Mujeres reales

Azucena

De ella, primero los ojos y unos minutos más tarde el nombre, para mí poco común y tan sonoro. Y con el tiempo su maciza figura sentada, escribiendo rayas en el cuaderno o mirando por la ventana, la espalda encorvada y la mejilla vencida sobre la mano, absorta, una más de las desalentadas amapolas que mecía el viento permanente en el descampado al que asomaba aquella sala de juntas recién mudada en aula, todavía olía a pintura y a yeso.

No faltó un solo día a clase y fue la primera a la que pregunté el nombre, pura casualidad prefiero recordar pero tal vez fueron ya sus ojos, no era fácil sustraerse a ellos, enormes y negros y tristes o sólo ensimismados, subterráneos en todo caso como las lánguidas e infrecuentes sonrisas, en cualquier circunstancia parecía prestar poca atención y desistir pronto, de hecho su presencia puntual y constante siempre se me antojó más renuncia y resignación que voluntad o acuerdo. Vivía sin hermanos con sus abuelos y aunque nunca lo supe di por sentado que la asistencia a las clases para adultos era su purgatorio, la imposición de un hombre que la consideraba demasiado joven para empezar a trabajar o de una mujer que disponía para ella una segunda oportunidad, o más probablemente sólo anudarla al tiempo en ambos casos, un año más para la niña y a ver luego. Nunca supe dónde estaban sus padres, si los veía o siquiera si vivían. De esas cosas, en caso necesario, se encargaba Olvido, pero nunca me contó nada sobre Azucena.

Olvido llevaba años trabajando como voluntaria junto a la asociación de vecinos de aquel rincón de un confín del extrarradio madrileño, no conocí el nombre del lugar ni supe de su existencia hasta el momento en que ella pidió colaboración entre amigos y compañeros de su trabajo remunerado para poner en pie el centro cultural y la escuela. Obviamente se reservó para sí misma el papel que hasta entonces venía desempeñando, más mediadora que psicóloga, más confesora que terapeuta activa. A los demás nos dio plena libertad para negociar entre nosotros el reparto de tareas. Hoy ese centro está integrado en la red educativa madrileña y en consecuencia atendido por funcionarios, tiene un cuidado jardín en la entrada y página web propia en la que afectuosamente se recuerdan aquellos inicios, veo ahora mi nombre escrito en ella y una foto de Olvido rodeada de la junta directiva de la asociación de vecinos y la primera promoción de alumnos al completo, todos sonrientes excepto Azucena, apoyada en una esquina del ventanal, su eterno punto de fuga.

A las desalentadas amapolas daré tu corazón por alimento. Pregunté como siempre quién quería leer el poema y ante mi sorpresa y la del resto de los alumnos alzó la mano tímidamente, no mucho más allá de la altura de sus ojos eternamente abrumados y abrumadores, fue la primera vez en meses que se prestaba de modo voluntario o respondía activamente o participaba sin mediar ruego o imposición por mi parte o la de alguno de mis compañeros, en todas las clases mantenía la misma actitud, lo hablábamos formalmente en las reuniones semanales y fuera de ellas la muchacha se hizo inevitablemente presente más de una vez, especialmente al principio y cuando sólo estábamos los varones aunque a Sergio se le escapaba en ocasiones incluso delante de Olvido y durante todo el año, joder con la gitana, esa bajita que siempre está mirando por la ventana, la tal Azucena, la madre que la parió, y luego su gesto ridículamente obsceno y siempre por mi parte la misma respuesta absurda y falaz: es sólo una niña, coño. No había por ley límite superior pero sí inferior, hasta los dieciséis no se daba por oficial el fracaso escolar, la gran mayoría de nuestros alumnos tenían exactamente esa edad, sólo algunos mayores que necesitaban el graduado para un empleo y cuatro o cinco madres que ya no ejercían sin nada mejor que hacer que sentarse un rato cada atardecer en aquel aula. Una de ellas pidió permiso para hacer punto de cruz durante las clases argumentando que lo necesitaba para concentrase en las lecciones. Olvido se lo concedió sin darnos explicaciones. No preguntéis, nos dijo.

La apocada  y ausente Azucena intimidaba con su mera presencia, incluso a Lázaro o sobre todo a él, un chaval nervioso y rapado que había decidido que la suya era un alma libre y feroz que no aceptaba reglas o si acaso las de su madre porque era más bruta que él pero nunca de un forastero como yo, eso me vino a decir ya el segundo día a grandes voces y yo nunca le agradeceré suficientemente al cielo aquel nombre extravagante que me lo puso tan fácil: levántate y anda, le dije señalándole la puerta. A final de curso era de largo mi alumno más brillante y apenas sin esfuerzo aprobó el examen libre para el título, pero porque él lo había decidido, no las bofetadas de su madre ni mis sermones, ni siquiera las risas a su costa del resto de la clase, que él siempre tomó por celebración de su ingenio. Me pregunto qué habrá sido de Lázaro, recuerdo haberme compadecido en algún momento de aquel carácter tan arrebatadamente inocente, esa gente no suele pasarlo bien en la vida.

Quiero escarbar la tierra con los dientes, quiero minar la tierra hasta encontrarte, le observé escuchando realmente conmovido a Azucena, ella lo disimulaba todo infinitamente mejor pero aunque puso empeño no logró hacerme creer que estaba leyendo, aun con los ojos clavados en el libro era fácil deducir que recitaba de memoria y de hecho sin duda así acabó por entenderlo también ella, en los últimos versos buscó furtivamente los míos para confirmarlo en mi gesto, quizá también para disculparse o rogar que no la delatara. Ese intento por ocultar su interés, sus habilidades o sus conocimientos ante los demás era frecuente en aquel lugar, al menos entre la gente de su edad. La del punto y sus compañeras de generación se desvivían sin embargo por ser las primeras en mostrarlos a la menor ocasión. Qué triste pero qué bonito, eso se lo he oído yo cantar a ese hombre, ese paisano tuyo, ay cómo se llama.

Me tiraste un limón, y tan amargo. A mitad de curso Olvido me llamó a su despacho. No debería, pero te lo cuento porque eres tú. Hizo una pausa larga, más que probablemente para colocarme en la encrucijada de dilucidar si con esa introducción debía agradecerle que honrase con confidencias nuestra vieja amistad -entonces lo era- o sentirme halagado porque valorase mi capacidad como compañero de profesión para ayudarle a resolver o decidir algo, o tal vez alguna otra cosa que no alcanzaba a vislumbrar siquiera y que ella se disponía graciosamente a revelarme, Olvido se divertía con estas cosas, sigue haciéndolo. Una de las niñas ha venido a verme desesperada porque dice que se ha enamorado de ti y necesita desahogarse. Que así no puede rendir y que por eso se equivoca tanto en todas las clases, siguió contándome pero yo ya no la escuchaba, cuánto se hubiera divertido mi vieja amiga de haber conocido en aquel instante el verdadero laberinto de expectativas, desazón, escrúpulos y deseo en que acababa de colocarme, el golpe amarillo y la ansiosa calentura de mi sangre, ni siquiera había contemplado antes la posibilidad pero ahora no había otra, quién si no ella, luz de mi vida, fuego de mis entrañas, constaté con cierto fastidio que me sobraba una sílaba, A-zu-ce-na.

6ca57e3be9d33856a0d6a09f316c4524Nunca me acosté con ella y ni siquiera maté a nadie, lamentablemente ninguna de las dos cosas fueron necesarias, salí de aquel despacho sabiendo que la enamorada no era ella sino Pili la somiatruites, otra también con dieciséis a la que me acostumbré a llamar así para mí mismo con el fin de distinguirla de una de las mayores con su mismo nombre. Dos semanas después Pili regresó al despacho de Olvido para confesarle que no era yo sino Sergio el objeto de su deseo, que el amor tiene estas cosas y nunca estás segura de nada y a veces se confunden los sentimientos como también los océanos y los continentes sobre un mapa mudo, las vocales con las consonantes, el signo de multiplicar con el de la suma y el brazo derecho con el izquierdo. La somiatruites no acabó el curso, Olvido aún sigue reprochándose haber detectado demasiado tarde que las dificultades de aquella muchacha siempre vestida de punta en blanco pero desgarbada y escuálida sobrepasaban con creces las de cualquier mal estudiante y los recursos de una buena psicóloga. Le dio un billete para un largo viaje de la mano de neurólogos y psiquiatras en el que hoy, por Olvido lo he sabido, sigue inmersa, tal vez locamente enamorada de todos ellos.

De los tres años en aquella escuela de soñadores y descarnados realistas me llevé una placa pagada a escote por los alumnos del último curso que sigue adornando mi despacho, el orgullo vicario de Julio el comunista y varios regalos personalizados, entre ellos un jersey de punto con mis iniciales y un ejemplar de El rayo que no cesa dedicado de puño y letra por Azucena, que también aprobó a la primera y por tanto me liberó pronto de sus ojos y su desalentada indiferencia. La eché de menos entre las amapolas del descampado, me hubiera conformado tal vez con saber si eran sueños o ideas lo que destilaba su bellísima mirada cuando se abandonaba a ellas. Vino dos años después a la fiesta de mi despedida para entregarme el libro con una sonrisa tímida y dos besos en las mejillas, de la mano de un tío de otro barrio muchos años mayor que ella. Sólo era una niña, coño.