No siempre se estrena uno en mitad de un terremoto. A mí me sucedió. Con internet iríamos más rápido, fui yo quien lo dijo en la reunión de los viernes. Llamaron al que guardaba la caja y al informático: el niño catalán quiere internet, les comunicó la jefa, señalándome con el dedo estirado desde el otro lado de la mesa ovalada de cristal; a ver qué se puede hacer. Pasaron muchos viernes hasta que hubo dinero. Mariano el informático lo dejó todo dispuesto: prueba después de comer, tiene que funcionar.

Intento recordar qué hacía yo en aquellos años y me sale un esquema básico: trabajar muy duro, mudarme de casa en casa, regañar y follar con Mónica. Después de comer, ese día sólo quedábamos en el edificio la mujer-florero y yo, cada uno en un extremo de la planta. Me lo advirtió la jefa unos meses antes, cuando me convenció para unirme a ellos en el último piso de un edificio en la zona noble de Madrid: seremos seis, me dijo: tú, yo, los tres que ya conoces y un florero: me la han impuesto desde arriba, no he podido negarme. Cobraría el doble que todos nosotros por desempeñar un difuso papel de relaciones públicas en una empresa que no las necesitaba. Lo entendí sin más explicaciones cuando escuché su insigne apellido: los vástagos de la agonizante dictadura chilena se fugaban por la puerta de atrás, pasando factura a quienes en España debían favores a sus honorables familias.

A las cuatro pinché el icono del Explorer sin otra emoción que la del esclavo manumiso: si la información era tan abundante y fluida como preveía, ganaría diariamente un par de horas para mis cintas, para mis cosas, para Mónica y los amigos. No había abandonado la página de Microsoft cuando escuché un grito convulso en el ala contraria de la planta, en el despacho más alejado del mío. Inmediatamente lo percibí yo también: el ordenador, la mesa, el suelo, se movían sin ninguna duda, pero si alguna me cabía, me la despejaron los tacones del florero corriendo por el pasillo; en todos aquellos meses apenas habló con nadie, pero cuando sintió temblar la tierra tuve sus ilustres brazos alrededor de mi cuello. Me dan miedo los terremotos, me dijo al oído, en mi casa en el campo había muchos. Con sus escuetas carnes pegadas a las mías, mientras el suelo dejaba de agitarse, me pregunté si aquel terror sería de la misma naturaleza que el que se siente ante una picana eléctrica o un pelotón de fusilamiento.

Ese mismo año compré un ordenador para casa. Lo estrené intercambiando mensajes con mi hermana Marta y visitando webs pornográficas, creo recordar que por ese orden, aunque aquellos correos y aquellas páginas se confunden ahora en mi memoria. Me sirvió también para adelantar trabajo algún fin de semana. Pasaron meses hasta que entré en un chat por primera vez: aquel lugar tenía el aspecto de una bodega en un sótano, pero la gente correteaba y reía como si la fiesta se celebrase en la cubierta de un yate. Me quedé y regresé muchas noches. Un grupo de veteranos clientes dominaba la barra de aquel bar sin camareros y sin dueños; charlaban y reían acodados en ella, disfrutando de la conversación y las copas a tragos tranquilos mientras las walkirias y yo retozábamos por el local saltando sobre las mesas, despeinados y medio desnudos, bebiendo a morro de las botellas. Sanan -a ver qué pasa con esa puerta- también bebía y se dejaba hacer cosquillas por las doncellas guerreras -Thelma, Yubia, la misteriosa Altamira-, pero él siempre vistió impecablemente y frecuentaba a los de la barra. Quienes se han iniciado más tarde, armados con google y el botón de ignorar, jamás tendrán una idea cabal de cómo era la vida en esos benditos lugares.

Con el tiempo precisé los perfiles de aquellos veteranos indiferentes a nuestras chiquilladas. Pittbull –qué globo llevo, chaval-, quizá el primero con el que crucé palabras, a propósito de las aficiones comunes; Sol y sus inconfundibles admiraciones pegadas al culo, Segismundo el meditabundo, la vasquísima y destemplada Naïf y la elegante y generosa Nerea, íntima de Rêbeca, la bella Rêbeca, descalza y sentada en la barra, vaqueros y camisa blanca sin sujetador, eternamente recién duchada, el pelo mojado y la risa siempre en las pupilas, mimada por todos ellos como la joven princesa heredera de aquel rincón. Más tarde quizá, se me enredan los tiempos en el recuerdo, el inimitable Artista del Hambre –correcto, Hermano-, la delicada Brumas y otra cuyo nick he olvidado pero a quien recuerdo calculadamente simpática, calculadamente distante, muy cerca siempre de la princesa traviesa, custodiándola quizá, colocándole el pelo detrás de las orejas y vigilando la adecuada disposición de los botones de su camisa. Nerea me sonreía en ocasiones, alzaba su copa para saludarme y algún día dejó la barra para brindar conmigo. Esperé en vano en cada una de esas visitas que su inseparable amiga la siguiese hasta mi mesa. Sólo en las escasas tardes en que no tenía compañía, Rêbeca me hacía un gesto con la mano izquierda para invitarme a acercarme:oye chavalín, sí, tú, me decía sacando el Trivial Pursuit de detrás de la barra, ven para acá, vamos a echar una partida hasta que venga la gente. Escucha atentamente, me advertía extendiendo el tablero: vamos por turnos, no vale buscar la respuesta en internet y sólo hay un minuto para contestar.

Nunca la tuve tan cerca hasta años después, cuando la estrella del local se apagó y ella seguía entrando algún mediodía de fin de semana a leer el periódico mientras tomaba el vermú con los transeúntes. Yo paseaba una mañana delante de la puerta y la vi desde fuera, sentada a una mesa con el periódico abierto, fumando a solas. Llevaba zapatos, un vestido informal y el cabello no-rubio recogido con alfileres y un discreto pasador. El bar me pareció más amplio y luminoso que en los viejos tiempos. Apuré una copa para espantar la timidez antes de atreverme a saludarla. Hola Rêbeca ¿te acuerdas de mí? Levantó los ojos verdes del periódico -qué remedio te quedaba que ser tan guapa- y me miró con despreocupada curiosidad. Me presenté. Hombre sí, cómo no, el lobito bueno, el del Trivial; ¿qué te cuentas, chico? qué de tiempo, siéntate un rato y tómate algo.

Rêbeca desapareció sin dejar otro rastro que un soplo de leyenda y la huella evidente de su estilo en aquellas salas. Quizá regresó a la habitación de los puzzles –half a world away– y al viejo Mac de los que a veces me habló. He sabido casualmente que más de uno de aquellos veteranos contertulios que siempre la rodeaban son hoy consagrados escritores que le han dedicado sus obras. Yo no tuve nunca otra cosa que ofrecerle que un contrincante para los juegos y algunos largos besos en la aguja de la tilde de su nombre, pero me gusta pensar que me quiso más que a nadie. Me regaló un espejo, el único intacto que me queda. Nunca tendrá noticias de lo que ahora escribo, pero estoy seguro de que no le importaría saber que lo he contado.

Un saludo. Albert.

Anuncios

Comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s