Cómo he podido estar tanto tiempo sin beber. Me lo preguntaba hace un rato, mientras me servía el segundo bourbon de la madrugada. No empecé a hacerlo con asiduidad hasta que cumplí los treinta. Os lo aconsejo vivamente: tres o cuatro copas bien servidas, un par de porros y una concienzuda paja despejan la mente, calientan la sangre y propician el reencuentro con el inconsciente. Sé que no es ésta la prescripción que puede esperarse de un psicólogo y de hecho únicamente se lo recomendé al almirante, que sigue administrándose la terapia a sus setenta y nueve años, tan agradecido y conforme que cada día de Reyes recibo un regalo suyo. El de este año ha sido un poco más discreto que los anteriores: un botijo de blanquísima porcelana delicadamente ornamentada, con una enorme y enhiesta polla con las venas mayores perfectamente esculpidas haciendo las veces de pitorro. Para algo servirá.

Antes, mucho antes del Jack Daniels, eran las ideas las que me calentaban la sangre, como tan a menudo nos sucede a los españoles. Milité durante un par de años en el independentismo catalán. Endavant, MDT, Maulets…creo que llegué a estar en los tres sitios a la vez, no sé, ahora me lío con las siglas y los acrónimos. Lo dejé cuando me harté de pegar voces y quemar fotos y cuando Isabel se enamoró de un murciano socio del Espanyol. ¡El amor! All that you can’t leave behind, según definición de Bono (el irlandés) que hizo cierta fortuna. Yo tengo otra, probablemente más prosaica: Amor es lo que queda después de correrse. Diría que esto funciona de otro modo en las mujeres, no lo sé ni me interesan ya este tipo de disquisiciones, pero estoy seguro de que cualquier lector masculino puede entender la teoría de los universos paralelos simplemente masturbándose: las fantasías más vívidas, las más desbocadas emociones y las más abyectas pasiones que habitan la sangre un segundo antes se desvanecen un segundo después del orgasmo como humo de pajas. Eyacular en las mejillas de la vecina del quinto o sodomizar a Scarlett Johansson a cuatro patas sólidamente asido a sus caderas, experiencias tan vívidamente sentidas, tan reales como la mano que agita tu polla, se perciben súbitamente, con la última gota asomando, como eventualidades muy lejos de nuestro alcance. Si después de correrte tienes el impulso de apartarle el pelo de la cara a Scarlett, de besarle dulcemente los labios, acariciar sus hombros o recoger la sábana del suelo para arroparla, es posible que te estés enamorando.

Isabel. Tocaba hablar de ella. La conocí cuando ambos teníamos veintidós años. Obvio muchas de las cosas que digo de ella en las cintas, creo que ya no merece la pena, quizá han perdido sentido con el tiempo. Vivía en una buhardilla de Cornellá, apuntalada por sendos pilares de madera en medio del salón. Allí acabábamos todas las tardes tras reventar cajeros, boicotear actos públicos o, simplemente, correr delante de los Mossos por pura diversión. Isabel ponía tanta vehemencia en la reivindicación de la independencia para los Països Catalans como en la renuncia a su propia independencia personal. Aquellas astilladas columnas de su vivienda tenían mucho que ver con esto último. Las tardes empezaban siempre con un par de rayas dispuestas sobre el brazo de plástico de un sofá viejo, único asiento de la buhardilla. Al principio yo titubeaba en el momento de insultarla y con frecuencia la fusta me resbalaba de la mano, pero creo que hoy puedo decir que con el tiempo acabé ejerciendo mi rol de torturador policial con indiscutible solvencia. La primera vez que la vi desnuda fue así, de espaldas, con las piernas separadas y los brazos alzados, esperando a que se los amarrase con un par de banderas españolas que dejábamos sin quemar para estos menesteres, un extremo a sus muñecas –més fort, collons, me exigía siempre- y el otro a las columnas de madera. Isabel, qué chiquilla. La he visto hace poco en una foto en el Avui, de comparsa en una rueda de prensa de una dirección regional de Esquerra Republicana de Catalunya. El pie de foto la presentaba con el larguísimo cargo de Secretària d’acció de la dona, contra la violència de gènere i polítiques d’igualtat del Ajuntament de… (los puntos suspensivos son exigencia de la asesoría jurídica de este blog: me parece correcto, así que nada que objetar).

Se ha cortado el pelo, ha perdido el brillo en los ojos y ha ganado una incipiente papada. En la foto, obviamente, no se le ve el culo, de modo que no puedo juzgar cómo ha pasado el tiempo por aquellas nalgas incansables que quizá el murciano supo azotar con más convencimiento y menos escrúpulos. Mentiría si afirmase que yo no disfrutaba de aquellos preliminares, pero lo cierto es que mi momento llegaba cuando por fin me desnudaba y liberaba mi febril verga, tan firme y mineral como la del botijo del almirante; rodeaba su cintura con mis brazos para, suspendida de las maderas, levantarla en vilo y penetrarla de un solo golpe hasta hacerla gritar; la jodía con avidez y obstinación, lamiendo el sudor de su espalda, mordiendo su larguísima trenza, golpeando sus muslos con los míos, sacudiéndola entera con tanta furia que sus tetas se agitaban como densísimos péndulos que amenazaban con alterar el giro del planeta. Aprendimos, no obstante, a regular la intensidad, el ritmo y los tiempos para corrernos justo el instante antes de que aquellos puntales cedieran derrumbando el cielo sobre nuestras cabezas. Cauran un dia i ens mataran, me decía ella riendo, con la cabeza sobre mi pecho, después de haber limpiado los restos de semen de su sexo y del mío con la bandera rojigualda, repitiendo de vez en cuando mi nombre -nunca me sonó tan bien como en su boca- mientras picoteba mis pezones y acariciaba mis huevos vacíos con las yemas de sus dedos de pianista frustrada. A veces, ahora lo recuerdo con cierta nostalgia, besé sus enmarañadas axilas, tan pobladas como su pubis; era la costumbre entre sus compañeras en el Moviment, peludas todas como si la integridad de sus coños y sus sobacos fuesen la avanzadilla en la defensa de la terra. Antes, durante y después de Isabel follé con muchas de aquellas ositas. Sólo a ella, alguna vez, le aparté el pelo de la cara y corrí la sábana sobre su cuerpo. No he vuelto a verla. Casi mejor así: hace un par de semanas me encontré aquí en Madrid con Itziar, la mujer que me desvirgó, otra vieja amante, otra vieja militante; no resultó una cita precisamente agradable a pesar de sus esfuerzos. La vida, amigos, es dura hasta para los más canallas.

Un saludo. Albert.

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