Entrecintas

Tulipanes

Para Josepepe, que aquí  supo de aquellas hogueras.
Para Rebeca, que avistó a los náufragos.
A la memoria de las olas.

-El Joanet de la barca sabe lo que es carne y lo que son tulipanes. Eso anda diciendo en la iglesia.

Le escucha a su espalda en silencio, apretando los tallos con las uñas para sacarles más sustancia antes de echarlos al cazo. Poca agua y menos tallos, la sequía mengua el pozo y cría brotes duros y encogidos, en horas buscando a la vera de los caminos apenas recoge un cuartillo aprovechable. Cuando por fin hierve el agua se chupa el dedo corazón hasta el nudillo, se arrima a él y se sienta a horcajadas sobre sus rodillas para darle el pulgar y el índice.

-No me dejes siempre a mí el dedo gordo, mujer -le dice con una sonrisa burlona y fatigada después de chupar sus dedos, antes de lamer el escote y buscarle los pezones hinchados-.

-Yo no ando las higueras de sol a sol.

-Pero tienes dos bocas -dice posando la palma en su vientre-.

En las últimas semanas la criatura responde siempre, cambia de postura o suelta un pie; conoce el pulso de la mano de su padre, eso dice ella y él quiere creerla o tal vez es sólo que su sonrisa cuando lo dice también le alimenta como su leche tibia. Ni así tan flaca, todo pelo y panza y huesos, merma la chispa de sus ojos negros. Cuántos años tiene, ni ella lo sabe. Qué poco seso, Carmeta, quedarte preñada en este pudridero, le dijo su madre antes de morir. La enterraron al lado de la iglesia vieja, bajo el pino y los enebros.

-¿Qué son tulipanes?

-Flores. Las crían en el extranjero y las compran gentes de Valencia para sus jardines. Cada tres meses un barco atraviesa Es Freus con las bodegas llenas. El Joanet sabe distinguir a ojo desnudo esos barcos de flores de los que cargan salazones. No erraremos el tiro, tendremos carne para meses.

El Joanet no siempre atina, abrió el primer pozo en Sa Pujada donde no había agua y cuántos meses de trabajo costó aquello; lleva en la sangre el arrojo y la insolencia, los dos los saben, se lo dicen en silencio sosteniéndose los ojos famélicos. Con carne o con tulipanes, esos barcos llevarán centinelas.

-Esta vez lo tiene todo bien hilvanado. Apagar el faro de La Mola y prender en Es Carnatge una hoguera de veinte varas de altura, él sabe cómo disponerla para que el timonel confunda la llama con el faro y pierda rumbo hasta que el casco quiebre en las escolleras. Después todos a una armados hasta los dientes. Somos veinte hombres en la isla, ningún barco lleva tanta guardia.

-¿Y luego?

-Luego esconderse bien. Hay cuevas en las escarpas del cabo que ni la infantería de Ibiza tiene en sus cartas. Ni siquiera las mujeres las conocéis. Se cansarán de buscar.

 

-Gracias, mi niña.

Cada año el mismo ramo exquisitamente envuelto en celofán, el mismo abrazo interminable contra su pecho, el mismo jarrón de porcelana para tenerlos cerca hasta que marchiten. Nunca faltan tulipanes en el cumpleaños de la Carme, ni fiesta en Es Carnatge alrededor de una buena hoguera. Casi cien invitados esta noche de luna creciente y ligera brisa, el Joan bebe hasta saltar desnudo el fuego, nunca se resiste a exhibir su número de equilibrista flamígero, memoria viva de los tiempos hippies de todos ellos, años ingenuos en las cuevas del acantilado de Berbería y las masías de La Mola. La Carme le pidió que fuese el padrino de la Rebequeta y ahora son socios en el negocio de los hoteles, el de Migjorn y los dos de Ibiza.

Los niños juegan aupados a la roca, ajenos a la fiesta de los adultos. Súbitamente, el grito angustiado de su hija se impone a las risas y las conversaciones. La Carme mira hacia la roca, la ve de pie gritando mientras señala el mar oscuro.

-¡Vienen, mamá, viene gente en barcas!

Dos balsas y el resto de los veinte hombres a nado hasta las escolleras. Antes siquiera de que el casco haya quebrado, el Joanet ha puesto pie en cubierta, y apenas diez pasos y tres escalones después ya sabe que no hay más carne a bordo que la de los cinco marineros y el único centinela. Los veinte hombres tiritan de ira y frío en la bodega del carguero mirando incrédulos las pilas de cajones colmados de bulbos húmedos y renegridos como porquería de perro. Vuelcan esa bazofia al mar, rapiñan la cocina y pasan a cuchillo a toda la tripulación.

El Joan es el primero en echarse al agua y nadar hasta los náufragos, más de veinte hombres y mujeres en dos chalupas que ya hacen agua. Sabe Dios cuántos días llevan en el mar, todos los años llegan a la isla cuatro o cinco pateras repletas de africanos exhaustos, el  Joan dice que hubieran seguido a la deriva hasta las escolleras si la hoguera no los hubiera guiado hasta la playa. Rescataron a los que llegaron en esas barcas, pero durante la madrugada supieron por la Guardia Civil que una tercera rezagada se había hundido con otros veinte hombres a media milla de Es Penjats, ninguno sobrevivió a la noche. La Carme se queda en la playa con una joven embarazada, casi una adolescente, procurándole agua y abrigo.

Pone la mano sobre su tripa y la criatura responde otra vez al pulso de su padre, sigue vivo y despierto, acaso más que todos ellos, consumidos de hambre al cabo de un mes apiñados como conejos asustados en las grutas de la escarpas. Al alba de casi todos los días ven en el horizonte las costas de la Berbería. Cuántas leguas habrá de aquí hasta África, Carmeta. Y tú ni siquiera sabes nadar, le dice para arrancarle una sonrisa, apenas un ascua en los ojos negros. Ni la balsa de mejores hechuras nos llegaría para atravesar esa distancia. Antes nos perderá la sed que el hambre, tenía dicho el Joanet, y esa misma noche lo atraparon cerca del pozo los soldados de Ibiza, lo embarcaron a San José y le aplicaron garrucha hasta que reveló el escondite. La Carmeta rompió aguas justo al pie del cadalso.

Los domingos temprano, la Carme y la Rebequeta pasean hasta Es Cap de Barbaria, bajan con cuidado hasta Sa Cova Foradada y allí dentro, sentadas al borde del acantilado, juegan a ver cuál de las dos adivina antes el impreciso perfil de la costa africana. Empieza la primavera, son días de sacar el barco. Después de desayunar, la Carme recoge el ramo de tulipanes y navega con su hija hasta Es Penjats, la Isla de los Ahorcados, antiguo cadalso de la autoridad de Ibiza, el islote donde la patera rezagada se fue a pique. Desde la cubierta, besando cada una de las flores, entre las dos confían los tulipanes a la memoria de las olas.

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Lo no venido por pasado

Recuerde

Durante cuánto tiempo tuve la misma foto. No lo recuerdo, cómo podría. A finales de febrero la cambié por una tomada por mí mismo años antes, la estatua de Manrique al contraluz del crepúsculo azul sobre el pico del Yelmo. Horas después, Eugenia envió un corto mensaje para saludarme, elogiar la foto y preguntar, curiosa y cordial, quién era el hombre de la efigie que había elegido para mi perfil. Contesté y ella continuó la charla, qué tal has empezado el año, guapo, hace meses que no hablamos. Ahí siguen mis palabras, las leo de nuevo ahora, “He enterrado a mi padre, he leído a Coetzee, he viajado a Inglaterra”. Tardó, también lo veo ahora, varios minutos en procesarlas, sin duda desconcertada por el laconismo y la brutalidad de mi respuesta, sírvanme estas líneas como la disculpa que entonces no supe ofrecer. Agradecí sinceramente sus condolencias y sus muestras de cariño, contesté a sus nuevas preguntas, caricias de vieja amiga en realidad, no estaba interesada en mis respuestas ni yo en dárselas pero de qué otra forma podía ella continuar ni yo corresponder, acabamos en lo más trivial: Desgracia es el título de la novela aunque quizá no esté bien traducido, tú lo sabrás mejor; el viaje fue el de siempre, Gloucester, Oxford, Bath, Wells, esta vez también Cardiff y Bristol, nos despedimos hablando de Banksy y Massive Attack. No quise contarle que me acordé de ella en Christ Church ante la imagen de Alice Liddell, la niña que fue más tarde la Alicia de Carroll, habría preguntado sin duda por la razón de tan extravagante asociación y yo no hubiera sabido qué contestar. Durante la misa cantada en la catedral de Gloucester tuve probablemente unas décimas de fiebre, me llovió durante todo el día, floté muchos minutos en el país de las maravillas envuelto en aquellas voces angelicales del mismo modo que tantos años antes, de la mano de Eugenia, me había sucedido en el Monasterio de Suso, la negra espalda y el abismo del tiempo, también lo recordé y también preferí no mencionarlo en la conversación por whatsapp. Bendita Uge, eternamente desconcertante y desconcertada, siempre tan lejos del suelo. Tú y yo vamos a querernos mucho, niño. Conservo un viejo papel con unas palabras de amor y dos versos sobre su firma, “Ayer y mañana comen oscuras flores de duelo”.

Avive, despierte

He oído, me dijo, que Desgracia es una novela difícil de interpretar. Quizá yo he llegado demasiado tarde a Coetzee, Uge, lo entiendo demasiado bien. Cuántas firmas en estos últimos meses. Alguien se sorprendió al ver la del penúltimo papel, qué parecida es a la de tu padre. Recuerdo aún las horas practicando para imitar lo mejor posible aquella rúbrica que se me antojaba elegancia irreprochable, saber estar y saber firmar, sentirse seguro y sustancial. Cuando la vio por primera vez me guió sobre el modo de conservar aquellos trazos dotándolos de mi propia singularidad, no fue un parto fácil ni productivo, aún me siento un impostor cada vez que me veo en el trance de dibujarla ante alguien. Tanta gente siempre a su alrededor, la inmensa popularidad que de niño me inquietaba y luego me fascinó y más tarde volvió a incomodarme, todo eso quedó atrás hasta la última noche y la última multitud, la cantidad, la variedad y la calidad de quienes se reunieron para la despedida, a él no le hubiera sorprendido y todavía hubiera echado en falta a alguien, nadie fue nunca remoto ni poco. Me aturdió contemplarme a través de los ojos de aquellos ya casi desconocidos que me vieron crecer y que tantas cosas recordaban sobre mí que nunca supe o ya había olvidado. Traen preparadas antiguas fotografías digitalizadas, de él y de mí o de los dos juntos, a todos les pido que me las reenvíen, a los mayores tengo que enseñarles o me permiten manipular sus móviles para hacerlo yo mismo. Cuando casi todos se han ido repaso esas fotos y reconozco en ellas la prestancia, el donaire, la vitalidad que como la firma no pude o no me permitió copiar. Mantuve la compostura hasta que vi a Tinín de pie en la puerta de la sala, no lo esperaba, demasiado tiempo sin saber ni querer hablarnos. Al amanecer me acompañó al mostrador a completar el último trámite. Mientras precisaba los detalles con una de las auxiliares no pude evitar mirar a la otra. Hablaba por teléfono ajena a mi presencia, pero al segundo vistazo estuve lo suficientemente seguro para interrumpir a la que me daba papeles para firmar: ¿Tu compañera es Montse, verdad? Se giró al escuchar su nombre, con el teléfono pegado al oído abrió de par en par los ojos que en la adolescencia y la primera juventud me mareaban y nunca fueron míos, por qué todo el mundo creyó siempre lo contrario. Reímos un rato especulando sobre las razones, lo no venido por pasado, desde entonces jamás habíamos vuelto a vernos ni a saber uno del otro. Tiene dos hijas, se ha separado. Nos intercambiamos los teléfonos, ahora veo puntualmente cada una de sus nuevas fotos en el perfil de whatsapp.

Contemplando

Cardiff en un día soleado, Millennium Stadium, Stadiwn Mileniwn, me hice una foto delante, aún faltaban meses para la final, ni siquiera se habían jugado los octavos y él había muerto semanas antes pero mientras posaba calculé con detalle lo que me diría cuando se la enviara un minuto después, tienes cara de blanca autosuficiencia pero seremos nosotros quienes juguemos en ese estadio. Juro que imaginé esa conversación y que lo recuerdo y aun que inicié el proceso para mandar la foto, el dedo ya buscando su nombre. Y también que el 3 de junio esperé su llamada cuando el árbitro pitó el final, durante unos segundos al menos estuve seguro de que sonaría el teléfono y su voz al otro lado, muchas felicidades, hijo, vas a salir a celebrarlo ¿verdad? No, no salí, Mireia jugaba en el jardín, me esperaba para cenar. Su nieta, acaso lo que en los últimos años más nos unió además del fútbol por pasiva, la eterna rivalidad entre su equipo y el mío, la menor de las cosas que nos perdonamos mutua y tácitamente. Mucho más y mejor en su caso, llegó a confesar que se alegraba de cada victoria del mío siempre que no fuese a costa del suyo, nunca logré corresponder del todo en eso. Llamaba puntualmente para anunciar cada partido del Madrid, aunque sabía que raramente me los perdía pero por si acaso que andas con la cabeza en mil sitios, has cogido asiento ya en el sillón, tienes cerveza, incluso los amistosos o de veteranos o del Castilla o de las categorías inferiores si los televisaban, ya sé que de los críos no te gusta tanto pero por si tienes tiempo y quieres verlo. Alguna vez le dije que había visto esos partidos sin ser cierto, por no decepcionar su fiel y casi infantil empeño, por no deshilachar el lazo. Hubiera jurado que repartía el tiempo entre procurar respirar, informarse metódicamente de cada encuentro de los alevines y guardarme cada póster, cada foto rara u objeto peculiar relacionado con el Real Madrid que caía en sus manos, su único modo ya de serme útil, probablemente eso creía y nunca le saqué de ese colosal error, cómo hubiese podido, antes tendría que haberlo descubierto yo mismo y sólo pasó después. He perdido la cuenta de las camisetas, sudaderas, reproducciones de trofeos o vajillas completas con el escudo que me traía de casa cuando le visitaba, siempre varias cajas, algunas siguen sin abrir.

Algunas siguen sin llenar. Por cuánto tiempo aún. Lo presente ido y acabado, ayer y mañana, lo no venido por pasado, la negra espalda y el abismo del tiempo. Eugenia me lo recordó días después en otra conversación de consuelo: “Me moriré en París con aguacero un día del cual tengo ya el recuerdo”.

 

Foto de cabecera: Ayto. de Segura de la Sierra. Citas de F. García Lorca, Así que pasen cinco años; W. Shakespeare, La Tempestad; César Vallejo, Piedra negra sobre una piedra blanca; Jorge Manrique, Coplas
Entrecintas

La ley innata

Dulce introducción al caos

Se hacía llamar Claude. A pesar del acento, nunca he creído que fuese su verdadero nombre. Puta leída o hermosa casualidad, la última mujer a la que he pagado, una improbable prostituta parisina en Brooklyn, aunque me aseguró que no era la única. No dijo mucho más en las dos horas que pasé con ella, solo alguna lánguida sonrisa y los términos estrictamente profesionales. La Claude de Brooklyn se parecía demasiado a la Claude de Trópico de Cáncer, pero nada le pregunté al respecto, no dio pie, la percibí desde el principio distante y derrotada, impaciente por abandonar mi dormitorio. Meses después, al llegar a casa, releí el largo pasaje de Miller sobre las abundantes y precisas diferencias entre Claude y Germaine, subrayé algunas frases en su momento. “No era de las que metían prisa, Germaine. Se sentó en el bidet a enjabonarse y estuvo hablando, afable, conmigo, de esto y de lo otro; le gustaban mis pantalones bombachos. Très chic, en su opinión. Después de ponerse de pie para secarse, sin dejar de hablarme con simpatía, dejó caer la toalla de repente y, avanzando hacia mí despacio, comenzó a restregarse la almeja con cariño, pasándole las manos despacito, acariciándola, dándole palmaditas y palmaditas. Hablaba de ella como si fuese un objeto extraño que hubiese adquirido a alto precio, un objeto cuyo valor había aumentado con el tiempo y que ahora apreciaba como nada en el mundo. Al echarse en la cama, con las piernas bien abiertas, la apretó con las manos y la acarició un poco más, mientras murmuraba con su ronca y cascada voz que era buena y bonita, un tesoro, un pequeño tesoro. Claude no era así, aunque yo la admiraba enormemente: por un tiempo pensé incluso que la amaba. Claude tenía alma y conciencia; también tenía refinamiento, lo que no es bueno en una puta. Claude comunicaba siempre una sensación de tristeza; daba la impresión, inconsciente desde luego, de que no eras sino uno más añadido a la corriente que el destino había prescrito para destruirla. Digo inconsciente porque Claude era la última persona en el mundo capaz de inspirar conscientemente aquella imagen. Era demasiado delicada, demasiado sensible para eso. Claude era simplemente una buena chica francesa con educación e inteligencia de tipo medio a quien la vida había estafado de algún modo; había algo en ella que no tenía fuerza suficiente para resistir el embate de la vida cotidiana. Germaine era puta de pies a cabeza, hasta el fondo de su buen corazón, su corazón de puta, que no es en realidad un buen corazón, sino un corazón indiferente, blando, que puede sentirse conmovido por un momento, un corazón sin referencia a un punto fijo interior, un gran corazón blando de puta que puede separarse por un instante de su centro auténtico. Con Claude había siempre cierta delicadeza, hasta cuando se metía bajo las sábanas contigo. Y su delicadeza ofendía. ¿Quién va a querer una puta delicada? Aunque es magnífico saber que una mujer tiene inteligencia, la literatura procedente del frío cadáver de una puta es lo último que se debe servir en la cama. Germaine estaba en lo cierto: era ignorante y lasciva, ponía alma y corazón en su trabajo. Era puta de pies a cabeza… ¡y esa era su virtud!”. No me cabe duda de que Trópico de Cáncer sufriría de nuevo en nuestros días intentos de censura, hoy ya no por la dominante moral burguesa que la condenó al ostracismo durante treinta años y aún al cabo de ellos se resistió en los tribunales para que nunca fuese publicado. “No estoy demasiado interesado en el feminismo, a pesar de que comparto sus reivindicaciones básicas”. Me sorprendí hace poco a mí mismo dando esa respuesta y luego a solas me pregunté si realmente hay alguna idea o reivindicación en la que esté verdaderamente interesado. Las hay, afortunadamente, pero en el fondo todas son morales, éticas, no políticas. Eso creo. El ejemplar de la novela es de Susi, se lo devolví hace días, solo una parva excusa para visitarla sin que me percibiese de nuevo como el ex novio compasivo que gasta algo de su tiempo en arreglarle las sábanas o acompañarla a dar un paseo. Pero sonrió al verme.

 

El sueño

Camino abrazando a Sadie Q. por los hombros, ignoro si la protejo o me guía, ambos estamos agotados pero hay que seguir andando, es urgente avanzar, el sol se pone. El paisaje es el mismo de siempre en mis sueños, agua y un sendero laberíntico e interminable. En el camino encuentro a mi padre joven, mucho antes de conocer a mi madre, su imagen es la que retengo de las fotos. Está encaramado a una roca, a punto de lanzarse de cabeza al agua, riendo con otros que ya se bañan. Él no me reconoce, ni siquiera me mira. Sadie toma mi rostro con sus manos: díselo ahora, no lo volverás a encontrar, es tu oportunidad, cuando lleguemos la habrás perdido para siempre. Decirle qué, llegar a dónde. Más tarde una bañera antigua, de las de tres pies, yo ya estoy dentro y ella se desnuda con absoluta naturalidad, la sala es desolada, enorme, alta y fría, tal vez un pabellón de refugiados para nosotros solos, su piel es celosamente rosa, sus pechos pesan, me abruman. No hemos llegado, estamos varados en alguna estación intermedia. Susi nos espera. Sadie se encarga de llamarla para tranquilizarla: seguimos en camino, nos hemos perdido pero llegaremos a tiempo. Habla desnuda delante de mí. A tiempo de qué. Ni siquiera se conocen.

 

Lo de fuera

Después de arder, el infierno ya es sólo humo. Hace años que Tinín reniega de Robe Iniesta. Más o menos los mismos que a mí lleva interesándome, desde La Ley Innata. El último disco tiene de nuevo el aroma de aquél, inabarcable y desbordante, no escuché otra cosa durante meses al volante, tiempos de tanta carretera, Introducción, Primer, Segundo, Tercer y Cuarto Movimiento y Coda y más y más kilómetros, todavía hoy que conduzco tan poco asocio inevitablemente por momentos la raya continua con esa única canción dividida en seis partes. Fue el mismo tiempo en que Sadie nos descubrió a Tinín y a mí el Nickjournal Arcadiano, ya les he hablado alguna vez en estas páginas de aquel lugar. Al final de la carretera interminable me esperaba por sorpresa la niebla, tan espesa. Advertí en privado a uno de los administradores del Nickjournal de que el imprevisto me impediría seguir cumpliendo con el pequeño y grato compromiso de escribir algunos textos. Siete u ocho meses después regresé, encontré el lugar cerrado y en la despedida una breve e inesperada dedicatoria personalizada de ese administrador. Creo que nunca se lo agradecí. Gracias, Schultz. ¡Otra vez la niebla! Demasiadas metáforas, Albert, siempre usas demasiadas metáforas, y no me refiero a este caso sino especialmente a aquellos en que finges que no las usas. Me refugio atropelladamente de la autocrítica de Sadie en el argumento de autoridad, remitiéndola al último post de Procuro Fijarme, hoy mismo sale allí casualmente esto escrito: “la niebla proporciona una forma de consideración o desvelamiento elemental”. Me sonríe con franca crueldad antes de leerlo siquiera, creo que se queda con ganas de darme unas palmaditas en la cabeza pero aún así me gusta su sonrisa, los labios tan largos, me gustaría al menos tocarlos. Un día me atreví a terminar un mensaje de whatsapp con el emoticono del beso amistoso, pero no me lo devolvió. Durante la última semana he recibido dos o tres whatsapps diarios de Susi, todos rebosantes de caras amarillas que besan y todos con una única palabra, la correspondiente a las entradas del Diccionario para entender a los humanos que le estaban haciendo reír especialmente. Qué remedio me queda que alardear ante ella de haber sido el primero en entrevistar a su autor a propósito de ese libro, Te voy a hacer una autocrítica: Diccionario para entender a los humanos. Un servidor ya dio entonces razones para hacerse con él incluso antes de que existiera, pero Susi, entusiasta como es, insiste en que las fechas prenavideñas se prestan a aconsejarlo de nuevo expresamente junto al último disco de Robe Iniesta. Ojalá fuera siempre tan fácil contentarla. También por whatsapp porque los médicos le han prescrito ahorrar voz, me avisó a primera hora del día en que salió a la venta de que el disco estaba ya disponible. Desde entonces me raciono las escuchas diarias porque percibo otra vez la riada Innata alcanzándome los pies. Destrozares. Está tan sola que el día entero paso intentando acordarme, pero no puedo. Ha llorado tanto, y ha llorado tan adentro… ¡Aromaterapia! ¡Yoga! ¡Zanahoria! Oye, dile a ese Perro que algunos idiotas lo somos porque no nos queda otra. Me reconforta su risa, aún así, menuda y quebrada. ¡Qué apagado está este infierno!

 

Lo de dentro

Hace unos días le hice una autocrítica a Tinín, probablemente la última. No reaccionó bien. No creo que lea ya este blog, ni por tanto que sepa lo que escribo sobre él, de modo que por qué no decirlo: le quiero, como siempre. Hago un repaso de las veces que ha aparecido en estas páginas, me distraigo sin querer mirando entradas antiguas. Decido borrar la de Olvido, de nuevo sin explicaciones y de nuevo pidiendo disculpas a quienes comentaron allí. No había vuelto a leer la de Dafne, en realidad muy rara vez releo una vez terminado. Me fijo en la fecha, ahora me parece mentira que fuese capaz de escribirlo. Me llama mi padre desde la costa, me despierta con la noticia de la muerte de Castro. Está sentado esperando a que los demás regresen del mercadillo. Se cansa mucho andando y quizá por el cansancio me lo cuenta un tanto asépticamente, pero sé que está pensando en Dafne. Yo también me acuerdo inmediatamente de ella, claro. Sadie me anima a escribir sobre la fuga de la isla sin metáforas: aunque no lo publiques en ninguna parte, tienes que escribir esa historia, a Mireia le encantará leerlo algún día, saber cómo vino al mundo, lo valientes que fueron sus padres y su tío, ver todo eso convertido en un relato literario y sentirse protagonista. Me abruma que me crea capaz de hacerlo y sobre todo que me sitúe junto a ellos, no hice otra cosa que seguir las instrucciones que me dieron, y aún así es probablemente una de las cosas de las que más orgulloso me siento, ya lo dije entonces. También, para qué negarlo, de haber burlado al tirano. Quizás lo haga, de hecho ya fantaseo con el modo en que me dirigiría a Juan Abreu para pedirle que escriba el prólogo. Siguiendo las amables y tajantes instrucciones de su padre, Mireia me llamó hace unos días para preguntarme por el imperio carolingio, por Pipino el Breve y la institución del mayordomo de palacio, no entendía bien cómo un mayordomo pudo convertirse en rey y está segura de que le va a caer en el examen. Contra todo pronóstico porque en principio la toma como una parte más de sus deberes, la charla es larga y fructífera, percibo que le interesa la Historia. Fidel será algún día también Carlomagno, veo cómo El País cambia su titular sobre la marcha, de “Cuba deja atrás el siglo XX con la muerte de Fidel Castro” a un todavía más pomposo “El siglo XX queda definitivamente atrás con la muerte de Fidel Castro”. Intento no transmitirle a Mireia que es bueno alegrarse por la muerte de una persona, ni descubrirle la brutal evidencia de que, aunque ella aún no lo sepa, ese muerto fue su más feroz enemigo.

 

La realidad

Sadie es descendiente directa de uno de los personajes de Trópico de Cáncer, Miller cita a alguien del París de aquella época casi en cada párrafo, refrescar a los conocidos o indagar en los desconocidos me resulta tan excitante como agotador, invierto en ello el doble de tiempo que en la lectura. La casa de Sadie es un museo, el mencionado por Miller no es el único artista de su familia, hay otro mucho más olvidado del que conserva obras en su buhardilla. En las últimas semanas me llama a veces a primera hora, mientras desayuna mirando esos cuadros, para contarme algún detalle recién descubierto en ellos. En la segunda operación, la de urgencia a cara o cruz -ni una metáfora, Sadie-, a punto de entrar en el quirófano le hice un gesto a mi hermano para que se acercara. Susi entendió que debía alejarse unos pasos para no escuchar y le hablé mientras los enfermeros me apremiaban a dejar de hacerlo: llama a Tinín, dile que se ponga en contacto con esta persona. Al escuchar el apellido sin duda creyó que ya deliraba, pero acabé por aclararle: Sadie, dile Sadie, con ese nombre la conoce mejor y él sabe cómo ponerse en contacto con ella, dile que le explique cuanto aquí suceda. No me preguntó quién era ni por qué aquella desconocida era tan prioritaria en ese momento. Ni entonces ni después,  jamás me ha preguntado. Sólo se ha atrevido a recordarme –com per oblidar-ho, brother– que empleé exactamente esa expresión, “cuanto aquí suceda”. Tampoco Tinín, que afortunadamente aún tuvo que informarla durante varios días, me ha hecho pregunta alguna, se limitó a seguir mis instrucciones. A él sí le debo una explicación. Espero que aún sea posible, que las cosas se arreglen entre nosotros, que ambos o por lo menos uno de los dos nos hagamos la correspondiente autocrítica sin la desinteresada colaboración del otro, sólo así será posible. Después de leer el post de Procuro, Sadie me escribe otros versos de Emily Dickinson, de quien apenas sé nada. Estoy seguro de que no lo pretende, pero cuántas veces me hace sentir como el crío que le tira de la falda.

Venir de un mundo que ya es conocido

a uno que es todavía incertidumbre.

Es como la desgracia de ese niño

que tiene una colina por simple panorama.

Detrás de la colina está lo mágico,

todo lo nunca visto.

¿Ese secreto que hay detrás compensa

subir a ella solo?

 

Otra realidad

Vuelvo a la foto, como cada semana. Lo he calculado esta noche un tanto a tientas: hago una visita semanal desde que esa imagen apareció en mi pantalla, tal vez dos ahora que la retratada está ausente. Regresará pronto, no me cabe duda, no puede ser de otro modo porque la echo de menos y al final, ya lo saben, todo me sale siempre bien. Y porque al fin y al cabo no es difícil predecirlo, le pueden las ganas de hablar, de meter baza y terciar, de lucirse y ofrecerse y ser aprovechada, la vanidad y la generosidad de la mano, ambas hasta el derroche, como todos y como siempre en esos lugares. De Dasy nunca tuve siquiera una foto, una sola a la que volver cuando la ausencia excita y escuece, leve y fugazmente en ambos casos, no da en realidad para tanto. Me complace, me divierte y me reconforta, tanto verla como echarla de menos. Es fácil y sale gratis. Me gusta pensar que la deseo. Sin detalles, ni codas ni introducciones. Tal vez un encuentro casual en la Glorieta de Atocha, en la estación o en el aeropuerto, no me lo puedo creer, qué sorpresa tan agradable, Albert, ¿cómo me has reconocido? La foto, claro, es verdad, que puse una en el perfil, qué buen ojo tienes. Es rubia o más bien rubia, lo cierto es que la fotografía no es suficientemente nítida ni siquiera para detectar eso, a veces me parece que lleva gafas y otras que no. Mira hacia abajo, de perfil, bajo la luz artificial de una estancia, supongo que es su casa. Esta noche me llama Sadie mientras fumo delante de la foto. La cierro instintivamente antes de descolgar el teléfono. No me devuelve los besos de whatsapp, pero me gusta suponer que no le agradaría saber que miro a otra. No me atrevo a decirle que no me gustó mucho el poema de Dickinson. ¿Has hecho algo con lo que tenías para el blog? Deberías empezar por lo de Miller.

Entrecintas

Encadenados

niebla 2

Para Roxana, que sin saberlo alumbró este blog. DEP

Noche invernal en la ciudad exterior. Regulan los semáforos su pulso y baja el ritmo cardiaco de los durmientes. La sangre fluye con la misma cadencia de los automóviles que transitan las rondas y los bulevares, todas las arterias tan excesivas ahora, también en la ciudad interior, en el círculo intramuros, tantos muros, tantos círculos. En un apartamento de Juan Bravo, una mujer bebe a tragos largos y espaciados frente al televisor y cuando los ojos ya se le cierran, deja el vaso en el fregadero y sube el embozo de las sábanas de su bebé, antes de acostarse en una cama demasiado grande para ella sola, apenas necesita embriagarse un poco para dormir. Un hombre de vuelta del trabajo cuelga su chaqueta en el perchero de un piso del Barrio del Pilar, su mujer le avisa desde la cama de que la cena está en la cocina. Come solo, de pie, sin vino para no añadir más grados al licor que destila su ánimo. Sigue leyendo

Entrecintas

Invitados a Coca-Cola

Todos estamos invitados es una película de 2008 dirigida por Manuel Gutiérrez Aragón y protagonizada por Oscar Jaenada y José Coronado, que interpreta a un profesor vasco amenazado por el terrorismo etarra, todavía muy activo en aquel año. Con sus desaciertos y titubeos puramente cinematográficos, lo indudable es que no es precisamente una película complaciente con el mundo abertzale, sino todo lo contrario. Uno de sus intérpretes secundarios es Gotzon Sánchez, un actor cuya presencia en aquel film me pasó completamente desapercibida en su momento y de cuya existencia sólo he sabido ayer mismo, a raíz de su intervención en un anuncio de Coca-Cola típico de la marca, es decir, obviamente alejado de cualquier polémica y orientado hacia el lado amable de la vida. Sigue leyendo

Entrecintas

Roads

Beth Gibbons creció en una granja de la campiña inglesa en el seno de una familia de fuertes tradiciones religiosas, absolutamente alejada del modo de vida de los jóvenes de su generación. Después de veintidós años de vida rural, la niña especialmente silenciosa y retraída que apenas se distraía de las labores de la granja con algunos libros de poesía y unos cuantos discos antiguos decidió marcharse de allí sin rumbo fijo. Lo encontró de la mano de Geoff Barrow, músico amateur de Bristol que buscaba una vocalista para formar su propio grupo.

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