Que lleva meses dedicando su último pensamiento antes de dormir a la rubia de la trenza es algo que ya no dudan ni las chinches de su cama, tan propensas siempre a cuestionarlo todo, tan aficionadas a los acalorados debates y las disputas intelectuales. La sangre le sabe a dulce trenza, no me cabe duda alguna, dice la más veterana. Y prosigue mientras las más jóvenes escuchan atentas: si empieza a enamorarse o es un antojo pasajero es algo que ya no me compete. Las cucarachas de eso no saben ni tienen mayor interés, qué les importa a ellas a qué sabe la sangre del tipo que duerme mientras no se levante de la cama y les interrumpa la faena como por temporadas suele, lector impenitente, hombre de mal dormir y sueño agitado, hay noches que no apaga la luz hasta bien entrada la madrugada y muchas se levanta antes del amanecer para fumar sentado delante de su ordenador portátil; no hay quien haga vida tranquila en esta casa, suelen quejarse con razón. Hasta las lombrices de tierra del camino a la Laguna empiezan a sospechar algo cuando lo ven acercarse con su bicicleta. Tiene otro semblante, cuchichean entre ellas, se le ve con mejor color, se fija en el paisaje y pedalea con más ánimo; apártate que ahí viene.

Ahora que empieza la primavera, se detiene a veces camino del estanco a mirar los caracoles de los setos de la Calle de la Vega, y hasta coge alguno extraviado por el murete para devolverlo a los rosales tempranos. Ellos lo agradecen, por supuesto, y por señas intentan advertirle de que la rubia de la trenza ha pasado hace sólo un minuto también calle abajo, que si se da prisa la alcanza, pero él no parece entender y ellos se resignan a la comunicación imposible y a pesar de todo le desean suerte. La ve, la ve entrando a comprar tabaco y si acelera un poco el paso quizás la encuentre todavía dentro y pueda contemplarla discretamente un minuto, tal vez dos si hay gente y tienen que esperar. Siempre la misma trenza rematada en un pequeño y prudente lazo que a veces es rojo y otras azul y siempre, como mucho, la misma sonrisa de distraída amabilidad cuando se gira para marcharse y tropieza con sus ojos. Las chicas del estanco, como de costumbre, se despiden de ella llamándola por su nombre, hasta luego Raquel. Es lo único que sabe de ella, el nombre y que fuma rubio americano y envía cartas certificadas porque también a veces coinciden justo enfrente, en la oficina de Correos. Ah, y que tienta ocasionalmente a la suerte, también la vio una tarde en el despacho de loterías y quinielas, y alguna otra en la farmacia, pero casi siempre es en los paseos. Así la vio la primera vez, en uno de los trayectos de tarde en bici, sentada en un banco al pie del Castillo, fumando y leyendo, siempre anda sola como él y siempre con un libro debajo del brazo que nunca es el mismo, lee rápido o abandona pronto si no le gustan las primeras páginas, eso discurre ahora mientras se duerme ajeno a las discusiones y las faenas de chinches y cucarachas.

A veces va en bicicleta y otras a pie, como ella. La última vez que lo vio fue en Correos, la misma barba descuidada, la misma melena desaliñada y diría que hasta la misma camisa, en todo caso también oscura como todas, jamás viste ropa clara ni le falta la mochila verde de la que a veces asoma el periódico y siempre un libro y sabe Dios cuántas cosas más lleva ahí dentro, lo ha visto durante los paseos sacar de ella pañuelos de papel, chicles a medio envolver y libretas descosidas, muchas veces incluso detiene la bici o el paso para buscar un bolígrafo que tarda en encontrar y anotar algo en ellas. Qué será lo que escribe, de qué se acuerda o qué le llama tanto la atención para sentir esa necesidad de dejarlo registrado. La primera vez que lo vio fue así, de pie en la parada del autobús de Madrid, escribiendo deprisa y excitado en una de esas libretas como si temiera que la idea o el recuerdo se le agotaran antes de anudarlos, ni siquiera la miró a pesar de que ese día se colocó discretamente la trenza sobre el hombro derecho; sus dos gatos lo saben de sobra y lo hablan a menudo entre ellos: trenza suelta es día de rutina, sobre el hombro izquierdo apatía o mal ánimo y sobre el derecho buen humor y ganas de ver y ser vista. También lo hizo la segunda vez que coincidió con él, al pie del Castillo, mientras leía sentada en el banco y él pasó pedaleando despacio, se acarició la trenza sobre el hombro derecho aparentando recogimiento en la lectura pero no tuvo efecto, él pareció dudar un momento si detenerse a descansar pero finalmente se alejó indiferente a su trenza y a su entera presencia y así siguió toda la primavera y el verano y parte del otoño, devolviéndole apenas una indolente sonrisa cuando se cruzan en las calles o en el estanco, en la farmacia o en el despacho de loterías. Casi todas las noches, después de deshacerse la trenza, deja que los gatos se acuesten con ella y se abandona al sueño ajena a sus ronroneos cruzados, qué le habrá visto al de la barba, se dicen uno al otro sin atreverse a reconocer que ambos están un poco celosos pero también resentidos por no haber vivido las honorables épocas de sus ancestros, cuando los hombres y las mujeres los adoraban como dioses y eran ellos quienes dormían a los pies de los gatos.

Acabando octubre lo encontró de nuevo en Correos, la perpetua mochila al hombro y las inquietas manos alzando un enorme y abultado sobre ante los ojos del funcionario, que insistía en que aquello más que un sobre era un paquete y que además para enviarlo certificado debía consignar obligatoriamente un remitente. Fue la primera vez que ella escuchó su voz.

-No puede llevar remitente, es para un concurso y las bases lo prohíben expresamente.

Acabáramos, se dijeron más tarde sus gatos, así que es escritor, uno de esos aficionados que prueban suerte enviando sus insensatos relatos a concursos de pueblo. Las cucarachas malgastaron la noche anterior mano sobre mano, visiblemente indignadas porque el barbudo no había pegado ojo en toda la madrugada, la pasó entera delante del ordenador fumando un cigarrillo tras otro mientras remataba aquello que fuese que estaba escribiendo; malditos poetas que ni ganarse la vida honradamente dejan a una, apaga por lo menos la luz de una vez, cretino, que acaba la temporada y hay que llenar la despensa. Bien saben las chinches que no es poesía ni ficción lo que corre por su sangre sino descarnada realidad, anales y archivos, estudio e investigación académica. Las ha dejado en la cama debatiendo si realmente fueron catorce o quince los T-26 que penetraron en el pueblo una mañana como esta de hace tantos años, 29 de octubre de 1936, niebla espesa envolviendo la ermita como hoy, los caracoles ya no habitan los setos, las lombrices se han retirado a sus cuarteles subterráneos y la rubia se acaricia la trenza inconscientemente mientras le observa discutir con el funcionario. Decididamente le gusta su voz, se recrea en su tono tan abstraída que ni siquiera percibe que la tierra tiembla como un animal herido, aplastado por las orugas de los tanques que avanzan calle abajo disparando sus cañones sobre los carros de mulas, sobre los hombres y las mujeres, sobre perros y gatos y cualquier otra cosa, viva o no, que encuentran a su paso.

-Mira, Miguel, vamos a hacer una cosa, ponemos el nombre del concurso como remite y ya está, con eso el sistema me deja certificar.

Miguel. A Raquel tampoco le desagrada el nombre, ni sus manos nerviosas pero delicadas ni su barba espesa. Resuelto el problema, Miguel se da por satisfecho, aparta los codos del mostrador y mientras el funcionario trabaja, mira aliviado y distraído a su alrededor y encuentra a su espalda el lazo que hoy es azul y ella acaricia leve e inadvertidamente con sus dedos finos mientras le dedica una de sus sonrisas tibias. Está excitado por la espera y la discusión y su figura dulce le calma, la encuentra más reconfortante que nunca allí sentada, esperando su turno con un libro abierto sobre el regazo, concentrada en la lectura, enteramente ajena a él y al mundo.

-Dime el nombre del concurso.

Raquel mantiene los ojos sobre el libro, una antología barata y mal traducida de cuentos de Chéjov; finge leer pero en realidad aguza el oído esperando su respuesta que no llega, el funcionario tiene que repetirle la pregunta y lo hace casi destempladamente, impaciente, que me digas el nombre del concurso, chico, que tengo que meterlo en el sistema y hay gente esperando. Raquel finge leer pero su memoria toma inevitablemente el camino de aquellas líneas manuscritas que él escribe apoyado en cualquier lugar sobre libretas desbaratadas. Y siguiendo ese mismo camino, su imaginación, intrépida, decide que ese voluminoso sobre contiene una novela romántica acerca de un escritor bohemio secretamente enamorado de una rubia desconocida y solitaria con la que se cruza a menudo en sus paseos al atardecer, sin atreverse jamás a hablarle ni confesarle sus sentimientos. Tanto y tan intensamente imagina el nudo y el desenlace de esa novela que ni siquiera escucha lo que hasta sus dos gatos habrán escuchado desde casa, el nombre del concurso al que presenta su trabajo de meses, “IV Premio de Investigación Histórica” seguido del ilustre apelativo de una institución que los gatos no conocen pero las cucarachas sí. Tanto y con tanta vehemencia imagina el discurrir de esa improbable novela -él ni siquiera la mira cuando se cruzan, seguro que ni habrá reparado en su existencia- que no percibe lo que incluso las lombrices padecen en sus refugios, los formidables cañonazos de los T-26 reventando las calles y los corrales y la carne y el alma; han avanzado desde el hipermercado hasta la pizzería y la tienda de informática sin que los blindados italianos ni el incesante fuego de la infantería legionaria ni las ametralladoras montadas en vehículos ligeros hayan conseguido detener la columna de tanques rusos, que ya están a la altura del letrero electrónico de la farmacia y el bazar chino donde Raquel hace apenas un rato ha comprado lazos nuevos para la trenza y un suplemento nutricional para los gatos.

En las últimas páginas de ese relato improvisado, tras haber pasado ambos por las mil batallas, miserias y tristezas a las que tan a menudo condenan la vida y las novelas, sin haber sabido nada uno del otro hasta esos días en que empiezan a cruzarse en las calles y los comercios del pueblo, una tarde se encuentran al pie del Castillo y él detiene su bicicleta para sentarse a su lado, hablarle y tal vez ofrecerle un chicle o un cigarrillo. Él le contaría que es soltero y escritor y ella que, tras separarse y quedarse en paro, decidió mudarse con sus dos gatos desde Madrid porque encontró trabajo en una oficina y además necesitaba alejarse de la ciudad y de la congoja; que apenas lleva un año viviendo en el pueblo y casi no conoce a nadie pero aprecia la vida pacífica que jamás había tenido y se está acostumbrando a la soledad y hasta al aburrimiento, tanto que ya casi le parece libertad aunque tantas noches eche de menos otro calor que el de los dos gatos pero, supone, le dice cuando él la toma por primera vez de la mano, que es el precio a pagar por evitar los sobresaltos, las amarguras y las decepciones, o al menos esa es su experiencia. Y después quizás se quedaría callada pensando que ha hablado de más como tantas veces le sucede, pero él la besa y deja también abierto sobre el banco de madera su corazón de novela, habla de sus propios anhelos y fracasos, de sus vacíos, zozobras y secretos y tal vez algún accidente o enfermedad o adicción; no, eso no, nada de grandes desgracias, debe ser una novela de tormentos tenues, de inquietudes comunes y cotidianas de esas que todo el mundo confiesa sin mayor recelo en un momento de intimidad mientras el sol se pone al pie de un castillo, sin temor a espantar al otro ni resultar patético en exceso ni necesidad de justificarse ni dar grandes explicaciones ni rodeos de los que provocan vergüenzas y desaliento sólo recordar, no digamos contar por muy pequeñas que sean las distancias con quien nos oye. Y al final, en las penúltimas líneas de esa novela, la protagonista le perdería el miedo a las bicicletas y a andar sola por los caminos que alejan del pueblo aunque sea a pleno día, olvidaría su pánico a los perros y a los bichos y a los extraños con los que pudiera cruzarse en lugares tan apartados y jamás volvería a sentir apuro ni desconsuelo por que los demás la vean siempre sin compañía y murmuren sobre ella.

Acabado y entregado por fin al correo su trabajo de ocho meses, Miguel se dispone a cumplir lo estipulado consigo mismo apenas unas semanas antes: regalarse una comida en el Asador si ese último día el dinero de la beca ha cundido lo suficiente para pagar el alquiler del dormitorio que le ha servido de vivienda durante ese tiempo y saldar el resto de las cuentas antes de abandonar definitivamente el pueblo y regresar a su casa de Madrid en el primer autobús de la mañana siguiente. Disfrutó del cordero asado inevitablemente acompañado del capitán Paul Arman y el brigada Enrique Camps, del general Líster y el coronel Monasterio y aun de las Fuerzas Nacionales y el Ejército Popular al completo, todos ellos musitándole al unísono que estaba en lo cierto, que la Batalla de Seseña tuvo el desarrollo y el significado exacto que él había plasmado en más de doscientos folios a doble espacio; y todas esas voces le confirman que sí, que efectivamente fue Camps, en una acción militar coordinada, quien detuvo el avance de uno de los T-26 de Arman desde un tejado de la plaza, usando botellas incendiarias elaboradas con la gasolina de los vehículos atascados en las estrechas calles, y que por tanto ningún atadijo de petardos ni botijo en llamas voló desde la taberna contra las cadenas de ese tanque como algún historiador amante de la épica se había atrevido a aventurar. Ha pasado ocho meses investigando sobre el terreno, recopilando pruebas, confía en zanjar por fin ese debate de décadas entre historiadores y estudiosos de la batalla y confía sobre todo en los treinta mil euros del premio que le permitan trabajar al menos otro año sin demasiados aprietos ni tantos picores al levantarse de la cama, de qué serán esas ronchas de la espalda y el pecho, quizás a sus treinta y pocos le había atrapado algún tipo de alergia. A los postres, cómo no, la rubia desalojó sin mayor esfuerzo a las tropas de uno y otro bando y se sentó a su mesa acariciándose la trenza, distraída en la lectura sin ni siquiera mirarle ni por supuesto dirigirle la palabra, las piernas tan graciosamente cruzadas y el libro de Chéjov sobre ellas, tan deliciosamente aislada en la lectura como la vio minutos antes en Correos. No volverá a verla y ese pensamiento salpicó de melancolía el último trozo de tiramisú, ni siquiera se lo comió. Nunca sabrá ella cuánto le entonó el espíritu su anónima y benéfica presencia, hasta qué punto le mantuvo el ánimo vivo su dulce figura y la delicadeza de sus gestos y su voz, qué poco la había escuchado, apenas cuando la encontraba después de comprar tabaco despidiéndose de las chicas del estanco que tanto parecían apreciarla, una mujer así debe por fuerza tener encantado a todo el pueblo.

A la misma hora en que Miguel sale del restaurante, Raquel vuelve andando a la oficina por la Calle de la Vega, después de comer en casa y dejar la merienda preparada para sus gatos. Camina ensimismada sorteando los tanques rusos y la caballería de los Regulares, los fusiles y la artillería, los incendios, las explosiones, los camiones militares empotrados contra las paredes y los vecinos que corren a refugiarse tras ellos. Lo ve, lo ve en la puerta del asador, fumando un cigarrillo, la eterna mochila a  un hombro, rascándose discretamente el pecho. Le sonríe levemente al pasar a su lado y cuando ya le ha rebasado le sorprende su inesperada y hermosa voz.

-Oye, disculpa. Quería despedirme. No me conoces. Mañana me marcho y quería decirte adiós. Solo era eso.

No, nada de grandes tragedias sino todo lo contrario, lo que él metió en ese sobre y presentó a un concurso es sin duda un relato de pasiones tenues, de amores comunes e intimidad cotidiana, de tardes apaciblemente compartidas mientras el sol se pone al pie de un antiguo castillo, sin euforias ni arrebatos ni sustos ni mayores sorpresas. Y al final, en las últimas líneas de esa novela, el capitán Arman detiene el T-26 a la altura en que ellos conversan y abre la escotilla visiblemente indignado por la inesperada interrupción de la pareja, a quienes grita sin que ellos escuchen -así no hay quien combata, murmura negando con la cabeza, resignado a la comunicación imposible- mientras el brigada Camps se impacienta sobre el tejado con su recién inventado cóctel molotov en la mano alzada esperando para arrojarlo al tanque, cavilando sin duda que la trenza de la desconocida e inalcanzable rubia es exactamente la invencible mecha incendiaria que estaba buscando.

FOTO DE CABECERA: TOLEDO GCE

5 comentarios en “Raquel

  1. Viejecita, Notas, qué más les voy a decir. Que una lectora incansable y un estupendo escritor no sólo se interesen por mis textos sino que además los agradezcan y los aplaudan no deja de asombrarme. El agradecido soy yo, por supuesto.

    Pedro, no sé si ya nos hemos tratado, sabrá disculparme el despiste si es así. Bienvenido en cualquier caso, por supuesto. Muchas gracias por lo que dice del relato, precisamente esa cuestión, haberme excedido quizás con la dosis de azúcar, siempre me dejó un tanto pensativo respecto a este texto en concreto. Tomo nota de que para usted bien está como está.

  2. ta bien…
    Me ha costado entender lo de los tanques, quizás estaba más concentrada en la historia de los dos, que esperaba con otro desenlace visto lo visto en Almudena. Pero ya luego lo he pillao y está bien, si..bien.
    Gracias niño, sin codificar.

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