Entrecintas

Tulipanes

Para Josepepe, que aquí  supo de aquellas hogueras.
Para Rebeca, que avistó a los náufragos.
A la memoria de las olas.

-El Joanet de la barca sabe lo que es carne y lo que son tulipanes. Eso anda diciendo en la iglesia.

Le escucha a su espalda en silencio, apretando los tallos con las uñas para sacarles más sustancia antes de echarlos al cazo. Poca agua y menos tallos, la sequía mengua el pozo y cría brotes duros y encogidos, en horas buscando a la vera de los caminos apenas recoge un cuartillo aprovechable. Cuando por fin hierve el agua se chupa el dedo corazón hasta el nudillo, se arrima a él y se sienta a horcajadas sobre sus rodillas para darle el pulgar y el índice.

-No me dejes siempre a mí el dedo gordo, mujer -le dice con una sonrisa burlona y fatigada después de chupar sus dedos, antes de lamer el escote y buscarle los pezones hinchados-.

-Yo no ando las higueras de sol a sol.

-Pero tienes dos bocas -dice posando la palma en su vientre-.

En las últimas semanas la criatura responde siempre, cambia de postura o suelta un pie; conoce el pulso de la mano de su padre, eso dice ella y él quiere creerla o tal vez es sólo que su sonrisa cuando lo dice también le alimenta como su leche tibia. Ni así tan flaca, todo pelo y panza y huesos, merma la chispa de sus ojos negros. Cuántos años tiene, ni ella lo sabe. Qué poco seso, Carmeta, quedarte preñada en este pudridero, le dijo su madre antes de morir. La enterraron al lado de la iglesia vieja, bajo el pino y los enebros.

-¿Qué son tulipanes?

-Flores. Las crían en el extranjero y las compran gentes de Valencia para sus jardines. Cada tres meses un barco atraviesa Es Freus con las bodegas llenas. El Joanet sabe distinguir a ojo desnudo esos barcos de flores de los que cargan salazones. No erraremos el tiro, tendremos carne para meses.

El Joanet no siempre atina, abrió el primer pozo en Sa Pujada donde no había agua y cuántos meses de trabajo costó aquello; lleva en la sangre el arrojo y la insolencia, los dos los saben, se lo dicen en silencio sosteniéndose los ojos famélicos. Con carne o con tulipanes, esos barcos llevarán centinelas.

-Esta vez lo tiene todo bien hilvanado. Apagar el faro de La Mola y prender en Es Carnatge una hoguera de veinte varas de altura, él sabe cómo disponerla para que el timonel confunda la llama con el faro y pierda rumbo hasta que el casco quiebre en las escolleras. Después todos a una armados hasta los dientes. Somos veinte hombres en la isla, ningún barco lleva tanta guardia.

-¿Y luego?

-Luego esconderse bien. Hay cuevas en las escarpas del cabo que ni la infantería de Ibiza tiene en sus cartas. Ni siquiera las mujeres las conocéis. Se cansarán de buscar.

 

-Gracias, mi niña.

Cada año el mismo ramo exquisitamente envuelto en celofán, el mismo abrazo interminable contra su pecho, el mismo jarrón de porcelana para tenerlos cerca hasta que marchiten. Nunca faltan tulipanes en el cumpleaños de la Carme, ni fiesta en Es Carnatge alrededor de una buena hoguera. Casi cien invitados esta noche de luna creciente y ligera brisa, el Joan bebe hasta saltar desnudo el fuego, nunca se resiste a exhibir su número de equilibrista flamígero, memoria viva de los tiempos hippies de todos ellos, años ingenuos en las cuevas del acantilado de Berbería y las masías de La Mola. La Carme le pidió que fuese el padrino de la Rebequeta y ahora son socios en el negocio de los hoteles, el de Migjorn y los dos de Ibiza.

Los niños juegan aupados a la roca, ajenos a la fiesta de los adultos. Súbitamente, el grito angustiado de su hija se impone a las risas y las conversaciones. La Carme mira hacia la roca, la ve de pie gritando mientras señala el mar oscuro.

-¡Vienen, mamá, viene gente en barcas!

Dos balsas y el resto de los veinte hombres a nado hasta las escolleras. Antes siquiera de que el casco haya quebrado, el Joanet ha puesto pie en cubierta, y apenas diez pasos y tres escalones después ya sabe que no hay más carne a bordo que la de los cinco marineros y el único centinela. Los veinte hombres tiritan de ira y frío en la bodega del carguero mirando incrédulos las pilas de cajones colmados de bulbos húmedos y renegridos como porquería de perro. Vuelcan esa bazofia al mar, rapiñan la cocina y pasan a cuchillo a toda la tripulación.

El Joan es el primero en echarse al agua y nadar hasta los náufragos, más de veinte hombres y mujeres en dos chalupas que ya hacen agua. Sabe Dios cuántos días llevan en el mar, todos los años llegan a la isla cuatro o cinco pateras repletas de africanos exhaustos, el  Joan dice que hubieran seguido a la deriva hasta las escolleras si la hoguera no los hubiera guiado hasta la playa. Rescataron a los que llegaron en esas barcas, pero durante la madrugada supieron por la Guardia Civil que una tercera rezagada se había hundido con otros veinte hombres a media milla de Es Penjats, ninguno sobrevivió a la noche. La Carme se queda en la playa con una joven embarazada, casi una adolescente, procurándole agua y abrigo.

Pone la mano sobre su tripa y la criatura responde otra vez al pulso de su padre, sigue vivo y despierto, acaso más que todos ellos, consumidos de hambre al cabo de un mes apiñados como conejos asustados en las grutas de la escarpas. Al alba de casi todos los días ven en el horizonte las costas de la Berbería. Cuántas leguas habrá de aquí hasta África, Carmeta. Y tú ni siquiera sabes nadar, le dice para arrancarle una sonrisa, apenas un ascua en los ojos negros. Ni la balsa de mejores hechuras nos llegaría para atravesar esa distancia. Antes nos perderá la sed que el hambre, tenía dicho el Joanet, y esa misma noche lo atraparon cerca del pozo los soldados de Ibiza, lo embarcaron a San José y le aplicaron garrucha hasta que reveló el escondite. La Carmeta rompió aguas justo al pie del cadalso.

Los domingos temprano, la Carme y la Rebequeta pasean hasta Es Cap de Barbaria, bajan con cuidado hasta Sa Cova Foradada y allí dentro, sentadas al borde del acantilado, juegan a ver cuál de las dos adivina antes el impreciso perfil de la costa africana. Empieza la primavera, son días de sacar el barco. Después de desayunar, la Carme recoge el ramo de tulipanes y navega con su hija hasta Es Penjats, la Isla de los Ahorcados, antiguo cadalso de la autoridad de Ibiza, el islote donde la patera rezagada se fue a pique. Desde la cubierta, besando cada una de las flores, entre las dos confían los tulipanes a la memoria de las olas.

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