todos los susurros; y un día el me susurró:

    -Hola
    -Hola ¿qué haces por aquí? ¿Tú no chateas por las noches?
    -He venido a verte, como cuando iba a la entrada del colegio, a ver salir a la chica que me gustaba.

    Tres meses después de aquello ¡¡¡qué cosas!!! nos conocimos en la calle Princesa, en la puerta del Hotel Princesa, donde yo me alojaba.

    Ante mi, un hombre joven y un perro…hacia los que me abalancé, por no echar a correr en dirección contraria, del miedo que tenía.

    Fue difícil convencerle de que se podía soltar la cuerda. De que podía dejar de caminar en círculos y de que el horizonte es solo una línea a la que nunca llegamos, de que su vida merecía ser vivida y de que su esfuerzo podía servir para algo más que ser el entretenimiento de un reducido grupo que, por entonces, pululábamos por la red y por un poblado diminuto, al que se llamó Waminda.

    El resto de su historia, como sabes, es ya pública y se recoge en esas Piedras y Princesas.

    Un beso. Albert.

  4. Me ha encantado leer esa historia, Akimana. Buen trabajo ese que hiciste: todos sus lectores tenemos que agradecértelo. Qué tendrá el Hotel Princesa, allí siempre pasan cosas, y todas buenas. Tener “Piedras y princesas” es un honor que mi blogroll probablemente no merece: gracias también por eso. Saludos.

  5. Estimado Albert,

    Soy Natalia, Responsable de Comunicación de Paperblog. Tras haberlo descubierto, me pongo en contacto contigo para invitarte a conocer el proyecto Paperblog, http://es.paperblog.com, un nuevo servicio de periodismo ciudadano. Paperblog es una plataforma digital que, a modo de revista de blogs, da a conocer los mejores artículos de los blogs inscritos.

    Si el concepto te interesa sólo tienes que proponer tu blog para participar. Los artículos estarían acompañados de tu nombre/seudónimo y ficha de perfil, además de varios vínculos hacia el blog original, al principio y al final de cada uno. Los más interesantes podrán ser seleccionados por el equipo para aparecer en Portada y tú podrás ser seleccionado como Autor del día.

    Espero que te motive el proyecto que iniciamos con tanta ilusión en enero de 2010. Échale un ojo y no dudes en escribirme para conocer más detalles.

    Recibe un cordial y afectuoso saludo,
    Natalia

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