(Ver parte 1ª)

Junto al cuerpo que anoche me gustaba

tanto desnudo, déjame que encienda

la luz para besarte cara a cara

en el amanecer.

Porque conozco el día que me espera,

y no por el placer.

Como los tres lunares de su rostro o el tacto acuoso de su piel, recuerdo todavía la cadencia exacta de esos versos en su voz. Descalza y en silencio, echando la vista atrás de cuando en cuando para memorizar sus huellas en la arena de la bajamar, empezó a recitarlos con la cabeza alta, la melena ofrecida al viento y su orgullosa mirada tratando de tú a tú con el horizonte. Recorrimos toda la noche los bares de la Parte Vieja y cuando nos cerraron el último echamos a andar sin rumbo por las calles de la ciudad sin banderas. El alba primaveral dibujaba sobre la playa la vaga sombra de la línea recta de nuestros brazos, apenas unidos por dos dedos entrelazados. Llega el amanecer, con su color de abrigo de entretiempo y liga de mujer. Abandonó el poema sobre el mar y me abrazó escondiendo su frío en mi pecho. Estás helada, mi amor. Aquella era la segunda vez que caminaba por esa misma playa desierta junto a una mujer, y aún habría una tercera. Pocos años antes fue Itziar, con un bañador amarillo de orlas blancas y un pareo azul, quien recorrió conmigo toda la Bahía en un anochecer de junio, y otros pocos después lo hice con Mónica en una tarde de noviembre, besándonos a cada paso. Keka estuvo entre ambas, a la misma distancia del casi niño que flotaba alocado alrededor de su primera amante que del casi hombre que alguna vez pensó que había encontrado a la última.

Sentados en el suelo frente a una botella de bourbon, bajo un arco de la Plaza de la Constitución, a las cuatro de la madrugada empezamos a resolver el nudo. La gente caminaba alrededor mientras nos concentrábamos en qué hacer con la prostituta, la camarera y el maletín repleto de dólares americanos. Cada noche de aquella semana lejos de Madrid, Keka llamaba a su tía viuda para saber si había novedades de su casa de Bogotá y para informarla de que estaba bien, trabajando y estudiando como debía, aprendiendo de los maestros, gozándola y recochando un ratico con los compañeros al terminar la jornada, comiendo bien y metiéndose temprano en la cama. Esto último era cierto: no hubo noche en que nos acostáramos antes de las siete de la mañana. Todo lo demás era una historia tan ficticia y verosímil como la que intentábamos desarrollar en los ratos en que no estábamos demasiado borrachos o drogados, en las comidas o en los paseos tranquilos por las orillas del Cantábrico. No había profesores, no había más compañeros que yo, no había viaje en grupo de la Escuela para aprender a encontrar y gestionar localizaciones exteriores, pero cada noche daba cuentas de ese viaje imaginario a su familia en Madrid desde una cabina telefónica en la que yo también me metía para  abrazarla por la espalda, besar su cuello interminable  y acariciarla entre las piernas mientras hablaba. Serás pendejo, me decía riendo cada vez cuando colgaba, pero cada vez me dejaba entrar con ella y se prestaba al juego.

Híncamela hasta abrirme las costillas, nene, parquea el auto y culiame hasta deslecharte, que me dio la arrechera mirándote. Me gustaba oírla hablar así y ella lo sabía, se moría de risa metiéndome la mano en el paquete mientras yo conducía. Habíamos alquilado un Golf en Madrid y antes de llegar a San Sebastián probamos el asiento de atrás en un camino perdido en la noche del páramo castellano. Dime cochinadas en catalán, cosas que tú entiendas pero yo no, me pedía cuando se sentaba muy despacio sobre mí, con el gesto grave de una niña estableciendo las reglas del juego. Venía tocándose desde la última gasolinera, deslizándose en el asiento mientras yo conducía, acariciándose por debajo de los jeans levantacolas que le gustaba usar. Estás sexy al volante, cabrón, y se me antoja tocarme y me toco. Bajó la ventanilla y le gritó al viento: hola España, me estoy tocando el coño y me está dando muchísimo gustico. Nunca la vi tan feliz como en ese asiento de copiloto, tan libre y despreocupada como si aquel viaje de apenas una semana fuese en realidad una fuga definitiva, la gran evasión que contra todo pronóstico había salido bien.  Ni te muevas, nene, ahora vamos a aguantar, a quedarnos muy quieticos así como estamos. A base de repetirlo y de ejecutarlo con maestría, consiguió contagiarme la afición por aquel juego, por la dulcísima tortura de permanecer inmóviles cuando ya estaba completamente ensartada, cuando yo no podía avanzar ni un milímetro más dentro de ella. Siempre pierdes, güevón, siempre eres el primero en moverte y así no vamos a saber nunca hasta dónde podemos resistir. En los ocho meses que estuvimos juntos, apenas me llamó por mi nombre, ni yo a ella. Nene, cabrón, bebé, pendejo, papasito o Albertico, era todo lo más si la furia o el cariño la llevaban hasta ahí. Yo la llamaba flaca o transliteraba su nombre -su apodo- de mil maneras distintas, o le decía pija o niñata, o Rocío solo en las ocasiones en que me apetecía un rato de risa a costa de sus enfados. En la cama, después del paseo al amanecer por la arena de La Concha y de follar hasta quedar rendidos, me ofreció la espalda para que la abrazase y antes de dormirse, con un hilo de voz, me preguntó si era verdad que en la playa la había llamado “mi amor” o es que ya estaba soñando.

Donostia, Laredo, Santander y Cudillero. El viaje iba a continuar hasta Luarca, ese era mi plan pero Keka no quiso moverse de ese pueblo de pescadores casi irreal, como un anfiteatro construido para contemplar el mar y después olvidado por todos detrás de la montaña. No había hoteles dentro del pueblín, pero ella quiso habitar el interior de aquel lugar imposible y buscamos hasta encontrar alojamiento en un dormitorio que una anciana circunspecta y todavía rubia alquilaba para los visitantes en su propio domicilio, en lo más alto del pueblo. Vivía sola en una casa antigua pintada de azul y aprovechaba aquellas visitas fuera de temporada para sacar un muy buen dinero a costa de los viajeros caprichosos. Se dirigió a nosotros como marido y mujer mientras nos explicaba, para justificar su precio, las ventajas de la amplia habitación asomada al puerto, silenciosa y cómoda, tan limpia que Keka resbaló nada más poner el pie en el suelo recién encerado y cayó de espaldas sobre la mochila que cargaba. La señora la miraba tirada en el suelo sin entender, como si aquel resbalón de comedia muda y el posterior ataque de risa de la accidentada fuese algún extravagante saludo propio de extranjeras. El primer día llovió sin cesar como si el cielo pretendiese mantenernos allí encerrados. Habíamos llegado a aquella casa de buena mañana, y al caer la noche el olor a sidra y a sexo podía tocarse en el aire de la habitación, adornada con imágenes antiguas del puerto y los pescadores faenando. La mujer nos sirvió la cena, la única comida del día, mirando de nuevo a Keka como a una salvaje aborigen que hubiese llegado a su casa con el objetivo de repoblar el mundo. Esta nos ha oído culiar, me dijo susurrando mientras esperaba la comida. Lo raro sería que no te hayan oído en toda Asturias, niñata.  Se rio con ganas, complacida y hasta orgullosa: estoy hambrienta, nene.

Restaban menos de dos meses de curso cuando llegamos a Madrid, y a dos semanas del plazo fijado para presentar el proyecto aún teníamos dudas sobre el lugar en el que moriría asesinada la camamera enamorada: un callejón oscuro o la sórdida habitación de una pensión barata. Keka estaba tumbada sobre la moqueta de mi madrina, con los ojos colgados de la lámpara y las manos cruzadas sobre el vientre. Yo le hablaba sobre los inconvenientes del callejón solitario cuando cerró los ojos y me interrumpió para pedirme que callase un momento y me acercase a ella. Me arrodillé a su lado, abrió los ojos para mirar directamente a los míos, tomó mi mano y la puso sobre su vientre. Por primera vez desde que la conocí, la cuerda constantemente tensa de su mirada había aflojado hasta dibujar en su rostro un gesto apacible que no le conocía. Apenas nos llevó una semana encontrar un lugar, una aséptica y carísima clínica ubicada en la planta baja de un edificio cercano a la Puerta de Toledo. Me besó en los labios y me acarició el pelo antes de dejarme solo en la salita de espera. Cuando salió cogimos un taxi que nos llevó directamente al hotel El Coloso, el que yo había elegido para pasar esa noche juntos, muy cerca de la Plaza de España. La recuerdo sumergida en la bañera, agua tibia y jabón neutro, con los ojos cerrados, canturreando apenas en un susurro su canción, belleza pasajera eres tú, y soy yo. La dejé sola, pero entré cada minuto en el baño para asegurarme de que estaba bien. No me pasa nada, tonto, casi ni me duele. Y la recuerdo tumbada en la cama con un albornoz blanquísimo, mirando la tele, dejándose mimar, acariciándome la cara con una sonrisa lánguida. En la playa me llamaste “mi amor”, Albertico.

El maletín lleno de dólares apareció junto al cuerpo de la camarera. Es bueno, chicos, habéis aprovechado el tiempo, resumió el portavoz de aquella especie de tribunal de profesores que evaluó nuestro trabajo de ocho meses. Dos días antes de marcharse, Keka supo que su hermano mayor continuaba desaparecido tras haber sobrevivido a un tiroteo en un arrabal de Bogotá. Años después, cuando la busqué por internet, topé con la noticia antigua de la captura y extradición a los Estados Unidos de un hombre con sus mismos apellidos y un parecido físico más que notable con Keka. Fui a despedirla al aeropuerto, y en el arco de embarque me lo dijo por segunda vez en ocho meses: andas hermoso. Nos despedimos con un abrazo en silencio, infinitamente más largo y emocionante del que jamás hubiésemos conseguido imaginar y escribir para la camarera y el hombre misterioso. Por megafonía avisaron de que el avión la esperaba, y antes de irse metió su lengua en mi boca mientras apretaba su durísimo cuerpo contra el mío. Después acercó la boca a mi oído para recitarlo con la voz quebrada: “porque conozco el día que me espera, y no por el placer”.

Dos días después regresé a Barcelona. En estas últimas semanas he pensado en Keka más y mejor que en todos los años transcurridos desde que dejé de saber de ella, tres o cuatro meses de cartas y varias llamadas telefónicas después de aquel 31 de mayo en Barajas. He mirado sus fotos y sus vídeos, he vuelto a ver algún capítulo de aquel culebrón en el que interpretaba a la disciplinada criada de una historia de nuevos ricos y oscuras fortunas. No sé qué la esperaba en Bogotá, no sé si llego a casarse con el ingeniero industrial, si trabaja en la televisión por placer o por necesidad, o si consiguió tener hijos. Tal vez un niño fuerte y noble llamado Ezequiel, o quizá Eliana, una dulce niña de cabellos negros y ojos azules, belleza eterna creciendo sana, satisfecha y libre a su lado.

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13 comentarios en “Keka (parte 2ª)

  1. pues va a ser que no me lo habia podio imaginar asi.. no doy pa tanto
    bellisimo, se me ocurre.. aunque jamás haya pronunciado esa palabra..
    gracias niño viejo

  2. Está claro que tú si escribes cintas, por lo que recordar una fecha ,no nos revela la importancia que tuvo Keka para ti.
    ¿Estás un poco melancólico, verdad?
    Un beso, mejórate

  3. Te leí ayer y he esperado a hoy a comentarte. Amén de que ayer fue un día regulín y a saber lo que te hubiera escrito.
    Me encanta, reitero, me impresiona, me epata, me arrebata el comienzo de la segunda parte de Keka. Increíblemente bonita y bien escrita, es uno de esos arranques que te capturan y enredan. Sensacional. Antes de seguir he de confesarte que la tal Keka me cae bastante tirando a fatal… y no sé por qué, en la primera parte se me atragantó y creo que tiene mucho que ver con decir “culiar” en lugar de otra cosa jajajaj, en fin, tendré que mirármelo porque supongo que no es justo. Algo ha mejorado en la segunda, sobre todo cuando cuentas cómo te cuenta ella lo del embarazo. Como no, el asunto del aborto no me gusta y sin embargo lo has tratado con infinita delicadeza y ternura. Pasas alado por encima, sin detalles que a nadie importan, porque supongo que a ti entonces tampoco te gustó y que recordarlo, pues no sé, tampoco será un plato de gusto para ti. Es curioso que termines el relato pensando en si ella pon fin tendrá Ezequieles o Elianas.

    Un beso fuerte, Chico Guapo, y no tardes tanto, ya ves que estamos ansiosos de leerte.

  4. Jo, me releo y olvido que lo escrito no siempre es vida y pueda ser ficción. Aplica a Albert como personaje lo que le digo a Albert como persona respecto a recuerdos amargos. Estas confusiones siempre me traen problemillas.

    Otro beso grande y fuerte, como tú, Chico Guapo.

  5. Doble agradicimiento por mi parte, Lunera. Por la palabra en sí y por el privilegio de que haya sido en este lugar donde la hayas usado por primera vez. Un beso, jovencita.

    Baso jaja, te aseguro que me acordé de ti cuando decidí escribir la fecha exacta. ¿Melancólico? No, yo creo que no. Pensativo, quizá. Pensando, entre otras cosas, precisamente sobre eso, sobre la importancia mayor o menor que Keka tuvo para mí. Es curioso constatar como los años y la perspectiva consiguen alterar el recuerdo de las cosas y las personas cuando se vuelve conscientemente sobre ellas. Definitivamente, este blog es una terapia cojonuda para mí jaja. Gracias, guapa. Un beso.

    Nerea, lo lamento. Muchos besos, secre.

    Honey, gracias por todo eso que dices del principio del texto, es todo un placer escucharlo de alguien que escribe como tú lo haces. Dices que no te cae bien Keka por el lenguaje que usaba, y que eso tienes que hacértelo mirar porque quizá no sea justo. Yo creo que no hay nada que mirar, que ese tipo de cosas, esas fobias a pequeñeces, las tenemos todos. Pero sí hay algo en tu comentario que no me parece justo, por seguir usando tu expresión: me refiero a tus palabras sobre el episodio del aborto. Dices que lo describo con infinita delicadeza (gracias), pero deslizas un “supongo” y un “no sé” que, sinceramente, me desconciertan. No, por descontado que no me gustó y que no es un recuerdo agradable. Nadie es partidario del aborto, absolutamente nadie. Yo, como tantos otros, lo soy de reconocerlo como un derecho, pero obviamente eso no significa que hacer uso de ese derecho sea un placer para nadie en sus cabales. Y no, por supuesto que aquello no tuvo nada de ficticio. Gracias por los ánimos para escribir, y sobre todo por lo de grande y fuerte. Un besazo, chica guapa.

  6. La explicación a mis “supongo” y “no sé” iba implícita en la aclaración en el comentario posterior. Me refería simplemente a un aspecto de la creación literaria -seré pedante…- cuando el escritor mezcla parte de realidad y parte de ficción el lector ha de suponer y cuanto menos, dudar. Dudar es bueno, es resultado de la mejor de las provocaciones.
    Fue cierto, entonces no supongo nada y sé que a nadie en sus cabales le gusta. La diferencia entre tú y yo está en el espinoso asunto del “Derecho” pero como es un debate en el que me pongo plasta, visceral y trascendente sin poder remediarlo, no lo abriré aquí contigo y menos aún cuando no lo has abierto tú en tu escrito.
    No me des las gracias, la agradecida soy yo, por lo que escribes y más cosas…

    Otro beso enorme, Chico Guapo.

  7. y más cosas.. dice ella… argg a mi no me caia del todo bien la señorita Keka..pero a ti menua..te estoy cogiendo una mania… jajajajaja

    todo real.. cuantas cosas habeis vivido.. yo es que..catetoalucino con vosotros..

    y ya pa acabar.. eso del bourbon .. que no acabo yo de enterarme de lo que es…

    1. Oye tú, cateta grandota, a mí ni se te ocurra cogerme manía y menos por el Chico Guapo que tiene un corazón enorme ;).
      Bourbon es como el whisky pero distinto… A ver, que yo sepa, en el Bourbon hay algún ingrediente ajeno al grano de cebada, trigo o centeno (el escocés sin trigo) y además usa una sola vez la barrica donde envejece. Los escoceses, por ejemplo, reutilizan las barricas y les hacen una especie de ahumado aromático con turba de Escocia. Luego está el asunto de que no son iguales el Bourbon de Kentucky y el de Tennesse, pero eso lo dejo para otro rato.
      P.D. Como ahora me preguntes lo que es una turba te suelto que es una maná de personas enfurecidas… o una guantá si te acercas más de la cuenta jajajaj (sigo con el cuchillo entre los dientes jajajajjaajaj)

  8. jajajajaj total.. a mi me sigue sonando eso del bourbon como algo,, pretencioso jjajajaja

    ron? no no,, yo bourbon nena jajajajajajaja (y esto veo que lo dice con la cara del hombre de negro…curpa de la invi)

    con cariño y tal….

    me voy pal chat por si alguna menua quiere pelea…

  9. Hola:

    Pues, pues, pues… que tengo poco que decir sobre el texto, y eso es, por raro que parezca, algo positivo desde mi punto de vista (ya que no es precisamente por dejarme indiferente)..

    En otros casos intento hacer una “crítica constructiva” o buscar interpretaciones. Esta vez no lo hago ya que el texto me parece redondo. Incluso sus imperfecciones, si es que las tiene, encajan perfectamente en él.

    Viajes de ida y vuelta, de vayven, físicos y mentales, todos encajando (algunos, ejem, ejem, de forma muy satisfactoriamente peculiar) y lo de “la ciudad sin banderas”. Es posible que en algún otro sitio alguien haya utilizado esa expresión para referirse a Doností, ni idea. Pero a mi, aquí, en este texto, me ha hechizado.

    Lo mejor de todo es que tras leerlo dos veces, me entraron ganas de ir a por una tercera. Pero no por no entenderlo o cosas así, sino por que el texto es tan bueno que estaba seguro que esa tercera lectura me descubriría nuevas cosas.

    Esa peculiar estructura semilineal, con la ruptura intermedia, le va como anillo al dedo y las dos historias paralelas “delictivas” más de lo mismo (la ficción se hace más real con la cercanía y la realidad se hace más ficción con la distancia).

    En fin, solo señalar que en mi caso Keka no era muy santa de mi devoción en la primera parte pero se ha redimido, de sobra, en esta segunda. Digamos que me ha caído simpática, lo que ya no se, ni profundizare mucho en ello, si esa simpatía es del tipo Rolling Stones.

    Un saludo:

    Sanan.ex

    P.D:; No te quejaras, Albert, de manera indirectamente inducida, una de mis habituales polémicas en la red ha aumentado (aunque supongo que no de forma exponencial, ni mucho menos… jaja) las visitas a tu blog.

  10. Todo se olvida y de todo se sale ¿verdad? Petons, Nerea.

    Dudar es bueno, sí señor. Ya lo dijo el maestro cuando le preguntaron por el significado de una de sus canciones: “Cultiva la duda, porque la duda es la fuente de la sabiduría. No voy a ser yo quien le quite misterio a tu vida. Sigue preguntándote, que te econtrarás. Lo más bonito es preguntar”. Ey, rubia, en pocas líneas te has llamado pedante, plasta, visceral y trascendente. Tú sabrás, pero yo diría que de enemigos -enemiguitos, más bien- vas sobrada, de modo que no hace falta que te pongas a caldo a ti misma. Nada de debates por ahora, a mí tampoco me apetece meterme en esos berenjenales. Lunera, hazle caso a la rubia, en lo del bourbon y en todo lo demás: yo lo tengo todo enorme 🙂 Besos, chicas guapas.

    Sanan jajaja ¡Gopegui! Joder, te aseguro que el misterio me tenía loco. Me quedé a cuadros el martes pasado, cuando comprobé que en apenas dos horas habían llegado nada menos que 92 visitas, de todas partes de España y de otras ciudades del mundo (especialmente de USA) para visitar el artículo sobre Gopegui que publiqué en su momento. Es más, cuando vi el dato, inmediatamente fui a las noticias, porque estaba seguro de que algo había sucedido en torno a la buena de Belén; no encontraba otra explicación para ese súbito interés por ese post. Pero cuando comprobé que no, que no había noticias sobre ella, intuí que alguien había enlazado ese artículo en alguna parte, alguien con la suficiente influencia como para provocar semejante avalancha. No sé a qué polémica te refieres ni donde hablaste del texto, ni si lo hiciste bien o mal jajaja (ya me contarás), pero si conseguiste eso de manera indirecta e inducida, me pregunto qué será cuando lo hagas de forma directa. Las visitas continuaron en los días siguientes, y ahora mismo, acabo de mirarlo, son ya 208 visitas de personas distintas a ese post. Ahora es cuando me dices que no, que te refieres a otra cosa con esa postdata y me dejas planchado. Pero yo creo que no, que estoy en lo cierto. Gracias, por supuesto. Ya ves que tu autoridad en la red es incontestable. Y gracias también, cómo no, por todo lo que dices del texto de Keka. Me alegro mucho de que te haya gustado. Hasta al diablo le viene bien un poco de simpatía y de cariño, seguro, pero Keka era un ángel, al fin y al cabo. Un abrazo, gracias de nuevo.

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