You’re not Gibarian

Creo que para entender de forma cabal el significado de está página añadida al blog, tal vez lo más apropiado sea que echen antes un vistazo a la entrada con este mismo título, “You’re not Gibarian”, publicada el pasado 2 de marzo, en la que explicaba algo más al respecto; de modo que, si así lo desean, pueden también acceder a esa entrada desde aquí.


¿Qué vamos a hacer?

Publicado en Nickjournal el 7 de marzo de 2010


“Lo que más me inquieta es que en España todos se preguntan ¿qué va a pasar? pero casi nadie se pregunta: ¿qué vamos a hacer?” Quizás hoy el profesor Marías hubiese matizado su celebrada reflexión. Es desalentador, por supuesto, que casi nadie se pregunte qué vamos a hacer, pero me atrevería a añadir que, tratándose de españoles, lo realmente inquietante es que algunos sí se lo pregunten. Un servidor, paciente partidario de la república, observa asombrado como los mismos que convirtieron en dogma el papel arbitral y moderador de la Monarquía comienzan ahora a hacerse la pregunta con la excitación y la urgencia propias de un país en llamas: ¿qué vamos a hacer con el Rey? No hablo, claro, de quienes ya se lo cuestionaban hace tiempo, desde el principio y desde los principios, porque éstos en alguna medida han contado siempre con la respuesta. Tampoco, por cierto, de esa especie de antijuancarlismo no menos sobrevenido, perfilado con matices rosas y amarillentos en torno a la convicción de que el Rey guarda secretos y fortunas inconfesables cuya existencia supone un grave problema potencial para el Estado, cuando la triste e indiscutible realidad es que, aun contemplando la posibilidad de que quienes así hablan estén en lo cierto, cualquier corrupto alcalde de pueblo es mucho más dañino en una monarquía parlamentaria que un rey golfo, rico o irresponsable. A los afiliados a tal conjetura suele reconocérselos por algunos detalles pintorescos: como chisperos y manolas celosos de su indumentaria o agraviados afectos al Archiduque, usan invariablemente la expresión “el Borbón” para referirse al Monarca, o bien consideran a quienes no comparten su fascinación por el lado oscuro como incautos compradores de mercancía averiada, en el mejor de los casos.

Además de condescendiente republicano, un servidor es también discretamente partidario de la descentralización, del federalismo asimétrico y de la lucha contra el alzheimer. Desde este punto de vista, resulta no menos extraordinario que sea precisamente ahora, en el momento en que Galicia, Euskadi y Cataluña están gobernadas por -pongan todos los matices que deseen- partidos no nacionalistas y el terrorismo independentista se encuentra contra las cuerdas, cuando algunos se plantean como perentoria e inaplazable otra pregunta de máximos: ¿qué vamos a hacer con el Estado de las Autonomías? Es ya vieja cuestión, de manera que lo realmente novedoso en este caso es la auto respuesta: conceder aquello que sólo una minoría, estridente en casi todos los casos y criminal en algunos de ellos, viene solicitando frente a los deseos de la mayoría.

Inclinado por tanto hacia la república federal, uno se siente en medio de esta vorágine de inquietos partidarios de la acción directa e inmediata como víctima de una inesperado e insólito sorpasso a la española. Dejando ahora a un lado a quienes se guían únicamente por la efervescencia juvenil o el más genuino de los aburrimientos, podría concluirse que los recientes antimonárquicos están lejos en realidad de pretender colarse en la fila, porque su reivindicación tiene que ver únicamente con el oportunismo político y la falta de escrúpulos. Si no he entendido mal, este apasionado fervor neo-republicano se fundamenta, básicamente, en el inexplicable hecho de que el Monarca se haya abstenido hasta ahora de promover un golpe palaciego o encabezar una revuelta militar que desaloje a Rodríguez Zapatero de la Moncloa. Es de esperar, por tanto, que la institución recupere su vieja consideración de ingrediente estabilizante, conservante y edulcorante en cuanto Esperanza Aguirre gane las elecciones generales. Insisto, no obstante, en que tal vez mi compresión de los argumentos ha sido insuficiente: no suelo escuchar la radio y acepto por consiguiente cualquier precisión en ese sentido.

Me preocupan mucho más, desde luego, los convencidos de que ha llegado el momento de solucionar ya y de una vez por todas el asunto autonómico. Estos sí me han rebasado limpiamente y a toda velocidad, aunque no sabría decir si lo han hecho por la izquierda o por la derecha ni tampoco esto parece relevante. Olo, nuestro Olo, para qué acudir a otros más celebrados pero también más lejanos -aunque al parecer también él ahora lo está bastante- y sobre todo menos dotados, se arrancaba desde este mismo speaker’s corner hace un par de semanas con una especie de arrebato antiorteguiano, considerando llegado el momento de intervenir quirúrgicamente, nada menos que con el objetivo de refundar el Estado sobre una nueva constitución que reconozca el derecho a celebrar referendos vinculantes por la independencia en aquellas comunidades autónomas que así lo deseen. Añadía que esto es lo que en su opinión sería realmente democrático. Aprovecho para saludarle desde su querida patria y desearle la mayor de las venturas en su nuevo camino personal y el mayor de los fracasos como cronista político. Los jóvenes partidarios de la República Federal Española -mi amigo Ignacio y yo- gustamos de las largas sobremesas y somos contrarios al estado autonómico actual, pero lo somos aún más al reconocimiento efectivo del derecho de autodeterminación de las regiones o a fórmula alguna que implique desplazar la soberanía de su legítimo titular, el conjunto de los ciudadanos españoles, en dirección a alguno de sus subconjuntos o cualquier otra instancia.

Si unos y otros, los irascibles neo-antimonárquicos de ocasión y los exhaustos y desmoralizados neo-independentistas siguen preguntándose qué vamos a hacer, Ignacio y yo, que también desearíamos preguntárnoslo, no tendremos más remedio que pedir otra copa y otro puro y resignarnos a integrar el angustiado coro del qué va a pasar. Dándole un giro a las palabras del profesor Marías, quizá podríamos también intentar invitar a los excitables y a los derrotistas a, por una vez, no hacerse preguntas. Es sólo una idea, de modo que no se solivianten ni se me vengan abajo.

Simulador de sueños

Publicado en Nickjournal el 3 de abril de 2010

El pasado 7 de marzo, la película hispano-argentina El secreto de sus ojos consiguió el Oscar al mejor largometraje de lengua no inglesa. “Es una historia que huele a premio”, sentenció algún crítico a propósito de su estreno en España. De ella se han dicho muchas más cosas, en general elogiosas, pero hay un denominador común en cualquier crítica o comentario que ustedes puedan leer sobre la película: “tiene aroma a cine clásico”. En realidad, tal afirmación hubiese sido más que suficiente para establecer una valoración positiva. No en vano, todo el mundo ama el cine clásico. Sin embargo, como podrían atestiguar algunos personajes de Bogart o MacMurray, hay amores que matan.

La historia es conocida. En 1912, la llamada ley antitrust del gobierno norteamericano permitió florecer a las pequeñas compañías cinematográficas fundadas por productores y exhibidores independientes, quienes, huyendo del Edison Trust y al reclamo del suelo y la mano de obra barata del aún lejano oeste de largos días soleados, tan propicios para alargar provechosamente la jornada de rodaje, se habían ido estableciendo en California en los dos años anteriores. Pioneros como el alemán Laemmle o los húngaros judíos Fox y Zukor inventaron el Hollywood del Studio y el Star System, que plantó cara y finalmente venció a la poderosa Motion Pictures Patent Company. La convulsa Europa de entreguerras provocó el lento goteo de exiliados, sobre todo centroeuropeos, cuyo talento contribuyó decisivamente a poner en pie la gran fábrica de sueños, que alcanzó su esplendor como fenómeno artístico e industrial con el fin de la Segunda Guerra.

La armoniosa y fecunda fiesta californiana duró poco. Apenas cinco años después, la progresiva emergencia de la Unión Soviética como potencia mundial abría el teatro de la guerra fría, una de cuyas primeras manifestaciones fue quizá la revitalización del Comité de Actividades Antiamericanas, fundado doce años antes del inicio de la más famosa de sus actividades, la llamada caza de brujas, iniciada en el 47 de la mano del senador republicano por Wisconsin Joseph McCarthy, que incluyó en sus listas negraspreferentemente a cineastas, periodistas y escritores. Algunos de ellos emprendieron el viaje de regreso a la castigada Europa y muchos más se refugiaron de la nueva persecución acudiendo otra vez al exilio, ahora interior. Otros muchos, por fin, se entregaron a la colaboración con el Comité y a la delación de sus compañeros. La poderosa resistencia inicial del mundo de Hollywood contra McCarthy se diluyó paulatinamente, fenómeno que Orson Welles resumió en su conocida frase: “la izquierda americana se ahogó en sus piscinas”. La cacería se alargó hasta 1954, año en el que el presidente Eisenhower dictó sentencia contra el macarthismo: “si nuestros procedimientos se parecen a los de los comunistas, pronto no se sabrá quiénes son realmente los comunistas”. La batalla había terminado, pero la fiesta jamás se reinició. El enfrentamiento y la deserción hirieron de muerte al cine norteamericano, que jamás volvió a alcanzar la altura de los años dorados, al menos en cuanto a la extraordinaria densidad de obras maestras que aquéllos dieron en apenas una década. Como un joven talento muerto en la plenitud de su arte, Hollywood dejó un hermoso cadáver que la historia transformó en mito.

Más allá del mito, Hollywood consiguió consagrar el cine como fenómeno de masas aprovechando sabiamente lo ya inventado y estableciendo sus propios alicientes, proponiendo al espectador un espectáculo audiovisual de lógica narrativa fácilmente identificable con el que emocionarse y reconocerse. Las razones que explican el éxito y la permanencia del cine clásico hay que buscarlas en hondas raíces que tienen que ver con la tradición artística -la tragedia griega en la estructura profunda, la novela decimonónica en las convenciones narrativas, la pintura renacentista en lo visual- e incluso con cuestiones antropológicas, con la estructura mental innata de la especie, los arquetipos y el inconsciente colectivo, conceptos sobre los que Jung teorizó y Joseph Campbell “acercó” al mundo del cine. Fueron éstos los pilares sobre los que aquellos vigorosos empresarios y creadores norteamericanos fundaron su fábrica de sueños, en unas circunstancias que la hicieron única: una poderosa industria, una inusual conjunción de talentos desarrollados en un favorable -y efímero- ambiente de euforia y libertad creativa y, quizá destacadamente, la creación de sus propios códigos expresivos: la economía narrativa, el montaje sincopado, el the end concluyente, sorpresivo e inevitable, los preceptos que acompañaban al Star System o, muy especialmente, a los progresivamente refinados géneros, que fueron los auténticos ladrillos de la fábrica.

Lo que Hollywood no esperaba, tal vez, era que sus propios métodos acabaran por convertirse en un género en sí mismos. Ni los cineastas modernos que subvirtieron las fórmulas clásicas ni los postmodernos que pretendieron reconciliarse con ellas, ni las regulares nuevas olas de todo tipo, han conseguido acabar con la preferencia del espectador por el cine de corte clásico. Lo que todos estos no lograron quizá sí lo consigan los actuales cineastas autodeclarados amantes y seguidores de aquel cine, especialmente quienes entre ellos han perfeccionado con éxito la pericia en el arte de dar gato por liebre. El argentino Juan José Campanella es uno de los más conspicuos. “Es una película que combina a la perfección el melodrama y el thriller, que desprende por todos los poros aroma a cine clásico”, puede leerse en alguna de las críticas a su aclamadísima última película, la mencionada El secreto de sus ojos. En la modesta opinión de este escribiente, está lejos de ser cierto que el melodrama o el suspense sean los géneros de esta película; es, efectivamente, una película de género, pero el verdadero y dudoso mérito de sus creadores es conseguir que ese género sea, ni más ni menos, el cine clásico.

Cada género cinematográfico, los de nuevo corte o lo que sobrevivieron a Hollywood, tiene sus propios y férreos códigos. Las historias se construyen desde estos códigos, por así decirlo, de fuera hacia adentro. Hay una frase habitual para explicar la cuestión con cierta precisión: “el género se define por lo obligatorio y lo prohibido; algunos elementos deben aparecer para que el género sea reconocido como tal, y otros deben estar ausentes para no transgredir las leyes del género”. Campanella, sin duda, conoce muy bien esta fórmula y la aplica con mano maestra. Ya desde el título, convenientemente modificado en relación al original de la novela en que se basa, hasta la iconografía y la atmósfera, la belleza clásica de su actriz protagonista o la copia -impostura, cabría decir- milimétrica de todos y cada uno de los códigos formales del gran Hollywood, su película no tiene aroma, sino auténtico tufo a clasicismo. Los elementos obligatorios para que el género sea reconocido como tal están ahí, bien visibles. En cuanto a los elementos prohibidos, aquéllos que no deben aparecer para no transgredir su novedosa y astuta invención delgénero cine clásico, el director no tiene duda alguna: todo lo demás sobra. Incluido cualquier atisbo de verdad o incluso verosimilitud.

Nada suele objetarse en contra de las películas de catástrofes o terror adolescente, por citar dos ejemplos más de géneros de nuevo cuño: sabemos que son puro género, puro espectáculo sin alma que nada nos cuentan sobre la experiencia humana. El secreto de sus ojos narra una historia tan meramente instrumental, inverosímil o carente de significado como pueda serlo alguna de aquéllas, pero en este caso nos rendimos ante el encanto de lo añejo o el homenaje a una época. El secreto de sus ojos no es una buena historia, sino una artera y sofisticada simulación virtual de una buena historia. La película no invita al espectador a soñar, sino que en realidad le conmina a hacerlo, apelando a sus reflejos inconscientes mediante el despliegue de la iconografía y la atmósfera, el aromade las viejas y buenas películas que ya ha visto. Campanella sabe que los tiempos son propicios para sus trucos de tahúr, y ahí está el resultado. El propio Hollywood, en su gala anual, al tiempo que ignora clamorosamente a un auténtico hito de su propia y genuina tradición, la sensacional Up, da la bienvenida a un nuevo género, el género cine clásico, que, lejos de homenajear a esa tradición, lo que consigue en realidad es dibujar una burda caricatura de aquellos gloriosos tiempos.

No hay dos sin tres

Publicado en Nickjournal el 30 de abril de 2010

“Cada vez son más visibles las dos Españas. Todo empezó por la revisión del Estatuto de Cataluña, del modelo de Estado, y hemos acabado por cuestionar las instituciones que lo conforman. El riesgo es cada vez más alto”. Con esta lapidaria sentencia concluyó hace unos días la habitual arenga con que su directora y presentadora inicia invariablemente el informativo nocturno de Telemadrid. Como es preceptivo en este tipo de soflamas, dejaba la frase en suspenso, regalando a la complicidad de sus telespectadores el sinuoso placer de adivinar a qué tipo de riesgo se refería. Obviamente, esa presentadora no cree que España se encuentre al borde de la guerra civil. Se trataba únicamente de crear un estado de opinión favorable a su interés, que se resume pronto y bien aludiendo a la simple intención de contribuir al desgaste del Gobierno de Zapatero. Telemadrid, quizá algún despistado provinciano necesite la aclaración, es una cadena pública, es decir, sufragada con el dinero de los habitantes de las dos mitades de la capital.

Las dos Españas se han convertido en algo realmente útil, un riesgo recurrente al que referirse cuando la disputa meramente partidista lo haga conveniente. Esa presentadora de Telemadrid, como tantos otros en la política o en la prensa (¿qué diferencia hay?), no tiene inconveniente alguno en invocar a un millón de muertos puestos en pie con el prosaico fin de practicar la agitación y hacer campaña. Pero no éste el único uso que se le da hoy a la viejísima idea. Hay otros aún más pedestres que el de la mera disputa partidista. Las dos Españas venden. En un país en que no hay ya supervivientes de aquella guerra y donde más de la mitad de la población nació con el dictador felizmente enterrado, su recurrente presencia en los medios sólo puede interpretarse como un objeto de consumo más, un entretenimiento para el prime time tan peligroso para la convivencia como una disputa futbolística. Ahí están las tertulias del programa televisivo La Noria, que escenifican con sensacionalismo y simpleza el teatrillo de las dos Españas de la mano de seis sectarios en busca de autor, emparedadas entre los últimos cuernos famosos que asomaron a la luz pública o cualquier debate sobre la conveniencia de masturbarse o las nalgas de la Princesa, condimentadas con los sms de espectadores que aprovechan el coste del mensaje para, en la misma línea de texto, declarar su amor incondicional a Kuki y advertir sobre la inevitable ruina y catástrofe que se cierne sobre España.
Las dos Españas tienen probablemente el mismo futuro que aquellos debates, tan habituales al final de nuestra Transición y ya afortunadamente pasados de moda, que alertaban sobre los peligros de las drogas o la conveniencia de una vida sexual responsable. La realidad acabó por dejarlos inservibles como producto televisivo y eso terminará sucediendo también con el nuevo tema de moda, el de la crispación y su hermana mayor, la temible y truculenta doble España. No es extraño en realidad, en un país adicto al estruendo, que la gente ruidosa concite periódicamente la atención. Siempre habrá, como hubo yonquis y embarazos no deseados, adolescentes antimadridistas y antifascistas y talludos nostálgicos de tiempos convulsos que nunca vivieron, herederos genuinos de aquéllos a quienes las sociedades libres y pacíficas abruman y acomplejan, de quienes jamás creyeron ni quisieron, en definitiva, que España fuese alguna vez un país europeo como cualquier otro.

La misma edición de ese informativo nocturno al que me referí al principio daba paso minutos después una entrevista con el sociólogo José Félix Tezanos; la presentadora, eventualmente en el rol de entrevistadora, planteaba de entrada al entrevistado lo catastrófico de la situación: ¿qué está pasando, profesor, estamos viviendo un clima similar al que propició el estallido de la Guerra? Tezanos, un hombre tranquilo y bienhumorado, descartó de plano cualquier similitud con aquella situación o riesgo alguno de fractura social. Esas dos Españas, vino a decir ante la tribulación de la agitadora, habitan sólo entre los políticos y ustedes, los periodistas. El resto de el país ha dado sobradas muestras de tener superada esa cuestión. Inmediatamente después de la entrevista, llegaba el comentario diario pregrabado de Tertch, cada día más divertido y delirantemente apocalíptico. Me hubiese gustado ofrecerles una pequeña muestra de algunas de las intervenciones televisivas de las que les he hablado, pero las compañías telefónicas me lo han impedido, del mismo modo que probablemente me impedirán también mañana agradecerles los comentarios que tengan a bien dedicarle a esta entrada de emergencia, cuyas últimas líneas, de hecho, redacto en un más bien sórdido cibercafé de pueblo. Tengan ustedes, españoles, un buen fin de semana.

Ágora

Publicado en Nickjournal el 18 de junio de 2010

No dejen que la Historia les estropee una buena historia y hagan el ejercicio ventajista, voluntarista o romántico -que cada cual elija su propia trampa- de observar la Atenas actual a la luz de la de 2.500 años atrás, la de Aristóteles, Pericles y Fidias. Obvien por un instante la Grecia helenística, la bizantina, la que no conoció el influjo del Renacimiento ni oyó hablar de Napoleón Bonaparte; ignoren olímpicamente, en definitiva, todas esas minucias que acabaron por orientalizar la región desconectándola de la evolución histórica de occidente, y piensen que el gran ágora, en lugar de en Times Square, sigue ubicada en el centro de Atenas. Si lo consiguen, tendrán a su alcance un final de relato inmejorable: la misma ciudad que alumbró un mundo vela hoy sus venerables restos. La instantánea es magnífica, demoledora en la nitidez de los perfiles. Vueltos los siglos del revés, a los pies de la Acrópolis se ensaya hoy el final del tercer acto de una versión improvisada del apocalipsis.

“Es hora de refundar el capitalismo sobre nuevas bases éticas”. Quién puede olvidar la frase. Es mejor pensar que el portavoz Sarkozy trataba únicamente de ganar tiempo y salvar su propia honra, de poner en pie un teatrillo pobre y maniqueo, banqueros contra políticos, hombres salvajes contra hombres morales. Es mejor pensarlo porque en este caso la mentira perturba menos que la verdad: es preferible, por acostumbrada, la imagen de los líderes mundiales vendiendo humo que mostrando sus vergüenzas, su manifiesta impotencia para llevar a cabo lo prometido: regular, supervisar, eliminar prebendas multimillonarias, paraísos fiscales y productos financieros opacos, entre otras medidas concretas como la de, ejem, controlar a las agencias de rating. Año y medio después de formulada aquella firme intención, el capitalismo carente de bases éticas, los mercados estigmatizados y condenados a la hoguera pública, se muestran más fuertes, neoliberales y desregularizados que nunca, capaces de hundir un Estado de la Unión, amenazar la estabilidad de otros cuantos y poner a la propia Unión y su moneda contra las cuerdas.

El político y el banquero no están solos en el escenario ateniense. Hay un tercer personaje que completa el cuadro, más significativo aún que los dos anteriores, dotado de mayor potencia representativa, probablemente el que entre ellos concede definitivamente a la tragedia griega la condición de gran guiñol de la encrucijada de Occidente. Dos hombres y una mujer embarazada, empleados de una sucursal bancaria, fallecieron asfixiados en el incendio del edificio en que trabajaban provocado por los manifestantes. La izquierda “anticapitalista” lamenta las muertes, pero las justifica en la desesperación del pueblo oprimido y culpa de ellas a la policía, al gobierno, a los mercados financieros y a la lucha de clases, sin una palabra ni un gesto de autocrítica. Es la misma izquierda internacionalista y laica que encuentra atenuantes para el terrorismo nacionalista o religioso, la misma que invoca el respeto al multiculturalismo para defender la presencia del hiyab en las aulas, esa que concede o niega el orgullo oficial a los homosexuales en función de su nacionalidad; la misma que, entre otros tantos disparates, convoca funcionarialmente huelgas para defender a funcionarios que no las secundan y a pesar del fracaso anuncia, tirando del rancio manual de estilo del buen sindicalista, nuevas convocatorias de huelga. La misma izquierda, por supuesto, que aún ve en el castrismo una oportunidad.

“No podemos gestionar la economía del siglo XXI con las herramientas del siglo XX”, dijo bajo el foco el político ético mientras el banquero ladino callaba en el fondo del escenario. La izquierda haría bien en tomar nota de la fórmula y aplicarse el cuento. Vivimos aún -¿por cuánto tiempo?- en el mejor de los mundos ensayados, pero eso, qué duda cabe, nunca hubiese sido así sin la presión histórica de la izquierda. No serán Sarkozy, Merkel ni Zapatero quienes embridarán al caballo desbocado. Mantener al capitalismo dentro de los límites éticos compatibles con la democracia ha sido la tarea histórica de la izquierda en Europa, y hoy sigue siéndolo. Esa es su responsabilidad: aquélla a la que ha renunciado de modo clamoroso sobre el escenario ateniense, divididas sus fuerzas entre los burócratas indolentes y los apasionados adolescentes del cóctel molotov. La izquierda europea tiene hoy a su disposición los instrumentos necesarios para seguir presionando, para vigilar al vigilante, para regular de facto la interminable deriva neoliberal que los líderes mundiales se muestran incapaces de acotar. Lo que la izquierda ha perdido, probablemente, es la altura ética, la capacidad intelectual y la voluntad para hacerlo. Desbridado el potro salvaje del capital y decididamente entregada la política a la mentira y a los grandes gestos inocuos, esa manifiesta incompetencia de la izquierda para recuperar su responsabilidad es el argumento central de la tragedia que hoy se representa en Grecia, el auténtico final de la historia.

La democracia hace mutis por el foro mientras corruptos, especuladores, farsantes, indolentes y sectarios ocupan el centro del escenario. Tragedia banal, aparentemente light como corresponde a los tiempos, sin asomo de la grandeza, el misterio ni el pathos de las obras de Esquilo acerca de las culpas heredadas de generación en generación. Fuera las máscaras.

En el aniversario del gol de Puyol a Alemania

Publicado en Nickjournal el 9 de julio de 2010

Es poco probable, pero quizá haya entre ustedes, nickjournaleros, alguno aún vivo con suficiente edad y memoria natural para evocar el instante. Estoy convencido, en cualquier caso, de que los lectores muertos lo recuerdan perfectamente. De hecho, me ha parecido ver en tiempo real un breve brillo nostálgico en las pupilas biónicas de Aldeans mientras leían el título de la entrada de hoy.

Hablo del día de San Fermín de 2010, primero de encierros de aquel año en Pamplona, con toros de Peñajara. Miles de millas al sur, en el plácido invierno austral de Durban, ciudad costera de la extinta República Sudafricana, las selecciones de España y la Alemania unificada disputaban la segunda semifinal del campeonato mundial de fútbol correspondiente a aquel año, como bien saben el último mundial celebrado hasta la fecha. En el palco, el excelentísimo Joseph Blatter, presidente de la FIFA, presidía el encuentro junto a una mujer y un negro.

Las crónicas periodísticas de entonces destacan que el partido se desarrolló bajo el dominio de la escuadra española, tan evidente como infructuoso hasta que, al filo de la media hora de la segunda parte, el centrocampista Hernández se dispuso a botar un saque de esquina cedido por la defensa germánica. Lo ejecutó abierto y templado al punto de penalti y entonces sucedió: impulsado por millones de anhelos, surgido de las entrañas de la tierra o tal vez caído del cielo, el central Carlos Puyol voló hasta el balón (metafóricamente hablando: todos los futbolistas de la época eran plenamente humanos) hasta conectar un certero cabezazo que perforó la red del meta Neuer, acabando así con las esperanzas de los teutones, dueños hasta ese momento del torneo. El gol llevó al combinado nacional hasta la final del campeonato y el júbilo de nuestros antepasados a nuestras calles, entonces plenamente transitables. Sólo en Madrid, a la sazón capital del Reino, las crónicas dan cuenta de una concentración superior al medio millón de personas en el centro de la ciudad, muy probablemente acompañadas de un número similar de mujeres.

A principios de siglo, cada hogar contaba con un aparato receptor de televisión. La retransmisión de aquel partido de fútbol se convirtió en el programa más visto en la historia televisiva de nuestro país hasta ese momento, y sólo ha sido superado desde entonces por la emisión en directo de la Primera Declaración de Guerra y por la entrevista que el escritor Andrés Trapiello concedió a TVE para presentar el último tomo de sus diarios. Casi medio siglo sin fútbol no han conseguido borrar de la memoria colectiva de la nación el recuerdo de aquella gesta. El hecho justificaría por sí mismo esta pequeña nota conmemorativa, pero a ninguno de ustedes se le escapa el valor añadido que supone la oportunidad con que llega este aniversario: dentro de apenas una semana se celebrará el partido inaugural del Mundial’60, a disputar entre la selección anfitriona y el último campeón del mundo, España -la FIFA le concedió el título apenas un mes después de que Holanda, que ganó la final, desapareciese bajo el mar-. De hecho, se consideró la posibilidad de conceder la organización del evento a nuestro país como una forma de dar continuidad a aquel esplendoroso pasado deportivo, pero finalmente se ha impuesto, como era de esperar, la influencia económica y política del país organizador.

Las autoridades afganas han querido contar con el vigente campeón y han sufragado el viaje de nuestra selección, que se ha convertido de este modo en el único país europeo representado en la emocionante cita. Carlos Puyol, fallecido en la pasada década, estará en el palco acompañado del presidente de nuestra República -ayer mismo los cibertécnicos de Presidencia ultimaron su puesta a punto y programación para el acto- y pronunciará unas palabras de salutación al comienzo del encuentro, que será retransmitido también por radio al objeto de que pueda ser seguido en nuestro país. Es poco probable que España pueda oponer resistencia frente al profesionalizado fútbol asiático y norteafricano, pero sin duda la memoria de aquel mágico testarazo estará presente en el ánimo de los nuestros. ¡A por ellos!

Sinécdoque, Nickjournal

Publicado en Nickjournal el 30 de julio de 2010

30 de julio. Pensaba hablarles de toros, para qué negarlo. Horrach y Sánchez Dragó me han dejado sin argumentos. Por motivos muy distintos, bien es cierto. La lucidez y la contundencia de los comentarios que aquél vertió aquí mismo anteayer sobre el fondo de la cuestión hacen innecesaria cualquier insistencia en la misma idea con que yo pretendía sermonearles: prohibir las corridas de toros es una manifestación más de la estupidez reinante y rampante, de esa especie de inmaculada insensatez que amenaza con dejarnos indefensos ante nosotros mismos. Se trata, en el fondo y en definitiva, de miedo a la vida. Los apóstoles de la madre tierra se comportan, con demasiada frecuencia y en el mejor de los casos, como inocentes criaturas necesitadas del convencimiento de que la naturaleza, también la humana, puede y debe ser civilizada, depurada a la medida de sus propios prejuicios y temores de perpetuos impúberes.

30 de julio. En lugar de continuar soltando frases estupendas sobre asuntos trascendentales (o no), voy a hacerles una sugerencia. Ahora que quien más y quien menos dispone de tiempo libre, de paciencia y ánimo para recibir las tradicionales recomendaciones para el ocio estival, yo voy a atreverme con una. Tómenla en cuenta sólo quienes valoren el entusiasmo y el juicio apasionado, porque nunca osaría aconsejarles desde la reflexión y la mesura. Se trata de una película, que no podrán ver en los cines ni alquilar en su videoclub porque, caprichos no tan misteriosos de la industria, no ha sido estrenada en nuestras salas ni editada en DVD, a pesar de contar ya con dos años de vida, de tratarse de la última obra de un cineasta de reconocido prestigio y de contar con un reparto de auténtico postín. Háganse con ella en alguna tienda extranjera y especializada, pídanla en Amazon o, aún más fácil y barato, bájenla de internet: la ministra, esa que vino para defender el buen cine, les mandará sin duda un mensaje personalizado de felicitación, porque no existe otro modo de hacerse con ella dentro de nuestras fronteras.

“Synecdoche, New York” es el debut como director del guionista Charlie Kaufman, un tipo tan peculiar que ha pasado sin solución de continuidad de convertirse en el profesional mejor pagado de Hollywood a no conseguir estrenar su película más que en unas cuantas salas marginales de su país. En ella, un exitoso director teatral -Philip Seymour Hoffman- trata de descifrar el fracaso de su vida personal sometiéndola al análisis de la única instancia en la que todo tiene un sentido predefinido y cerrado: la ficción. Durante más de veinte años, intentará poner en pie un mastodóntica obra teatral que reproduzca a escala los escenarios y los conflictos de su propia vida, con el fin de encontrar el significado oculto de los sucesos que le acontecieron y las decisiones que tomó. No es, desde luego, una película que les alegrará el día, y probablemente resulte altamente desaconsejable para los del primer párrafo, para los del miedo a la vida. Sí es, en opinión de este escribiente, una obra maestra con la que todo el mundo debería atreverse.

30 de julio. Mala sangre tiene el que no le pide a la vida satisfacción. Aprovechen sus días y descansen de todo, también de tener razón. Disfruten.

Comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s