Entrecintas

Mis amigos

Mis amigos me echan de menos y quieren que vuelva. Facebook me avisa de ello por mail al menos una vez al mes. Llevo cerca de dos años sin aparecer por allí, y cuando lo hice en su momento fue para echar unas sucintas ojeadas. Sin embargo, no dejo de recibir en mi correo solicitudes de amistad que, dicho sea de paso, me dan ganas de tirar directamente a la papelera sin mirar de quién vienen, por no presentarse en el formulario adecuado, correctamente selladas ni firmadas. Seguir leyendo

Entrecintas

Prometeo

Me tuteaba, pero jamás me llamó por mi nombre, sino por mi apellido. Cada miércoles a las cinco, la anciana abría personalmente la puerta y me tendía delicadamente la mano. Aprendes rápido y bien, me dijo esa tarde sonriendo cuando comprobó que mi desenvoltura con el besamanos había mejorado. Luego en el vestíbulo Julia, sólo algunos años más joven que ella, se acercaba por mi espalda, me pedía permiso, me ayudaba a quitarme el abrigo y lo doblaba cuidadosamente sobre su antebrazo; me abría la puerta del salón y me invitaba a pasar con un suave gesto de la mano libre. ¿Café como siempre, Señor? Seguir leyendo

Mujeres reales

Dasypodidae

La última entrada de Tesa en su blog me ha traído a la memoria un episodio de mi vida que creía enterrado para siempre. Mi dulce Dasy. Una noche navegaba en la red sin rumbo fijo y acabé accidentalmente en un foro que nunca había visitado. En el momento en que entré allí, los contertulios discutían acaloradamente acerca de la distribución geográfica de los armadillos norteamericanos. Debía ser un blog de ecologistas o licenciados en biología, no lo sé, no me fijé nunca, a pesar de que repetí diariamente la visita durante varios meses. Lo hice sólo para leer a una de las contertulias. Ese primer día una bella mujer se enfrentaba en solitario al resto de la concurrencia, defendiendo que las modificaciones detectadas en los hábitos de los armadillos canadienses evidenciaban que el actual cambio climático era sólo el preludio de una nueva glaciación que comenzaría más temprano que tarde, quizá en diez, cincuenta o cien años Seguir leyendo

Entrecintas

Mi ombligo

Redondo, como todos. Y francamente agradable a la vista, para qué decir lo contrario: a Susi le gusta presumir de mi ombligo. Pero no era de él de quien quería hablarles hoy, sino del ombligo de lo que están leyendo, el de este blog. Brevemente, eso sí, que es viernes de puente y ustedes estarán ocupados combatiendo el calor. Sólo un par de cositas: en primer lugar, señalarles que ahí abajo, a la izquierda, sigue mi blogroll, del que ya les hablé hace tiempo, concretamente en marzo de 2010. Toca, pues, una aclaración y un recordario; nosotros, los de entonces ya no somos los mismos: hay cierres lamentables (es el momento de rezar algo si lo desean), pero también gloriosas reaperturas y radiantes novedades. Seguir leyendo

Entrecintas

Trolls

Divinas y Hermosas echó el cierre hace unos días. Igual que con todos los blogs que han dejado de publicarse en este tiempo, procedo a eliminarlo de mi blogroll, en esta ocasión con el mismo espíritu con el que uno recoge los pedazos de un objeto al que tenía especial cariño. Las razones de ese afecto las conté en una entrada del 17 de marzo del año pasado titulada así, Blogroll, que pueden repasar pulsando aquí si lo desean, y a las que probablemente aludiré unos párrafos más abajo. Su puto amo, Honey Baby, explica en un emotivo post final las causas del cerrojazo, aludiendo al cansancio personal; en sus propias palabras: “cansada de tanta bobería pusilánime mal intencionada, cansada de un pretendido buenismo que es más feroz que lo malo malísimo”, refiriéndose obviamente a parte de la gente que pastaba por allí, hermanados en tantas cosas a los que zumban en otros tantos, tantos lugares de la red. Seguir leyendo

Mujeres reales

María Elena

Supe por primera vez de Raquel en el mismo instante en que subíamos al coche para emprender el viaje. Tinín la presentó como “su chica”, aunque yo sabía de la existencia de al menos tres mujeres más a las que podría haber dado en ese mismo momento igual tratamiento sin desmerecer. María Elena era vecina del barrio, pero no la conocí en las calles ni en los bares, sino en internet. Fue una tarde en que Tinín y yo teníamos muchas ganas de sexo pero pocas de bajar a buscarlo. Cinco minutos después de ver su rostro por primera vez, ya tenía sus grandiosos melones delante de mis ojos, a través de la webcam de Tinín. Estaba acompañada de una chica muy negra que presentó como su hija natural, a pesar de que la piel de María Elena era de ese antiguo pálido que tanto gustaba a nuestros mayores. También a mí, quizá por difusa influencia paterna -les dones, sempre de carns molt blanques, s’aprofiten millor-, frase que me ha llevado desde entonces a evocar con cierta melancolía las graciosas pecas, ya casi verrugas, que salpicaron siempre el escote de la mareta, tan guapa en las fotos de la boda y en las de París. Seguir leyendo