Mujeres reales

Era de otro

Cayetano de Arquer Buigas

Calor

No sé cómo percibí su presencia a mi espalda. Fumaba solo sentado en la terraza de Vallvidrera, asomado a la ciudad y a la montaña y tal vez pensando en Mónica, o quizá es sólo que ahora me arrepiento de no haber pensado en ella durante esos días tanto o tan bien como debía y la memoria sale a echarme una mano. Me giré y la vi de pie en el centro del salón, la brisa de la que yo disfrutaba le alcanzaba el pelo y la falda. La sonrisa leve y honda, las manos un poco temblonas cruzadas sobre el regazo, contemplándome absorta sabe dios en qué consideraciones o recuerdos, tan abstraída en ellos que tardó unos segundos en percatarse de que yo también la estaba mirando y se sobresaltó y se ruborizó al encontrar mis ojos y verse sorprendida, la sonrisa se le abrió y salió a la superficie, cariñosa pero todavía azorada. Titubeó unos segundos hasta que por fin optó por la sinceridad más obvia: nada, sólo te estaba mirando, hijo. Lo dijo en castellano y eso aún la delató más, hizo más evidente que ese “nada” y ese “sólo” eran meros subterfugios. Quizá únicamente “qué gusto tenerle en casa” o un todavía más banal “qué mayor se ha hecho”, pero mucho más probablemente algún tipo de preocupación por su pequeño tarambana e imprudente, “qué va a ser de él”, “por qué no se quedará con nosotros, cerca de sus padres y su hermano” o aún peor, “no estará aquí cuando me muera”. Tens calor, Albertet, t’obro el tendal? Sigue leyendo

Entrecintas, Mujeres reales

Retiro

Ayer me sacaron un rato a pasear. Desde hace dos meses solo he salido a la calle para ir al médico o para tomar de vez en cuando una lata de cerveza en el banco de piedra de la plaza. Julio el comunista vino a recogerme en coche y pasamos la tarde los dos solos, en las orillas del lago del Retiro. El médico me recomendó movimiento para ir recuperando músculo, y Rosa dijo que me vendría bien expandir la vista. A ambos les hice caso: caminé bordeando el lago y en los descansos aproveché para mirar a todas las mujeres que me llamaron la atención. Nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, es cierto, pero no lo es menos que tampoco se toma conciencia de lo perdido hasta que se reencuentra. No entendí con claridad durante mi ausencia del mundo cuánto he echado de menos la involuntaria y bendita compañía de las desconocidas. Sentados en el quiosco o en las escalinatas de la estatua, Julio hablaba mientras mis ojos se columpiaban en el ritmo oscilante de las curvas y los volúmenes, en el vaivén caprichoso de gestos, voces y colores. Me enamoré al menos de cuatro de ellas. Sigue leyendo

Mujeres reales

Marta (parte 2ª)

Ver parte 1ª

No, no pienso mandarte ninguna foto. Por lo menos de momento, así que confórmate con esto:

Tengo el pelo oscuro, casi negro, y algunas canas, que no pienso teñirme. Mi pelo sigue siendo estupendo, rizado y cómodo para un desastre como yo. Tengo la nariz y las orejas pequeñas. Me gustan mi nariz y mis orejas: eso tuve que decírtelo en la otra carta. Si me pongo frente al espejo y me miro con detenimiento, empiezo a detectar arrugas de expresión en la frente y a los lados de la boca y también en el cuello. Los ojos marrones, no grandes. Los labios tampoco son carnosos, aunque tú te los imagines así. Hombros anchos, que he nadado mucho. Piel blanca con algunos lunares, sobre todo en la espalda y el cuello. Con el sol me salían pecas (cuando tomaba el sol). Pecho grande, demasiado para mi gusto. Sigo teniendo cintura, y mis caderas tiran a generosas, aunque estoy trabajando en ello. Mi culo me gustaba cuando era más joven; ahora prefiero no mirármelo mucho. No me quejo de mis piernas, aunque tengo algo de celulitis y no la había tenido en toda mi vida. La edad no perdona, es la puta verdad. Ya sé que todavía está lejos, pero temo la menopausia: engordar, ponerme hecha una foca. Peleo, como casi todas las mujeres de mi edad, con tres o cuatro kilos de más. Y que conste: me ha costado muchísimo escribir todo esto, y aun así he sido brutalmente sincera. ¿Te das cuenta de lo idiota que soy? Un beso. Sigue leyendo

Mujeres reales

Marta (parte 1ª)

Andy Smith – Basket

Si un hombre quiere ir a Nueva York, llegará allí a menos que algo o alguien se lo impida.  Leí esa frase en uno de los muchos manuales para aspirantes a guionista que devoré cuando descarté hacerme famoso por medio de la fotografía y el vídeo y decidí que escribir películas era un modo más sencillo y gratificante para ganarse la vida. Como ya les he contado en alguna ocasión, mis pequeñas dificultades con el castellano durante mi más tierna juventud me hacían invariablemente decantarme por mi idioma materno a la hora de escribir. Mi hermano Carles me acabó convenciendo con su habitual pragmatismo: qui collons va a voler a Hollywood un guió escrit en català?  Medité sobre ello y terminé por decidir que Carles tenía razón, que no sólo en Los Ángeles, sino probablemente tampoco en Madrid lograría triunfar como guionista. Sé que existen los traductores, pero cuestan dinero y además la excusa me venía de perlas para ocultarme a mí mismo mi falta de talento. Sigue leyendo

Entrecintas

Toc, toc

Esta tarde encontré a Mónica en la terraza de El Castellano, que siempre es el primero en sacar las mesas cuando el sol se impone, aunque sea por la mínima.  En realidad, ha sido ella quien nos ha encontrado a nosotros, a mí y a Julio el Comunista, que caminábamos por la acera hablando de Eric Abidal, sin fijarnos en los clientes de la terraza. Ni siquiera me ha llamado a mí, sino a él: ¡Julio!, escuché de una mesa cercana. Reconocí su voz antes de girarme para mirar. Tomaba una coca cola acompañada de una chica que no había visto nunca y me saludó después que a Julio, con los mismos besos en las mejillas pero sin el abrazo que le ha dedicado a él. Qué tal Albert, cuánto tiempo; ¿os tomáis algo o vais a alguna parte? Julio, por supuesto, se ha dado prisa en asegurar que no teníamos prisa. Nunca la tiene cuando se trata de Mónica. Sigue leyendo

Entrecintas

Las cintas de Albert B.S.O.

L’Albert té bona veu però és molt gandul amb la guitarra, no n’aprendrà mai a tocar com Déu mana. A Marta le gustaba hacerme de menos, por pura diversión. Ella había aprendido los acordes de cuatro o cinco canciones y me quitó de mis tebeos y mis libros para obligarme a aprender también a mí. Cada tarde, cuando la mareta entraba al dormitorio a dejar la merienda, se quejaba ante ella de la desidia con que me tomaba yo sus explicaciones. Luego se cansó de la guitarra y de mí como siempre se ha cansado de todo, pero lo cierto es que tengo que agradecerle a aquel capricho adolescente de mi hermana lo mucho que hoy me divierte componer y tocar. Me regaló su guitarra cuando me vine a Madrid. La tuve abandonada en un rincón de mi apartamento hasta que conocí a Itziar, que había estudiado solfeo y violín desde niña y con más paciencia y más fundamentos, me enseñó lo que hoy sé. Sigue leyendo

Mujeres reales

Primavera en el Maresme

Esta mañana me he topado en Dadanoias con el vídeo que pueden ver al final de estas líneas, aunque es fácil encontrarlo en otros muchos sitios de la red. Está filmado en Súper 8 en algún paraje de Florida por el fotógrafo Jonathan Leder, para la revista Jacques Magazine. Me ha conmovido, claro, pero no sólo en el modo en que también les conmoverá a ustedes, lectores. En mi caso, hay un ingrediente sentimental adicional. Las imágenes me han traído inevitablemente a la memoria un par de tardes de mayo en un soto de un encinar del Maresme asomado al mar, que tiene menos glamour que Florida pero mejor luz. Hace ya tiempo que sé, pobre de mí, que no tengo el talento de Leder, pero entonces estaba seguro de que la fotografía y el vídeo eran el medio definitivo por el que el mundo conocería mi genio. Sigue leyendo