No sé si Tomás Gómez es bueno o malo en lo suyo, pero el problema, para él, es que no me importa. Obviamente, no soy yo el problema, sino que formo parte de él, de la mayoría de ciudadanos de Madrid para quienes prestar atención a lo que Tomás hace o dice dejó de ser tiempo atrás un asunto de interés. Y aun así, no es esta legión de desatentos el mayor de sus problemas. Hay otro montón de gente, no sé si más numeroso, pero sin duda más preocupante para sus aspiraciones: el de quienes ni siquiera han oído hablar de él. Nada menos que un treinta por ciento de los electores a quienes pretende atraer a su causa, es decir, de la población de la Comunidad de Madrid, ignoran la existencia de Gómez. Me pregunto si habrá un caso igual en la historia política.

Sean sinceros: a ninguno de ustedes les gustaría que, después de tres años de duro trabajo preparando un examen, vinieran desde fuera para quitarle de en medio, argumentando que no tiene ninguna posibilidad de aprobar y exigiéndole que deje su puesto a una recién llegada que sin duda lo hará mucho mejor que usted. No señor, no debe ser agradable. Menos aún si la cosa tiene lugar en el seno de un grupo de gente que hace años le cogió el gusto a la gresca, la conspiración y los golpes de pecho. Hablo, claro, del Partido Socialista de Madrid, antigua FSM, que ya tiene un episodio más para su colección de agravios, reales o imaginarios.

En fin. Yo sí sé que Gómez existe, aunque nunca le he visto. Sin embargo, como a Esperanza Aguirre, a quien Tomás aspira quijotescamente a sustituir en su puesto, conocí personalmente en su momento a esa recién llegada que a su vez pretende desbancarle a él, la sonriente malagueña Trinidad Jiménez, tercera de nueve hermanos, hija de un ex magistrado del Supremo que también fue fiscal antidroga y sobrina del vehemente fiscal anticorrupción Jiménez Villarejo. Los, con frecuencia, susceptibles simpatizantes del Partido Popular, se maliciarán tal vez que pretendo algo más que remitirme a los hechos si afirmo que a Esperanza la conocí, como ya les relaté aquí, en un entierro, y a Trini en una boda. Pero así fue. A finales de 2005, la entonces concejala del Ayuntamiento madrileño ofició, en su calidad de autoridad civil, una de las primeras bodas entre homosexuales que la nueva ley permitió, ceremonia a la que un servidor fue amablemente invitado por uno de los contrayentes. Yo, por supuesto, como todo el mundo de un tiempo a esta parte, tengo muchos amigos homosexuales, y así lo afirmaría igualmente aunque no los tuviera, porque me gusta ser un hombre de mi tiempo. La propia Trinidad, cómo no, también presumió de ello en aquella ocasión, y en su caso debe ser también plenamente cierto, puesto que no en vano se ha convertido en una especie de musa suplente de los colectivos gays.

La verdad es que Trinidad parece caerle bien a todo el mundo. Excepto a Joaquín Leguina, claro, quien, continuando con su mediocre interpretación -le faltan registros- de viejo centinela de las esencias socialistas, lo más amable que ha dicho sobre ella es que se trata de “una excelente anfitriona”. Se trata, obviamente, de una ironía que pretende rebajar el peso político de su todavía compañera de filas, refiriéndose al hecho conocido de que fue en el domicilio de Trinidad Jiménez en Madrid donde, en medio del café y los cruasanes servidos por la dueña de la casa, el jueves santo del año 2000 se conocieron Felipe González y Rodríguez Zapatero. Fue ella, de hecho, quien presentó al viejo líder y al joven y desconocido abogado leonés que aspiraba a sucederle, tras los fiascos de Borrell y Almunia, en la secretaría general del partido. A pesar de ese arriesgado y, a la postre, perspicaz patrocinio, uno no tiene más remedio que preguntarse si no será el propio Zapatero otro de los escasos españoles a quienes Trini les cae rematadamente mal. Una vez presidente del Gobierno de la nación, la relegó a un papel menor dentro del Ministerio de Asuntos Exteriores, frenando en seco las conocidas aspiraciones de su generosa madrina de convertirse en titular del mismo, tarea para la que llevaba preparándose mucho tiempo; aquello, no lo nieguen, sonó a cachondeíto fino, pero no contento con ello, la envió a una guerra absolutamente perdida de antemano para luchar con Gallardón por la alcaldía de la capital. Y eso no es todo: cuando finalmente decidió darle un sillón en el Consejo de Ministros, le entregó una cartera menor y prácticamente vacía de competencias, la de Sanidad. Todo ello, no hay que olvidarlo, mientras promocionaba a un corrillo de pesos moscas -Carme Chacón y otros- sin experiencia ni mérito alguno en el partido ni fuera de él.

A pesar de ello, Trini nunca perdió la sonrisa -parece tan improbable como que pierda la cuidada melena, el acento malagueño o la asesora de imagen que la acompaña en las entrevistas con la prensa- y ahora está dispuesta a poner una vez más su futuro político en manos de su ingrato ahijado y antiguo huésped, que de nuevo la echa a la jaula de los socialistas madrileños para enfrentarse al triste Gómez, batalla que tiene ganada por goleada -ahí están las encuestas- ante la opinión pública, pero de curso más que incierto teniendo en cuenta que quienes deciden no lo harán, parece evidente, pensando en el partido o en los ciudadanos, sino en sí mismos y en sus pequeñas parcelas de poder. A mí, qué quieren que les diga, que Trinidad Jiménez esté a las órdenes de Zapatero y tenga que enfrentarse a Gómez, me suena tan estrafalario como si el Barça aceptase ser entrenado por Manolo el del Bombo y compitiese voluntariamente en segunda división.

De Trinidad conocíamos su innegable carisma, su capacidad para expresarse con claridad y para mostrarse cercana, trabajadora y honesta ante el electorado. Para la pequeña historia de la política española quedaron instantáneas que favorecieron esa imagen, como su chupa de cuero o la imperturbable dignidad de su atractivo rostro en el tenso episodio del “por qué no te callas”. Delicados asuntos como la nueva ley del aborto, el tabaco o la amenaza de la gripe A, con los que recientemente ha tenido que lidiar, acabaron por sumar a su perfil la evidencia de la buena gestión. “Me obsesiona que la gente recupere la confianza en los políticos”, ha declarado en alguna ocasión. Además de la común afición por Es paradis terrenal, donde sin saberlo he compartido algún verano con ella, mi único contacto personal y directo con Trini ha sido hasta ahora el firme apretón de manos con que saludó a la concurrencia en aquella boda, en la que ofreció a los sorprendidos novios música, poesía y flores que había preparado expresamente para ellos; esta ceremonia, dijo en aquella ocasión y ha repetido alguna vez en entrevistas, no es un acto administrativo más, sino una declaración solemne de amor que conviene dignificar. De dignidad, para qué engañarnos, no andamos sobrados precisamente en la vida pública en general y en la política en particular. Será un placer, si las camarillas de Tomás y Leguina lo permiten, asistir a una segunda edición del trinimaratón y observar cómo se enfrenta y vence a Aguirre. Quizá, quién lo sabe, no sería este el último ni el único combate electoral entre ambas; tal vez la pelea se repita para llegar a ocupar otro despacho, no en la Puerta del Sol, sino apenas unos kilómetros más al norte, en el ya vetusto Palacio de la Moncloa.

“Me dejo apoyar por el presidente, pero yo me apoyo en los militantes”, han sido las palabras con que la propia Trini ha pretendido zanjar la absurda situación en que, una vez más, inexplicablemente se ha prestado a colocarse. Ella sabrá, pero yo creo que una mujer con talento, salero, carácter y belleza no debería dejarse tan a la ligera por el primer abogadillo que se presenta en su casa. Marta, noia, fes-te valer, que tens cos i cap per tenir la paella pel mànec; se lo decía cada domingo mi mareta a mi hermana Marta, cuando se vestía para salir con las amigas. Lo tomó al pie de la letra, y le ha ido bien. Tengo pendiente hablarles, por cierto, de Marta, de mi visita a Nueva York y de aquel vídeo que le grabé durante una primavera en el Maresme, episodio del que ya les di cuenta aquí. Será pronto.

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4 comentarios en “Trinidad Jiménez

  1. Si, la jefa como siempre tiene razon…aunque sea con retraso..lo suyo es dejarte la felicitación de tu día especial aqui, en tu “place”.

    Feliz Cumpleaños ALbert.

    Muchos besitosss

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