Mujeres reales

Heaven

Introducción

En un día soleado, un deportivo descapotable de alta gama circula a velocidad elevada por una carretera secundaria junto al mar. En su interior viaja una pareja joven. Él conduce y Yolanda va en el asiento del copiloto, con el largo cabello al viento. En el reproductor del coche suena una canción, “Escenas olvidadas” [Golpes Bajos, 1984], que ambos corean casi al unísono entre risas, miradas cómplices, caricias y bromas. El paisaje, la música alegre, la actitud de la pareja, todo dibuja un momento perfecto de felicidad. Súbitamente, a la salida de una curva cerrada, una brusquísima colisión sacude toda la escena. Cristales rotos, amasijo de hierros, una nube de polvo, sangre y absoluto silencio. Sigue leyendo

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Mujeres reales

Era de otro

Cayetano de Arquer Buigas

Calor

No sé cómo percibí su presencia a mi espalda. Fumaba solo sentado en la terraza de Vallvidrera, asomado a la ciudad y a la montaña y tal vez pensando en Mónica, o quizá es sólo que ahora me arrepiento de no haber pensado en ella durante esos días tanto o tan bien como debía y la memoria sale a echarme una mano. Me giré y la vi de pie en el centro del salón, la brisa de la que yo disfrutaba le alcanzaba el pelo y la falda. La sonrisa leve y honda, las manos un poco temblonas cruzadas sobre el regazo, contemplándome absorta sabe dios en qué consideraciones o recuerdos, tan abstraída en ellos que tardó unos segundos en percatarse de que yo también la estaba mirando y se sobresaltó y se ruborizó al encontrar mis ojos y verse sorprendida, la sonrisa se le abrió y salió a la superficie, cariñosa pero todavía azorada. Titubeó unos segundos hasta que por fin optó por la sinceridad más obvia: nada, sólo te estaba mirando, hijo. Lo dijo en castellano y eso aún la delató más, hizo más evidente que ese “nada” y ese “sólo” eran meros subterfugios. Quizá únicamente “qué gusto tenerle en casa” o un todavía más banal “qué mayor se ha hecho”, pero mucho más probablemente algún tipo de preocupación por su pequeño tarambana e imprudente, “qué va a ser de él”, “por qué no se quedará con nosotros, cerca de sus padres y su hermano” o aún peor, “no estará aquí cuando me muera”. Tens calor, Albertet, t’obro el tendal? Sigue leyendo

Mujeres reales

Sadie Q.

Viernes 10 julio 2015, 23:38 p.m.

Albert.cit.: Hola, rizos. Te eché ayer de menos en el sarao.

Sadie Q.: Yo a ti también, guapo. Cómo estás? Has podido dormir o sigues arrastrando la resaca transatlántica? Tienes cara de sueño.

A.cit: Sigo. Y encima me he encontrado con no sé qué putas fiestas del pueblo, hasta las siete de la mañana con una discomóvil de esas patateras. Y el estómago un poco jodido. El rato que he dormido, además, con pesadillas de niño pequeño.

SQ: Vaya por dios. Las pesadillas jorobando. Por esto o por aquello, la cuestión es que no has dormido bien y ya tocaba, joder.

A.cit: El cerebro está en las tripas, no en la cabeza. Lo que yo te diga. Y si no funcionan como deben, hay pesadillas. Y ya está, ya no me quejo más.

SQ: Y no dicen nada los vecinos? Porque bueno, si yo tengo que ir a trabajar al día siguiente desde luego me hubieran dado ganas de salir con un trabuco y arrasar la disco móvil esa. Pero no creo que esta noche te libres, siendo mañana sábado. Sigue leyendo