Mujeres reales

El cielo protector

Qué podemos saber realmente del pasado si la memoria es tan indulgente o embustera, tan arbitraria y antojadiza en el mejor de los casos. Creo que eso lo dijo Mónica pero cómo estar seguro, tal vez fui yo, hablábamos sobre ese tipo de cosas y terminamos por estar de acuerdo, quizá yo con ella pero es probable que su recuerdo sea el contrario, que fui yo quien lo formuló de ese modo y ella quien se mostró conforme. Y sin embargo percibo nítidamente el sabor demasiado dulce de la cerveza y los olores que llegaban desde la plaza, veo con absoluta claridad el paquete de tabaco y el mechero blanco sobre la mesa y los aros en sus orejas, aquellos grandes de plata. Qué recordará Mónica sobre esa noche, la última juntos asomados a Djemaa el Fna, tal vez a su memoria se le antoje que fue la penúltima, cómo saberlo. La Wiki llama a la plaza Yaama El Fna, ya lo he visto transcrito de mil modos, me pregunto con qué nombre la recuerda ella y si aún tiene esos pendientes, los perdía a menudo pero siempre acababan por aparecer en algún lugar inesperado.

“Son estorninos”. Contestó a mi espalda sin que yo verbalizara la pregunta, con una sonrisa franca en los labios, tal vez satisfecha de haberse adelantado a mi curiosidad mientras se ajustaba esos pendientes y el vestido azul con manchas negras, o quizá las formas eran azules y el fondo negro, tampoco podría precisarlo ahora del cielo recién anochecido sobre Marrakech, la misma mezcla de azul y negro del vestido, me sorprendió la casualidad, la coincidencia en los colores de dentro y de fuera de la habitación, pero estoy convencido de que ella ni siquiera recuerda el detalle. El cielo protector, tan viejo y ensimismado, tan ajeno a las bandadas de pájaros que tratan de agotarlo en vano como al desierto y a la ciudad, a los enigmas de las ventanas enrejadas de la medina, los balcones de los hoteles caros, la silueta remota de los palmerales o las luces del alminar de la Kutubia, las vi encenderse mientras fumaba apoyado en la baranda. Anda, ayúdame a abrocharme el vestido. Me sobran por lo menos cinco kilos, eso dijo mientras me ofrecía la espalda, o tal vez sólo tres, seguro que ese número sí lo recuerda, aún se queja a menudo de que nunca está en su peso, ayer mismo en el pie de la foto que envió por whatsapp, como una disculpa o una autocrítica preventiva, nunca supe discernir eso, ni contestar entonces como realmente quería hacerlo: eres la mujer más hermosa del mundo. Lo dije en los años que siguieron, varias veces, pero siempre a destiempo y mal, así lo recuerda ella.

“Deben ser muy guapas, me encantaría verles la cara, qué te apuestas a que lo consigo”. Las dos chicas le tocaban el pelo, primero una y después la otra y luego a la vez, las cuatro manos acariciando sus mechones entre murmullos hasta que dejó de divertirle pero mantuvo la sonrisa y los gestos amables, quizá como estrategia para ganar la apuesta, tal vez únicamente tomando la curiosidad de las muchachas por natural o incluso inevitable, pero el tipo que nos servía los dulces -demasiada miel siempre para mi gusto- las espantó con grandes aspavientos, acabó gritando en su paupérrimo castellano para hacer valer su disposición ante nosotros, no permito la ninias enojar mes visiteurs, eso sí debe recordarlo Mónica, pasamos semanas repitiendo la frase entre nosotros, se reía mucho imitándolo, como al viejo de Ourzazate que acompañaba cada palabra española invariablemente con un “por favor”, por favor no por favor no es caro, por favor queda bonita por favor muy bien en tu salón por favor, qué feo era el hijo de puta, verdad, pero qué hábil, ni el mismísimo Suleyman hubiese pagado lo que pedía pero qué quieres Albert, es mi capricho. La memoria es siempre antojadiza, cuando me pidió por favor quedarse con esa alfombra hacía años que ni siquiera la recordaba, nunca llegamos a usarla. Se la llevó a Amsterdam para el cuarto de la niña, la he visto mil veces en las fotos y los vídeos sentada sobre ella, armando torres de plástico o regañando a sus muñecas.

Qué escribiría Mónica sobre ese viaje. Que a los dulces les faltaba miel, sin duda, siempre pedía más, yo diría que tímidamente pero ella tal vez lo recuerda como cortesía elemental. Regresó a la ciudad años más tarde, me trajo recuerdos de las dos chicas. Al hablarme de ellas se alargó en explicaciones dando por sentado que yo no las recordaría, el pasado común realmente no existe, a veces los recuerdos de cada cual suman pero tantas otras restan. Las chicas de la henna, así las llamó y eso me despistó, para mí eran las chicas del velo. Las encontró otra vez en Djemaa el Fna, la reconocieron y volvieron asombradas a tocarle el pelo, a perfumarle y a pintarle el cuerpo, esta vez sólo los tobillos y las muñecas, eso me contó y por tanto mi recuerdo es por fuerza el suyo, yo no viví ese momento. Pero aquella última o penúltima noche juntos le tatuaron también la espalda y los muslos en un callejón de la medina. Tras dos días intermedios en Essaouira regresamos a Marrakech convencidos de haber aprendido a regatear y quiso demostrárselo a sí misma en la primera ocasión. Antes de empezar a preparar la henna pidieron demasiado, como todo el mundo. Mónica aceptó el precio con una condición: descubríos la cabeza y el rostro y dejad que os miremos, un capricho o un desafío, no sé cómo lo recordará ella. Con seguridad esperaba -esperábamos- una negativa rotunda o al menos dudas y recelos pero nos arrojaron una sonora carcajada al unísono, c’est tout? Buscaron una esquina de penumbra un poco más profunda y lo hicieron despacio, perfectamente conscientes del efecto, pero cuando se desprendieron del niqab aún les palpitaba la risa en los labios. ¿Cuántos tendrían, quince? No, por lo menos diecisiete.

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No puedo recordar qué hicimos en las horas que pasaron desde que abandonamos la medina hasta que mi memoria la recupera de nuevo desnudándose satisfecha frente al espejo. Una constelación de flores en el muslo derecho, uno de los tallos se alargaba hasta alcanzar la ingle y otro acababa enredándose alrededor de la rodilla. La mano de Fátima en el centro de la espalda, el dedo corazón acariciándole el final del cuello. No puedo recordarlo y nada grabé en mis cintas respecto a esas horas, tal vez para ella fueron memorables o al menos dignas de haber sido anotadas, no son pocas las veces que he regrabado para incorporar sus recuerdos, detalles que a mí me parecieron insustanciales, meros frutos del azar, la lógica o la rutina, si es que esas tres cosas no son en el fondo una sola, memoria protectora. Pocos minutos antes de las cinco de la madrugada los estilizados tallos de aquellas flores alcanzaron también mi lengua y mis mejillas, sus dedos largos revolviéndome el pelo y la mano de Fátima abandonando las sábanas, su cuerpo de amazona apoyado únicamente en los hombros y las plantas de los pies. Esos segundos de absoluto silencio, las palas del arco tensándose hasta el límite, siempre me han angustiado, como a un crío frente a la hija del demonio, el inquietante agujero que muerde y succiona, la propia Mónica se divertía en ocasiones detallándole a Julio el Comunista multitud de leyendas de reinos humanos y animales que a él le fascinaban y espantaban al mismo tiempo.

Ella no lo oyó al principio, se lo impidió el fragor de flecha ya lanzada pero yo separé instintivamente los labios, angustiado como un crío, para escuchar mejor la voz que súbitamente levantó el vuelo desde algún lugar. La habíamos oído multitud de veces y en todas partes durante los días anteriores y aún así me costó ese instante de zozobra reconocerla, era una voz humana, del reino de los mortales, no procedía del agujero succionador sino del cielo protector ya más azul que negro, atravesaba el balcón abierto a los jardines amurallados. Qué haces, no pares, lo dijo sin escuchar todavía y antes de dormir se disculpó por el impulso y el tono pero durante el desayuno no abandonó la guasa y la noche siguiente nos detuvimos a oírlo, Alá es inconmensurable, acude a la oración, acude a la dicha provechosa, no hay otro dios que Alá, en un folleto del mismo hotel podía leerse la traducción a varios idiomas de la llamada amplificada del muacín de la Kutubia, era distinta en inglés que en español, una de las dos no era correcta, eso lo ha olvidado sin duda porque recuerdo su sorna cuando me vio dictárselo a la grabadora para investigarlo más tarde. Llévate el folleto y ya está, loco.

Tan arbitraria y antojadiza en el mejor de los casos. Años más tarde, los instantes en los cafés asomados a Djemaa el Fna asaltaron mi memoria en el puente de Brooklyn mientras fumaba junto a mi hermana contemplando el skyline de Manhattan, la silueta de los remotos palmerales recortada en el cielo que todo lo guarda. El centre del món, un hilo que conecta ambos lugares en mi percepción, le hablé de ello a Marta sentados en uno de los bancos del puente, o tal vez sólo lo pensé y todo lo que sucedió a continuación lo imaginé, cómo estar seguro. Me pregunto qué guarda la memoria protectora de Mónica de aquel viaje africano y si, llegado el caso, considerará este escrito como un capricho o un desafío. El pasado común, eso me parecer recordar, no existe.