Y es que no hay nada mejor que revolver el tiempo con el café ¿verdad? Dejó la vista perdida en la taza humeante durante unos segundos, apoyó la cucharilla en el plato y levantó la vista para dedicarme la primera sonrisa franca de la larga tarde. Gracias, Albert; me tomo la licencia de considerar ese último texto de tu blog como un recordatorio cariñoso. Debo empezar a leerte, a mi padre le encantaba hacerlo. Te tenía en gran estima. Un día me preguntó por sorpresa -ya sabes cómo era- si me parecías un hombre atractivo. Creo que le hubiese gustado tenerte de yerno, concluyó riendo mientras se llevaba el café a los labios sin pintar.

Cristina me propuso asistir a la edición del año 2007 del festival Poetas por Km2, del que a ustedes les hablé aquí hace unos días. Fue la primera vez que salimos juntos y solos. La conocí en 2003, en la primera visita del Almirante al gabinete. Le acompañó en todas y cada una de las consultas que tuve con él durante nueve años, dos días por semana. Le besaba antes de dejarle en la puerta y aguardaba en la salita leyendo, casi siempre poesía. Cuando su padre abandonaba mi despacho cerraba el libro, se quitaba las gafas, las metía en su funda, volvía a besarle y se cogía del brazo que él le ofrecía antes de despedirse de mí con la otra mano, siempre el mismo gesto elegante y tímido. Nunca te he preguntado por qué necesitaba un psicólogo; yo creo que ya no importa, pero lo dejo a tu criterio, me dijo hace un par de semanas en el salón de su casa mientras se servía otra taza.

Tomaba café con las piernas cruzadas, levemente reclinada sobre el respaldo del sillón, casi exactamente en la misma postura que en el retrato que colgaba a mi derecha, obra de un cotizadísimo pintor vasco que había trabajado para la Casa Real, a quien la discreta insistencia y las influencias del Almirante habían acabado por persuadir para aceptar el encargo de retratar a su única hija. Gastó una fortuna en ese cuadro, porque pensó que ese artista sería el único capaz de plasmar mi sutil pero profundo -así decía él- parecido físico con mi madre; míralo de cerca, fíjate en los pendientes. El Almirante me habló mil veces de aquella pintura, que nunca había visto hasta aquella tarde pero cuya historia y significado conocí mucho antes y mejor que la propia Cristina. Son bonitos, le dije, te quedan muy bien; ¿eran de tu madre? Se echó a reír. Me los regalaste tú, despistado, en Cracovia. Flanqueaban el cuadro algunos bocetos y estudios previos del rostro de la retratada. En la pared de enfrente, entre las librerías, dos hileras horizontales simétricas de cuadros acristalados; eran en su mayoría premios y distinciones, acompañados de alguna fotografía antigua. Me detuve frente a una de ellas. El Almirante, de traje y corbata, daba el brazo a su esposa para posar sonrientes al pie de un vagón de tranvía. Eso es en La Guindalera, mucho antes de nacer yo y de trasladarnos aquí. En ese barrio se criaron los dos, allí se conocieron y compraron una casa, muy cerca de la de Peces-Barba, a quien siempre conservó como amigo. A mi padre le encantaba esa foto. Las líneas de abajo las improvisó él de su puño y letra durante la noche de bodas; mi madre enmarcó el papelito y lo puso bajo la foto. Reconocí sin dificultad la caligrafía del Almirante: Señorita, en las últimas semanas he notado que, topándome con usted al salir de misa, tras los saludos puramente sociales y obligados, el corazón se me embala tontamente y se me pone a rodar al son de sus pasos, y me duele un poco al respirar.

Aquella noche de mayo de 2007, Cristina llamó desde mi casa a su padre para decirle que no la esperase despierto, que tomaría una copa con amigos tras el recital de poesía. Una hora después se ajustaba el sujetador sentada en mi cama, dándome la espalda. Luego se giró y me dedicó una sonrisa nivel 2, amplia pero con los labios levemente apretados. Diseñé una escala muy precisa para sus sonrisas y sus orgasmos, que ella asumió divertida. Me sirvió para imaginar su rostro en nuestras conversaciones telefónicas diarias, todas las mañanas laborables alrededor de las ocho, cuando ella llegaba al instituto y yo a mi despacho. Los lunes y los miércoles nos veíamos a la hora de la consulta, y algunas tardes venía a casa al terminar la jornada. Jamás se quedó a dormir. Siempre antes de las dos de la madrugada, se vestía y regresaba a casa. Solo pude verla dormida en la habitación de aquel pequeño hotel del Kazimierz en la que pasamos juntos tres noches de junio.

Debo mucho a quienes no amo. El alivio con que acepto que son más queridos por otro. La alegría de no ser yo el lobo de sus ovejas. Estoy en paz con ellos, y en libertad con ellos. Ni siquiera imaginan cuánto hay en sus manos vacías. El próximo viaje iba a tener lugar un fin de semana de agosto, en esta ocasión a Alemania, a la ciudad báltica de Lübeck, siguiendo de nuevo la huella de otro de los escritores cardinales del imaginario particular de Cristina. Una tarde de finales de julio ultimábamos los planes tumbados sobre mi cama cuando sonó el teléfono a mi espalda, sobre la mesilla. Me incorporé para ver quién llamaba, vi una M mayúscula en la pantalla, sostuve un instante el aparato entre los dedos, volví a dejarlo donde estaba y me giré hacia Cristina. Me acarició el pelo sin apartar los ojos de los míos mientras el timbre del móvil insistía en vano y cuando cesó, me preguntó si estaba seguro. Sí, lo estoy; mañana compro los billetes. Dos días antes del día fijado para iniciar el viaje, el Almirante sufrió una pequeña crisis asmática que apenas le retuvo unas horas en el hospital, al que su hija le arrastraba en cada uno de esos episodios, prácticamente en contra de su voluntad. Los había sufrido desde niño. Me gustaba caminar los domingos con mi mujer por el Prado, solía contarme; el estallido primaveral de la vegetación del Paseo y de la aún más frondosa y exótica del cercano Jardín Botánico, el mucho humo que tanto coche de tanto conductor dejaba en el aire, el mismo sol traicionero que los viandantes iban buscando; todo ello, cosa por cosa y con más razón el conjunto, era sin duda la causa de las destemplanzas, eczemas y hasta fiebres que solían asaltarme desde mediados de abril hasta principios de junio. Algo debía tener que ver también la fuerza del torrente de mi joven sangre, porque ahora, amigo mío, atemperado e inocuo en la vejez, apenas sufro ya las dolencias de la floración, concluía satisfecho.

Albert ¿mi padre te hablaba de mí? No contestes si no quieres, y discúlpame en ese caso. Cristina se acariciaba levemente el dorso de la mano derecha con los dedos de la izquierda, inclinada levemente hacia adelante en el sillón mientras esperaba mi respuesta. Llevaba el mismo vestido y la misma gargantilla del día del entierro, y sus ojos me parecieron en ese instante también los de entonces, apenas dos semanas atrás. Nunca la he visto llorar. Sobre la fotografía del Almirante y su esposa en el tranvía, un diploma noblemente enmarcado daba fe del Premio Menéndez Pelayo del Centro Superior de Investigaciones Científicas por un opúsculo titulado Apuntes sobre las variedades dialectales y fonéticas del castellano en la comarca de Liébana; debajo, el nombre del premiado y la fecha de la concesión. Lo escribió siendo alférez, y era del que más orgulloso estaba de todos, dijo Cristina señalando el resto de los diplomas que acreditaban méritos y reconocimientos, de la Armada, de la Federación Española de Caza, del Círculo de Empresarios y del Atlético de Madrid, entre otros organismos e instituciones. Una fotografía vestido de paisano, posando sonriente junto a Rafael Alberti, y otra de uniforme junto a otros oficiales, en una audencia con el Rey. ¿Quieres una copa, o tienes que irte? Creo que hay Jack Daniels.

Cristina nació en la antigua maternidad de la calle O’Donnell de Madrid, diez años después del matrimonio de sus padres, cuando el dormitorio tan primorosamente diseñado para ella en la casa familiar se había convertido en despacho para el Almirante y el cuerpo de su madre apenas convervaba aliento para el embarazo improbable y de alto riesgo que los médicos pronosticaron. El Almirante rechazó la leche Nestlé y otras soluciones propuestas por el hospital y se trajo desde Puente Viesgo a una pelirroja de diecinueve años recién parida, familiar lejana, que pasó un año en La Guindalera criando a la huérfana al tiempo que a su propio rorro y ocupándose de la casa. Cristina sigue viajando aún periódicamente para visitarla en Santander, donde se compró un piso y estableció un negocio con el generoso estipendio que el Almirante le entregó a cambio de sus servicios. En la hilera de fotografías enmarcadas había una de la pasiega posando con los dos bebés en el Retiro, y algunas otras de las niñeras que el Almirante fue contratando durante años para ayudarle en la crianza de su hija, hasta que abandonó el colegio y empezó a estudiar en el mismo instituto en el que hoy trabaja impartiendo Lengua Castellana y Literatura.

No había bourbon en el mueble bar. Elegí una botella de un coñac francés del que el Almirante me había hablado durante años. Me senté de nuevo frente a ella, con la pequeña mesita auxiliar entre ambos. No voy a contarte nada, Cris; déjalo estar, ya has hecho bastante por él. No sé de dónde me salieron esas últimas palabras, pero me arrepentí inmediatamente de haberlas pronunciado. Me escuchó mirando al suelo, acariciándose de nuevo el dorso de la mano con las uñas pintadas de rojo. Tal vez hubiese aceptado alguno de los trabajos con los que me han tentado; no me han faltado magníficas ofertas, añadió con un gesto más cercano a la satisfacción íntima que al orgullo. Pero no he echado de menos un marido ni una familia, y me gusta estar en casa, ya lo sabes. Debo mucho a quienes no amo, dijo alzando la vista y forzando una sonrisa. Continuó hablando para no dejarle espacio a mis disculpas. De esas copas bebía una cada noche, se quedaba dormido con el coñac en la mano y el cigarrillo en el cenicero, me dijo señalando el sofá frente al televisor. Solo se fumaba uno al día, que él mismo liaba. A veces los condimentaba un poquito. Eso fue cosa tuya, no lo niegues, añadió alzando un dedo acusador acompañado de una sonrisa limpia nivel 3. Llévate la botella a casa, seguro que le hubiese encantado que la terminases tú.

Alargó la mano para tomar la mía en un gesto cariñoso y discreto de vieja amiga. Cuéntame, qué tal te va todo, hace siglos que no hablamos, apenas me dijiste nada de lo del accidente; ya estás completamente recuperado ¿verdad? Estoy pensando en volver a Barcelona, contesté. Se sorprendió, me preguntó por las razones y las respuestas se encadenaron dócilmente con nuevas preguntas hasta deshojarse todas en la M mayúscula. Se revolvió un instante en el sillón cuando le conté que apenas he vuelto a verla desde los días de aquel viaje frustrado a Alemania, que se había casado hace un año, que espera un hijo. La convalecencia fue bien, pero todavía me duele un poco la pierna a veces, añadí inmediatamente para evitar que los atribulados pensamientos que percibí en su mirada abrumada siguiesen viajando hasta su boca. Pero no me escuchó. Yo…no tenía ni idea, no sé qué puedo decir. Lo siento mucho, balbuceó finalmente retirando muy despacio su mano de la mía. 

Me traje la botella de coñac a casa, y la he despachado solo frente al televisor en las noches de estas últimas dos semanas. Anoche apuré el último trago antes de marcar su número en el teléfono. Esta mañana, el sujetador de Cristina seguía en el perchero de mi dormitorio cuando he despertado. Me gusta verte dormir, ha susurrado acariciándome el pecho con los dedos de su mano izquierda cuando yo aún no había abierto los ojos. En menos de un mes viajaremos a Lübeck.

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11 comentarios en “Alemania imposible

  1. A mí la lectura me ha producido una extraña sensación de soledad. La canción también me ha inspirado soledad. Pero eso es lo de menos. Me ha gustado mucho la descripción que Albert (el personaje) hace de Cristina, con esa mezcla de lo que él conoce y de lo que el Almirante le ha contado. Son dos Cristinas diferentes. Una sensual, erótica, que se aleja del padre y se acaricia la mano, y otra -la vista por Albert (el personaje) á través del Almirante-, infantil y curiosa, que enumera orgullosa los trofeos de su padre.
    “Albert ¿mi padre te hablaba de mí?”. Sí, es Cristina quien me produce sensación de soledad.
    Me ha gustado mucho, Albert (el autor). Y perdón por el rollo…

  2. Lunera qué, ya? ¿Se va pudiendo? Mira que te tengo dicho que hay que escuchar, además de leer.

    A Cris -Cristina, son dos en una, es cierto- le encanta esa canción, Rock. Puede oírla diez veces seguidas sin cansarse. De modo que supongo que no es casualidad que la mujer y la música provoquen la misma sensación. Albert persona y Albert personaje te agradecen la lectura (y la audición) atenta. Siempre un placer verte por aquí.

  3. no te puedo responder.. yo creo que lo intentas.. pero hasta ahí llego.. (no se si me he hecho entender)
    la cancioncita.. como no la entiendo, no me acaba de aclarar nada..
    y ya que me haces ser prosaica aunque yo intente no serlo te digo ya de paso que queda un poco borroso lo de el no viaje a alemania… si fueron unas horas de hospital dos dias antes… no se, no da la impresion de que fuera algo grave y tu por tu parte ya estabas decidio.. o no? no se ná.. lo único que saco en claro, aparte de la belleza del texto y bla bla.. es que otra vez nos dejarás “plantaos”, natural por otra parte, pero grrrr que coraje me dá..

  4. Lunera, tienes razón. O se cuentan las cosas o no se cuentan, pero lo peor es quedarse a medias. Porque quedarse a medias es, desde luego, un “quiero y no puedo” en toda la regla. Yo voy a intentar justificarme un poquito: en algunos casos puntuales, ha habido lectores que han dicho, aquí en los comentarios o dirigiéndose a mí en privado, que algunas de las cosas que cuento les han afectado “personalmente”, para bien o para mal. Yo me alegro cuando lo que digo resulta agradable y me alegro menos cuando hace un poquito de daño, cómo no, pero no tengo ninguna responsabilidad en eso, ni en lo bueno ni en lo malo, porque obviamente no conozco la vida y las susceptibilidades propias de cada cual. Suele decirse que detrás de cada nick hay una persona, cosa que es una obviedad como un templo. Pero lo que también es obvio, y esto no suele tenerse en cuenta, es que detrás de cada “personaje” de una historia también hay una persona. Y en estos casos sí, claro, en estos casos no sólo conozco, sino que comparto o he compartido trozos de su vida y sus susceptibilidades, es decir, sé lo que les hace daño y lo que no.

    Yo estaba decidido, sí, y arriesgué mucho con esa decisión y lo pagué caro, porque tú sabes, lectora atenta, lo que esa M mayúscula significaba para un servidor. Unas horas de hospital no es cosa grave, pero bastaron para quebrar la firmeza de una mujer que renunció a sí misma durante toda una vida, porque no tenía elección o porque se acostumbró a pensar que no la tenía. Esa fue, por tanto, sólo una renuncia más, pero en este caso ese “sacrificio” cambió mi vida más que la suya. Ella sólo ha sido consciente de eso hace unos días, y la culpa, como el miedo, es libre. Así que ya ves que para prosaico yo, que estoy aclarando por primera vez en los comentarios cosas que no quedaron suficientemente claras en el texto. Y encantado de hacerlo, oye, porque insisto en que las cosas o se cuentan o no se cuentan, y ciertamente me quedé a medias, de modo que tiro palante y listos.

    El comentario que te hice ayer sólo era una broma, niña: me hizo reír ese “ufff, cuesta”, y respondí con una gracieta. Y hace poco me dijiste que nunca escuchas la música: bueno, pues esto no es broma: la música es siempre, con diferencia, lo mejor de cada texto de estos míos. Y bueno, yo creo que la música no hay que intentar “entenderla”, sólo hay que escucharla.

    Te doy un beso castísimo, pero luego no te quejes de que te dejo a medias 🙂

  5. Siempre pensé que a quien te hace una pregunta como esa de ¿te hablaron de mi?, hay que verle la cara cuando lo hace para ver si sonrie maliciosamente o simplemente se muestra atento/a.
    A los que lo hacen de la primera forma siempre dije que les encantaba que hablaran de ellos por simple narcisismo imbecil… a los segundos, entre los que creo que Cris debe estar, lo hacen con el temor de confirmar que no hablaran mal de ellos, a algunos nos aterra que lo hagan…. otra forma de ser imbecil tal vez.

    Por lo demás, coincido con Lunera y me sirve la aclaración al respecto, pienso que escribes muy bien para colgarlo solo en internet a mi corto entender, y tal vez los que pateamos los blogs no esperamos y nos sorprende esa calidad que nos hace tener que leer con detenimiento debido a la superficialidad del medio.
    Yo siempre digo lo mismo, a ver si leo luego al pollo este más tranquilo… (y aun así no te creas que siempre te pillo).

    Y si… no hay nada mejor que revolevr el tiempo con el café, ni nada mejor que componer sin guitarra ni papel… sin duda son unos momentos muy bonitos en general.

    Saludos cordiales

  6. …de nada.

    Miguel Ángel, buen apunte ese de tu primer párrafo. Yo añadiría a un tercer grupo, que a lo mejor sólo es una variante del segundo tuyo: el de los que quieren (queremos) saber si somos correspondidos, si quienes hablan de nosotros nos quieren tanto o tan poco como nosotros a ellos. Uno nunca está seguro de nada en estas cosas. Joder, muchas gracias por eso que dices en el segundo párrafo, yo creo que me puesto hasta colorado. Pero te equivocas sobre la superficialidad del medio, te lo aseguro: echa un vistazo a cualquiera de los blogs que hay en la columna esa del blogroll, a cualquiera de ellos. Todos escriben mucho mejor que un servidor. Por poner un único ejemplo de alguien que escribe en la misma línea que yo, es decir, hablando de sus cosas más o menos personales, te sugiero que te des un paseo por ese que se llama “Andthereisnotimetothink”, y después de leer, vienes aquí si tienes huevos y me dices que lo mío es muy bueno para colgarlo sólo en internet. En la red hay escritores de verdad, realmente sensacionales, que ya quisieran para sí los periódicos y las editoriales. Pero te lo agradezco muchísimo, repito, estas cosas siempre animan. Saludos, abrazos.

  7. Complicada, una mujer complicada, quizás en uno de los mejores sentidos de la palabra. El texto sugiere en ciertos momentos que es tímida, pero a la vez, en muchas ocasiones, atrevida y decidida.

    Por una parte parece el epitome de la discreción, incluso excesiva. No sabe la razón de las visitas de su padre al psicólogo o si hablaba de ella y solo lo pregunta una vez que ha fallecido aunque dejando ancho camino hacia la no respuesta. Pero, por otra parte, interroga al autor sobre su vida, con verdadero interés y curiosidad, y no parece tratarse de una “conversación por conversar”.

    Da la impresión, como decía antes, de ser una mujer que toma decisiones y lo hace con la mente clara y sin dudar. No obstante, por otro lado, la enorme influencia de l padre en su vida asoma incluso en la profesión que ha elegido (conectada con el “opúsculo” del que tan orgulloso se sentía el Almirante). Eso hace pensar que, quizás, esas decisiones (rechazar otros trabajos, decidir vivir con su padre y no formar una familia propia, etc.) sean mucho menos libres y mucho más “laissez faire” de lo que aparentan (curioso ese tardío ataque de asma que anuló el viaje, si solía tenerlos “desde mediados de abril hasta principios de junio” y lo sufrió en agosto, justo dos días antes de que su hija y el autor se fueran de viaje, no se yo si la percepción o sospecha de Cristina de que al Almirante le hubiera gustado tener como yerno a Albert es muy exacta).

    Parece una enorme aficionada a la poesía, pero ese viaje, truncado en el pasado y posible en el futuro, a Lübeck, esta relacionado con, en mi opinión, Tomas Mann. Como soy retorcido, no puedo dejar de relacionarlo con el viaje a Cracovia (ese claramente, supongo, relacionado con la poetisa Wislawa Szymborska*), pero no solo a Cracovia, sino al barrio de Kazimierz. ¿Hay alguna relación, en Cristina, o es pura casualidad, que Kazimierz fuera el antiguo barrio judío de Cracovia, cuyos habitantes fueron llevados al guetto y exterminados allí o en campos nazis con que Mann se exiliara de Alemania en 1933, entre otras razones, por su postura anti-nazi y declarado enemigo de la persecución judía?.

    Naturalmente, ese arbitrario desvarío mio, me ha llevado a investigar (http://www.vacarizu.es/d6/comment/reply/607 ) los vestigios y posible presencia de judíos en Cantabria (posiblemente, dado el “opúsculo”, la elección del ama de cría, etc. esa zona parece ser el origen del Almirante). Bien, existieron comunidades judías, tanto “residentes” como refugiados de otros lugares, huyendo de la Inquisición A la vista de esto, y utilizando, abusando, de mi licencia de lector, me invento que el Almirante tenia antepasados judíos, radicados en Cantabria y que esa circunstancia influyó tanto en su vida, como en la de su hija.

    En fin, volveré al texto de verdad. Otro rasgo de Cristina aparenta ser la culpabilidad, el sentirse culpable incluso de cosas de las que no lo es. eso se nota en su reacción al saber la evolución de la historia de M con A (el texto sugiere que se siente culpable por que Albert no cogió esa llamada de teléfono y que de ese polvo, estos lodos).

    Respecto a su edad, no he podido descubrirla, a pesar de los datos del texto. La Maternidad de O´Donell se inauguró en 1956, por tanto, lo único seguro, es que tiene menos de 56 años. El cierre de ese establecimiento es algo confuso, mientras que en unos sitios lo llevan a 1969, en otros hablan aún de ella en los años 90. Como tengo que elegir, debe tener entre 43 y 56 años, un abanico excesivamente amplio.

    Resumiendo, otro excelente e interesante texto que consigue que no me quede solo con su literalidad.

    Un saludo:

    Sanan.ex

    *“En vagones sellados/ van los nombres del país,/ ¿hasta dónde irán así, bajarán alguna vez?/ no pregunten, no lo diré, no lo sé. // Así es. Por el bosque va un transporte de gritos/ Así es. Despierta en la noche, oigo,/ eso es, el retumbar del silencio en el silencio”. Poema “Todavía” de WS.

    **Por cierto, abrigate: http://www.eltiempo.es/lubeck.html

  8. Sanan, antes que nada dos cosas: primero que me alegro de verte de nuevo por aquí; esto no sería lo mismo sin tus espléndidos comentarios, en todos los sentidos de “espléndido”: agudos, densos, atentos, curradísimos, generosos en detalles. Es un auténtico placer. Lo segundo es una disculpa, porque tu comentario apareció horas más tarde de que lo escribieses: WordPress guarda por defecto en la cola de moderación cualquier comentario que contenga más de un enlace, para evitar el spam. Supongo que se trata de esto, aunque tampoco puedo estar seguro porque acabo de comprobar que en algún otro comentario hay varios enlaces sin que esos automatismos del blog lo hubiesen metido por su cuenta en la lista de pendientes de aprobar. La única explicación que se me ocurre es que WordPress no considere como enlaces los links a Youtube, que son en su mayoría los que otras veces han entrado sin problemas. Bueno, en cualquier caso reitero las disculpas y anuncio, a ti y a todo el mundo, que si incluís más de un enlace lo único que sucederá es que el comentario saldrá un poco más tarde, cuando yo lo haya detectado y aprobado. Al respecto tenía dos opciones: o eliminar esa restricción con el número de enlaces “permitidos” o hacer algún cambio para detectar antes (vía teléfono móvil) esos comentarios pendientes de aprobar. He optado por esto último, porque ciertamente la restricción en el número de enlaces es útil para todos: llegan con frecuencia mensajes de esos generados por bots que contienen gran cantidad de enlaces publicitarios, de modo que si levanto esa restricción esto se volvería intransitable por momentos.

    Y después de esta farragosa explicación técnica, al toro. Bravo y con trapío, vive Dios, porque todas y cada una de las cuestiones que planteas son, digamos, un poco delicadas. Empiezo por lo más fácil: “Complicada en el mejor sentido de la palabra” es una definición para Cristina que ni ella misma podría mejorar, estoy seguro. Sí, es exactamente así, especialmente complicada quizá, pero, dicho sea de paso, si encuentras una mujer “sencilla”, en el sentido de fácil de descifrar emocionalmente, no dejes de contármelo (un placer, señoras). Nada que añadir ni matizar sobre lo que dices acerca de la enorme influencia del padre en su vida, sobre la singularidad de su relación con él o sobre el complejo de culpabilidad. Ahí lo dejamos, si te parece.

    Arriba dije que era un placer recibir comentarios como el tuyo, o en este caso en particular, como todos y cada uno de los que habéis hecho a propósito de este texto. Uno no deja de asombrarse de que lo lean con tanta atención. Nunca estoy muy seguro de las razones que me llevan a elegir qué información incluir y cuál omitir cuando transcribo las cintas o hablo de mis circunstancias presentes. Lectores como vosotros serían un auténtico filón si yo tuviera interés en eso del autoconocimiento. No es el caso, no sirvo para esto de autodiagnosticarme, pero realmente me obligáis a plantearme algunas cosas. Cristina es exactamente nueve años mayor que yo. Y cuando digo exactamente, cosas del azar, me refiero a exactamente, ni un día más ni menos, dicho sea sólo a modo de curiosidad. A lo que iba es que este dato es algo que no pretendía contar. Tampoco era mi intención ocultarlo, y supongo que tarde o temprano habría acabado por salir. Pero me releo a raíz de tu comentario y me veo escribiendo que nació “en la antigua maternidad de O’Donnell”, cosa que perfectamente podría haberme ahorrado. O sea, que me apunto para hacérmelo mirar esta extraña pulsión por dejar las puertas sólo entreabiertas, ni cerradas ni de par en par.

    En este mismo sentido, con lo de los judíos me has dejado, sencillamente, acojonado. Si te parece, sobre esto en particular me voy a tomar también la licencia de correr un tupido velo. Eso sí, no quiero dejar de hacerte notar que Lübeck es famoso, entre otras cosas, por ser la patria chica de dos premios Nobel de literatura: Thomas Mann es uno de ellos, efectivamente, pero el otro es Günter Grass, que no nació en el lugar pero vive allí. Sabes que de éste se supo hace unos años, especulaciones aparte sobre si ese hecho es más o menos significativo, que perteneció a las SS. Esos versos incluidos en el texto son, claro, de Szymborska, que es la guapa señora de la foto. Magníficos también, cómo no (otro premio Nobel) esos que tú reproduces.

    Sí, el Almirante era cántabro, por supuesto. Y sí, ese ataque de asma lo tuvo en un agosto, y murió en otro agosto. Lamentablemente, las alergias primaverales eran ya el menor de sus problemas de salud.

    Resumiendo: muchas gracias por el comentario. Y por el consejo: iré bien abrigado. Un abrazo, Sanan.

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