Recuerde

Durante cuánto tiempo tuve la misma foto. No lo recuerdo, cómo podría. A finales de febrero la cambié por una tomada por mí mismo años antes, la estatua de Manrique al contraluz del crepúsculo azul sobre el pico del Yelmo. Horas después, Eugenia envió un corto mensaje para saludarme, elogiar la foto y preguntar, curiosa y cordial, quién era el hombre de la efigie que había elegido para mi perfil. Contesté y ella continuó la charla, qué tal has empezado el año, guapo, hace meses que no hablamos. Ahí siguen mis palabras, las leo de nuevo ahora, “He enterrado a mi padre, he leído a Coetzee, he viajado a Inglaterra”. Tardó, también lo veo ahora, varios minutos en procesarlas, sin duda desconcertada por el laconismo y la brutalidad de mi respuesta, sírvanme estas líneas como la disculpa que entonces no supe ofrecer. Agradecí sinceramente sus condolencias y sus muestras de cariño, contesté a sus nuevas preguntas, caricias de vieja amiga en realidad, no estaba interesada en mis respuestas ni yo en dárselas pero de qué otra forma podía ella continuar ni yo corresponder, acabamos en lo más trivial: Desgracia es el título de la novela aunque quizá no esté bien traducido, tú lo sabrás mejor; el viaje fue el de siempre, Gloucester, Oxford, Bath, Wells, esta vez también Cardiff y Bristol, nos despedimos hablando de Banksy y Massive Attack. No quise contarle que me acordé de ella en Christ Church ante la imagen de Alice Liddell, la niña que fue más tarde la Alicia de Carroll, habría preguntado sin duda por la razón de tan extravagante asociación y yo no hubiera sabido qué contestar. Durante la misa cantada en la catedral de Gloucester tuve probablemente unas décimas de fiebre, me llovió durante todo el día, floté muchos minutos en el país de las maravillas envuelto en aquellas voces angelicales del mismo modo que tantos años antes, de la mano de Eugenia, me había sucedido en el Monasterio de Suso, la negra espalda y el abismo del tiempo, también lo recordé y también preferí no mencionarlo en la conversación por whatsapp. Bendita Uge, eternamente desconcertante y desconcertada, siempre tan lejos del suelo. Tú y yo vamos a querernos mucho, niño. Conservo un viejo papel con unas palabras de amor y dos versos sobre su firma, “Ayer y mañana comen oscuras flores de duelo”.

Avive, despierte

He oído, me dijo, que Desgracia es una novela difícil de interpretar. Quizá yo he llegado demasiado tarde a Coetzee, Uge, lo entiendo demasiado bien. Cuántas firmas en estos últimos meses. Alguien se sorprendió al ver la del penúltimo papel, qué parecida es a la de tu padre. Recuerdo aún las horas practicando para imitar lo mejor posible aquella rúbrica que se me antojaba elegancia irreprochable, saber estar y saber firmar, sentirse seguro y sustancial. Cuando la vio por primera vez me guió sobre el modo de conservar aquellos trazos dotándolos de mi propia singularidad, no fue un parto fácil ni productivo, aún me siento un impostor cada vez que me veo en el trance de dibujarla ante alguien. Tanta gente siempre a su alrededor, la inmensa popularidad que de niño me inquietaba y luego me fascinó y más tarde volvió a incomodarme, todo eso quedó atrás hasta la última noche y la última multitud, la cantidad, la variedad y la calidad de quienes se reunieron para la despedida, a él no le hubiera sorprendido y todavía hubiera echado en falta a alguien, nadie fue nunca remoto ni poco. Me aturdió contemplarme a través de los ojos de aquellos ya casi desconocidos que me vieron crecer y que tantas cosas recordaban sobre mí que nunca supe o ya había olvidado. Traen preparadas antiguas fotografías digitalizadas, de él y de mí o de los dos juntos, a todos les pido que me las reenvíen, a los mayores tengo que enseñarles o me permiten manipular sus móviles para hacerlo yo mismo. Cuando casi todos se han ido repaso esas fotos y reconozco en ellas la prestancia, el donaire, la vitalidad que como la firma no pude o no me permitió copiar. Mantuve la compostura hasta que vi a Tinín de pie en la puerta de la sala, no lo esperaba, demasiado tiempo sin saber ni querer hablarnos. Al amanecer me acompañó al mostrador a completar el último trámite. Mientras precisaba los detalles con una de las auxiliares no pude evitar mirar a la otra. Hablaba por teléfono ajena a mi presencia, pero al segundo vistazo estuve lo suficientemente seguro para interrumpir a la que me daba papeles para firmar: ¿Tu compañera es Montse, verdad? Se giró al escuchar su nombre, con el teléfono pegado al oído abrió de par en par los ojos que en la adolescencia y la primera juventud me mareaban y nunca fueron míos, por qué todo el mundo creyó siempre lo contrario. Reímos un rato especulando sobre las razones, lo no venido por pasado, desde entonces jamás habíamos vuelto a vernos ni a saber uno del otro. Tiene dos hijas, se ha separado. Nos intercambiamos los teléfonos, ahora veo puntualmente cada una de sus nuevas fotos en el perfil de whatsapp.

Contemplando

Cardiff en un día soleado, Millennium Stadium, Stadiwn Mileniwn, me hice una foto delante, aún faltaban meses para la final, ni siquiera se habían jugado los octavos y él había muerto semanas antes pero mientras posaba calculé con detalle lo que me diría cuando se la enviara un minuto después, tienes cara de blanca autosuficiencia pero seremos nosotros quienes juguemos en ese estadio. Juro que imaginé esa conversación y que lo recuerdo y aun que inicié el proceso para mandar la foto, el dedo ya buscando su nombre. Y también que el 3 de junio esperé su llamada cuando el árbitro pitó el final, durante unos segundos al menos estuve seguro de que sonaría el teléfono y su voz al otro lado, muchas felicidades, hijo, vas a salir a celebrarlo ¿verdad? No, no salí, Mireia jugaba en el jardín, me esperaba para cenar. Su nieta, acaso lo que en los últimos años más nos unió además del fútbol por pasiva, la eterna rivalidad entre su equipo y el mío, la menor de las cosas que nos perdonamos mutua y tácitamente. Mucho más y mejor en su caso, llegó a confesar que se alegraba de cada victoria del mío siempre que no fuese a costa del suyo, nunca logré corresponder del todo en eso. Llamaba puntualmente para anunciar cada partido del Madrid, aunque sabía que raramente me los perdía pero por si acaso que andas con la cabeza en mil sitios, has cogido asiento ya en el sillón, tienes cerveza, incluso los amistosos o de veteranos o del Castilla o de las categorías inferiores si los televisaban, ya sé que de los críos no te gusta tanto pero por si tienes tiempo y quieres verlo. Alguna vez le dije que había visto esos partidos sin ser cierto, por no decepcionar su fiel y casi infantil empeño, por no deshilachar el lazo. Hubiera jurado que repartía el tiempo entre procurar respirar, informarse metódicamente de cada encuentro de los alevines y guardarme cada póster, cada foto rara u objeto peculiar relacionado con el Real Madrid que caía en sus manos, su único modo ya de serme útil, probablemente eso creía y nunca le saqué de ese colosal error, cómo hubiese podido, antes tendría que haberlo descubierto yo mismo y sólo pasó después. He perdido la cuenta de las camisetas, sudaderas, reproducciones de trofeos o vajillas completas con el escudo que me traía de casa cuando le visitaba, siempre varias cajas, algunas siguen sin abrir.

Algunas siguen sin llenar. Por cuánto tiempo aún. Lo presente ido y acabado, ayer y mañana, lo no venido por pasado, la negra espalda y el abismo del tiempo. Eugenia me lo recordó días después en otra conversación de consuelo: “Me moriré en París con aguacero un día del cual tengo ya el recuerdo”.

 

Foto de cabecera: Ayto. de Segura de la Sierra. Citas de F. García Lorca, Así que pasen cinco años; W. Shakespeare, La Tempestad; César Vallejo, Piedra negra sobre una piedra blanca; Jorge Manrique, Coplas
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9 comentarios en “Lo no venido por pasado

  1. bueno.. como siguen sin acudir a mi las palabras adecuadas para alabar estos regalos que nos haces, te d iré lo primero que se me vino a la cabeza….”como se puede escribir tan desde el alma y poner una foto tan horroroza como tu avatar, chiquillo?”
    desde el cariño, obviously…

  2. Ahora te veo, y bien guapa además, dicho sea de paso. No me había vuelto a asomar por aquí y WordPress no me avisó con la alarmita correspondiente de tu anterior mensaje, no tengo ni idea de por qué, igual consideró que era muy parco tratándose de ti. Muchas gracias, Pepa. El regalo me lo haces tú a mí acudiendo aquí puntualmente contra el viento, la marea y mis prolongadas ausencias. Eso sí, tengo que decirte que me ha disgustado que te metas con mi avatar porque yo lo veo bien bonito y además me representa perfectamente: un hombre esbelto, audaz, decidido y bien armado 🙂 Que me perdone el señor de tu foto, porque yo no perdono el beso: MUACCCCCCCCCCKKKKKKKKK. Ea.

  3. worspress no te avisa, el correo no lo miras ( y si lo miras no contestas)…..a qué me suena eso???….el señor de la foto no se…pero yo ya me parece que igual me enfado una mijita…niñato

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