Soy un gran amante de la telebasura. Llamo así a ese tipo de televisión para simplificar y expresarme sin ambigüedades, porque estupendos programas como El Juego de tu vida o Gran Hermano, quizá mi preferido, no encajan exactamente en la denominación de programas del corazón, que es tal vez la más apropiada. Cada viernes por la noche desde hace un tiempo me enfrento a un poderoso y excitante dilema: ¿qué ver, Sálvame de Luxe o DEC? A pesar de que procuro informarme previamente de los contenidos de cada uno de ellos para ese día, no siempre es fácil tomar una decisión. Claro que podría, diréis, grabar uno y concentrarme activamente en el otro, pero no es lo mismo gozar y sufrir en directo que hacerlo cuando ya todo ha sucedido y aquello que vemos no es más que un triste remedo, una especie de fotocopia del original. Supongo que los aficionados al fútbol, entre los que no me encuentro a pesar de haber jugado dos años en los juveniles del Barça, pueden perfectamente comprender esto. Sin despreciar una sabrosa confidencia exclusiva o una denuncia anónima, por lo general acabo eligiendo aquellos espacios que a priori ofrecen generosas dosis de chantajes e intrigas, afrentas, amenazas y acusaciones cruzadas, preferiblemente arbitrarias o caprichosas. Todo ello, huelga decirlo, defendido con acaloramiento y obstinación o con ese exquisito victimismo del que tanto disfrutamos los buenos aficionados. En este sentido soy, por supuesto, un gran admirador de Belén Esteban, tan denostada por muchos pero tan felizmente comprendida y aun imitada por otros tantos.

Y es que quizá sea esa mi más evidente y genuina vocación: mirar. A veces refresco mis paseos con una cerveza, sentado en la terraza de un bar viendo pasar a la gente, observando el conjunto y sacando conclusiones. Es la imagen de mí mismo con la que más me identifico, donde mejor me reconozco. Por el contrario, participo en pocas cosas. De vez en cuando me sumo a alguna manifestación que me pilla cerca de casa y me interrumpe la siesta, o a alguna iniciativa puntual entre aquéllas a las que suelo ser invitado, más por curiosear que por otra cosa. Nunca, sin embargo, he colaborado activamente con asociación o grupo alguno, a excepción de aquéllos a los que me obliga mi profesión. Quizá es que, paradójicamente, soy más proclive a la acción directa, y eso de momento no lo practica nadie. Así que seguiré sentado en las terrazas de los bares, esperando a que alguien se decida a organizar algo de mi gusto, mientras veo pasar a la gente. Conozco a muchas personas, eso sí, pero apenas me comprometo con nadie, eso también. Muchos amigos, casi ninguno de intimar y contarnos la vida, entre otras razones porque todos son bastantes distintos a mí.

Quizá sea el momento de citar a algunos de ellos, sin perjuicio de extenderme sobre aspectos concretos en sucesivas entregas: Santiago, un yonqui callejero que se dedica a pedir a los viandantes, atracarlos de vez en cuando y dar pequeños palos en tiendas de golosinas, puestos de helado, kioscos y sitios así, y que ha dormido alguna vez en mi casa. María Elena (María Enema en la intimidad) es una paciente cercana a los cuarenta, casada con un vendedor de electrodomésticos calvo, racista y partidario de la pena de muerte, a la que me he tirado más de una vez, como tantos otros. Es bastante puta, pero también toda una señora; de hecho, instruye a sus amantes para que la llamen por su nombre completo, incluyendo sus dos apellidos compuestos, mientras es sometida por ellos a las extravagante prácticas sexuales las que tan aficionada se muestra siempre. Ella no es calva, sino rubia teñida y muy jamona, pero sí es partidaria de la pena de muerte y racista; a propósito de esto, ahora tiene un problema: le dan asco los negros, pero un buen día descubrió a propósito de un pequeño incidente callejero que también la ponen caliente, de manera que no puede evitar tirárselos de dos en dos o de cinco en cinco. Esto me lo cuenta con el objetivo de que la cure, pero la verdad es que no sé cómo hacerlo, ni ganas tengo de intentarlo. Sus buenos dineros le cuestan las aficiones de su esposa al vendedor de electrodomésticos: yo le cobro bien a gusto por escucharla, y los africanos por supuesto no se lo hacen gratis.

Tinín es, a sus treinta y cuatro, director de una sucursal bancaria y broker en sus ratos libres. Es un chaval nervioso, más aficionado a la música y a la cocaína que yo mismo y realmente partidario de la acción directa: este sí que participa, pero siempre que haya hostias por medio. Se pega con skin-heads y otras especies de ultras, y periódicamente se lía a pedradas con el escaparate del marido de María Enema, a la que, por lo demás, nos hemos follado juntos. Es buen amigo, uno de los escasos que han escuchado alguna de mis cintas, aunque suele insistirme para que sea más activo. Ahora está colado por una colombiana que tiene los ahorros en su banco. Me ha confesado que todas las noches le dedica sus primeros pensamientos y sus últimas pajas antes de dormir. No creo que logre nunca nada con ella, porque a pesar de que es risueña, cantarina y cordial, la niña parece muy lejos de sus posibilidades: demasiado joven y demasiado guapa para Tinín, y demasiado acompañada por tipos malencarados, aunque bien pensado el hecho de que tenga que pegarse con alguien para conseguir llegar a ella puede que le excite aún más.

Julio es otro de mis amigos. Este también participa, aunque de un modo muy distinto al de Tinín: es viejo militante del PCE y, en admirable coherencia con esa militancia, regenta una tienda de antigüedades en las que vende (poco) todo tipo de reliquias. Por mi último cumpleaños me regaló una especie de estereoscopio de los felices años 20 que muestra una magnífica colección de imágenes de rubias eslavas practicando todo tipo de perversiones en tres dimensiones. Julio también es miembro de una ONG con sede en el barrio que se dedica a prestar apoyo y atención a los inmigrantes sin recursos, preferentemente a los de no sé qué país africano; yo creo que lo hace por hacer algo, porque realmente no parece que tenga muchas cualidades para ello: es un poco lelo, hasta el punto de que esos inmigrantes, listos como el hambre que pasan, se aprovechan hasta el exceso de su buena voluntad y escasas entendederas. Santiago el yonqui se ha enfrentado más de una vez con él, exigiendo para sí mismo los recursos y donaciones que la ONG destina a los inmigrantes. Yo tenía que haber nacido negro porque tengo vocación, le he escuchado decir más de una vez.

Antonio es profesor de autoescuela, su padre le enchufó en una; no le gusta mucho pero le da para mantenerse y como se lo toma con traquilidad, es más o menos descansado; lo mejor, según dice, son las minifaldas de los bollitos que vienen a aprender a conducir; lo peor, los chinos con los que hay que comunicarse por señas, al parecer la mayoría. No es fácil, suele decirme, enseñarle las reglas de preferencia a un chino: acabarán matándose todos. Antonio tiene poca paciencia y no entiende que los demás necesitan aprender, que no todo el mundo nace enseñado. Otra es Susi: es peluquera y el oficio le da de comer, pero se cansa de estar todo el día de pie. Algún día reuniré valor suficiente para hablar de ella.

Un saludo. Albert.

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2 comentarios en “Susi

  1. No te atreves a hablar de Susi? No pone nada de Susi…

    Por qué se llama este post Susi?….

    Bueno…cuando escribas sobre ella..lo leeré..me interesaba saber como era tu novia.

    Besitoss

  2. No es mi novia. El post se llama Susi porque pensaba decir algo más de ella, pero a última hora me arrepentí y además me quedé sin espacio. La veo a menudo y la quiero mucho, de modo que inevitablemente aparecerá en más de un post. Besos, Invisibla.

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