Echo de menos mi cabeza. La perdí en el peor momento, cuando la boina de padre ya me encajaba sin necesidad de remiendo ni alfileres y madre me dejaba peinarme solo, y así yo ya no padecía esos fatigosos minutos en los que tanto se quejaba entre burlas de mis rizos y tantas carantoñas me hacía mientras me mojaba el pelo y me pasaba la peinilla; no es que no me gustasen pero eran demasiadas, mujer más besucona no he conocido. No es que me diera tiempo a conocer muchas, mis dos hermanas mellizas y la vecina Remedios y mi abuela, aunque a ella solo la recuerdo muerta, pero pinta de zalamera como su hija tenía, eso me pareció, un poco flacucha y pálida pero con cara de buena salud. No sé de qué se murió, sería de vieja, lo único que me dijeron es que el Señor la había llamado a su lado. Me la imaginé durante mucho tiempo sentada en una nube de buen tiempo con el mismo vestido que llevaba en la caja pero despierta y charlatana, hablando con el Señor de lo que nosotros hacíamos abajo, que no era mucho y todos los días más o menos lo mismo.

Ni a fijarme bien en las tres niñas de mi edad que había en el pueblo me dio tiempo, mucho menos a saber si también daban besos y tenían otra gracia que los de mi madre. Que que me figuro que sí, porque ahora yo también las veo desde arriba ya mucho más mayores y sus novios, el Joaquín y mi hermano, parecen muy conformes después de estar con ellas en el río o donde el alambre. La Almudena no tiene novio, no sé yo muy bien por qué, era la más guapa y garbosa, eso decía todo el mundo; a mí me parecía tan sosa y asustadiza como las otras dos. A ninguna podías enseñarle un ratón ni vivo ni muerto sin escuchar gritos, y mucho menos convencerlas de saltar las vías cuando venía el tren o tirarse desde la encina; solo la Rosita, que era orgullosa y presumida, se atrevió una vez hacerlo y se quebró un hueso y qué llantos. Nos castigaron una semana porque dijo que la habíamos obligado, menuda embustera. Pero no le guardo rencor, cómo podría si ya es de la familia. Mi hermano se lo dijo una noche a madre, que se casaba y que iba a construir un piso más en la casa para vivir los dos y los niños que vinieran allí con ella, y no dejarla tan sola. Las mellizas ya se habían ido del pueblo casadas con forasteros, con quién si no, allá no quedaba otro hombre disponible que el Joaquín y era más joven que ellas y a ninguna de las dos le gustaba, y además ya estaba de medio novio con la Begoña.

También me llamó a su lado el Señor, bien pronto y de qué manera, no imaginaba yo que llamaba con tanto escándalo, a mi abuela se la veía en la caja tan entera y plácida. Nueve años tenía, no iba a la escuela porque no había en la aldea pero madre, como a los otros tres y luego a la Rosita ya casada con mi hermano, me enseñó a leer y escribir, y así puedo ahora rellenar estas cuartillas que no sé cómo voy a haceros llegar. Ya buscaré el modo, hay maneras de mandar un mensaje si uno halla la oportunidad y la aprovecha, eso tengo visto por otros que por aquí también andan. Yo ensayé con madre, para decirle que estaba bien y que no llorase tanto, pero no acerté porque mira que tuvo años el luto y las lágrimas, muchísimas más que cuando se fue padre. A él no se lo llevó el Señor sino una fresca. No puedo deciros el nombre porque así se la mentó siempre en casa, fresca o mujerzuela cuando madre estaba muy rabiosa, que no era muchas veces; yo creo que tampoco le quería tanto, lo normal en cualquier marido y mujer. Pero la dejó sola con cuatro hijos, eso al más templado le provoca arrebatos y berrinches, yo la comprendo. La verdad es que no le duró mucho esa furia, solo en los primeros meses, me peinaba sin muchas ganas y no me daba besos y entonces yo sí los echaba de menos, como ahora a mi cabeza.

Nueve años sigo teniendo, yo creo que ya para siempre, pero a ciencia cierta no sé deciros porque nunca he entendido bien cómo funcionan las cosas por aquí, y de seguro será por no haber ido a la escuela; a los otros los veo mucho más espabilados y capaces, se meten en los pensamientos de sus deudos y mueven muebles y hasta desatan tormentas, eso lo he visto yo, no sé con qué porque los ojos los tenía en la cabeza y me la quitaron, pero veo y pienso y siento y a veces sueño. Yo no he sido capaz todavía, ni de meterme en las cavilaciones y tristezas de madre ni de mover siquiera un alfiler de su costurero, igual es por falta de experiencia. Y ahora me veo en el aprieto de no saber si contar lo que me pasó, quién me cortó la cabeza y se la llevó y dejó el resto de mi cuerpo allí tirado en el majuelo empapadito de sangre. De esa forma tan mala me encontraron los guardias después de toda una noche buscándome. Solo a mi hermano le dejaron verme en el cuartelillo, pobre, menudo espectáculo, nunca ha tenido mucho espíritu, y yo creo que por eso la Rosita lo tiene tan enamorado; por muy mayor que se haya hecho y tanto le haya crecido todo, no entiendo yo cómo una niña puede sorberte así el seso, será por los besos; ahora me da un poco de pena no haberlos catado.

No mientras tuve cabeza, porque después sí me han dado muchos. Uno cada noche en el papel del único retrato que me hicieron, en la puerta de mi casa con las mellizas y madre, mi hermano también pero como si no estuviera porque ni siquiera se tenía en pie de pequeño que era, lo sujetaba madre en sus brazos. Digo yo que es a mí a quien la Almudena le da los besos antes de acostarse y echar ya en la cama esas lágrimas gordas que le ruedan por las mejillas como siamesas. No creo que sea por el resto de mi familia, por qué iba a llorar por ellos si nadie les cortó la cabeza por maldad o locura o vicio. Eso le dijeron los guardias y los médicos a madre, que por algo de eso tenía que ser, no se le corta la cabeza a un niño si uno no tiene el corazón muy negro o muy descabalado. Menuda escandalera se armó, salió el pueblo en la radio y los periódicos, y hasta padre se presentó en mi velatorio. Pero madre tanto disgusto por mí tenía y tan desanimada estaba que ni ganas de sacarle los ojos le quedaron. Y mira que dijo veces años antes, cuando le daban aquellos arrebatos, que hasta el alma le arrancaba si volvía a verlo alguna vez. Lo único que le arrancó fue un botón de la camisa del abrazo tan fuerte que se dieron; hay que ver cómo lloraban los dos y qué consumido estaba padre por la pena y el reconcomio cuando echó aquel montoncito de tierra encima de mi caja, que era de madera buena, la había pagado el alcalde.

No fue el primer día ni el segundo ni el tercero después de mi entierro, pasaron meses hasta que madre le consintió volver a poner el pie en la casa, de rodillas lo vi postrarse y anda que no renegó de la fresca. “Ay qué mala cabeza, yo no sé qué me dio”, cosas de ese estilo decía todo el rato día tras día hasta que a madre se le ablandó el corazón; tampoco hace falta mucho, ella lo tiene así por su propia naturaleza, benigno y clemente. Eso le dijo la Remedios, “demasiado buena eres, niña, no te merece”; pero es verdad que también iba teniendo ya una edad y no quería estar sola, en eso también la comprendo. A mi hermano le está costando mucho más perdonar a padre, todavía no le dirige la palabra. A la mujerzuela ni se la mienta en la casa, como si nunca hubiera existido. Pero vaya que si existe, yo la miro desde aquí arriba envejecer sola y triste, ya no está tan joven y lozana como cuando la vi una vez en vida, entonces apenas fueron unos segundos pero la reconozco, es la misma mujer, rubia y con ese gesto tan dulce y los ojos tan azules, como para olvidar su cara. Padre pasó apenas un año con ella, luego riñeron porque él no se olvidaba de su mujer y sus hijos y estaba tan arrepentido que no pasó un día sin la tentación de volver a casa. Varias veces hizo la maleta pero con qué cara se iba a presentar, eso le cuenta a madre y yo le creo, lo dice con muchísimo sentimiento, dándole unos abrazos que me la va a romper. Así que dejó a la rubia lozana y pasó varios años solo muy lejos, en no sé qué ciudad de la costa, trabajando de albañil y mecánico y rumiando como las vacas la culpa que tanto cuesta mascar, así se lo dice a madre, mirándola con unos ojos que hasta lástima da, parece un ternero.

Y luego padre vio mi retrato en el periódico, ese que ahora tiene la Almudena. Madre se lo regaló por eso, porque tiene el corazón como una esponja, y en mi velorio la Almudena no dejaba de llorar como si ella fuese una doliente más y a madre le dio muchísima pena. Nueve años tenía como yo, tan niña y tan triste que ni comía ni dormía, eso le contó su familia a madre. Y un día se presentó en su casa para darle un montón de besos y regalarle el retrato. Y mucho no la alivió, porque todavía lloraba más cuando se metía en la cama con él bien apretado contra su pecho; pero es verdad que ya empezó a dormir y a comer y con los años se puso guapa, tanto que he perdido la cuenta de los pretendientes que ha rechazado. Nunca ha dejado el pueblo, yo pienso que por cuidar de sus padres pero que así también aprovecha para una cosa a la que le tiene mucha afición, tejer coronas de abrótano y arreglar ramos de lirios que va cogiendo por el monte y llevarlos por lo menos un día a la semana al cementerio. Los besa como al retrato y los deja encima de mi tumba mientras las dos siamesas se le escapan otra vez de los ojos, qué dos lágrimas más lucidas y recias le salen; la verdad es que tiene los ojos bonitos, a lo mejor hice mal no fijándome en ella cuando yo todavía tenía labios y podía haberle dado un beso, seguro que se hubiera dejado. Yo creo que hasta hoy, con veinticinco años, se dejaría si me hubieran dado la oportunidad de ponerme tan alto y bien formado como ella está ahora. Me alegro de que tampoco me viera sin la cabeza, debía dar mucha impresión. De haberme visto así, seguro que no me llevaría lirios.

A veces pienso si no será por ella, por sus dos siamesas, por lo que es ahora, después de tantos años de silencio, cuando siento este aguijón de contar lo que de verdad me pasó y quién me cortó la cabeza. Puede que haya tenido que ver el hecho cierto de no saber cómo hacerlo, de no ser capaz todavía de meterme en los pensamientos de nadie ni de mover cosas ni señalar gente ni lugares con rayos. Pero la verdad es que, aun habiendo podido o sabido, me parecía más cabal no decir una palabra, ni al Joaquín que era mi amigo ni a mis hermanos ni mucho menos a madre ni a padre; sabe Dios lo que hubieran hecho, separarse otra vez por lo menos, eso seguro. Y la verdad es que yo los veo muy bien juntos, hacen buena pareja; él sale al campo y ella ordeña haciéndole carantoñas y chistes a las vacas. No pasan un día sin pisar el cementerio, todas las tardes después de las labores me hacen una visita, y alguna se tropiezan con la Almudena dejando el abrótano y los lirios y se abrazan los tres, unas veces suspiran pero otras sonríen con pena pero bueno, ya sonríen por lo menos, pobrecillos, que todos pasaron muchos años con el gesto muy serio.

Yo quisiera que a la Almudena se le abriese cada vez más la sonrisa y consintiese por fin a un hombre con buena cabeza. Me daría muchísima lástima verla envejecer sola como a la fresca que se llevó a padre, la de los ojos azules y el gesto tan dulce. Ella sí que sonreía. Me despertó acariciándome la cara, cuando yo estaba echando mi buena siesta mientras pastoreaba a las dos vacas como tenía encomendado por madre. Eso era fácil porque son muy dóciles, hasta un chiquillo como yo podía hacerlo, subir con ellas al prado y dejarlas a su aire. Muchos días me acompañaba el Joaquín pero ese estaba castigado, alguna trastada habría hecho, no tuve tiempo de que me contara cuál ni cuántos cintazos se había llevado. Me despertó y apenas pude verla unos segundos; de dónde sacaría esa hacha tan grande y cómo podía una mujer tan rubia y tan dulce tener tanta fuerza y tantísima rabia. Yo la comprendo, debe ser muy triste hacerse ilusiones y que luego te dejen como si tal cosa. Uno nunca sabe qué puede salirle del corazón en un arrebato, con más razón si en vez de blanco y suave como madre lo tienes muy descabalado o muy negro. Pero sí me gustaría preguntarle dónde enterró o escondió mi cabeza, porque la echo mucho de menos, podría volver a ponerme la boina de padre, y a lo mejor también acariciar los pensamientos de la Almudena o de madre y decirles que ya no hace falta que vayan tanto al cementerio ni que me den tantos besos, que yo estoy bien y aprendiendo.

IMAGEN DE CABECERA: Fotograma de The lovely bones, Peter Jackson, 2009.

11 comentarios en “Almudena

  1. ¡ Què cacho de Historia , Albert !
    ¿ Para cuando en libro con las otras ?
    Y que no tarde mucho, que a algunos nos va quedando poco tiempo
    ¡ Por Favooor !

  2. Cuánto me alegro siempre de verla por aquí, Viejecita. Y de que le gusten las historias que vengo contando. Muy agradecido. Lo del libro, de momento, no depende de mí. Si algún día me canso de esperar a que otros se decidan, no descarto hacerlo yo mismo. Pero vaya, no es cuestión de apurarse, que con esa energía yo estoy seguro de que usted nos va a sobrevivir a todos. Gracias de nuevo.

  3. Gracias, Notas. Supongo que sí, que tiene inevitablemente su dosis de truculencia, al fin y al cabo se trata de lo que se trata pero quizás un tanto paradójicamente a mí nunca me lo ha parecido tanto: de algún modo el chaval lo cuenta con cierta naturalidad, casi como un acontecimiento más de su día a día: un pequeño contratiempo, sin rencores ni angustias. O tal vez es así como yo prefiero verlo, y como de hecho lo han visto otros lectores. No me incomoda en absoluto el contraste de pareceres o sensaciones que pueda despertar lo que escribo entre quienes leen, sino todo lo contrario. Intuyo que a usted también le ocurre. Gracias de nuevo.

  4. Jeje sí bueno.
    Es cierto que el descabezado lo cuenta con naturalidad.
    A mí me ha llegado mucho también porque no deja de ser el padre el que inicia todo, y ha resonado con mi propia vida.
    ¡Buenas noches!

  5. Esto, usted que escribe como los ángeles, también se lo sabe mejor que yo: uno de los riesgos (y alicientes) de aporrear el teclado de vez en cuando es precisamente ese, el de rozar alguna desconocida, sensible e invisible fibra de quien lee. Buenas noches, Notas.

  6. Ya se que tu no avisas (ejem) pero es que me suscribo a eso de la alerta del blog y nada, que tampoco..ayomá, ya no puede una fiarse de ná.
    Estupendo escrito, que quieres que te diga? me ha encantado, aunque me chirrie un poco lo de las cuartillas en un espiritu que parece torpón y me parezca pelin exagerao lo de Almudena, que era una cria, no una medio novia ni nada…demasiado melodramático, no?
    Aunque esto que te digo son pensamientos fugaces, tu historia los absorve..gracias joven y espero que el tercero no sea el último, arfavó…

  7. Pepi, tú naciste con alma de editora de las buenas, lo vienes demostrando desde hace años. Una lástima que no te hayas dedicado a ello. Releo lo de las cuartillas y sí, sentado al otro lado de la mesa de tu gran despacho, ahora te diría que tienes razón, que lo modificaría de algún modo. De lo que te costaría más convencerme es del “melodrama” de la niña-mujer Almudena: en verdad te digo que eres muy poco romántica, y que además en una historia fantástica como esta cabe exagerar un tanto ese tipo de caprichos de amor eterno, por qué no. Gracias, hermosa. No, yo no aviso, pero tú sigue, que lo estás haciendo muy bien 🙂

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