Hablaba en sueños. Hablaba tanto que después no tenía nada que decir. Ni siquiera dijo que estaba sola, que necesitaba compañía y un poco de ayuda con las tareas básicas de la casa. Nunca ha dicho -nunca lo hará, ni siquiera en sueños- que ha dado más de lo que recibe, que gastó más energía en otros que en sí misma y que nadie la correspondió jamás. Que no es tan fuerte como a los demás nos conviene creer, que no puede con todo por mucho que mantenga la voz firme y los ojos vivos. Que cuando responde que se encuentra bien es que está regular y cuando dice regular es que el dolor es insoportable o se muere de miedo. Que está exhausta, que saca entereza de prestar atención a cada instante y a cada detalle, de negarse a mirar adelante o atrás. Su hermana vive también en Madrid, pero pasa a verla una vez a la semana y ni siquiera la llama todos los días. Dame un toque si necesitas algo, le dice en cada una de esas visitas o llamadas con la certeza de que Susi nunca lo hará.

Lola está muy ocupada, tiene un montón de trabajo, y sufrió mucho con lo de su separación y ahora lo que quiere y lo que se merece es disfrutar de la vida, no estar pendiente de una enferma. Y además yo me voy a poner buena como siempre, es solo otra mala racha. Y también pasa que los que no hemos sabido cuidar de nosotros mismos no tenemos derecho a exigir la atención de los demás, eso es así, Albert. Tu hermana no tendría la vida que tiene sin ti, me atreví a contestar y lo único que hizo fue bajar los ojos para buscar una canción en su tablet mientras se ajustaba la cánula de oxígeno en la nariz. Procura permanecer en el sillón todo lo que puede, y da los dos o tres paseos diarios por la casa que le aconsejaron los médicos. Vuelve a las sábanas agotada pero satisfecha, cada día aguanta un poco más fuera de ellas. Rompió pronto con Tinín y después con otro que no llegué a conocer, y antes de recaer parecía ilusionada con un cliente de la peluquería, pero tampoco funcionó. A ti también te conocí mientras te cortaba el pelo, y también me hice ilusiones contigo, me dijo con una sonrisa tan fatigada como burlona.

Oye ¿y tú cómo estás? ¿Has vendido ya la casa? ¿Cuándo te vas a Barcelona? Encadenaba las preguntas sin apenas darme tiempo a contestar. ¿A ti esta chica te parece guapa? Giró la tablet para enseñarme una foto de Dolo Beltrán, la cantante de su banda favorita, su más fiel amiga o acaso la que mejor sabe distraerla y reconfortarla y nunca se marcha. Hasta su inseparable María, su gata desde antes de venirse a Madrid, se le fue de vieja hace apenas un mes. Me gustaría conocerla, creo que me llevaría bien con ella, concluyó sin esperar mi respuesta. Qué buenas son las letras que escribe y qué voz más bonita tiene. Susi sintió una enorme decepción cuando el grupo abandonó el castellano para grabar un disco entero en catalán, pero tampoco de eso se quejó. Traduce los textos con ayuda del ordenador y cuando aún así cree que se le escapa algo, llama para preguntarme, de modo que hace tiempo que es capaz de acompañar con su propia voz todas las canciones, que escucha tantas y tantas veces en bucle que al menos esas frases las pronuncia con un acento del que no sospecharía ni un vecino de Pedralbes.

I vénen monstres arreu del món, s’amaguen sota el llit i diuen: “Niña, no pasa nada, estás desorientada. No hagas nada, estás desubicada”. Detuvo la canción y me miró muy seria, concentrada en sus cavilaciones. Eso no sé por qué lo hacen, por qué meten esas dos frases en español, por qué esos monstruos buenos arrullan a la chica hablándole en castellano y no en catalán. ¿O tú crees que son monstruos malos? Ni la palidez ni las ojeras desvirtuaron el brillo de sus pupilas mientras me preguntaba. Detalles, instantes, canciones. Tan ensimismada aguardaba mi respuesta que ni siquiera percibió que una de las almohadas resbalaba por su espalda hasta caer al suelo. Me levanté para recogerla pero ella se adelantó al vuelo, devolviéndola a su sitio con la diligencia de quien lo ha hecho mil veces. Susi lleva semanas viviendo prácticamente sola en su cama. Entre la mesilla de noche, una silla dispuesta para la ocasión e incluso las barras del cabecero, de las que cuelgan cordones elásticos con utensilios variados, ha repartido calculadamente todo lo que necesita para desenvolverse sin ayuda.

Henri de Toulouse-Lautrec – Le lit

Somiava que mai no somiava, que no li calia un món virtual. Yo también habité con ella esa misma cama, hace años, los días, las semanas y aun los meses posteriores a conocerla, cuando todavía estaba sana y reía a todas horas y tenía ojos para el pasado y el futuro. Siempre prefirió su casa a la mía y el dormitorio a cualquier otra estancia, probablemente de no haber tenido necesidad de comer o trabajar nunca hubiéramos salido de esa cama. En las mañanas de invierno se levantaba para ir al baño y apenas cesaba el chorrito se escuchaban sus pasos apresurados de vuelta y su risa alegre, qué frifri, qué frifi, niño. Me encantaba verla así, corriendo a mi encuentro con el pelo alborotado y las tetas desnudas botándole por la carrera, partiéndose de risa como si el frío le hiciese cosquillas en todo el cuerpo. Yo la esperaba con el edredón abierto -corre, corre, me decía- para que se tirase en plancha a la cama y cuando ya estaba dentro se apretaba contra mí sin dejar de reír a carcajadas, feliz como una niña que hubiese encontrado su refugio tras burlar a sus perseguidores.

A mí que María estuviese o no en el dormitorio me daba igual, pero Susi parecía tener un idea muy clara de lo que para su gata era tolerable ver o escuchar -no quiero que sepa que soy tan puta-, de modo que la echaba de la habitación antes de entregarse a prácticas o juegos proscritos en la moral gatuna. No le importaba, por ejemplo, que María presenciase cómo encadenaba orgasmos apretándose contra mi boca. Después del último, antes incluso de rendir del todo la espalda a la cama, me urgía con la voz estremecida a subir hasta su rostro: “ahora a mí, ahora a mí”, murmuraba para pedir que la besara, como si súbitamente tuviese celos de su propio coño o una vez consumido hubiese pasado a considerarlo como a un intruso insolente o grosero. Necesitaba dormir la noche entera con el pecho bien apretado contra mi espalda, tanto que si yo cambiaba de postura, aun dormida lo detectaba y me empujaba para que recuperase mi posición, yo te cojo, yo te cojo. Casi todas las noches hablaba en sueños: echaba la bronca a sus empleadas, cuidaba de su madre, se reía de mil cosas distintas pero igual de incomprensibles o se apuraba por no perder un avión sin destino fijo, a veces era Nueva York y otras un pueblecito de Cuenca. Ni una sola vez recordó al despertar ninguno de esos largos discursos sonámbulos.

Que t’estimin així, com ets. I que al matí puguis tenir la pell radiant. Como otros lo sienten en el corazón, cuando abandoné definitivamente aquella cama, año y pico después, percibí durante mucho tiempo un hueco en la espalda al meterme en mi propia cama, aunque durmiera acompañado o mi socia de sueños apretase su pecho contra mí. No era la mía, sentía frío en la espalda como si fuese postiza o hubiera olvidado el relleno en la cama de Susi. Supongo que le hubiese gustado saberlo, aunque probablemente nunca lo hubiese creído. La otra tarde, antes de irme, me contó que estaba escribiéndose por internet con un gallego. Parece majo, me llama Susiña. Antes de irte te despedirás ¿no? ¿Ya tienes trabajo en Barcelona? Esa es otra, a mí estar en esta cama me cuesta dinero, porque o pierdo clientes o tengo que contratar a una sustituta. Si vas, que te corte el pelo Alicia, la nueva me sale barata pero es muy mala. Permitió que le arreglase la ropa de la cama y que la besara en los labios. Cuídate, niña guapa. Y dame un toque si necesitas algo.

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11 comentarios en “Amo tu cama rica

  1. es una gran alegria para quien no quiere molestar, que ese toque que no se quiere dar solo sea el del timbre de la casa.

    hazme un favor, le das un beso de mi parte, me encanta la gente que rie nerviosamente al contacto del calorcito de una cama alborotada

  2. Ahora que no escucha, voy a decir una cosa: con Tinín uno nunca puede estar tranquilo. Es su defecto y su virtud. Cierto que yo tampoco puedo presumir de mucho en ese sentido, para qué decir lo contrario. Gracias a ti, guapa.

    Alacena, un placer tenerte aquí. Es muy estimulante leer lo que dices, tanto de este texto como del anterior. Gracias por todo.

    Es difícil ayudar a quien no se deja, Miguel Ángel. Pero no imposible. Le daré el beso. Me alegro de que también hayas conocido gente así, de esa que contagia alegría. Hay que tenerlos siempre cerca.

    Aprovecho para felicitaros la Navidad a todos. Ladies and gentlemen, pásenlo muy bien, escóndanse muy bien o lo que sea que tengan por costumbre hacer en estas fiestas. Aquí nos vemos.

  3. Fuera de los manuales, sí, con que acierto lo has definido. A propósito de Susi y de la gente en sus mismas circunstancias, recuerdo muy a menudo el soneto de Miguel Hernández: “Yo sé que ver y oír…” Muchas gracias, S. Muy feliz Navidad también para ti.

  4. tengo la siguiente teoría: hay historias que enganchan por la acción y otras, para mi gusto, mucho mejores, que enganchan por cómo están escritas. no hacen falta grandes gestas. es más, de hecho, suelen ser historias muy simples, muy reales, muy cotidianas. detalles. fragmentos. y sin embargo, atraen y quieres leer muuuuucho más de ellas aunque quien las escriba decida poner el punto y final y el lector se quede con las ganas. o el buen sabor de boca.
    ¿adivina a cuál perteneces tú?

    y por cierto, silla rota o sillón, da igual. la cuestión es sentarse y estar un poco cómodo.

    gracias por tu comentario y las lecturas. un abrazo.

  5. Me gusta tu teoría, y doy por cierto que mis historias pertenecen a esa segunda categoría si Hilia, maestra del detalle y el fragmento, así lo considera. Es un gran placer verte por aquí. Desde un sillón bien cómodo soy yo quien te da las gracias y te devuelve el abrazo.

  6. Qué alegría volver a leerte, Jefe. No he podido comentar antes, pero he leído todo con detenimiento, tan pronto me llega el mail. Muchos besos y feliz año.

  7. ¡Secre! Ya te estaba echando en falta, y anoche al final me dejé en el tintero el abrazo que tenía para ti. Ok, aunque no vengas a tu mesa en la oficina, tomo nota de que trabajas desde casa y lo repasas todo con detenimiento. Te subo el sueldo otra vez. Pa que veas. Muchas gracias, muchos besos, muy feliz año, guapa.

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