Mujeres reales

El nombre de la rosa

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Rosa no es la Julieta de Shakespeare, ni tampoco Gertrude Stein. Rosa es una rosa es una rosa es una rosa con las tetas grandes y los labios carnosos que no dejaría de ser una rosa ni de esparcir su aroma aunque de otra forma se llamase. Acaba de renovar su contrato, se queda al menos un año más trabajando en Londres. Esto no es un coño, mi dulce Romeo, me dijo anoche delante de la webcam, completamente desnuda, deslizando suaves las yemas de sus dedos cortos sobre los muslos blancos. No lo será hasta que vengas a verme. Vente, nene, ven a explorar de nuevo el origen del mundo. Sigue leyendo

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Mujeres reales

Ni nardos ni caracolas

Ya lleva más de cinco meses allí. Casi dos horas de tren y metro desde casa al centro de Londres, y otro tanto de vuelta después de la jornada en la clínica. Rosa no se queja. Gana más, trabaja menos y en mejores condiciones, segura y confiada porque su cualificación y su experiencia son mucho mayores que las de sus compañeras inglesas. Apenas seis o siete enfermos por turno frente a los más de treinta habituales en los hospitales madrileños. No aceptó de ningún modo que le comprase otra moto para sustituir la que le destrocé. No voy a conducir allí, no seas gilipollas; solo quiero que te cuides mucho y que no vuelvas a hacer tonterías. Sigue leyendo

Entrecintas, Mujeres reales

Martes

Se ha roto mi grabadora. Acabo de pedir otra por internet, pero lo cierto es que cada día me cuesta más encontrar lugares donde comprar las cintas. Me refiero a microcassettes, como esa que pueden ver arriba, en la cabecera del blog. El sábado me sorprendí a mí mismo haciendo uso por primera vez de la grabadora de voz del smartphone. Julio el inmoral lleva años ofreciéndose para encargarse de pasar a MP3 las cintas que guardo en mi vitrina, las que vengo transcribiéndoles aquí a ustedes, pero no acabo de decidirme. La verdad es que cada vez grabo con menos frecuencia y más brevedad, pero aún intento discernir si he ganado en capacidad de concisión o he perdido empeño por el detalle. No he cesado de darle vueltas todo el fin de semana y ayer, en un rapto de coraje de los que tengo a veces, probé a escribir directamente en lugar de hablarle a la grabadora. No estoy seguro del resultado. Me pregunto qué tal quedaría la imagen de una pluma estilográfica en la cabecera del blog. Tómense lo que sigue como una emisión en pruebas. Sigue leyendo

Entrecintas, Mujeres reales

Retiro

Ayer me sacaron un rato a pasear. Desde hace dos meses solo he salido a la calle para ir al médico o para tomar de vez en cuando una lata de cerveza en el banco de piedra de la plaza. Julio el comunista vino a recogerme en coche y pasamos la tarde los dos solos, en las orillas del lago del Retiro. El médico me recomendó movimiento para ir recuperando músculo, y Rosa dijo que me vendría bien expandir la vista. A ambos les hice caso: caminé bordeando el lago y en los descansos aproveché para mirar a todas las mujeres que me llamaron la atención. Nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes, es cierto, pero no lo es menos que tampoco se toma conciencia de lo perdido hasta que se reencuentra. No entendí con claridad durante mi ausencia del mundo cuánto he echado de menos la involuntaria y bendita compañía de las desconocidas. Sentados en el quiosco o en las escalinatas de la estatua, Julio hablaba mientras mis ojos se columpiaban en el ritmo oscilante de las curvas y los volúmenes, en el vaivén caprichoso de gestos, voces y colores. Me enamoré al menos de cuatro de ellas. Sigue leyendo

Entrecintas, Mujeres reales

Electroswing

Está bien, mejor que nunca, dejando atrás los años negros. Y sin embargo ha hablado muy poco durante la cena para cuatro, que ella misma ha preparado en mi cocina. Tal vez la cháchara incesante de Rosa ha conseguido aturdirla, o quizá es solo que aún se siente incómoda en mi presencia teniendo a Tinín a su lado. Me ha parecido percibir que ambos han evitado consciente y discretamente cualquier muestra de afecto entre ellos. Esperaba que se ofreciese para cortarme el pelo, pero no lo ha hecho y he preferido no pedírselo, a pesar de que ciertamente me vendría bien, especialmente para los ratos en que hablo con la mareta usando Skype; Carles pasa una par de veces a la semana por Vallvidrera con el portátil para que ella pueda verme, y hasta mi padre se levanta a veces del sillón para asomarse a la webcam y saludarme. Sigue leyendo

Mujeres reales

Décimas de segundo

En todos mis sueños hay agua. Grises y tormentosos océanos sin horizontes o regatos cristalinos que descienden avivando el verdor de los prados. Acequias y pozos, manantiales, lagos y fuentes y varias veces, cuatro con la de hoy, un mar vertical que toca el cielo y se cierra en una ensenada justo donde a ella se le acaba el pelo, sobre la primera vértebra. Cuando el caudal es propicio para la navegación o el nado, nunca hay playas ni fondeaderos, ni puertos, ni lugar alguno que permita desembarcar o alcanzar la orilla. Teresa me ha perdido varias veces para siempre al pie de un monstruoso acantilado, infinito y sin una sola arista, y en cada despertar lo único que recuerdo son sus lágrimas vertiéndose en el mar, sus angustiosas súplicas para que resistiese un poco más agarrado a su mano, para que no la abandonase aún mientras mi cuerpo interte descendía sin remedio hasta el abismo. Sigue leyendo

Mujeres reales

Agua caliente

¿Sigues enamorado de esa mujer, a que sí? Los labios de Rosa reposaban sobre mi vientre, tan cerca de mi ombligo que parecían hablar directamente con él. Di una calada al cigarrito de marihuana que ella misma fabricó minutos antes; nunca había visto a nadie liarlos con tal pericia y velocidad. ¿De cuál? De la que acaba de llamarte al móvil, de esa que se ha casado. No recordaba haberle hablado de ninguna mujer, pero se adelantó a mi pregunta añadiendo de inmediato: leo tu blog, nene. Las yemas de sus dedos pequeños se entretenían mimando el  interior de mis muslos. Aunque no sé si todo lo que cuentas ahí es verdad; ¿me dejarás escuchar alguna de tus cintas? Le pasé el cigarro. Solo me ha llamado para darme recuerdos de dos chicas que conocimos hace tiempo. Fumaba y me escuchaba en silencio mientras seguía acariciándome. En Marruecos, hace años; acaba de volver de Marrakech, las ha visto de nuevo por casualidad y le han mandado saludos para mí. Rosa tiene el pelo liso, solo un poco más largo que el mío, un aro de acero en la mitad de su oreja izquierda y cinco pendientes de plata alineados en la derecha. ¿Ha pasado su luna de miel en un sitio en el que estuvo contigo? Una bolita de oro en su labio inferior y otra un poco más grande, de titanio, en la lengua. No lo sé, no le he preguntado qué hacía allí, ella viaja mucho. Sigue leyendo