Nunca le tuve miedo a María. Ni tampoco a los guantazos de mi madre, que no fueron pocos porque donde no llega el espanto brota la curiosidad y a mí los ojos siempre abiertos de María me atraían como dinosaurios. Ni leves, no pocas veces me estrelló contra la pared y alguna me saltó un diente. Lo que de verdad me incomodaba, más que aquellas palizas que tampoco fueron tantas, más que no ir al colegio ni asomarme a las ventanas ni apenas pisar la calle, era el silencio, la obligación de aguantar las ganas de reír y de gritar y de saltar, de llorar también alguna vez; qué niño no es pasto varias veces al día del asombro, de la alegría o del capricho y para mí cualquier expresión sonora de todo ello estaba vedada. Para mí y también para Vicky el Vikingo y Pippi Calzaslargas, la necesidad de no hacer ruido también les concernía y en consecuencia nunca conocí sus voces. Las telenovelas y los concursos sí podían escucharse con la voz alta porque eso María se hubiera sentado a verlo, para eso tenía televisor en casa, quizás también para ver el parte aunque pocas veces lo vimos, a mi madre nada le interesaba de lo que sucediera más allá del barrio.

Me arrodillaba cuando mi madre no estaba para escrutar los ojos de María, intentando averiguar qué miraba tan fijamente y con tanto asombro, qué objeto o asunto la había dejado tan fascinada que ya no quiso cerrarlos nunca. Me ponía a su lado -sin tocarla, naturalmente, eso era lo más prohibido de todo- y procuraba alcanzar su misma línea de visión, pero lo único que distinguía eran las gastadas baldosas blancas y negras y las patas de la silla, y más allá el zócalo de la vieja alacena y en el hueco alguna vez una cucaracha o dos que siempre se me escapaban a pesar de que era otra de las reglas, matarlas a toda costa, a ellas y a las arañas y a cualquier otro bicho que pudiera tener la tentación de acercarse, sobre todo las hormigas; mi madre me tenía dicho que eran las más voraces y atrevidas y yo había podido comprobarlo: a pesar del perímetro de insecticida que cada día renovábamos, una rociada por la mañana y otra al acostarnos, un día vi una negra grande picoteando nerviosa su pupila, y otro dos pequeñas y rojas trepando desde su pie sin zapato muslo arriba, las atrapé justo cuando estaban a punto de desaparecer bajo las faldas del vestido y al hacerlo rocé sin querer a María, nunca se lo conté a mi madre pero no he olvidado el tacto, mezcla de tabla y musgo.

Yo entonces no sabía lo que era el musgo, le pongo nombre ahora, tantos años después de María y de mi madre, de aquella casa a pie de calle de un barrio dentro de un barrio, un antiguo islote en la ciudad olvidado e indeciso entre hundirse o echar a volar; no sabría deciros por cuál de las dos cosas optó, lo visité hace unos meses por primera vez desde entonces y de él solo queda el nombre y el gris ceniza. La casa de María, que durante tres años compartimos con ella, es ahora un edificio de cinco pisos sin balcones ni geranios, aquellos que mi madre regaba a escondidas por las noches, alargando por una rendija de la puerta del minúsculo balcón una fina manguera que yo me encargaba de mantener sujeta al grifo del fregadero. “Al menos ella tuvo compañía”; fue lo último que escuché de la boca de mi madre, en la sala de vis a vis de la prisión provincial. Acababa de ver en la televisión un caso parecido, eso me contó, también una mujer y también una cocina con suelo ajedrezado. Fui a visitarla todos los domingos durante el tiempo que estuvo allí. Después no habló nunca más y de la celda pasó al módulo psiquiátrico y allí murió, casi he olvidado sus rasgos que ya por entonces, con mis seis años, me parecían envejecidos aunque ella no había cumplido los veintidós. Se había quedado sin trabajo pocos meses antes de conocer a María, aunque en realidad nunca tuvo ninguno medianamente continuo, ni tampoco domicilio, nos mudábamos con frecuencia de un cuarto alquilado a otro y pasamos muchas temporadas en la calle.

Tampoco sabría deciros, no pienso mucho en ello, si aquella carencia de una vida mínimamente estable era causa o efecto de su enfermedad, como ella lo llamaba y en efecto lo era, aunque entonces todo el mundo lo consideraba un vicio infame, una desgracia para los más benévolos. De mi padre, huelga decirlo, jamás supe nada. María, como algunas otras ancianas solitarias del barrio, le entregaba una escueta gratificación a cambio de alguna ayuda puntual con los recados, la limpieza o incluso el aseo personal. Más de una vez comimos en su casa y le dio a mi madre las llaves, cosa que nunca hicieron ninguna de las otras viejas, recelosas y desconfiadas, quién podría reprochárselo, yo mismo dudaba a menudo del juicio y las intenciones de mi madre. María era una mujer serena, afable y benigna, ahora diría que incluso hermosa a pesar de su edad y sus achaques, de ella no he olvidado el rostro delgado que tenía forma de corazón, la media melena tan blanca como la piel, recogida con horquillas negras, los labios largos y delicados y aquellos ojos grandes y azules que tanto tiempo tuve de mirar. A mi madre le hubiera gustado cerrárselos pero decidió que no rozarla siquiera, dejarla exactamente como la había encontrado, era lo más sensato. No cubrió su cuerpo y dejó siempre medio abiertas una ventana y la puerta del balcón para que le llegara una corriente de aire. Intuyó con buen tino que así tardaría en oler pero con los días y las semanas descubrió sorprendida que era más efectivo de lo que esperaba porque después de meses María solo parecía más encogida y eso sí, su piel pálida se oscureció y se endureció, ya nunca hubo que espantar a las hormigas; cuando por fin la dejamos sola en aquella casa y aquella ciudad fría y seca, estaba tan rígida y marrón como la funda del sillón del salón, que era bueno, de cuero.

Me hubiera gustado besarla en la mejilla para despedirme pero eso, ya os lo he dicho, estaba severamente prohibido por mi madre, que siempre pensó, inocentemente quizás, que si no había huellas nuestras nadie podría acusarnos de nada grave porque nada habíamos hecho, solo acompañarla, velarla durante tres años, eso diría a la policía si alguna vez nos descubrían y no hubiera mentido. Pero en tres años nadie preguntó jamás por María, nadie notó su ausencia y seguía habiendo luz en las bombillas y agua en los grifos; mi madre concluyó con razón, eso lo supe después, que tanto su pensión de viuda como sus pagos estarían en el banco y esa rueda seguiría girando por inercia para nuestra ventura, tres años seguidos sin mudarnos. Solo en los últimos meses mi madre vio alguna vez el parte en la tele, recuerdo haber pensado sentado a su lado que aquel Generalísimo tenía bien puesto el nombre, debía haber sido grande y bueno de verdad si tanta gente hacía cola para verlo y lloraba por él. Mucho mejor que María sin duda, a la que nadie echaba de menos aunque a mí me acariciaba el pelo y hasta me regaló un geyperman soldado con prismáticos y saco de campaña. Yo desde luego no la he olvidado, ni su sonrisa limpia y viva ni su pie descalzo, que había quedado sobre una baldosa negra, y en una blanca la bonita cabeza ladeada con su último pensamiento dentro.

La muerte de aquel general bueno, quizás incluso más osado y audaz que mi geyperman, no solo había trastornado a los que hacían fila para verlo sino también al barrio y puede que a toda la ciudad, eso no lo sabía porque hasta los nueve años nunca traspasé las vías ni el descampado. “Las cosas empiezan a moverse”, eso decía mi madre cada dos por tres y un día incluso me besó en la cabeza. Tenía una conocida en otra ciudad muy lejos a la que se llegaba en tren que le había prometido trabajo en una peluquería. Dejamos la puerta del balcón y la ventana entreabiertas para que María siguiera disfrutando de aquella corriente de aire frío que tanto la beneficiaba y salimos de madrugada sin hacer ningún ruido, pensando que nunca volveríamos a aquella casa ni a ver a María. Nos equivocamos en las dos cosas. A pesar de que seguía enferma o enviciada, según se mire, mi madre trabajó durante meses en la peluquería de la ciudad nueva y alquilamos un cuarto con una cama y derecho a baño en otro barrio parecido al que habíamos dejado, el mismo gris ceniza pero sin televisor. Antes de acostarse, cada noche se encerraba en el baño y regresaba a la habitación que compartíamos mucho más aliviada, con los ojos un poco idos, retirada por una horas del mundo y de sí misma. Una madrugada me despertaron sus temblores, a los que ya estaba acostumbrado, casi siempre tenía frío, pero esa vez también los ojos muy abiertos, se había sentado en la cama y miraba aterrorizada a la pared de enfrente en la que yo solo veía una silla vacía y sobre ella el cuadro de un ciervo que un poco de miedo sí daba, pero no tanto. A partir de aquella, casi todas las noches despertaba igual, estremecida y llorando unas veces mientras pedía perdón y suplicaba lastimeramente, otras gritando e insultando a la silla que yo seguía viendo vacía.

Acabó por contagiarme su enfermedad porque con los días yo también empecé a ver a María sentada frente a nosotros, bajo el cuadro del ciervo, con las misma palidez y el mismo vestido con que la encontramos tirada en la cocina y la abandonamos tres años más tarde ya mucho más morena, el mismo pie descalzo, las manos recogidas sobre el regazo y el gesto tranquilo, observándome en silencio. La primera vez que la vi allí sentada, lo único distinto era que no tenía horquillas y así el pelo blanco le caía sobre los hombros, pero después de varias noches de sudores en los que aún hoy no sé si estaba dormido o despierto noté otros cambios: un amanecer sus ojos no eran azules sino negrísimos y desde la boca cerrada le corría un hilo de sangre que se perdía en el escote de su vestido; así la contemplé un rato, más curioso que asustado, hasta que de pronto los ojos se le vaciaron porque no eran tales sino dos cucarachas grandes  y gordas que escaparon por sus mejillas, y el hilo de sangre se desbarató a la misma velocidad en un tropel de hormigas rojas que ocuparon aquellas cuencas vacías y le picoteaban desde el pecho hasta la frente. Entonces sí grité, mucho más y mucho más fuerte que mi madre hasta que desperté a los inquilinos de los otros cuartos de la casa, gente que como nosotros andaba siempre mudándose de cuarto en cuarto.

Ninguno de los dos mejorábamos con el tiempo sino todo lo contrario, mi madre empezó a faltar al trabajo y su conocida acabó por echarla de la peluquería, y como además seguíamos metiendo escandaleras por las noches, también nos echaron del cuarto y mi madre pensó que lo más sensato era armarse de valor, así me lo dijo haciendo la maleta y me dio otro beso en la cabeza, coger el tren de vuelta y regresar a casa de María. Lo único que en aquellos meses había cambiado en el barrio eran los carteles, ahora había muchos pegados en los postes y en los muros con fotografías de hombres que querían ocupar el puesto del general muerto, ninguno de ellos parecía tan valiente como él, ni siquiera como mi geyperman, que me traje de vuelta para protegernos mutuamente si al llegar encontrábamos a María otra vez pálida y sentada en una silla y no sobre las baldosas de la cocina como la habíamos dejado, todo era posible para una mujer enferma y un niño contagiado. Llegamos a la casa muy silenciosos ya bien entrada la madrugada, casi abrazados uno al otro y los dos a mi soldado y antes de encender la luz siquiera empujamos muy despacio la puerta de la cocina, lo hice yo porque mi madre no se atrevía y temblaba de sus fríos pero también de angustia y miedo. María no estaba sentada en una silla pero tampoco tumbada en el suelo de la cocina; en el rincón que durante tres años habitó ahora solo había baldosas como las demás pero un poco más amarillas las blancas y más grises las negras. Seguía habiendo luz y agua y nevera y geranios en el balcón, nada parecía distinto ni movido de sitio excepto María. Quizás cuando nos fuimos le dio susto o pena estar sola allí tirada, o se había cansado de mirar lo que fuese que mirase con sus ojos azules tan abiertos y había decidido levantarse sin dejar más huella que su silueta amarilla y gris sobre el ajedrez del suelo.

Podía estar viendo la televisión, o acostada en su cama o bañándose, eso le dije a mi madre y ella asintió en silencio, parecía una niña asustada, me dio un poco de pena. No se fio del coraje de mi soldado de plástico, cogió un cuchillo del cajón de la alacena y así recorrimos la casa agarrados de la mano, me clavaba las uñas y tiritaba muchísimo. El televisor estaba apagado y el baño vacío, igual que el cuarto donde yo dormía. También me tocó a mí abrir la última puerta, la del dormitorio que durante tres años fue de mi madre y tantos otros, tantísimos, de la dueña de la casa, de la benéfica y encantadora María. Allí estaba, durmiendo apacible en su cama, con la luz del pasillo vi sus ojos por fin cerrados y su respiración tranquila; estaba soñando con cosas buenas, tan plácidas y dulces que su rostro había rejuvenecido hasta el punto de que me costó un rato reconocerla. La misma cara delgada con forma de corazón, la misma piel blanca, los mismos labios largos y delicados y también los mismos ojos grandes y azules, aunque eso solo lo vi cuando por fin la luz y los balbuceos de mi madre la despertaron y los abrió de par en par. Era María pero con el pelo oscuro y por lo menos treinta años más joven, igualita que en las fotografías que siempre tuvo en el salón, de cuando no era mucho mayor que mi madre y acababa de mudarse a aquella casa.

No os voy a engañar, de lo que pasó después de que la joven María abriese sus ojos de cielo apenas puedo contar nada cabalmente porque mi madre me dio un empujón y como loca se abalanzó con el cuchillo en la mano. Escuché tirado en el suelo del pasillo los gritos de las dos hasta que solo quedaron los de mi madre. Tanto gritaba y tantas desquiciadas cuchilladas seguía pegando en aquel cuerpo y después en los muebles, en las paredes y hasta en los cristales de la ventana, que la policía apenas tardó cinco minutos en tirar la puerta y detener su furia a balazos, cojeó hasta el final de sus días. Apenas me llevaron a verla dos o tres veces a la cárcel hasta que cumplí la mayoría de edad, aunque en los días siguientes a todo aquello también vi fotografías suyas en la televisión. De la María dos veces muerta nunca supe más que lo que en las semanas y aún los meses siguientes dijo el parte, que alguna tarde nos dejaban ver en el orfanato después de los dibujos. Ella también había sabido de su madre por las noticias, cuando contaron del hallazgo de una anciana solitaria que llevaba casi cuatro años momificada sobre el suelo de su cocina sin que nadie la hubiese echado de menos, ni siquiera su única hija, que había pasado la vida mudándose de cuarto en cuarto hasta que se enteró por la televisión de que por fin tenía un lugar para vivir. Esa palabra sí que me asustó, porque las momias eran cosas de películas de miedo y yo nunca le tuve miedo a María.

8 comentarios en “María

  1. ¡ Qué gozada de historia !
    Primera noticia de este blog. Voy a recorrerme todo lo que pueda.
    Y me encantaría leerla con más historias , en un libro.
    ¡ Por Favor !

  2. Has vuelto más negro que las baldosas impares de la cocina de María y más negro que las cucarachas que le salen por ojos, pero ya me se pasará, lo importante es que has vuelto y qué alegría, Albert.

  3. Muchas gracias, Viejecita, también aquí se las doy. Con más razón incluso que en EyB, donde también acabo de hacerlo: no sólo por la lectura sino por la visita, por contar aquí con un comentario suyo. Es usted una fabulosa lectora y en fin, que un texto mío le agrade me llena de orgullo y satisfacción, que diría el Emérito. Me lo tomo como una medalla y como tal me la pongo desde este mismo momento. ¡Gracias de nuevo!

    Es un tanto truculento, lo sé, Procuración. Pero y la alegría mía de verte aquí otra vez qué. Esa no hay cucaracha ni hormiga ni negrura que me la amargue. Gracias, hermosa.

    Gracias, Perro. Eso me pregunto yo. Cuando dé con la respuesta, la contestaré por escrito largo y tendido, tanto que me preguntarás que por qué no dejo de escribir de una vez.

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