Jan Saudek – Agnes

“Mirar las nubes tiene algo de volver a empezar. No importa lo mal que vayan las cosas sobre el suelo, siempre queda elevar los ojos al cielo y luego mirarse las manos otra vez. Recuerdo que hubo un tiempo en que me gustaba darle vueltas a ese pensamiento y aun ponerlo en práctica. Si se pierden las referencias, si el vacío interior amenaza con succionarte entera, ayuda mucho el retorno al principio, a la verdad que tenemos más cerca. Simplemente mirar el cielo el tiempo suficiente, hasta entender que sigue ahí, inmutable y cierto, tal vez concediéndonos una nueva oportunidad.

Hola, Albert. Hablé contigo de esto aquella primera tarde en el Retiro, tumbados los dos en la hierba fresca y tú, siempre más proclive al juego intelectual, te entusiasmaste con la idea y aventuraste que quizá esa sensación psicológica había contribuido a que los hombres tiendan a ubicar los dioses encima de sus cabezas; lo recuerdo perfectamente. Aquella primera tarde en el Retiro fue la mejor de mi vida. Tumbada a tu lado sobre el césped contemplaba el cielo pensando que la luz castellana otorgaba a las nubes un aspecto distinto del que tienen en Barcelona; probablemente aquellas nubes estuviesen dotadas incluso de aroma, el mismo de la hierba que acariciaba las mejillas de los dos. De esas nubes debían llover briznas de hierba que luego formaban praderas en el suelo, de modo que estar tumbada allí era como acostarse sobre la superficie de las nubes. Mientras miraba el cielo pensando todo esto, te volviste para preguntarme en qué pensaba. Qué distinto era todo, qué sitio tan magnífico para empezar de nuevo. Qué gran idea tuviste, cambiar Barcelona por Madrid, una nueva vida bajo este cielo. Pienso en nosotros, contesté. Te giraste hacia mí, lo supe porque escuché un tenue rumor de hierba cediendo bajo el peso de tu cuerpo. Cerré los ojos y las nubes siguieron transitando bajo mis párpados. Cerré los ojos y te abrí todas las demás puertas: el leve quejido del césped me decía que seguías acercándote, y percibí tu respiración en la mejilla, mezclada con las cosquillas de la hierba, y pude distinguir cada vez más claramente la fragancia de tu piel del olor jugoso de la pradera. Me duele la cabeza un poco ahora mientras escribo, quizá es que las nubes ya no transitan por dentro y duele el vacío.

Jan Saudek – Adoration

Repaso lo escrito hasta ahora y tengo la sensación de que han pasado más de cien años. Te echo de menos, Albert. Quizá no recuerdas en qué momento exacto nos conocimos, porque yo tampoco puedo acordarme: seis o siete años atrás de aquella tarde en el Retiro, en el inicio del último curso, probablemente; coincidíamos en algunas clases, luego lo supe, y por tanto debía haberte visto antes en alguna ocasión, pero el primer recuerdo que conservo de ti es la mirada confiada y combativa con que dirigías desde la mesa de la asamblea las concentraciones de estudiantes. He olvidado qué objeto tenían aquellas reuniones, apenas recuerdo un local insuficiente lleno de humo y ganas de lucha, horas interminables de propuestas y contrapropuestas a las que yo asistía en silencio, quizá de pie en las filas de atrás, no lo recuerdo pero me imagino alejada de la zona de acción. Sí recuerdo que, aun sin haber cruzado media palabra contigo, votaba siempre tus tesis porque me fiaba de ti, porque tu vehemencia transmitía sinceridad y sobre todo una lucidez y tenacidad que envidiaba, que aún envidio. Después te encontré muchos días en clase y te observaba, admirándote discretamente, es cierto que como a cualquier otro en quien descubriese la energía, el carácter o la capacidad de relación con los demás de las que yo carezco. En aquellos tiempos, a casi todas horas me reprochaba mi timidez e inseguridad y me lamentaba de ellas, y casi todas las noches elegía como vehículo hasta el sueño la dulce fantasía de que yo también participaba en el grupo dirigente de las revueltas como uno más o simplemente que tú o cualquier otro de aquel círculo hablabais conmigo, compartíamos tardes de copas o reíamos juntos. En las clases sólo conseguía relacionarme con compañeros retraídos y silenciosos, gente que asumía su lugar en el paisaje de fondo, hombres y mujeres a los que, como yo misma, nunca podía encontrarse en la cafetería de la planta baja o en el buen tiempo tumbados sobre las pequeñas praderas que rodeaban la Facultad, compartiendo latas de cerveza o un par de canutos.

Muchos días, mientras asistía a clase, me perdía por la ventana observando a quienes sí lo hacíais, deseando esa misma actitud, envidiando vuestro descaro para sustituir las clases tediosas por ratos de charla y risas, sufriendo por mi propia fragilidad de ánimo, mi indecisión y mi falta de recursos expresivos como un condenado ante la reja de su celda. Tú frecuentabas aquellas reuniones improvisadas sobre el césped. Un día, mientras tomaba apuntes, te vi llegar acompañado de una chica que entonces no conocía; seguro que todavía la recuerdas: Isabel; fue tu novia durante un tiempo, o tu medio novia o una buena amiga, no lo sé; ahora es dirigente de ERC, tal vez la has visto alguna vez en la tele. Os tumbasteis sobre la hierba, mirando al cielo, dispuestos a tomar un rato de sol. Parecíais dormidos o a punto de dormir cuando, dejando un hilo de atención tendido a través de la ventana, decidí volver a escuchar la especulación de la profesora acerca de los orígenes profundos de las migraciones germánicas que acabaron con el Imperio, aún lo recuerdo. Minutos después, el hilo invisible que unía mi curiosidad a lo que sucedía tras la ventana vibró un instante: volví la vista y vi como te girabas hacia Isabel, como pasabas tu brazo alrededor de su cintura y como finalmente te incorporabas levemente para dejar un suave beso en sus labios. Roma estaba a punto de ceder al empuje bárbaro, pero yo no quise saberlo. Pasé el resto de la clase observando el dulce y discreto intercambio de caricias y sonrisas, de mimos y besos. Y palabras. Palabras que a mí me estaban vedadas, veía los labios moverse a través del cristal y me embargó la sensación de que hablabais un idioma prohibido para mí. Intuí súbitamente la profundidad y la anchura de la vida de la gente libre, fui violenta y dolorosamente consciente de que alguien como yo jamás pondría los pies en el territorio que se extendía al otro lado de aquella ventana, en ese instante intuido como mucho más vasto y fértil de lo que nunca me había atrevido a decirme.

Me ha costado siempre tanto encontrar el momento para decirme las cosas; no puedes imaginártelo. Esa noche, a oscuras en mi habitación, no lograba convocar a los duendes que otras noches me susurraban los relatos que me transportaban al sueño. Me revolvía inquieta buscando a los duendes y en cada esquina de la cama aparecía un espejo que reflejaba mi timidez y mi apocamiento, mi falta de naturalidad, mi miedo a la gente y a la vida. No quise hacerlo pero, ocultos los duendes dulces de la fantasía detrás de los espejos, pasé horas despierta pensando en ello, quizá por primera vez pensando, aplicando la razón y la memoria para abordar mis dificultades de comunicación, reconociéndolas al fin abiertamente como un problema, mi problema, la cruz que me ha tocado cargar. Nunca consulté a un psicólogo, nadie me animó a hacerlo. Laieta es un poco encogida pero eso se cura con el tiempo. Lo oí cientos de veces y cuando la edad me proporcionó criterio, entendí que no dispondría en toda mi vida de tiempo suficiente para curarme. Los manuales de psiquiatría le dan nombres muy feos que no me gusta repetir, tú debes conocerlos muy bien.”

Jan Saudek – Strange love

El texto que antecede está traducido por mí mismo del catalán, idioma en el que la carta está escrita. La recibí hace menos de un año. Iba dirigida a mí, identificado en las señas con mi nombre y mi primer apellido, y enviada al gabinete en el que trabajo, es decir, a mi domicilio profesional, que puede encontrarse sin mucha dificultad en algunas guías y webs especializadas. La carta se extiende durante al menos diez folios más, manuscritos por ambas caras. La persona que la escribió me conoce, sin duda alguna: menciona a Isabel, de quien a ustedes les hablé aquí, y recuerda las asambleas del último año en la Facultad, de las que yo también guardo buena memoria. En los folios que siguen, menciona algún otro dato aislado más sobre mi familia, mi lugar de residencia o mis actividades en Barcelona, detalles suficientes para que no quepa duda alguna al respecto.

Pero yo no recuerdo a ninguna Laia, que es como la remitente dice llamarse y como, de hecho, firma la carta y figura en el dorso del sobre que la contenía: su nombre de pila, sin ningún otro dato. No recuerdo haber estado jamás en el Retiro con ninguna mujer catalana llamada así ni de ninguna otra manera, a excepción de la mareta y mi hermana Marta en las escasas ocasiones en que me han visitado, menos aún tumbado sobre la hierba. En los folios que siguen, la tal Laia no vuelve a referirse a mi persona. Se limita a contar su vida, o por mejor decirlo, algunos aspectos de su vida. Los más sórdidos, probablemente. No tengo la menor idea de quién es ni por qué se dirigió a mí, ni sé si realmente la conozco, ni puedo intuir siquiera qué significado tiene ese relato imaginario de una tarde compartida en el Retiro; tampoco entiendo qué quiere o qué pretende de mí, porque nada manifiesta a ese respecto, aparte del escueto e inexplicable “et trobo a faltar, Albert”. A pesar de que obviamente la necesita, no pide ayuda, ni tampoco compresión o benevolencia, ni ningún tipo de respuesta, que en realidad sería imposible, porque no hay dato alguno, ni en la propia carta ni en el sobre que la contiene, que haga posible su identificación. Ninguno de los amigos que aún conservo en Barcelona de aquella época universitaria, ni mi hermana Marta ni la propia Isabel, a quienes mi hermano Carles se ocupó de preguntar en mi nombre, han sabido dar pista alguna de la misteriosa Laia.

Nada más he sabido de ella. El texto completo de la carta está literalmente volcado en dos de mis cintas. Quizá continúe transcribiendo en este blog su contenido, no lo he decidido aún. La que Laia cuenta en esa carta no es precisamente una historia feliz; ni siquiera, de hecho, puedo saber si es una historia verdadera, aunque es bien cierto que así lo parece; pero la considero interesante por múltiples razones y quizás muy elocuente en algún sentido. Tal vez lo haga.

Sigue en “Atlántico”

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14 comentarios en “Laia

  1. Albert, cuánto misterio….

    Dice cosas muy bonitas sobre tí, parece que te admiraba en secreto, en esos tiempos de la facultad que a todos nos gusta recordar.

    El cielo de Madrid es tan bonito…

    Besos jefe

    PD.: No me mandas casi trabajo, me voy a acabar aburriendo…

  2. Pues si…yo mientras leía, intuía que debía ser algo irreal, mira que he paseado veces por el retiro y el césped es de lo peor, me estaba decepcionando que te tumbaras en esa pocilga entre verde y marrón que se observa por el parque de Madrid.
    Estoy segura de que la persona que te escribió la carta no es una chica, seguro…seguro que es un chico…hasta me apostaría algo si algún día lo descubres.

    Besitoss

  3. Entiendo que es una carta que enviaron por error, a consecuencia de algunas coincidencias entre los dos Albert.
    Es un buen texto, intenso …poético.

    El cielo de Madrid, las tardes soleadas, tiene un color especial …y parece que la contaminación no existe.

    Besos, bajo ese cielo, ahora nocturno.

  4. Pues yo me reservo mi opinión hasta ver si decides o no transcribir la carta entera.

    Aunque sí que te digo que me gusta, sea un hecho real o imaginario (cómo si eso importara algo)

    😉

    Besos a repartir.

  5. Qué historia tan increíble. Leyendo la carta, hasta yo te he echado de menos y eso que no te conozco. Me asusta pensar en el impacto que podemos dejar en personas en las que ni siquiera reparamos, en esas otras vidas que vivimos en la fantasía de los demás. Me ha parecido precioso. De psiquiátrico, pero precioso.
    Un saludo.

  6. Albert, hace dos noches tuve un sueño. Existía un lugar nacarado, un edificio exquisito con voces lujuriosas en los pisos superiores, fuera se escuchaban letras conocidas de canciones subversivas, y la ciudad estaba siendo tomada por un movimiento insurgente: yo trataba de averiguar qué sucedía en los pisos superiores, miraba los cuadros de mujeres y hombres jóvenes y bellos, creía estar en un local femenino, exquisito, un lugar respetable, con olor sensato, y a ratos sospechaba que podría haber otras cosas ocultas, mucho más mórbidas. Hablaba al fin con la dueña, al teléfono, una voz impositiva, molesta por mirada inquisitoria y me asustaba, como Laia temía no poder averiguar qué sucedía allí, pedía: unas medias de rejilla color nácar, la dueña se molestaba porqe yo hubiese supuesto que el local era un corte inglés, y los cuadros se convertían en mujeres y hombres de pieles secas de líquen, el olor era dulzon pero empalagaba, decadente, y sentía mucha sed.

    Salía. Encontraba la música qe escuchaba dentro reconocible, estaba entre la guerrilla. El jefe, vestido de azul y rojo, caía debajo de mí, y ponía cara de intenso placer al mirarme, y sentirme sobre él, no había hierba, pero sí un paquete de azúcar cada vez más presente en mis ojos y en mi vientre. Él se levantaba, y decía: voy a comerme todo el paquete de azúcar que tienes ahí, intacto y sin aditivos, -la frase era más directa, pero hace dos días del sueño- la acción era muy explícita, contenido sexual, pero había junto al jefe insurgente otra mujer, que habría salido conmigo del local, y eso me hizo levantarme gritando, sudando con sed y ¡mierda! Tu texto me ha recordado mi sueño.

  7. Albert… un sobre con al menos diez folios manuscritos por ambas caras?.
    Si te interesa profesionalmente vale, pero si no alejate, no puede venir nada bueno de algo así, jajajaja.
    Lo siento, ese dato tan sumamente extraño hoy en dia me hizo olvidar lo leído hasta ese momento, y careció de interés el resto.

    Saludos cordiales………..MAR

  8. Mi querido Albert, en una ocasión yo conocí a una Laia en el metro. Solo fueron dos minutos pero los recuerdo con la misma intensidad que el primer -y único- día.
    No puedo olvidar sus amorosas palabras al despedirse: “como vuelvas a hacer eso llamo a los mossos, pervertido de mierda”.

    Eso es amor, creo yo.

    Siempre suyo
    Un completo gilipollas

  9. Honey, cobre o no sentido, en tu voz debe sonar mejor, sin duda. Besos, rubia.

    Secre, esta es la tarea para el fin de semana: pásalo entero observando el cielo sobre la ciudad, ahora que parece que escampa. Besos.

    Invisibla, ni se me había ocurrido pensar en eso. Me has hecho considerar esa posibilidad; pero, sinceramente, no lo creo; si es así, y a la vista de lo que cuenta en el resto de su carta, sin duda tiene una capacidad envidiable para meterse en la piel de una mujer. ¿Por qué lo crees? Besos.

    Tesa, gracias. ¿Los dos Albert? Yo no tengo el talento que tienes tú para mirarte en los espejos. ¿Qué imagen le devolvía el espejo a tu perrita Laia? El cielo de Madrid tiene su propia vida, va de acá para allá ensimismado, pensando en sus propios asuntos, trascendente y meditabundo. Es un cielo hermoso, sin duda, pero hay que detenerse a mirarlo. Un beso.

    Nosek, gracias. No sé si lo haré, transcribir toda la carta. Es dura. Besos.

    Bárbara, bienvenida, gracias. Esas otras vidas que vivimos en las fantasías de los demás no son nuestras, sino de quien las puso en pie. Y quién sabe, quizá alguna de ellas, probablemente la mayoría, sea más interesante que nuestra propia vida, la real, la de todos los días. Un placer verte por aquí, saludos.

    Sin permiso, bienvenida. A mí tu sueño, tal como lo describes, me ha recordado inmediatamente a un lugar que conocí en Berlín, hace muchos años. Es más, las coincidencias son tantas que me pregunto si tú también estabas allí. Un placer, saludos.

    Marpart, es curioso, a mí suele sucederme lo contrario: cuando me topo con una de esas cosas “tan sumamente extrañas hoy en día”, lo que consiguen es aumentar mi interés. Saludos.

    Sr. Gilipollas, me ha conmovido: usted sabe vivir el amor con la intensidad que merece. Sin duda, a tenor de las palabras que le dirigió, ella también quedó fuertemente conmovida. Lo que me pregunto es cómo le dio tiempo a saber su nombre: ¿acaso lo llevaba bordado en las bragas? Siempre un placer verle por aquí.

  10. Has probado a leer el post en masculino en vez de en femenino? cuando pone tumbada cambiarlo por tumbado y así sucesivamente? no sé si la parte que te has guardado es mas femenina que esta, pero vamos… que a mi, lo que nos has dado a conocer no me parece piel de mujer, es más me parece totalmente neutro.

    Besitos y feliz fin de semana.

  11. Invisibla, usando tus mismas palabras, la verdad es que sí, que la parte que me he guardado es bastante más femenina que ésta. Quizá tengas ocasión de comprobarlo, y con mucho detalle. Besos.

    Soy un hacha como hombre del tiempo, secre. Besos.

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