Luego quedamos dormidos, quizá yo antes que ella, y aún hoy recuerdo que durante esas horas, antes de despertar de nuevo a la piel de Diana, soñé con Susi. Tal vez no lo he olvidado porque, por vez primera, yo también estaba en el sueño, junto a ella, besando su frente y jugando con sus rizos, provocando su risa, mimándola y disfrutando de su alegría como tantas veces sucedía en la realidad misma. Por supuesto que Susi había frecuentado en muchas ocasiones mis sueños, pero siempre se me aparecía igual, tumbada sola en su cama, agitada por el insomnio o la enfermedad, llorando desnuda ante cualquier peligro extravagante o descabellado que yo nunca llegaba a tiempo de conjurar.

Creo recordar que también Diana se reveló aquella tarde en mis sueños, hacia el final, pero quizá es que ya goteaba en mis sentidos la fragancia tibia de sus poros abiertos. No hubo para mí durante aquellos breves tiempos placer más intenso que el sutil y moroso tránsito que desde el sueño me conducía hasta el deleite recobrado del olor de su cuerpo yacente. Yo abría los ojos mientras ella aún dormía, y la miraba; risueño y gozoso husmeaba en la curva de sus labios, en la dulce laxitud de sus senos desmayados o en la seda de sus párpados cerrados, anchas y apacibles praderas donde pastar mi avidez de oteador. Estaba loco por ella.

“El amor es el deseo de las cosas bellas y buenas”. Cada día, mientras yo me duchaba y me vestía para marcharme, Diana fumaba un cigarrillo mientras leía sentada en su cama. Una tarde curioseaba un librillo que usaba a veces, me explicó, como auxilio para el ánimo voluble de las hadas de la inspiración cuando se proponía escribir algún relato, cosa que de cuando en cuando hacía como aficionada, con tan buenas maneras que había conseguido ganar algún que otro certamen; el libro era un compendio barato de citas, frases célebres y proverbios escogidos que esa tarde hojeaba sentada en la cama, silenciosa y desnuda ante mis ojos golosos. Le sirvió para improvisar un juego: si alguna sentencia llamaba su atención, leía en voz alta y esperaba mi respuesta. Esa es de Platón nada menos, dije, y añadí con cierta indolencia: es la mejor definición del amor que he oído jamás. Ella hizo un vago gesto de disentimiento. Una mujer nunca lo hubiese descrito así, aseguró con cierto desencanto mientras aplastaba el cigarrillo en el cenicero. No quise extraviarme por ese camino y lo eludí con una bobada: Platón, al fin y al cabo, fue varón. Es cierto, dijo disimulando apenas la decepción, provocada sin duda, más que por las remotas palabras del filósofo, por mi aparente desinterés en continuar la conversación. Tengo que marcharme, voy a ver a Susi al hospital, argumenté torpemente. Una vez más desde que aquella cama se convirtió en nido vespertino para dos, se despidió de mí con un frío beso en la frente. Diana, mi amor, era bella y buena.

Me duché pensando en Platón, abandoné el apartamento de Diana y me dirigí al hospital. Susi estuvo especialmente cariñosa esa tarde; no era la primera vez que su recurrente dolencia la alejaba de su casa y su trabajo, pero nunca la ausencia fue tan larga como en aquella ocasión había de serlo, para ella una eternidad de diez días que sin duda generaba perturbaciones en sus autoexigencias como profesional y como ama de casa. Fue por eso tal vez que, antes de despedirnos esa tarde, me besó en la boca con vehemencia y me susurró un pequeño plan íntimo para cuando estuviese de vuelta, una exquisita obscenidad que acertadamente juzgaba como una de mis preferidas. Se lo agradecí prometiéndole que seguiría cuidando de sus plantas y de María con todos mis sentidos; era sin duda lo que esperaba.

Al entrar en casa de Susi, María me exigió su cena saltando a mis pies. La hice esperar hasta terminar con las plantas, poca agua a las del balcón del dormitorio, algo más a las del salón. Atendiendo al cóleo sonó el teléfono. Lo cogí y escuché el siguiente saludo: “Hace miles de años, los gatos eran considerados dioses; ellos jamás han olvidado eso”. Buena intuición, contesté, viene de perlas, no ha dejado de maullar desde que entré en casa. Oí la carcajada de Diana y luego su silencio risueño, al que siguió el mío. Esa era una cita anónima, aclaró por fin, tienes disculpa pero estás empezando a fallar con las sentencias, hay que esmerarse, dijo riendo. Lo siento, Diana, alegué en mi defensa, contigo cerca acierto más, no resulta tan estimulante escuchar a la gata como contemplar tu cuerpo. Me arrepentí inmediatamente de aquella alusión a su belleza. Siguió un nuevo silencio, ahora denso y candente. Aún estoy desnuda, dijo, eso debería haberte ayudado. Bueno, ahora que lo sé, inténtalo de nuevo. Calló ella y pude percibir el leve rumor de la yema de sus dedos pasando las hojas del libro. Luego desgranó una corta frase que punteó con profundas pausas, como quien toma fuerzas antes de jalar de nuevo la cuerda del pozo:”La belleza que atrae rara vez coincide con la belleza que enamora”. ¿Por qué te gusta tanto mencionar esa cita? pregunté con un tono amable que probablemente no logró ocultar mi desazón; no es la primera vez que la introduces en el juego; es de Ortega, no lo he olvidado, atiné a decir. Diana, qué chiquilla: cierto que a veces llegaban a aburrirme sus frecuentes e inopinados cambios de ánimo, pero bien sabía ella cómo la adoraba. No dejó mi pregunta sin contestar: lo que realmente me gusta, dijo antes de colgar, es que tú la escuches. María me lamió las manos y las muñecas mientras le servía la cena. Me senté frente al televisor apagado, viéndola comer y con los ficus aún por regar.

Cristian Crisbasan – Domestic

Me quedé a dormir en la cama de Susi. Estoy acostumbrado a dormir solo, pero aquella noche no lograba conciliar el sueño. Con Susi, con otras mujeres antes y después, con Diana en esos tiempos, el silencio y la oscuridad nos abrazaban a ambos como la tibia madriguera de dos sueños que se deslían juntos, me procuraban refugio, intimidad y descanso. Solo en la cama, no me sentía arrullado por la oscuridad, sino amenazado por  una noche negra y callada que no me parecía propia sino ajena, como la cueva de otro. Mi natural tendencia a dormir nada más cerrar los ojos topaba esa noche con una sutil  inquietud que me impedía llegar al sueño a pesar de que lo veía traslucirse entre mis ojos, y quedé así sumido, durante un par de horas al menos, en una farragosa fronda de incompletos mensajes de mis sentidos, jirones de emociones y recuerdos caóticos, giros y giros de un caleidoscopio que transmutaba siempre la misma imagen: Diana. Entre brumas me llegó hasta el olfato el color cobrizo de sus senos,  pude palpar la dulzura del tono de su voz levemente azulada, ven aquí, ven conmigo, probé el sabor de su mirada llena de olas y escuché la permanente inquietud de su ánimo, la leve pesadumbre de formas inconcretas que siempre la envolvía a modo de segunda piel. Poco después de conocerla, meses atrás, me convencí de que ella podría llegar a ser la mujer de mi vida. Entonces creía que difícilmente volvería a toparme con alguien que despertase de nuevo en mí tantas y tan variadas emociones, desde el gozo más sutil hasta la más desbocada ansiedad. Aún recuerdo con detalle el instante en que la vi desnuda por primera vez: se quitó la blusa ante mí con la justa y necesaria naturalidad de quien voluntaria y conscientemente corre el riesgo de aceptar un intercambio de confianza; me miró directamente y a mí, para qué negarlo, me acomplejó ese gesto de valentía; no era firmeza ni seguridad lo que había en sus ojos porque la valentía nace precisamente de la inseguridad, pero yo no fui capaz de sostenerlos mientras desnudaba su cuerpo para mí.

Es una joven psicóloga colombiana, está muy bien preparada, me gustaría que la explorases un poco y si te parece que sirve, échale una mano, me dijo la jefa. Compartimos sesiones, clientes, reuniones dentro y fuera del gabinete, y ya en todas esas ocasiones percibí su magnetismo. La tarde en que se quitó la ropa delante de mí pensé que ella era distinta a todas las demás, quizá una mezcla de todas ellas, quizá la esencia concentrada de todas las mujeres del mundo. Aquella noche en la cama de Susi, entre sueños caleidoscópicos, sintiendo la ausencia de Diana en cada poro, me pareció que un hilo de sangre abandonaba mis venas para buscarla furiosamente entre los pliegues de las sábanas. No encontró más que soledad y silencio y regresó bajo mi piel para contagiarme su impotencia y su rabia. Diana. La busqué inconsciente debajo de mí como un animal desesperado y no estaba, pero fue revelándose en aquel sueño incompleto hasta que al fin, sí, la encontré, estaba debajo y le estaba doliendo, escuché sus gemidos, tímidos lamentos primero y luego un sonoro llanto que tomaba cuerpo al mismo ritmo de mis embestidas sonámbulas. No llores, no llores, le dije mientras retrocedía lenta y confusamente hacia la vigilia; desperté súbitamente a la madrugada del dormitorio de Susi empapado en sudor, tumbado de bruces sobre la cama. Pero el llanto no había cesado, ahora podía percibirlo nítidamente. Llegaba desde el pasillo hasta mis oídos: era el timbre del teléfono móvil. Me levanté aturdido y corrí a buscarlo, descolgué y escuché inmediatamente la voz llorosa de Susi; he tenido una pesadilla, necesitaba escuchar tu voz ¿te he despertado?; mi pobre Susi, sus pesadillas, cuánto tiempo llevaría llamando. Apenas me vestí con lo imprescindible y salté al coche. Allí estaba cuando llegué a la habitación del hospital, abrazada a la almohada, incapaz aún de escapar por completo al sudor del mal sueño, indefensa ante la oscuridad y la fiebre. Tomé sus manos, besé su frente, la arrullé con tiernas palabras, mi niña, no pasa nada, ya estoy aquí, y ella dejó de gemir, me sonrió reconfortada y se abrazó a mí. Seguí besándola y acariciando su pelo en la fría penumbra de la habitación del hospital hasta que se tranquilizó por completo. La suave cadena de sus brazos se distendía alrededor de mi espalda y sus rizos negros volvieron a acomodarse a la almohada. Mantenía los ojos abiertos, aún enrojecidos, perdidos en algún punto oscuro de la habitación, el gesto abatido, sumido en  sobras de lágrimas esparcidas por sus mejillas; las sequé con un dedo mientras sostenía su mano caliente enredada en la mía, mi Susi, me quedo aquí contigo, descansa, no pasa nada. Ella cerró los ojos y yo me quedé mirando sus dedos aún enlazados en los míos, su rostro de niña mala, con la perturbadora sensación de que volvía a verlo después de mil años de ausencia.

“La libertad de amar no es menos sagrada que la libertad de pensar; lo que hoy se llama adulterio, antaño se llamó herejía”. Probablemente me brilló la mirada al escuchar aquello y Diana debió notarlo porque me devolvió un guiño cómplice. Estaba desnuda, sentada a los pies de la cama con el libro abierto sobre su regazo y un cigarrillo en la mano. Yo la miraba, aún tumbado sobre la almohada con las manos bajo la cabeza, y alargué mi pie izquierdo hasta rozar su sexo con los dedos. Mi buen Víctor Hugo, dije satisfecho, hacía mucho tiempo que no la escuchaba pero siempre fue una de mis favoritas. Sabía que iba a gustarte, dijo con un tono desafiante, extrañamente inquietante. Cerró las piernas súbitamente, casi con brusquedad, y me buscó la mirada. ¿Cómo está tu novia? No es mi novia, contesté, y está bien, mucho mejor, le dieron el alta hace una semana. Diana no dijo nada pero dejó sus ojos clavados en los míos. Nunca supe exactamente qué quería, qué deseaba Diana, qué esperaba de mí. Me aparté de ella, me incorporé en completo silencio y cuando regresé del baño estaba de pie frente a la estantería, como siempre antes de marcharme, desnuda, con un cigarrillo en una mano y el libro de citas en la otra. No se giró para recitar la frase escogida, la musitó dándome la espalda: “Seducimos valiéndonos de mentiras y pretendemos ser amados por nosotros mismos”.

Esa noche regresé a casa antes de la hora prevista. Pasé la noche con Susi. La encontré en la cocina, preparando la cena; ante mis protestas, me besó en los labios y me sonrió: estoy mucho mejor, tonto, y quiero hacerle la cena a mi chico. Cenamos juntos y luego nos tumbamos en el sofá a ver una película. Puso la cabeza sobre mi pecho y yo temí por un instante que percibiese allí algún hueco recién abierto, una holladura fresca que, hoy lo sé, tardó en cerrarse. En los tres días siguientes, no salí de aquella casa; deseé a Susi como la deseaba al principio, antes de empezar a acostarnos juntos, como aquellos días en que su cuerpo, su sonrisa y su mirada flotaban sobre cada uno de mis pensamientos. Aquellos fueron tiempos felices para los dos. Cicatrizaron viejas heridas entre nosotros, recuperamos la confianza, la afinidad y la complicidad tantas veces suspendidas. A pesar de ello, no olvidé fácilmente a Diana. Dejó el gabinete y se marchó de Madrid para trabajar en otro lugar donde le pagaban el doble. Sólo unos meses después de nuestro último encuentro, de la tarde en que citó a mi odiado Geraldy, reuní la seguridad necesaria para llamarla e interesarme por ella, usando como excusa la cercanía de las Navidades. La encontré bien, con más ánimo del que esperaba; incluso parecía haberla abandonado aquella languidez cercana al desaliento que solía afectarla. Le conté que volvía a ser feliz con Susi, sin una sola mentira, sin una sola ocultación o verdad a medias. Interpreté su enhorabuena como cálida y sincera. No he vuelto a verla, pero el día de Año Nuevo recibí una postal con su firma y una cita subrayada: “Cualquier hombre puede llegar a ser feliz con una mujer, a condición  de que no la ame”. Diana, qué chiquilla: Oscar Wilde, por supuesto.

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13 comentarios en “Diana

  1. Nos quedamos con las ganas de saber la cita de Platón que tanto disgusto le causó a Diana (¿Diana cazadora?), creo que podría ser esta: “La mayor declaración de amor es la que no se hace; el hombre que siente mucho, habla poco”. Me gustaban las sentencias y citas, como a Diana, ya no.
    Lo he leído un par de veces, es una gran historia, agridulce, como todas las grandes historias, que siempre dejan un poso de desazón difícil de colar. Y ¡tan bien escrita! aunque me descoloca alguna expresión como “chiquilla” junto a, o cerca de “caleidoscopio”, “el sabor de su mirada llena de olas y escuché la permanente inquietud de su ánimo, la leve pesadumbre de formas inconcretas que siempre la envolvía a modo de segunda piel”. Cualquier mujer odiaría la primera y se aferraría a la segunda como si su vida fuera en ello, aunque con mucho miedo de apropiárselo, no sea que el espejismo se desvanezca, sin querer tomar conciencia de que los espejismos siempre se desvanecen justo cuando estás a punto de acariciarlos.

    Besos, Chico Guapo.

  2. “El amor es el deseo de las cosas bellas y buenas”. Está al principio del párrafo. He visto la frase escrita así, tal cual, en alguna parte, pero estoy seguro de que no es literal, sino más bien un resumen de algunas de las ideas centrales de El Banquete, es decir, de la obra en que se basa el concepto luego forjado como “amor platónico”.

    Ya sabía que te gustaban los caleidoscopios, rubia. Gracias por tus palabras. Besos, chiquilla.

  3. Una sensación de extrañeza me invade al leer el texto, no puedo explicarlo…; por cierto, y pese a lo largo, es muy bueno, como siempre.

    Sólo dos comentarios (o conclusiones o dudas, no sé cómo llamarlo, aunque seguro que cada vez que lo lea tendré distintas): en primer lugar, la piel de Diana debería ser especial, por lo que deduzco de la primera parte; en segundo lugar, me pregunto, estabas loco por Diana como dices pero, ¿qué sentías tú por Susi?, porque ella te consideraba su chico…

    Y para terminar, ¡he sido la visitante 5000!!!! ¿algún premio? jajaajja. Enhorabuena.

    Muchos besos

  4. Conocí una Diana -que no lo era- que utilizaba ese nombre como máscara.
    A veces, enmascarados, podemos hacer cosas que nunca haríamos a cara descubierta.
    Hasta un nombre puede ser un disfraz.

    Besos.

  5. Tus historias siempre tienen algo reconfortante a pesar de que algunas sean agridulces.
    Si hay bandas sonoras para momentos concretos,esta seria una “banda literaria”
    para que te la cuenten en una playa,atardeciendo y con una cañita en la mano.
    Son de esas que despues de escuchar suspiras.
    Inspiradoras.

  6. Aprobada en francés, rubita 🙂 Toma un bocao en las coletas.

    Nerea ¿piel especial? para mí lo fue, sin duda. A Susi la quiero mucho. Claro que hay premio: un fabuloso viaje en avión a Islandia. Gracias resalá, petons.

    Tesa, yo lo hubiese dado todo por llamarme Ezequiel. Con ese nombre, me hubiese atrevido a cosas que jamás he osado hacer, estoy seguro. Un beso.

    Gracias Sputnik. Me suena estupendo lo que dices, lo tomo como un gran halago. Saludos.

  7. Diana la fugaz…..en fin…me sigo quedando con Susi.

    Y que me dijiste una vez en un comentario…Susi no es tu novia?? ya…bueno…que no la has comprado un anillo…es que no te capté esa vez…

    Muchos besitosss, escribes muy bien

  8. Esa cita de Oscar Wilde estaba entre unos recortes viejos pegados en un corcho de la oficina, tapada por otros más recientes pero dejandose ver siempre que el aire entraba… con el último cambio desapareció pero ha sido como volver a verla.

    Saludos Albert,me gusta leerte………MAR

  9. Invisibla, Susi no es mi novia y si quieres te lo pongo también por triplicado 🙂 Gracias por lo que dices. Besos.

    Nerea, no puedo deshacerme de ti, cobras poco y trabajas bien. De momento, te nombro la empleada del mes de este blog 🙂

    Marpart, me alegro de haberte devuelto un pedacito de ese corcho desaparecido. La frase original aparece en Dorian Gray, aunque la colaron también de rondón en los diálogos de la última versión para el cine de El Abanico de Lady Windermere: se ve que el guionista no pudo resistirse a la genialidad de esas palabras. Gracias. A mí me gusta verte por aquí. Saludos.

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