Entrecintas, Mujeres reales

Retiro

Ayer me sacaron un rato a pasear. Desde hace dos meses solo he salido a la calle para ir al médico o para tomar de vez en cuando una lata de cerveza en el banco de piedra de la plaza. Julio el comunista vino a recogerme en coche y pasamos la tarde los dos solos, en las orillas del lago del Retiro. El médico me recomendó movimiento para ir recuperando músculo, y Rosa dijo que me vendría bien expandir la vista. A ambos les hice caso: caminé bordeando el lago y en los descansos aproveché para mirar a todas las mujeres que me llamaron la atención. Nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, es cierto, pero no lo es menos que tampoco se toma conciencia de lo perdido hasta que se reencuentra. No entendí con claridad durante mi ausencia del mundo cuánto he echado de menos la involuntaria y bendita compañía de las desconocidas. Sentados en el quiosco o en las escalinatas de la estatua, Julio hablaba mientras mis ojos se columpiaban en el ritmo oscilante de las curvas y los volúmenes, en el vaivén caprichoso de gestos, voces y colores. Me enamoré al menos de cuatro de ellas. Sigue leyendo

Entrecintas

Toc, toc

Esta tarde encontré a Mónica en la terraza de El Castellano, que siempre es el primero en sacar las mesas cuando el sol se impone, aunque sea por la mínima.  En realidad, ha sido ella quien nos ha encontrado a nosotros, a mí y a Julio el Comunista, que caminábamos por la acera hablando de Eric Abidal, sin fijarnos en los clientes de la terraza. Ni siquiera me ha llamado a mí, sino a él: ¡Julio!, escuché de una mesa cercana. Reconocí su voz antes de girarme para mirar. Tomaba una coca cola acompañada de una chica que no había visto nunca y me saludó después que a Julio, con los mismos besos en las mejillas pero sin el abrazo que le ha dedicado a él. Qué tal Albert, cuánto tiempo; ¿os tomáis algo o vais a alguna parte? Julio, por supuesto, se ha dado prisa en asegurar que no teníamos prisa. Nunca la tiene cuando se trata de Mónica. Sigue leyendo

Entrecintas

Las cintas de Albert B.S.O.

L’Albert té bona veu però és molt gandul amb la guitarra, no n’aprendrà mai a tocar com Déu mana. A Marta le gustaba hacerme de menos, por pura diversión. Ella había aprendido los acordes de cuatro o cinco canciones y me quitó de mis tebeos y mis libros para obligarme a aprender también a mí. Cada tarde, cuando la mareta entraba al dormitorio a dejar la merienda, se quejaba ante ella de la desidia con que me tomaba yo sus explicaciones. Luego se cansó de la guitarra y de mí como siempre se ha cansado de todo, pero lo cierto es que tengo que agradecerle a aquel capricho adolescente de mi hermana lo mucho que hoy me divierte componer y tocar. Me regaló su guitarra cuando me vine a Madrid. La tuve abandonada en un rincón de mi apartamento hasta que conocí a Itziar, que había estudiado solfeo y violín desde niña y con más paciencia y más fundamentos, me enseñó lo que hoy sé. Sigue leyendo

Mujeres reales

Primavera en el Maresme

Esta mañana me he topado en Dadanoias con el vídeo que pueden ver al final de estas líneas, aunque es fácil encontrarlo en otros muchos sitios de la red. Está filmado en Súper 8 en algún paraje de Florida por el fotógrafo Jonathan Leder, para la revista Jacques Magazine. Me ha conmovido, claro, pero no sólo en el modo en que también les conmoverá a ustedes, lectores. En mi caso, hay un ingrediente sentimental adicional. Las imágenes me han traído inevitablemente a la memoria un par de tardes de mayo en un soto de un encinar del Maresme asomado al mar, que tiene menos glamour que Florida pero mejor luz. Hace ya tiempo que sé, pobre de mí, que no tengo el talento de Leder, pero entonces estaba seguro de que la fotografía y el vídeo eran el medio definitivo por el que el mundo conocería mi genio. Sigue leyendo

Mujeres reales

Rêbeca

No siempre se estrena uno en mitad de un terremoto. A mí me sucedió. Con internet iríamos más rápido, fui yo quien lo dijo en la reunión de los viernes. Llamaron al que guardaba la caja y al informático: el niño catalán quiere internet, les comunicó la jefa, señalándome con el dedo estirado desde el otro lado de la mesa ovalada de cristal; a ver qué se puede hacer. Pasaron muchos viernes hasta que hubo dinero. Mariano el informático lo dejó todo dispuesto: prueba después de comer, tiene que funcionar. Sigue leyendo

Mujeres reales

Teresa

En los últimos meses, los pezones de Teresa estuvieron siempre erectos. Era una consecuencia del escalofrío permanente que la habitaba. Más allá de mis torpes metáforas, ese frío era real como la sed constante, la fiebre intermitente y la luz en fuga de sus pupilas. Siempre prefirió ocultarlo con ropas amplias y oscuras o sujetadores de copa rígida que la incomodaban, hasta que encontró en una tienda de lencería una especie de piezas adhesivas, entonces yo ignoraba de qué material porque nunca me dejó verlas, diseñadas expresamente para disimular ese inconveniente. La conocí un par de años antes. Era abogada y amaba su profesión. Trabajamos juntos en un encargo privado para el que fuimos contratados por separado, un arduo asunto familiar que nos mantuvo en contacto durante algunos meses. Cuando acabó el trabajo, no volví a verla hasta que recibí una llamada suya tiempo después. Sigue leyendo