Mujeres reales

Con la picha por fuera

Anoche me preguntaron que cuántas veces me he enamorado. No se lo tuve en cuenta, al fin y al cabo estaba tan borracha como yo mismo. La conocí un par de semanas atrás por internet y ayer me invitó a su dormitorio con la excusa de que la ayudase con una canción que se le resistía. Se puso las bragas antes de coger la guitarra. Confundió estrofas y notas pero se defendió. Tienes una voz bonita pero chillas mucho; quise intercalar su nombre, pero no lo recordé; baja el tono, si aprendes a controlar eso te saldrá mejor. Sigue leyendo

Entrecintas

Vértigo

Un señor normal, un tiempo normal, pasando normal por un día más de plomo. Yo ni siquiera era todavía un señor. Regresaba de la universidad, solo, de pie frente a una de las puertas del tren en el que viajaba; distraído en mi propio cansancio y mi propia rutina, veía desaparecer gradualmente las luces de la estación que abandonaba cuando un convoy en dirección contraria alcanzó al mío, cruzándose ambos durante un instante en medio del túnel, como tantos otros cientos y aun miles de veces ha podido ocurrirle a cualquiera que haya viajado habitualmente en metro, como en tantas ocasiones me había sucedido a mí mismo. Durante los breves segundos que duró el cruce de trenes en el interior del túnel lo entendí todo. La esencia de la materia, el difícil carácter de Marta, los motivos de los desconocidos, la naturaleza del universo. Todo son decimales, espirales, animales. Son cristales en un globo. Escucho obsesivamente la canción del vídeo desde hace semanas. Como si hubiese perdido dentro de ella algo que no puedo recordar. Con la misma sensación de quien sale de casa convencido de que olvida algo que no es capaz de concretar. Sigue leyendo

Entrecintas

Conejitas

Estos macarras con pintas de buenos chicos no sólo consiguieron permiso para grabar el vídeo en la auténtica Mansión Playboy, sino que convencieron al mismísimo Hugh Hefner, fundador del imperio de las playmates, para hacer una fugaz aparición al principio. La canción habla de lo penoso que es vivir sin un duro y lo bonito que sería ser habitante de Beverly Hills, entregado al lujo y rodeado de bellezas y celebridades. Los fans del grupo acogieron esa declaración de intenciones como una crítica sarcástica a ese modo de vida, pero ellos no se cansaron de asegurar que no había ironía alguna en la letra, que la canción expresa su deseo real de formar parte de ese mundo. Como a los humoristas, nadie toma nunca en serio a las estrellas del rock and roll. Pasen un buen fin de semana. Sigue leyendo

Entrecintas

Blackout

Su estatura es menor que la mía, eso seguro. Debe llegarme, como mucho, a la barbilla. ¿Que cómo lo sé? Porque estamos en otoño. A principios de octubre, el aire tiene ya otra textura, sobre todo en la Glorieta de Atocha. No es más pesado ni más liviano que en agosto, pongamos por caso. Es otro. Es diferente. En otoño, el aire vive su propia vida. Deja de ocuparse de nosotros, las personas, y de las cosas materiales, y va de acá para allá ensimismado, pensando en sus propios asuntos, más consciente que nunca de su naturaleza etérea, trascedente y meditabundo, cargado incluso de cierto aliento de épica triste, como esos hombres oscuros que cumplen con su obligación sin que nadie los reconozca por la calle. No es más fresco ni más cálido que en primavera. En octubre, el aire carece de temperatura como carece de color durante todo el año. Si acaso, se posa a veces en la piel para descansar y deja una huella evanescente, como la estela de alguien que pasa corriendo a nuestro lado. En noviembre, sin embargo, el viento que dobla las esquinas tiene algo de alarma antiaérea: todos a casa, viene el invierno. La gente camina entonces por Atocha como esos últimos transeúntes que se apresuran para respetar el toque de queda, pero el viento les persigue hasta las bocas de metro, penetra con ellos y forma remolinos en los vestíbulos que mueren siempre en la misma esquina, acumulando, por cierto, un follaje de hojas secas, billetes usados e inmundicias varias en las que, nosotros sobre todo, siempre acabamos metiendo el pie o la punta del bastón ¿verdad, Chanclas? Es que él es especialista. Ya puede usted ver que lleva siempre los dedos de los pies desnudos, y además no tiene mi sensibilidad, le falta experiencia. Despierta todavía cada mañana pensando que ve. Por eso no se mueve como yo me muevo en el aire del otoño. Sigue leyendo

Mujeres reales

Fátima (parte 2ª)

Ver parte 1ª

¿Vas a escribir ahora sobre mí? Tiene gracia. Fátima estaba realmente guapa, contenta, quizá más satisfecha consigo misma de lo que había estado en mucho tiempo. Se lo dije o quizá sólo lo pensé, no lo recuerdo aunque apenas han pasado tres semanas: los años te han sentado bien. Dio un sorbo al café sin mirarme. Aquella era otra cafetería, más pequeña, más moderna e impersonal que la que seis años atrás acogió durante tantos atardeceres nuestras meriendas compartidas. Hacía buen tiempo y nos sentamos en la terraza. Dejó la taza en la mesa y encendió un cigarrillo mirándome con media sonrisa y media desconfianza bien disimulada, preguntándose sin duda qué estaba haciendo yo allí, por qué la había asaltado apenas minutos antes para invitarla a un café en la puerta del hotel en el que acababa de presentar su nuevo libro, por qué la había esperado en la calle para decirle algo que sin duda podía haberle comunicado por teléfono o por mail. Hola Fátima, tienes un instante, quiero decirte algo. Me saludó con una sonrisa sincera y me abrazó como a un viejo amigo al que probablemente no esperaba volver a ver a solas, sentados de nuevo frente a frente en la mesa de una cafetería, más de seis años después. Se despidió de la gente con la que estaba y aceptó la invitación con aparente naturalidad que no logró esconder del todo la curiosidad por saber qué hacía allí su viejo compañero. Sigue leyendo