Observen la foto que encabeza este texto. Es obvio que su distinguido autor comparte conmigo -y con otros muchos hombres- la afición por mirar a las mujeres mientras duermen. Fue tomada a bordo de un avión rumbo a Manila, en febrero de 1998, cuando la retratada era Ministra de Educación y Cultura en el primer Gobierno de Aznar. Cuenta alguna biografía autorizada que antes de que la cría hubiese aprendido a caminar, el amantísimo abuelo se lamentaba de que una niña tan lista como aquélla no hubiese nacido niño porque, de ser así, sin duda llegaría a ministro.

“Este es el siglo de las mujeres y una de las mejores cosas que ha hecho el presidente es incluir a tantas en este Gobierno”. Son palabras de Esperanza Aguirre en respuesta a las toscas bromas de Silvio Berlusconi acerca de la paridad en los ejecutivos de Zapatero. Ignoro si el Sr. Aguirre se sentiría ahora orgulloso o más bien perplejo por el hecho de que su nieta haya llegado efectivamente a ser ministro del gobierno de la nación y aspirante a convertirse en la primera mujer que lo preside. Que Esperanza cultive esa  aspiración en calidad de verso suelto dentro de su formación política probablemente también hubiese desconcertado al abuelo, quien, a pesar de contar en la familia con el mejor poeta español del último siglo de los varones, con seguridad estaba acostumbrado a una ortodoxia poética en la que poder no rima con mujer ni concibe los versos libres.

Yo la vi por primera y última vez -personalmente, quiero decir- en diciembre de 2008, justo un mes después de que saliera ilesa de los atentados integristas que la sorprendieron en Bombay como miembro de una delegación española en viaje oficial, tres años después del accidente de helicóptero en la plaza de toros de Móstoles que también puso en peligro su vida. No todos tenemos su baraka: mi encuentro con ella se produjo en un sepelio, al que asistí como tantos otros conocidos del difunto. Ella saludó a todos los que allí nos encontrábamos. El azar me situó cerca de un grupo de personas que conocieron bien a Matías y las trágicas circunstancias de su muerte, y de otras que discreta y cálidamente agradecían a Esperanza su presencia en aquel acto al tiempo que le expresaban su admiración por su labor política y su persona. “Soy muy llorona, pero no en situaciones difíciles de peligro o pánico. Para eso soy muy serena y capaz de tomar decisiones con mucha presión. Lloro por cuestiones más sentimentales o de condolencia con otros que sufren”, había declarado la presidenta a un periódico después de los sucesos de Bombay.

Cuando le llegó el turno de saludarme, Esperanza estaba visiblemente conmovida.  Se aproximó a mí con la misma emoción y similares palabras de consuelo con las que se había dirigido a quienes me precedían; finalmente, aturdida por la sucesión de tantos afligidos desconocidos y tomándome sin duda por uno de aquellos condolientes tan cercanos al difunto, obvió mi mano tendida y abrió sus brazos para estrecharme entre ellos. Lo siento mucho, de verdad, fueron sus únicas palabras mientras acariciaba cariñosamente mi espalda y besaba mi mejilla mojándola con la suya. Agradecí, obviamente, el gesto, y sinceramente disfruté del contacto físico. Esperanza olía realmente bien y usó sus manos suaves y confortables con la ternura y la generosidad con que saben hacerlo las mujeres a partir de determinada edad.

Nunca he vuelto a verla. Desde entonces sus fotografías en la prensa o sus apariciones en la televisión me conducen a la inmediata evocación del abrazo, la caricia y el beso. Algunas noches en soledad me he sorprendido a mí mismo encendiendo desde la cama el televisor y sintonizando Telemadrid para buscarla -en esa cadena es fácil encontrarla cualquier día y a cualquier hora- con el único afán de de invocar aquella tan inesperada como grata sensación de tenerla cerca. La he visto infinidad de veces con sus típicos trajes de chaqueta de Zara, pero también vestida de bandera madrileña por Agatha Ruíz de la Prada, ataviada de chulapa con pañuelo y clavel y uniformada con las equipaciones de todos los conjuntos deportivos madrileños, siempre desenvuelta y espontánea. Lo estuvo también en aquella célebre rueda de prensa en tacones y calcetines al regreso de su terrible viaje a la India, pero eso sucedió, como ya he contado, un año antes de nuestro tan breve como cálido encuentro. En aquella ocasión, al término de la ceremonia fúnebre, una de sus oscuras medias aparecía visiblemente rasgada a la altura de la pantorrilla derecha, consecuencia sin duda del desconcierto y la intensidad que allí se había vivido. Varias de las mujeres presentes se ofrecieron para proporcionarle inmediatamente otro par, pero ella explicó -pude escuchar la conversación- que no era necesario puesto que desde aquella rueda de prensa había adoptado la costumbre de llevar en el coche oficial toda clase de repuestos y utensilios necesarios para  comparecer siempre presentable, sorteando cualquier eventualidad.

No cabe duda de que la presidenta ha sabido equiparse en estos años con todo lo necesario para vencer los obstáculos. Suficientes reservas de medias, de maquillaje y de ambición, un progresivamente refinado sentido del humor, del cálculo político y de las relaciones con los medios de comunicación -los hostiles, los afectos y los propios-, provechosas amistades y enemigos cultivados con mimo, una sabia alternancia entre la meditada ambigüedad y la afirmación tajante y, por fin, el coraje y el descaro suficientes para desafiar a su propio partido o chantajear abiertamente a su líder. Aquel episodio, ustedes lo recordarán sin duda, fue realmente memorable: sentada a solas entre dos hombres, no tuvo inconveniente alguno en anunciar a su presidente que si el alcalde Gallardón concurría a las elecciones, ella removería sin dudarlo el único obstáculo que le impedía hacer lo propio; es decir, dimitiría de la presidencia de la Comunidad de Madrid si esa condición otorgaba ventaja a su contrincante en su personal batalla por el poder dentro del partido. Un observador ignorante de las sutilezas de Esperanza podría concluir que tal pretensión fue un sonoro y grosero guantazo en los rostros de todos y cada uno de los votantes que la habían elegido para ese puesto, pero ella supo hacer ver que aquello no fue un desprecio a su electorado sino una oportuna y pertinente muestra de carácter y empeño, y de hecho esos votantes así lo entendieron, porque su popularidad no ha hecho otra cosa que crecer desde entonces.

Esperanza es, indiscutiblemente, una seductora nata. No me cabe duda de que muchas de sus simpatizantes le ofrecerían solícitas sus medias o su propia ropa interior en caso de necesitarlo la presidenta. “Me encantaría posar desnuda para una revista”, afirmó en una ocasión. Probablemente fue sólo una broma, pero también es posible que hubiese pretendido compensar en alguna medida el efecto que causó en su momento su negativa a protagonizar un striptease -así lo llamo ella- en relación con su patrimonio personal y su situación económica cuando fue preguntada por su disposición a ello. Entre sus simpatizantes o entre sus simples espectadores cuenta también, sin duda, con muchos que sueñan con ser besados, acariciados y abrazados por ella como yo lo fui, con llevarla a cenar a De María, pasear por el Retiro de su dulce mano, hacerle regalos o brindarle apoyo económico para estirar el sueldo hasta fin de mes si fuese preciso. Habría también quienes se conformarían con lograr conquistarla en un chat, a los que Esperanza se ha confesado aficionada, y sin duda algunos otros que llevarían su admiración hasta el extremo de desear convertirse en su particular hijoputa en la intimidad de un dormitorio.

Ignoro si Esperanza tiene la foto que encabeza este texto en algún lugar de su despacho, el mismo desde cuyo balcón a la Puerta del Sol madrileña se proclamó la Segunda República y el mismo al que el Rey Juan Carlos le hizo llegar, como un regalo de fin de viaje, la fotografía que le había tomado durante el vuelo a Manila. Observar a las mujeres mientras duermen es, quizá, el sucedáneo más aceptable cuando mirarlas desnudas no es posible. Estoy seguro de que ella es perfectamente consciente de esa pulsión masculina y de que, por consiguiente, se habrá debatido entre el pudor por contar con tan insigne admirador y la descortesía de rechazar un regalo suyo. Yo no he tenido todavía ocasión de obsequiarla ni de fotografiarla dormida ni desnuda, pero la vida da muchas vueltas. Mientras tanto, mantengo la esperanza reviviendo con cada una de sus apariciones públicas aquel abrazo y aquel dulce beso en la mejilla.

Un saludo. Albert.

N.B. Puesto que en absoluto renuncio a que todas ellas se conviertan algún día en reales y por tanto en pasado, bien podría haber llamado Mujeres futuras a esta categoría, del mismo modo que Mujeres pasadas hubiese sido un buen título para englobar a todas las precedentes. He preferido, no obstante, la fórmula reales-soñadas por dos razones: una, no quiero caer en la descortesía de etiquetar como pasadas a las reales, porque casi todas ellas siguen, por lo que yo sé, muy lozanas, o al menos en ello se esfuerzan. Dos: es preferible no dar por hecho, al menos públicamente y por escrito, que las soñadas se convertirán en reales: algunas de ellas tienen muy malas pulgas y este blog no cuenta, de momento, con una asesoría jurídica solvente.

 

 

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15 comentarios en “Esperanza Aguirre

  1. No puedo creer que le hayas dedicado un post a esta mujer. Realmente nose que es lo que despide esta mujer que saca lo peor de mi, y no me refiero a unos refunfuños encriptados sino a un impulso que nace desde dentro. Supongo que como todo el mundo hay ciertas personas que no te transmiten buenas vibraciones, que puedo decir…

  2. Invisibla, ahí se quedó tu comentario colgando del post en el que anunciaba este otro. Así que ya estás contenta con lo del control+…¡si siempre fuera tan fácil haceros felices!
    Besos.

    Bueno, Kaotic, yo le he dedicado un post y tú un comentario. Diría que estamos empatados, pero no, tú me ganas: saca lo peor de ti, nada menos. Está claro que le das a Esperanza bastante más importancia que yo.
    Saludos.

  3. A mi nunca me desagradó, es más, me gusta como mujer incluso como política.
    Me gusta que de vez en cuando saque lo que piensa sin tapujos, esa parte que hace que los demás la detestéis, esa es la parte que mas me pone.
    Por cierto Albert, ver a una mujer dormida, si no es amada, es como ver dormir a un tio ó a un perro… profundamente aburrido, tanto que no me creo que nadie pueda estar tan desocupado para hacerlo.

    Abrazos…..Marpart

  4. Que conste, Marpart, que el que ha llamado desocupado al Rey has sido tú, no yo. Te llevaré tabaco a chirona, no te preocupes. Hombre, yo creo que no hace falta amarlas para disfrutarlas…a mí sí, a mí me agrada ver a las mujeres dormidas; a las que me gustan, claro. No sé a quién te refieres con ese “detestéis” pero no es mi caso, desde luego. Esperanza me gusta, me tomaría encantado un par de copas con ella y aprovecharía para explicarle las razones por las que nunca la votaría.

    Abrazos.

  5. A mi esta señora me parece que demuestra a menudo que áquella frase que se suele decir que la clase no se puede comprar con dinero es cierta. Surrealista me ha parecido que alguien le dedique una entrada ¿lo estaré soñando, será esto una pesadilla? pero claro, es cuestión de gustos como todo en esta vida. Eso sí, cruzo los dedos porque este país nunca tenga a esta persona como presidenta del Gobierno. Nos iba a llevar en cuestión de meses a la España más negra de nuevo. Éso sí que sería el declive final de nuestro país y de ése nadie nos iba a lograr sacar.
    Un saludo.

  6. Saray, bienvenida.

    A esa España negra, tremendista y sectaria no hace falta que nadie nos lleve de vuelta, porque de ahí no se movió nunca. Tu comentario es una muestra perfecta de ello.

    Un saludo.

  7. Me ha encantado leerte..este post es fantástico Albert. Y si..estoy de acuerdo contigo, a mi también me parece muy seductora Esperanza, y es que lo más importante es tener un par de ovarios para todo y saber utilizar bien las armas que nos brinda la naturaleza, jajajaja
    Yo me identifico muchísimo con su manera de ser, sobre todo con esa forma descarada de no tener pelos en la lengua y de sonreír al contrincante más desagradable..no hay mejor formar que ganar al enemigo que con una sonrisa descarada, jajajaja

    Muchos besitosss

  8. Gracias, Invisibla. Cierto, las sonrisas las maneja bien pero los ovarios…creo que aún le falta práctica: me ha parecido verla sobrada de ellos cuando no hacía falta tanto y un poco escasa cuando le hubiese venido bien ponerlos enteros sobre la mesa.

    No te preocupes por las faltas, aquí no ponemos multas por escribir deprisa. Besos, guapa.

  9. Reptiliano, límbico y neocórtex. Me parece que eso lo enseñaban en el primer año de la Facultad. Es decir, todos tenemos algo de reptilianos. Pero no todos olemos bien. Esperanza sí. Lo que yo te diga.

    1. Tú lo que hueles es el poder. Si la Espe no tuviera poder…¿te olería igual?. No me lo puedo creer. Es el podel el que huele bien…incluso cuando huele a mierda.

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