Mujeres reales, Mujeres soñadas

Beatriz Noguera

Regreso al libro después de una semana de ausencia. El marcapáginas de Barnes&Noble sobre la 80. Ya he conocido a Beatriz Noguera, siete días y seis mil kilómetros atrás pude contemplarla a mis anchas a través de la memoria del ya no tan joven De Vere. Quise leer en el avión, pero me quedé profundamente dormido nada más despegar y desperté sobre las costas portuguesas, ya no merecía la pena retomar la lectura y además el azul luminoso invitaba a olfatear la Península, nunca me canso de mirar mi país, recuerdo haberlo pensado así en ese momento y probablemente jamás llegaré a verbalizarlo ante nadie: los viejos y estúpidos complejos. Sigue leyendo

Entrecintas

Un tonto cualquiera

Recuerda, la letra solo dice “ay, corazón”. Kiko Veneno, se diría, escribe sus textos como quien charla de trivialidades en un bar. Pero háganme caso y no se dejen engañar por esa aparente sencillez. A modo de ejemplo, los más leídos de entre ustedes reconocerán en el ya antiguo tema que pueden escuchar abajo referencias al Werther de Goethe o a las Sonatas de Valle-Inclán. Échense un cantecito y disfruten del primer fin de semana del verano. Hasta pronto. Sigue leyendo

Mujeres reales

Back

El pasado martes recibí una invitación para una boda que se celebrará a mediados del próximo octubre. Papel maché en tono sepia, un anagrama probablemente diseñado para la ocasión, los nombres de los contrayentes y un breve texto de estilo algo anticuado. En el dorso, escritas de puño y letra con la inconfundible caligrafía de la novia, hay unas líneas entrecomilladas sin firma ni apostilla alguna: Sigue leyendo

Entrecintas

Venirse a Madrid

Créanme: suelo ser el último en enterarme de todo. Solo detecté la existencia de Manuel Jabois cuando, allá por noviembre de 2008, leí un post suyo a propósito de uno de mis más conspicuos admirados, Woody Allen. Lo leí en un blog que por entonces frecuentábamos Tinín y yo, aunque mi amigo participaba bastante más, sobre todo cuando había bronca. A mí, para qué negarlo, me acojonaba un tanto escribir allí, no por la bronca, sino porque el noventa y nueve por ciento de los contertulios discurrían, escribían e insultaban con esa brillantez que a uno acaba por abrumarlo. Sigue leyendo

Mujeres reales

Amparo (parte 2ª)

Viene de la parte 1ª

Por la tarde ves temblar los cipreses con los pájaros. ¿En qué curso fue aquello? No logro recordarlo, pero sí que ya había pasado la edad en que besé a la Enriqueta y a la Dolors, los dos primeros pares de labios que probé en mi vida. El Contxito tuvo en mayo una brillante idea; era el profesor de literatura, un conquense chapado a la antigua al que todo el mundo, incluidos los otros profesores, llamaba de ese modo obviando el nombre, Concepción, que sus benditos padres tuvieron a bien ponerle. Para aprobar el curso exigió un comentario de texto largo y meditado sobre cualquier poema de nuestra elección, un pequeño ensayo que sustituyera al examen de junio y evidenciase la aplicación y el amor al trabajo que se propuso dejarnos de herencia. No tuve dudas, escogí el único poema que me sabía de memoria, el que había escuchado tantas veces a mi abuela andaluza, que lo recitaba en aquellas veladas familiares en las que mezclaba obras de autores consagrados con versos de su propia mano, tan sinceramente celebrados siempre por todos. No, zanjaba ella, lo mío es un pasatiempo; estos, estos son los versos que escribe un verdadero artista, decía refiriéndose invariablemente a ese poema. A mí entonces me parecían versos sencillos e instrascendentes, impropios incluso de tan celebrado autor, pero nunca dejé de tenerlos en la memoria por pura costumbre. Aquella tarea que el Contxito nos exigió me hizo cambiar decisivamente esa opinión. Hoy, antes de ponerme a escribir, sentí la necesidad de volver a leer aquel trabajo que el profesor me devolvió con un “sobresaliente” escrito en mayúsculas y encerrado entre múltiples signos de admiración. He pasado más de una hora buscándolo sin resultado en el lugar en el que guardo estas cosas, y en otras partes de la casa por si se había traspapelado. Sigue leyendo

Mujeres reales

Amparo (parte 1ª)

Rot se instaló en casa sólo un día después que yo. Era un irish terrier de extraordinario pedigrí nacido en el mejor criadero de la propia Irlanda, un lujo que yo nunca hubiese querido ni podido pagarme. Mónica lo consiguió gratis después de una larga y trabajosa cadena de intercambio de favores, contactos y negociaciones propiciada por uno de sus compañeros en el zoológico. Se presentó en casa con él en brazos, cuando el cachorro apenas contaba con mes y medio de vida y yo aún no había trasladado la mitad de mis cosas. Le había pedido que me consiguiese un buen perro para mi nueva casa, pero aquel carísimo y rojísimo peluche me abrumó cuando lo depositó en mi regazo. Tú quédatelo y no preguntes, no quiero que estés aquí tan solo. Sigue leyendo

Mujeres reales

Diana

Luego quedamos dormidos, quizá yo antes que ella, y aún hoy recuerdo que durante esas horas, antes de despertar de nuevo a la piel de Diana, soñé con Susi. Tal vez no lo he olvidado porque, por vez primera, yo también estaba en el sueño, junto a ella, besando su frente y jugando con sus rizos, provocando su risa, mimándola y disfrutando de su alegría como tantas veces sucedía en la realidad misma. Por supuesto que Susi había frecuentado en muchas ocasiones mis sueños, pero siempre se me aparecía igual, tumbada sola en su cama, agitada por el insomnio o la enfermedad, llorando desnuda ante cualquier peligro extravagante o descabellado que yo nunca llegaba a tiempo de conjurar. Sigue leyendo

Mujeres soñadas

Belén Gopegui

Es guapa ¿eh? Esa foto está en la solapilla de una de las novelas que he leído de ella, junto a su firma manuscrita y una breve reseña biográfica que destaca apenas su año de nacimiento, los premios recibidos por el resto de su obra hasta ese momento y los elogios que de la misma hicieron gente importante en nuestras letras como Carmen Martín Gaite o Francisco Umbral. Mi amigo Julio el comunista me convenció hace tres años para acompañarle a un acto en el Círculo de Bellas Artes madrileño en el que ella participaba; se trataba de la presentación de un documental sobre mujeres en Irak, y Julio consideró que sería buen momento para pedirle a una escritora a la que admiraba que estampase su firma en un ejemplar de alguno de sus libros. A Julio le fascinaba Gopegui sin haber leído ninguna de sus novelas, porque a él le interesan las ideas, no la literatura, de modo que pasamos antes por la Fnac para adquirir una edición barata de Lo real, acaso su novela más celebrada. En el camino hacia el Círculo, Julio me habló con entusiasmo de la joven escritora, de su inteligencia y capacidad crítica, de los múltiples proyectos solidarios en los que, como aquel al que nos dirigíamos, había participado, entre ellos su trabajo no remunerado en una escuela de adultos. Como tú, añadió palmeándome la espalda. Julio, le recordé, bien sabes que yo tampoco cobré y a mí no me admiras. Eso lo dices tú, me dijo abrazándome por los hombros con la mejor de sus sonrisas. Sigue leyendo

Mujeres reales

Dúo sin tos

Ni siquiera tosemos, al menos no con intensidad ni frecuencia. Ella se acuesta sobre las once, cuando yo aún leo apoyado en el cabecero. Suele usar ropas con cremalleras y parece algo maniática, porque nunca se mete en la cama sin provocar un breve zumbido que le confirme que el despertador funciona. Y tiene la pésima costumbre de fumar en la cama: oigo el murmullo del colchón cediendo bajo su cuerpo e indefectiblemente, le sigue a continuación el escueto sonido de un mechero de gas. La primera calada es larga, esto más bien lo intuyo, aunque es cierto que hace tiempo que he dejado de distinguir la frontera entre mi oído y mi intuición. Más de una vez he tardado en dormirme, inquieto porque no he apreciado el rumor del cigarrillo aplastándose en el cenicero y luego el click del interruptor de la luz: se ha dormido con el cigarrillo encencido, o quizá no, quizá me distraje demasiado en la lectura y no percibí los ruidos. Sigue leyendo