La senyera todavía sabe a chocolate, y tus besos siguen siendo elipses verdes, me dijo el verano pasado. Amarillo verdoso era el olor de las habitaciones de hostal barato en las que acabábamos al amanecer, más amarillo cuando entrábamos en ellas y más verde ya desnudos entre las sábanas, que casi siempre estaban ásperas ¿te acuerdas? A mí me olían como el ruido de las uñas de la profesora de Evolutiva arañando la pizarra para que prestáramos atención. ¿Cómo se llamaba aquella? Era mona, tú le gustabas, te ponía ojitos. Esas cosas las notamos las mujeres enamoradas.

La Gemma nunca estuvo enamorada de mí. Sí lo estaba, Albertet, me ponía muy celosa, qué más quieres. Todavía no tiene hijos, va a esperar dos años más, hasta que su marido consiga asentar el negocio o ella encuentre trabajo estable. En el segundo curso de la carrera continuaba firmemente decidida por la psicología clínica, y fue virando después hacia otros horizontes porque su tío de Terrassa le prometió trabajo en cuanto acabase los estudios, pero la empresa quebró antes de darle tiempo a acumular experiencia y abandonó la selección de personal con la intención de prepararse para la comunicación y la publicidad, que es la actividad con la que hoy se gana la vida. Estoy convencido de que muchos de ustedes han sido víctimas, sin sospecharlo siquiera, de las sutiles técnicas que Gemma diseña para despertar su simpatía inconsciente por un producto, una idea o un proyecto político. No le guarden rencor, son solo negocios. Es probable que su sinestesia de alto grado, deficiente y tardíamente detectada, influyese de modo decisivo, al menos mucho más de lo ella quiso reconocer, en su paulatino abandono de la idea de tratar con pacientes. Quién va a querer que le cure la cabeza un bicho raro, solía decir con una media sonrisa incapaz de ocultar del todo la pizca de autocompasión.

La llamo cuando voy a Barcelona, pero no siempre. El pasado mes de agosto reservó varias tardes para mis besos verdes. La vi por última vez a mediados de septiembre, después de un entierro. No se preocupen por mí, el muerto era solo un conocido de la familia. La mareta argumentó ante mis protestas que mi hermana Marta tenía excusa porque vive en América, pero yo bien podía coger un avión, jo t’ho pago, y estar de vuelta en Madrid en unas horas. Qué desapegado eres, hijo. Viajé en el primer AVE de la mañana. Desde el cementerio de Collserola tomé un taxi hasta la estación de Sants, pero a medio camino el verano languideciente de Barcelona me despertó el apetito y llamé a la Gemma, por si podía y quería pasar la tarde conmigo. Esto te habrá costado un dineral, nen, me dijo un par de horas después en una de las suites del Perla Negra, aún vestida, tumbada junto a mí con la cara apoyada sobre su mano derecha mientras me acariciaba los labios con los dedos de la izquierda. No te preocupes, paga mi madre.

“El grupo empresarial LVR Group, al que pertenece Perla Negra BCN, es pionero en España en obtener la certificación ISO 90001, en reconocimiento a su calidad y buenas prácticas como establecimiento de alquiler de habitaciones por estancias cortas para escorts y parejas”. Gemma lo leyó en voz alta, casi de un tirón, y después devolvió el folleto a la mesilla. Es curioso, la palabra “puta” siempre la he visto de amarillo chillón, pero “escort” es de un naranja muy pálido, casi blanco. Con esfuerzo y sin ayuda de nadie consiguió desde el colegio empezar a entender lo que leía sin necesidad de repasarlo tres y cuatro veces, abstraerse del caleidoscopio de colores, formas y hasta sabores que para ella suponía cualquier sucesión de palabras escritas o una operación matemática, hasta lograr concentrarse en su significado. Se enredó un instante con aquel LVR y sobre todo con el ISO 90001, un notable desafío para su auto adquirida capacidad de lectura racional. Para Gemma, como para ustedes y para mí, hay voces dulces, discusiones agrias, comentarios ácidos o momentos amargos, pero en su caso los adjetivos no son metáforas. Tres más dos suman rojo, y cada cifra de un número telefónico ocupa un espacio virtual determinado alrededor de su cuerpo, es así como los almacena en su prodigiosa memoria. Cada vez que nos encontramos halla una arruga más o detecta novedades en la forma o el volumen de los lunares de mi piel absolutamente imperceptibles para mí o cualquier otra persona. Quise ducharme antes, desprenderme del improbable aroma a crisantemos, tierra seca y desconsuelo acumulado durante el sepelio. Cuéntame lo que sientes, Gemmeta, le pedí desnudándome de pie frente a ella. Tú no quieres follarme, tú quieres estudiar al bicho raro, protestó como siempre, pero como siempre accedió a mi capricho. Un triángulo verde hierba con los ángulos achatados, eso siento, me dijo en un susurro entrecortado, arrodillada en la cama con las piernas abiertas, las dos manos debajo de la falda y su mirada más lasciva persiguiendo los botones de mi camisa, la hebilla de mi cinturón, la cremallera de mis pantalones. Mirar tu polla me sabe a menta.

sinestesia 3

Vio círculos sin bordes de color verde manzana cuando mis labios rozaron sus pechos en la bañera infinita de aquella habitación de lujo destinada a estancias cortas para putas caras y psicólogas adúlteras. No sería tan corta, su marido estaba de viaje y yo llamé a la Jefa para contarle que me quedaría un día más en Barcelona acompañando a mis padres en el duelo por el difunto. Vivir bien es la mejor venganza, recordé a propósito de aquellos hostales del Barrio Gótico que olían a desinfectante  y tenían manchas de humedad en las paredes. Dame lengua en los pezones, mucha lengua, susurró en mi oído cuando percibió mi aliento sobre ellos. Un baño en la espuma de geles suntuosos junto a un hombre que le gusta, a la luz de neones de colores tenues, frente a una pantalla gigante con películas pornográficas, fue una formidable orgía para los caprichosos sentidos fisiólogicos de Gemma. Yo creo que ni siquiera había cumplido los doce años, Albert, cuando empecé a tocarme conscientemente, buscando el orgasmo, sabiendo lo que hacía. Y creía que todas se corrían como yo, que experimentaban las mismas sensaciones, y seguía convencida de eso después de empezar a hablar de estas cosas con las amigas y que ellas tomaran lo que les contaba como picardías o exageraciones, Gemmeta la fantàstica, así me llamaban. No entendía nada, pensaba que todo el mundo percibía las cosas igual que yo, me sentía tan desconcertada y lloraba tan a menudo que acabé por visitar en secreto a un psicólogo, que me despachó sentenciando que lo que me pasaba, lo de las pajas y los problemas para entender los libros y todo lo demás, eran solo fábulas de una adolescente con demasiada imaginación y sexualidad exacerbada. Sexualitat exacerbada, va dir literalment el fill de la gran puta. Se quitó con la mano la espuma de la cara, abrió las piernas, levantó despacio los ojos y los hincó en los míos. Vine, apropa’t a mi.

Gemita la fantástica tiene mucha imaginación. Amanecía en l’Esquerra de l’Eixample cuando por fin se adormeció dándome la espalda en la cama. Las actrices aún pedían more and more en la pantalla de vídeo. Lo apagué y encendí un cigarrillo observando los colores pastel, los objetos de diseño, la cálida indolencia de aquella habitación para estancias cortas. Gemma se removió perezosamente buscando mi cuerpo con sus nalgas. Besé sus hombros contemplando su rostro en el espejo, el flequillo largo enredado en los ojos cerrados y una plácida sonrisa en los labios. Ya sé lo que significa ese LVR Group, son unas iniciales, escucha, me dijo antes de iniciar un vaporoso canturreo. Reconocí la canción, la tarareó como una nana mientras me frotaba su culo, óvalos verde claro y sabor a menta. Contigo todo es verde porque tú eres verde, desde que te conocí, cuando hablamos por teléfono y cuando pienso en ti. Mi marido es naranja claro, y mi mano es blanca. Tú no piensas en mí, Gemma. Se le abrió la sonrisa, se giró riendo, buscó mi lengua con la suya. Sí pienso en ti, me dijo; una miqueta, de tant en tant.

Me compadecía a mí misma cuando nadie sabía lo que me pasaba, y ahora que todo el mundo parece saberlo, que los bichos raros estamos de moda, tampoco me creo mágica, ni genial, ni todas esas tonterías que dicen las revistas, no tengo una enfermedad pero tampoco súper poderes. ¿Has tomado nota de todo, chico verde, te llevas buenos apuntes? Me gusta follar contigo, Gemma, no seas mala. Nos despedimos  con dos besos en las mejillas en el Carrer d’Aragó, frente al parque, en el centro de una ciudad en la que tanta gente podría reconocerla. Gemma es tal vez la persona más fuerte, generosa y fiel que conozco. Quizá otro día les hable más de ella. Desde el parque caminé solo hasta la estación, añorando las manchas de humedad, los muelles ruidosos y las sábanas ásperas de quince años atrás, convencido de que aquellos mundos ya no están en este.

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6 comentarios en “Gemma

  1. Ella nunca estuvo enamorada de ti, lo dices tú en el texto…. ¿Te hace un poquito de” pupa” en el ego? ;)))))
    Un besazo.
    P.D Este comentario carece completamente de intencionalidad bélica;))))

  2. Absolutamente irresistible, Lunera, ya lo ves: todas se casan con otros 😦

    Baso, apañado estaría mi ego si le hiciesen pupa cada una de las mujeres que no se enamoran de mí. Jennifer Connelly, por ejemplo, ni se digna contestar a mis apasionadas cartas de amor. Ya caerá. Un besazo, guerrera 🙂

  3. Oiga, Albert. Que, por lo que yo tengo oído, sinestésicos somos todos. Por lo menos de más pequeños. Pero usted lo ha dicho: aquellas manchas ásperas, los muelles de humedad y las sábanas ruidosas ya no están donde solían.

  4. Joder, Procu, qué bueno. Sinestésicos somos todos en alguna medida, sí, igual que escritores, pero unos más que otros: ya me gustaría haber escrito ese final como usted lo ha hecho.

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