Cayetano de Arquer Buigas

Calor

No sé cómo percibí su presencia a mi espalda. Fumaba solo sentado en la terraza de Vallvidrera, asomado a la ciudad y a la montaña y tal vez pensando en Mónica, o quizá es sólo que ahora me arrepiento de no haber pensado en ella durante esos días tanto o tan bien como debía y la memoria sale a echarme una mano. Me giré y la vi de pie en el centro del salón, la brisa de la que yo disfrutaba le alcanzaba el pelo y la falda. La sonrisa leve y honda, las manos un poco temblonas cruzadas sobre el regazo, contemplándome absorta sabe dios en qué consideraciones o recuerdos, tan abstraída en ellos que tardó unos segundos en percatarse de que yo también la estaba mirando y se sobresaltó y se ruborizó al encontrar mis ojos y verse sorprendida, la sonrisa se le abrió y salió a la superficie, cariñosa pero todavía azorada. Titubeó unos segundos hasta que por fin optó por la sinceridad más obvia: nada, sólo te estaba mirando, hijo. Lo dijo en castellano y eso aún la delató más, hizo más evidente que ese “nada” y ese “sólo” eran meros subterfugios. Quizá únicamente “qué gusto tenerle en casa” o un todavía más banal “qué mayor se ha hecho”, pero mucho más probablemente algún tipo de preocupación por su pequeño tarambana e imprudente, “qué va a ser de él”, “por qué no se quedará con nosotros, cerca de sus padres y su hermano” o aún peor, “no estará aquí cuando me muera”. Tens calor, Albertet, t’obro el tendal?

Mordiscos

El remordimiento todavía no clava los dientes con demasiada fuerza pero acabará sucediendo, soy perfectamente consciente, los pellizcos llegan paulatinamente con más frecuencia e intensidad, apenas hay semana en que la culpa no me advierta de su latente presencia, más aún cuando estoy cerca de ella como en esos calurosos días de julio, ni siquiera se dormía bien en el antiguo dormitorio de Marta, que apenas recibe sol un par de horas por la mañana. T’has acostumat a l’estiu sec de Castilla, no paró de repetirme mi padre cada día con un punto de sorna y también una pizca de algo parecido al orgullo nacional, la humedad del Mediterráneo convertida también en fet diferencial, todo vale y hasta espíritus eminentemente pragmáticos como el suyo se resienten de la infección, los jubilados de largos años a su pesar son siempre, como los niños, un público fácil y agradecido a cualquier novedad, tanto más atractiva cuanto más insensata. L’Artur Mas en un estómac agraït, però raó no li falta. Almenys en algunes coses, remata siempre como un crío cazado en plena travesura cuando mi desinterés acaba por desanimarle de continuar la conversación. Él nunca se enteró de nada porque la mareta puso todo el cuidado de que es capaz, titánico, para ocultárselo, para encerrar con siete candados lo que una mala tarde también de julio descubrió por accidente mientras traía sábanas limpias a la habitación de Marta, sus dedos enredados en mi pelo mientras mi lengua jugaba con sus pezones, sus muslos prematuros estrujando mi mano torpe, los dos desnudos y ansiosos, amb les dents, nen, una mica més fort. Muerde más la culpa porque yo fui declarado inocente, un crío demasiado joven para saber lo que hace o sigue sus instintos o es irremediablemente un hombre al fin y al cabo, tú ya eres una mujer, qué esperabas, bagassa, que el niño te dijera que no? Això no t’ho perdonaré mai, Marta, mai! Escuché el grito desde mi dormitorio con la cabeza bajo las sábanas. Cuánto le quedará aún de aquel enorme disgusto, no tengo ni idea, conmigo jamás ha hablado de ello y a mi hermana la trata con aparente naturalidad y afecto pero el resentimiento y la desconfianza permanecen, no me hace falta que Marta se lamente de ello, yo mismo puedo percibirlo todavía cuando mi madre la menciona.

Rubor

El rubor de la mareta ha sido objeto de burlas cariñosas desde que tengo memoria, por frecuente y sobre todo por inopinado, basta celebrar en la mesa su buena mano con los fogones, alabarle los geranios o darle la menor muestra de cariño para que sus mejillas revienten como amapolas, y sin embargo no tiene el menor problema en desplegar su finísimo sentido del humor cuando cualquier conversación deriva hacia el sexo o siempre que mi padre se ha quejado apenas mascullando o a viva voz de lo mucho que los hombres la han mirado, toda la vida ha soportado peor el mal disimulado embeleso de amigos y conocidos ante su mujer que el descaro de los desconocidos, y ella nunca ha dejado de reírse guasona por los piropos o el impacto que su sola presencia provocó hasta hace bien poco, todavía sigue siendo una mujer muy bella. ¿Cuántos años tendría yo? Apenas ocho o nueve, fue todavía en Sarrià, el piso tenía dos baños y uno era para los tres niños y otro para los dos mayores pero con alguna frecuencia las urgencias o cualquier otra circunstancia extraordinaria nos llevaban al ajeno y una tarde de domingo abrí la puerta cuando ella se duchaba. Antes siquiera de taparse como pudo con las manos se le escapó una carcajada ante mi turbación y mi pasmo, y en las horas y aún los días siguientes siguió zumbona sacándole al incidente toda la punta que pudo hasta que advirtió que mi zozobra no amainaba y entonces se volcó cariñosa y protectora, no passa res, el meu amor, la culpa es mía que se me olvidó cerrar por dentro, no tengas tanta vergüenza, tonto. Lo único que recuerdo con nitidez son sus manos blancas enjuagando la larguísima melena oscura y el lunar en su espalda. Tens calor, Albertet? Sacó el toldo, se sentó a mi lado y después de mirarme otra vez sonriendo en silencio me puso la mano temblona en la cara y entonces sí lo dijo para mi alivio, no era tan malo: què major t’has fet, no m’ho puc creure. Tomé su mano con la mía cuando todavía estaba en mi rostro y entonces sí se ruborizó sin remedio.

Lágrimas

Fue a recogerme al aeropuerto y cuando me vio por fin se llevó las manos a la boca y escaparon como lagartijas dos lágrimas que pude ver desde la distancia que aún nos separaba. Cuando llegué a su altura las tenía en las puntas de los dedos, todavía frescas. Me estrechó entre sus brazos con el mismo cuidado con que lo hizo la última vez que me abrazó, cuando aún estaba convaleciente, y de hecho fue lo primero que preguntó, si me dolía la pierna. No sé si la mareta es enteramente consciente de cuánto ha cambiado su hija, tal vez sí, probablemente incluso desde la distancia -apenas dos visitas al año- sabe mucho mejor que yo por qué desconocidos desagües desaparecieron de su naturaleza y de sus ojos violetas la arrogancia, la aspereza o la suficiencia de las que incluso siempre se jactó, el difícil carácter de Marteta, aquesta noia m’acabarà matant, se lo escuché murmurar una noche y aquella frase hecha se me agarró aprensivamente, llegué a soñar con que eso sucedía de verdad, Marta mirando desde arriba con una sonrisa de triunfo el cuerpo yacente de mi madre y la suya. Eso ocurrió cuando ya llevábamos años en Vallvidrera, entre lágrimas que a ella le brotaban como leones furiosos, la he visto llorar en contadísimas ocasiones y casi siempre a causa de mi hermana pero nunca he conocido los motivos concretos, al principio quizá era demasiado niño para entenderlos cabalmente y luego no he querido saberlos. A excepción, naturalmente, del que también me incumbía aunque a mí me declaró inocente y sin embargo juró que a ella nunca se lo perdonaría. Por supuesto, acogió con desagrado y recelo mal disimulado la noticia de que ambos compartiríamos de nuevo la misma casa durante un tiempo largo. Preferí no preguntarle a Marta si recibió de su parte algún tipo de advertencia o censura preventiva, entre otras razones porque de haber sucedido con seguridad lo hubiese negado e incluso se habría burlado de mi ocurrencia, tanto no ha cambiado mi hermana.

Village

Recién llegado a su apartamento, mientras me instalaba, le entregué lo único que le he dado en pago por seis meses de acogida, un ejemplar de Ventanas de Manhattan que recibió un tanto desconcertada, nunca ha sido mujer de muchas lecturas fuera de las obligadas por su ocupación en el Soho. Se ha negado en redondo a ningún otro tipo de compensación, estic encantada de tenir-te aquí, germanet. He salido a cenar con ella a solas a menudo, y casi todos los sábados me llevaba a visitar sus locales preferidos en la ciudad o la casa de alguna amiga, casi todas compañeras o relacionadas con el trabajo, no he advertido la menor señal en ese tiempo de novios ni amantes, a excepción del tipo de Valladolid con el que sigue escribiéndose, me ha hablado de él sin demasiado entusiasmo. Preguntó por Mónica, apenas le di respuestas pero sí le enseñe fotos y un vídeo de la niña, cantando a dúo con su madre una viejísima canción romántica que tras escucharla tantas veces en su voz acabará por gustarme. Una madrugada en su dormitorio, mirando vídeos y fotos en mi tablet, Marta tropezó con una de la mareta que digitalicé para mi pequeña colección, aquella foto la tomé yo, probablemente una de las primeras que hice en mi vida. Está posando a solas apoyada en el pretil del puente de Besalú, con la misma edad que mi hermana tiene ahora, año más o menos. Lo dijo sin mirarme mientras acariciaba delicadamente con un dedo el rostro sonriente de la retratada, a quien tanto, tanto se parece: Que maca està aquí la mama. Fue la primera vez que escuché a Marta llamar así a nuestra madre, “mamá”, siempre se ha referido a ella como la marona en los mejores momentos o mucho más frecuentemente por su propio nombre, a pesar de saber que esto último siempre le ha desagradado profundamente. Quizá precisamente por ello.

Love

Suelo acompañar a Cristina al cementerio pero me quedo en la puerta, aguardando hasta que apura la pequeña ceremonia íntima con su padre, casi siempre le lleva flores de su propio jardín. En la última visita, a principios del pasado agosto, me entretuve mirando una vez más el vídeo de Eliana, apenas completa una de cada dos palabras pero se esfuerza y mira a la cámara y sonríe disciplinadamente cuando Mónica se lo indica, What the world needs now is love, sweet love, el estribillo sí le sale entero y de un tirón. Retrocedí hasta la foto de Besalú, la melena oscura recogida en un moño con lazo blanco. La llamé desde allí, com estàs, mama? soc jo, l’Albert, le costó unos segundos reconocerme, improvisó una justificación que era también una queja: “ay hijo, es que llamas tan poco”. Le salió también así, en castellano, regresos puntuales a su idioma natal, como los pequeños temblores de las manos o los lapsus de memoria. Obvié contarle que llamaba desde un cementerio, le dije que estaba a punto de entrar al cine con una amiga. ¿Con Mónica? No mama, Mónica vive ahora en Holanda. Ah es verdad, qué cabeza, que se mudó al extranjero. Me preguntó si quería hablar con mi padre, si llamaba para pedirle o consultarle algo. No, sólo para ver qué tal estabas. Vi con toda nitidez sus mejillas coloradas al otro lado del teléfono.

Tatuado

Me cansé del vídeo y de las fotos y Cristina aún no volvía. Quizá se retrasó conscientemente para que fuese a buscarla, en realidad nunca le he preguntado si prefiere estar sola, lo he dado por hecho y ella ha asentido tácitamente. Eché un vistazo a los blogs ajenos y a twitter y fue ahí, inesperadamente, donde encontré otra vez a la mareta en la ducha y la fotografié de nuevo en el puente románico: en esta brevísima genialidad (1 y 2). Cris asomó por fin de regreso, sonriéndome mientras se disculpaba por el retraso con un gesto suave, la natural elegancia heredada de su madre. No la conoció, pero eso le contó siempre el Almirante y ella a mí, orgullosa. Sé cuánto quería a su padre, tal vez para siempre el único hombre de su vida. Mientras conducía en silencio, Cris me preguntó en qué pensaba. En nada concreto, le dije, y era una verdad a medias, en realidad trataba de recordar la forma exacta de la frase que aquel punki de ojos apagados se hizo tatuar en su cabeza rapada: “Era de otro la única mujer que he amado: mi madre”. Le pregunté si quería ir al cine. Uno de estos días le hablaré de Cristina a la mareta.

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5 comentarios en “Era de otro

  1. Gracias.
    Últimamente estoy leyendo el blog en orden, desde el principio (hay quien colecciona dedales, tu dejame a mi) y has crecido mucho niño, en muchos aspectos que me cuesta definir ahora, pero uno que noto mucho es que antes me quejaba a veces de un “exhibicionismo” físico exagerado..y ahora hay otro tipo de desnudo, desde dentro, tan brutal que debe resultar doloroso…y tan extremadamente bello….
    Uff que pedante sueno cuando intento que el comentario se acerque siquiera a la suela de tu texto…lo se, lo se..
    Más gracias, muchas..

  2. Me lo ponéis difícil los dos. Uno por enigmático y otra por exactamente lo contrario. Miguel Ángel, entre los muchos que se me ocurren, me quedo con el significado más favorable para mí de esos puntos suspensivos. Así que te los agradezco.

    Pepi, ese tuyo es justamente el tipo de comentario que cualquier escribiente, estoy seguro, teme recibir. Porque hay que contestarlo, como a cualquier otro. Y lo que pide el cuerpo, créeme, es no añadir una sola palabra, quedarse callado y disfrutar para uno mismo del asombro y del pequeño orgullo de contar con lectores así. De modo que me vas a permitir que ceda a esa tentación, que para eso hay confianza, y añada sólo una, pero eso sí, letra por letra y bien sentida: gracias.

  3. Los puntos querían significar varias cosas, de enigmático tengo poco de puro bruto.
    Que supieras que lo he leído y que no tenía nada que añadir pues me pareció perfecto, y también podrían servir para recomendarte como amiguete de web, si me permites le apunte,que no parases ahí, la mía se me marchó y me quedaron muchas cosas por decirle y estoy muy arrepentido de ello.

    Saludos

  4. Acerté entonces, y ahora te confieso que estaba bastante seguro pero en fin, uno nunca lo está del todo de nada: el significado era el más favorable para mí. Gracias de nuevo. También por el apunte, por supuesto. Un abrazo, amiguete de web.

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