Mujeres reales

Teresa

En los últimos meses, los pezones de Teresa estuvieron siempre erectos. Era una consecuencia del escalofrío permanente que la habitaba. Más allá de mis torpes metáforas, ese frío era real como la sed constante, la fiebre intermitente y la luz en fuga de sus pupilas. Siempre prefirió ocultarlo con ropas amplias y oscuras o sujetadores de copa rígida que la incomodaban, hasta que encontró en una tienda de lencería una especie de piezas adhesivas, entonces yo ignoraba de qué material porque nunca me dejó verlas, diseñadas expresamente para disimular ese inconveniente. La conocí un par de años antes. Era abogada y amaba su profesión. Trabajamos juntos en un encargo privado para el que fuimos contratados por separado, un arduo asunto familiar que nos mantuvo en contacto durante algunos meses. Cuando acabó el trabajo, no volví a verla hasta que recibí una llamada suya tiempo después. Sigue leyendo

Mujeres reales

Susi

Soy un gran amante de la telebasura. Llamo así a ese tipo de televisión para simplificar y expresarme sin ambigüedades, porque estupendos programas como El Juego de tu vida o Gran Hermano, quizá mi preferido, no encajan exactamente en la denominación de programas del corazón, que es tal vez la más apropiada. Cada viernes por la noche desde hace un tiempo me enfrento a un poderoso y excitante dilema: ¿qué ver, Sálvame de Luxe o DEC? A pesar de que procuro informarme previamente de los contenidos de cada uno de ellos para ese día, no siempre es fácil tomar una decisión. Claro que podría, diréis, grabar uno y concentrarme activamente en el otro, pero no es lo mismo gozar y sufrir en directo que hacerlo cuando ya todo ha sucedido y aquello que vemos no es más que un triste remedo, una especie de fotocopia del original. Supongo que los aficionados al fútbol, entre los que no me encuentro a pesar de haber jugado dos años en los juveniles del Barça, pueden perfectamente comprender esto. Sin despreciar una sabrosa confidencia exclusiva o una denuncia anónima, por lo general acabo eligiendo aquellos espacios que a priori ofrecen generosas dosis de chantajes e intrigas, afrentas, amenazas y acusaciones cruzadas, preferiblemente arbitrarias o caprichosas. Todo ello, huelga decirlo, defendido con acaloramiento y obstinación o con ese exquisito victimismo del que tanto disfrutamos los buenos aficionados. En este sentido soy, por supuesto, un gran admirador de Belén Esteban, tan denostada por muchos pero tan felizmente comprendida y aun imitada por otros tantos. Sigue leyendo

Mujeres reales

Susanita

Quiero abordar hoy un asunto que será sin duda del interés de muchos de ustedes, que no en vano gustan de pasar su tiempo correteando por salas de chat de contenido sexual. Empezaré por confesar que yo mismo comencé muy pronto a practicar el cibersexo. Como ya he contado en anteriores entregas, soy psicólogo, pero antes de serlo quise ser escritor. Un escritor profundo y solemne, de esos que descifran el sentido de la vida en cada párrafo. Como escribiendo en mi lengua materna, el catalán, sólo me salían chorradas, interpreté que la culpa la tenía el idioma y no mis limitaciones naturales, de modo que hice un intento por expresarme en castellano. Mal asunto: mi dominio del idioma español era más que suficiente para desenvolverme con soltura en la vida diaria, pero no para abordar con propiedad las nobles ideas y los graves asuntos que yo tenía en mente. Decidí leer mucho y estudiar más, y no me conformé con eso. Haría también trabajo de campo. Sí. Estaba dispuesto a explorar todos los resquicios de la lengua española, desde los registros más elevados a las expresiones más barriobajeras. Sigue leyendo

Mujeres reales

Isabel

Cómo he podido estar tanto tiempo sin beber. Me lo preguntaba hace un rato, mientras me servía el segundo bourbon de la madrugada. No empecé a hacerlo con asiduidad hasta que cumplí los treinta. Os lo aconsejo vivamente: tres o cuatro copas bien servidas, un par de porros y una concienzuda paja despejan la mente, calientan la sangre y propician el reencuentro con el inconsciente. Sé que no es ésta la prescripción que puede esperarse de un psicólogo y de hecho únicamente se lo recomendé al almirante, que sigue administrándose la terapia a sus setenta y nueve años, tan agradecido y conforme que cada día de Reyes recibo un regalo suyo. El de este año ha sido un poco más discreto que los anteriores: un botijo de blanquísima porcelana delicadamente ornamentada, con una enorme y enhiesta polla con las venas mayores perfectamente esculpidas haciendo las veces de pitorro. Para algo servirá. Sigue leyendo