A veces, cuando escucho a mi amigo Julio el Inmoral, fotógrafo aficionado, disertar sobre las dificultades para captar en los rostros emociones o sentimientos sutiles o poco comunes con su cámara, pienso en el filón que encontraría si alguna vez tuviese la oportunidad o el coraje para acompañar a Susi.

Le hubiese animado, por ejemplo, a fotografiar a la mujer que el pasado martes, cuando yo acababa de aparcar en las inmediaciones del hospital, me abordó en la calle. Cuarenta y tantos años, calculé entonces, aunque después pensé que podría perfectamente tener mi edad. Sola al pie de su Ford Mondeo con la puerta abierta y el motor en marcha, se dirigió a mí, un absoluto desconocido, el primero que pasaba por allí, para pedirme que le aparcase el coche, en un hueco en el que cabían al menos tres como el suyo. Accedí amablemente, claro, y tras agradecérmelo, se excusó diciendo que su marido la estaba esperando en el pabellón, que tenía prisa y que siempre se le había dado muy mal aparcar.

Llevaba ropas y maquillaje caros, pero era la antítesis de la elegancia. El maquillaje parecía ajeno a su rostro y su cuerpo a lo que llevaba puesto, como si en vez de vestirse se hubiera disfrazado, como si hubiese olvidado cómo solía pintarse y vestirse en los buenos tiempos, como si hubiera extraviado, en definitiva, la memoria de sí misma. Es eso probablemente, lo que yo tuve oportunidad de percibir en el rostro, el aspecto y el comportamiento de esa mujer, lo que mi amigo Julio busca. Luego la encontré en el pabellón, acompañando a su marido. Quizá él había podido llevar el coche hasta ese día pero ya no le resultaba posible, ella nada me explicó. Tal vez antes usaba el espejo del parasol para repasarse los labios mientras su marido conducía, y ahora se ve obligada a coger de nuevo el volante para llevarle al hospital. Quién sabe cuánto tiempo llevaría sin conducir, muchos años probablemente, por muy mal que uno aparque hasta un niño metería el coche en un hueco así. Todo trastocado, todo en suspenso y mientras tanto, tratar de conservar lo que se pueda, intentar no arañar el coche aunque sea a costa de la pequeña vergüenza de pedirle ayuda al primero que pasa.

Casi siempre acompaño a Susi en sus periódicas sesiones de tratamiento. Cada cierto tiempo le tocan tres días seguidos, cuatro horas diarias. Hace un par de años, su limitada movilidad le concedía la ventaja de recibir el tratamiento en una especie de cuartito aislado del resto de la sala, en una cama. Aunque las butacas son cómodas, cuatro horas son muchas para alguien que no dispone de libertad de movimientos para cambiar de posición, y además a ella, aun con ayuda, le resultaba entonces difícil levantarse cada cierto tiempo -muy poco, consecuencia del tratamiento- para ir al aseo. Su mejoría ha supuesto precisamente que sean otros enfermos quienes ahora usan ese cuarto, y ella ha pasado a la sala común. En aquella habitación aislada yo podía estar con ella todo el tiempo y pasar las horas charlando, de modo que para los dos se hacían más llevaderas. En la sala común los acompañantes sólo pueden entrar esporádicamente, cinco o diez minutos cada hora. Como es lógico, ella prefería pasar esas horas a solas conmigo, en lugar de rodeada de gente que apenas conoce. También para mí hay cambios, claro: ahora deambulo solo por el hospital, matando el tiempo. En el pabellón hay una gran sala de espera para los pacientes y la gente que los acompaña. Suelo leer o escuchar música, pero también observo, obviamente con toda la discrección de que soy capaz. Uno no sabe si las miradas son pesadas o livianas en aquel lugar. A veces parecen una cosa y a veces otra. Supongo que es el resultado de haber suspendido la mirada hacia el mundo, de concentrarla en el presente más inmediato. La gente suele llegar en parejas o tríos, los enfermos y quienes vienen con ellos. En muchos casos es tristemente evidente quién es el enfermo y quiénes los acompañantes. En el caso de quienes pueden valerse por sí mismos o no presentan síntomas manifiestos, las gorras, pañuelos y pelucas tratan de limar las diferencias, pero es su uso precisamente lo que hace tan fácil detectarlos.

Hay un último grupo, finalmente, que es sin duda el que más interesaría a mi amigo Julio: el de aquellos que no han iniciado todavía el tratamiento y no presentan signo alguno que evidencie la enfermedad ni los distinga, por tanto, de quienes los acompañan. Solo son indistinguibles, en realidad, en el primer vistazo. Al segundo ya es muy fácil saber quién es quién, y no es precisamente el enfermo el que se delata; éstos suelen permanecer alertas, activos: leen, hablan, escuchan, beben agua, se abanican, sonríen. Pero quienes están con ellos miran sin ver, parecen moverse apenas lo imprescindible y mantienen el rostro inmutable, como si después de mucho buscar un gesto perfectamente neutro para ocultar la impaciencia y la ansiedad lo hubiesen encontrado por fin y no estuviesen dispuestos a dejarlo escapar de sus caras. Es especialmente visible en las parejas. Todo trastocado, todo suspendido, los planes, previsiones y sacrificios pasados colgando de un hilo, y en el horizonte la perspectiva de la soledad inesperada, todo perdido quizá, incluido lo más material.

Susi no está entre los de más edad, es evidente, pero tampoco ni mucho menos entre los más jóvenes. Es precisamente de algo relacionado con esto, con la edad, de lo que pretendía finalmente hablarles. Cerca de mi antigua casa hay muchos y buenos lugares donde comer o cenar. Uno de mis preferidos era un local en una calle pequeña y poco concurrida, una especie de franquicia, hay varios en Madrid con el mismo nombre. Casi siempre me atendía el mismo camarero, un tipo cercano a los cincuenta, incansable y dicharachero. Hace meses le encontré por sorpresa en esa sala de espera. Nos saludamos, nos contamos: su hija, diecinueve años, una enfermedad muy parecida a la de Susi, pero en el caso de la chica afectaba a su tibia derecha. Volví a ver al camarero muchas veces, a él y a la cría, que obviamente hasta entonces yo no conocía; caminaba por su propio pie sin cojear apenas. Después de más de un año de tratamiento los médicos habían renunciado a continuar administrandóselo porque se había mostrado muy poco eficaz y confiaban en que la cirugía resolvería el problema sin contratiempos ni traumas excesivos para la muchacha. Luego pasó tiempo sin que nos encontráramos.

Meses después, volví a ver al camarero en la salita de las máquinas de café de aquella planta del hospital. Me saludó forzando una sonrisa y, sin decir apenas nada más, me señaló a su hija, unos metros más allá, charlando con unas enfermeras, apoyada en unas muletas y en su pierna izquierda. La derecha estaba amputada por encima de la rodilla. Dadas las semejanzas de sus respectivas dolencias, yo le había hablado durante esos meses a Susi de ella para animarla; le conté lo bien que estaba y las buenas perspectivas de los médicos respecto a una cirugía limpia y sin traumas, que finalmente se revelaron tan equivocadas. Ese día, cuando me repuse del impacto, de la brevísima charla con ella y de la posterior, larga y tendida, con el padre, regresé con Susi y apenas llevábamos juntos unos minutos cuando, casualmente, me preguntó por la hija de mi amigo el camarero. Le dije con absoluta naturalidad que la última vez que la vi seguía muy bien. Supongo que también en mi caso se trató de lo que les decía arriba, de que uno se acostumbra tanto al gesto que luego cuesta abandonarlo.

En todo el tiempo en que, sin ser conscientes una de la otra, habían compartido horas en el hospital, Susi jamás se cruzó con esa chica, pero en estos últimos tres días de tratamiento, los tres seguidos (estas cosas pasan todo el tiempo, recuerden), ha sucedido. El martes la vimos cuando ya estábamos en el coche camino de casa, caminando sola hacia la parada del autobús. No será esa la hija de tu amigo, me preguntó. Claro que no, le dije. El miércoles se repitió, exactamente igual; de nuevo la vimos desde el coche, descansando en sus muletas, completamente sola. Susi la miró otra vez, sin hacer ningún comentario. El jueves, la muchachita estaba esperando el ascensor para salir del pabellón cuando nosotros también nos marchábamos. Me saludó, claro, y me contó: sus padres tenían difícil acompañarla a las curas, y además ella lo prefería, quería ir desenvolviéndose sin ayuda. Aceptó que la llevase a casa. Cuando nos quedamos solos, le pedí disculpas a Susi por la mentira; por las mentiras continuadas, en realidad. Lo entendió y hasta se animó cuando le sugerí que todo el problema de esa chica es que no había respondido al tratamiento, cosa que a ella, afortunadamente, sí le está sucediendo. Al tenerla tan cerca en el ascensor y luego en el coche cuando la llevábamos a casa, Susi recordó haberla visto muchos meses atrás en el hospital. La recuerdo porque siempre sonreía y porque tenía un culito precioso, me daba envidia. Bueno, lo sigue teniendo, añadió segundos después, al advertir el desliz.

No he podido quitármela de la cabeza en toda la semana. Independientemente de la relación de su enfermedad con la de Susi. Diecinueve años, tan sola, detenida en mitad de la acera, descansando, una venda blanquísima en el muñón. Yo tenía un culo bonito, supongo que pensaba, si es que pensaba algo. Yo ya no sé conducir, debía pensar la que me pidió aparcarle el Mondeo. Definitivamente, la próxima vez que hable con él, recomendaré a mi amigo Julio que visite aquella sala con su cámara.

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13 comentarios en “Un culito precioso

  1. ojú chiquillo..como me reconozco en los acompañantes..a mi padre siempre le dieron miedo las agujas.. pero le daba verguenza que su hija le viera hacer el tonto.. así que “se portaba” si yo iba….. como (con mucha mejor fortuna) en los pacientes..
    que duro y que delicadamente bien escrito..
    gracias.. un beso

  2. Gracias, guapa, y enhorabuena por esa fortuna. Me alegro mucho. Entiendo muy bien lo que dices de tu padre y las agujas, de esa vergüenza torera de los pacientes ante sus acompañantes. Un beso.

  3. Yo ne le aconsejaría nadie visitar esos lugares, Albert. Recuerdo que, durante años, cuando pasaba por el hospital y veía en un cartel “Oncologia” y unas escaleras que bajaban… pensaba, una y otra vez, que eran las escaleras al infierno. La primera vez que las tuve que bajar, para mi misma, acompañada de mi madre… respiré hondo y cuando, meses después, las subí mi madre había decido que había visto suficiente sufrimiento y su mente se fue al País de Nunca Jamás, de donde no ha sido capaz de volver, excepto en escasos momentos de lucidez.
    Un beso

  4. Lamento sinceramente lo de tu madre, Akimana. Cuidadla lo mejor que podáis y sepáis, y aprovechad todo lo posible esos momentos de lucidez. Y, por supuesto, siento que tuvieras que bajar esas escaleras y me alegro de que volvieras a subirlas. Bravo por ti. En realidad, no le aconsejo a nadie visitar esos lugares, solo a mi amigo Julio, que se empeña en tomar buenas fotos, aunque para ello tenga que bajar al infierno Saludos.

  5. Extraño texto. Me ha enganchado pero, en determinados momentos, me he sentido “a la contra”. Eso me suele pasar, por regla general, en dos situaciones concretas:

    -Una, cuando el texto esta contando algo con lo que estoy muy en desacuerdo y

    -Dos, cuando, por la razón que sea, percibo subconscientemente que lo que me están contando tiene algún problema de lógica interna.

    Evidentemente, me encuentro en el segundo caso. Hay dos puntos que me “chirrían” (lo que no quiere decir que no sean “verdad”, la vida es de por sí muy ilógica numerosas veces). No me casa bien la mujer inicial, con su maquillaje y ropa cara (excelente observación la del “disfraz”) con esa misma mujer conduciendo, dejando que su marido se vaya solo al pabellón y esperando a un desconocido para que aparque el coche. Sí, su vida se ha trastocado por entero, pero esa mujer, al igual que intenta paliar el desconcierto con su “disfraz” no la veo complicándose existiendo taxis. Me explico, o hay algo más que no sabemos o esa pareja hubiera llegado al hospital en taxi.

    El segundo punto es, parcialmente, fruto de mi experiencia personal, yo también he estado alguna vez acompañando a un enfermo (enferma en este caso, aunque familiar de segundo grado, disculpa por no dar más detalles) y esa “regla general” para distinguir a los nuevos pacientes de los nuevos acompañantes, es incorrecta.

    Como bien dices, hay “parejas” así, pero también hay muchas “parejas” al revés, donde el paciente mantiene una actitud muy pasiva y el/la acompañante una actitud, muchas veces forzada, de suma actividad y “excesivo” vitalismo.

    ¡Ah!, lo siento Albert, a veces me dan estos ataques de hipercríticos… jaja.

    Un saludo.

  6. Yo sí veo coherencia en el texto, porque la mujer extraviada de sí misma no pedía ayuda al primero que pasaba sino a ti. Siempre estamos comunicándonos unos con otros mejor de lo que creemos. Y es tan absoluta la soledad de esos momentos. Y es cierto el resto que cuentas, yo sentía que habían echado un somnífero o alguna droga en el oxígeno del aire dentro de un hospital. A mi padre le gustaba conducir él mientras pudo e incluso más. Le relajaba. Y mantuve esa “serena” alerta roja los cuatro años de enfermedad. Pero no se me escapaba ni una.

  7. Así que “un culito precioso” ¿eh?
    Reconozco que me atrajo el título (semos asina: concupiscentes). El primer párrafo es una invitación a la aventura y luego no pude dejar el relato a pesar de que sabía que me iba a dejar una sensación de melancolía. Enhorabuena.

  8. Ximeno, me alegro mucho de verle por aquí. Asina semos, efectivamente, concupiscentes y melancólicos, a veces al mismo tiempo. Gracias.

    Ahora veo que dejé aquí sin agradecer sendos comentarios de Sanan y Maite. Imperdonable, porque ambos son bien enjundiosos. Sanan, te conmino a que comparezcas aunque sólo sea para explicarte lo del taxi. ¿Dónde te metes, amigo?

    Vaya, Maite, parece que no hay quien se libre de conocer estas situaciones. Lo siento, guapa. Y te agradezco muchísimo todo eso que escribiste, palabra por palabra. Mucho y muy de verdad, probablemente, por usar tus propias palabras, bastante más de lo que crees. Un abrazo.

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