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Para Roxana, que sin saberlo alumbró este blog. DEP

Noche invernal en la ciudad exterior. Regulan los semáforos su pulso y baja el ritmo cardiaco de los durmientes. La sangre fluye con la misma cadencia de los automóviles que transitan las rondas y los bulevares, todas las arterias tan excesivas ahora, también en la ciudad interior, en el círculo intramuros, tantos muros, tantos círculos. En un apartamento de Juan Bravo, una mujer bebe a tragos largos y espaciados frente al televisor y cuando los ojos ya se le cierran, deja el vaso en el fregadero y sube el embozo de las sábanas de su bebé, antes de acostarse en una cama demasiado grande para ella sola, apenas necesita embriagarse un poco para dormir. Un hombre de vuelta del trabajo cuelga su chaqueta en el perchero de un piso del Barrio del Pilar, su mujer le avisa desde la cama de que la cena está en la cocina. Come solo, de pie, sin vino para no añadir más grados al licor que destila su ánimo.

En la noche de diciembre la niebla espesa aún más los muros entre la ciudad exterior y la interior, reblandece el asfalto, difumina las fachadas y hace invisibles los balcones y a quienes circunstancialmente los habitan. En un callejón cercano a la Plaza de la Cebada, desierta y pacífica mientras la ciudad prepara su cena, una pareja de jóvenes se despide un día más hasta el siguiente besándose en la niebla. Sobre sus cabezas, un eco sordo de metal contra metal. Abuelo, no me joda, métase para adentro, hombre, que se va a enfriar. Pero cállate, déjale tranquilo, dice ella entre risas y caricias. Cada noche se detienen para despedirse bajo ese balcón y cada noche ven al viejo desconocido asomado a él, haga frío o calor. Hoy a duras penas distinguen su silueta, recortada por la luz mortecina de una bombilla desnuda, siempre vestido como para salir o recibir visitas, siempre apoyado en una especie de muleta corta y gastada que hace tintinear a veces contra el hierro de la baranda.

A la hora en que la ciudad interior retira sus platos sucios, el anciano dibuja una lenta media vuelta para abandonar un día más el balcón y volver a entrar en casa. Ella come aún sentada a la mesa, unos gajos de naranja, una hora ya desde que empezó la cena, tan premiosa siempre para todo, tan frágil y resignada. Le mira con los ojos que le miran siempre igual, viejas cenizas salpicando su rostro leñoso, mirada hueca, vacante, me miras igual que a la fruta que comes y ni siquiera oyes lo que digo. Te habrás quedado helado en el balcón, te acerco el calentador si quieres, pero él la detiene con un gesto seco y busca su sillón de piel gastada por el tiempo y el uso, recuerdo de tiempos más agradecidos, mejor conservar lo viejo noble que renovarlo con fibras sintéticas, cuánta tontería inventan. ¿No comes nada? Bah, leche con galletas, cuando tú termines. Sostiene la muleta entre las piernas con ambas manos, sentado frente al televisor, siempre a demasiado volumen, yo también acabaré sordo. De vez en cuando -un tic impredecible- hacer rebotar la poca goma que le queda a la punta contra el suelo.

Demasiado nervioso, demasiado impaciente, murmura ella mientras recoge los pocos platos que ha ensuciado, esperando eternamente sabe Dios qué, ni tú mismo lo sabes. Tal vez que se disipe la niebla, que llegue la mañana, o que no llegue, que me levante yo para cenar tú, o que no me levante nunca más, que llegue el día en que regrese del balcón y no me encuentre en la casa. Camina hacia la cocina con los platos en la mano y cruje la madera del suelo contra sus huesos. En el larguísimo pasillo apenas se ve, podría recorrerlo ciega si llegara el caso, tanto tiempo habitándolo, o tal vez es ya el propio pasillo quien me habita a mí, demasiado oscuro y húmedo como toda la casa, como todas las casas de los viejos que prefieren lo conocido a lo sintético.

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Trinity – Mi Matrix particular

Confines de la ciudad interior, sombras de la batalla diaria, madrigueras olvidadas bajo la niebla. Es por eso que la casa huele a humedad y a frío y que la luz artificial emana de las propias paredes, de los techos y los suelos cuarteados y no de las bombillas, como si fuese aún la luz originaria, la primera que se encendió en aquellas estancias, luz que no alumbra sino que impregna, que no se renueva a cada golpe de interruptor, luz estancada, ajena a su propia naturaleza, luz obsesiva y añeja. Solo la encienden cuando es imprescindible, por costumbre de ahorrar y tal vez porque les recuerda que son viejos como ella. Viejos como la luz artificial, viejos como sus platos viejos y rayados por el uso, que nunca acaban de blanquear por mucho que se frieguen, viejos como la soledad y la desmemoria y el dolor, el paso del dolor que ha de encontrarnos de rodillas en la vida, frente a frente y nada más. Que canción más bonita. A veces tararea algunas estrofas, como ahora mientras recorre el pasillo en sentido inverso, secándose las manos con un trapo de cocina.

¿Quieres que te caliente ya la leche? No le contesta, se ha adormilado ante el televisor encendido. Va a apagarlo -luz innecesaria- y al hacerlo repite el mismo gesto de siempre, acariciar con dos dedos -manías de viejos, se dice a sí misma- el dispositivo inalábrico portátil que tantos ancianos usan para comunicarse con las asistencias sanitarias en caso de emergencia, botón del pánico le dicen, a quién se le ocurriría ese nombre. Debería llevarlo siempre del cuello, para eso tiene un cordón, pero sabe que a él le molesta vérselo puesto, pura superstición o aprensión, manías de viejo. Logró convencerle al menos de que estuviese a mano, colgando de un clavo sobre el televisor, cerca de donde suelen pasar la mayor parte del día. De noche lo traslada al dormitorio para que duerma junto a ellos, unas veces sobre la mesilla, otras colgando del pomo de hierro del cabecero. También de madrugada, en tantas ocasiones en que despierta sin saber por qué, repite el gesto de rozar el aparato con las yemas de los dedos, dibujando un círculo alrededor del pulsador de plástico. Pero ahora, qué extraño, al hacerlo una vez más mientras apagaba el televisor, le ha parecido que su tacto era diferente al que está habituada. Él gruñe levemente desde la frontera porosa entre la vigilia y el sueño cuando percibe, o intuye, o sueña quizá, que le han apagado el televisor, la cabeza suspendida sobre el pecho, los pies cruzados, la muleta firmemente agarrada, alguna vez ha despertado súbitamente mientras dormitaba en esa misma postura blandiéndola frente a sabe Dios qué incierto enemigo.

Le observa así un momento, el rostro centinela, agrio, bravo incluso mientras duerme. Suspira levemente mientras se acerca un instante a la mesa en que cenó para sorber un trago del vaso aún medio lleno, tengo que beber más agua, y mientras bebe conserva en los dedos la inusual textura del llamador electrónico, no se habrá estropeado con el frío. Vuelve sobre él preocupada, cuesta tanto reponer o arreglar cualquier cosa en esta casa. Lo toca de nuevo y sí, no hay duda, le parece distinto, quizá más blando y a la vez más áspero, qué raro. Lo descuelga de la alcayata, acerca sus ojos débiles y cuando por fin enfoca correctamente un breve escalofrío le sacude el cuerpo. Quizá le engaña la vista, no sería la primera vez, pero le parece que ha cambiado de color, incluso de forma, como si la niebla que no cesa murallas afuera hubiese encontrado un resquicio para penetrar en el aparato hasta difuminar sus contornos y alterar sus materiales. Cómo es posible. Es un sueño, quizá la pesadilla de él, que le trasciende y me alcanza. O quizá soy yo. Qué vieja estoy, qué viejos estamos, por un instante sonríe mirándolo y tararea, mi suerte necesita de tu suerte y tú me necesitas mucho más.

Vuelve a dejarlo con cierta aprensión sobre el televisor y allí parece de nuevo el mismo de siempre. Un mero desvarío de abuela cansada. Se siente desorientada, con frío. No le ha sentado bien la cena. Le despertaría para no sentir sola este extraño y desacostumbrado recelo, nunca se acaban de conocer todas las caras del miedo, pero ya no aprecia su compañía, no la percibe, no la distingue demasiado de su ausencia. Quizás poner el televisor, o asomarme un momento al balcón, el aire me sentará bien. Coge la rebeca del respaldo del sillón donde él duerme y sale buscando alivio en la ciudad exterior, pero las luces disueltas y los ruidos sordos de la plaza brumosa la turban aún más. Que noche tan ingrata y sombría, la niebla huele a óxido y cala el alma y los huesos. La música me animará, yo tengo ese bolero grabado en alguna cinta, si bajo mucho el volumen no tiene por qué despertarse.

Cerró tras de sí la puerta del balcón con las manos temblonas y el ánimo enredado, buscó en los cajones y halló entre los casetes arrumbados uno con letras grandes azules en la cubierta. No recordaba el título de la canción pero sí, me parece que sí, era la primera, o la segunda de una de las caras. El rostro sonriente del cantante la acompaña en el camino hasta el viejo radiocasete comprado en los años 80,  tiempos mejores, que aún les da servicio, sobre todo a él, para escuchar el fútbol y las tertulias políticas. Duerme todavía, la barbilla definitivamente clavada en el pecho, la boca abierta y los dedos entrelazados alrededor de la muleta. Ella forcejea un instante con los botones del aparato, intentando recordar cuál de ellos abre la portezuela, tan torpemente que la cinta cae de sus manos y va a estrellarse al suelo. Teme que el ruido le haya despertado, pero él apenas ha emitido una leve queja. Se agacha con esfuerzo para recoger la cinta y al incorporarse, como casi siempre le sucede con ese mismo gesto, se marea levemente.

niebla 4No puede evitar entonces volver los ojos de nuevo hacia el artilugio de comunicación con las asistencias salvadoras. Nunca lo había usado, gracias a Dios, ignoraba qué había al otro lado de la línea, una amable señorita que la atendería solícita y eficazmente, siempre ponen jovencitas. Tal vez esta era una buena noche para probarlo, para decirles que se encontraba mal, que sentía frío enquistado, mareos y una indefinida zozobra. Descolgó el aparato y se lo ajustó al cuello para tenerlo cerca del pecho. Introdujo la cinta en el casete y lo puso en marcha. La voz honda del tanguero envolvió la habitación al tiempo que ella se acercaba al sillón, apartaba despacio la muleta de las manos de su esposo y le acariciaba la cara para despertarlo, te has quedado dormido en el sillón otra vez, cena algo y te acuestas. Él abrió los ojos lentamente y miró a los de ella, tan cerca ahora. La música lo desconcertó, hizo ese gesto de sonámbulo torpe que a ella le divierte tanto, le arrancó una risa. Vamos a bailar, le dijo sujetándole las manos. El se dejó hacer, el cuerpo y la cabeza todavía entumecidos pero la risa de su mujer pareció contagiarlo. Se puso de pie apoyándose en ella, logró deslizar las manos hasta su cintura y descargó allí todo el peso que su pierna enferma le rechazaba.

Jamás quiso llegar el desengaño, ni el olvido ni el delirio, seguiremos siempre igual. Le ayudó pasando los brazos bajo las axilas de él, abrazando sus hombros por detrás. Apoyó el rostro en su pecho y así bailaron uno sobre el otro entre zarandeos y desequilibrios, él arrastrando la pierna, empleando sus últimas fuerzas en rodear gallardamente su cintura con un brazo para llevarla en volandas. Ella despegó un momento su rostro del pecho de él, le miró otra vez a los ojos y pegó entre risas los labios temblones a su boca. Tomó su mano y la llevó hasta su propio pecho para apretar el pulsador portátil, los dedos de su marido entrelazados con los suyos. Volvió a besarle. ¿Quién va a venir? preguntó él mientras ella le arreglaba el pelo. Se apretó contra su cuerpo cuanto pudo. Apenas unos segundos después sonó el timbre de la puerta y él quiso despegarse para abrir, pero ella le abrazó aún más fuerte. ¿Quién es? ¿A quién has llamado? preguntó de nuevo acariciándole el rostro. Ella se encogió de hombros y devolvió la cara a su pecho. Cuando el timbre dejó de sonar, la puerta se abrió bruscamente y un jirón de viento helado se deslizó alrededor de ambos, como una corriente de aire entre dos huecos recónditos que se abrieran al unísono.

Ella reconoció inmediatamente la textura de lo que los iba envolviendo. Era el mismo vaho gris, la misma niebla grumosa que había percibido minutos antes en el balcón. Una brevísima convulsión, un espasmo seco casi imperceptible y de inmediato su cuerpo, tan apretado al de su esposo, se destensa por completo y se dobla hacia atrás, sobre el brazo con que él sujeta su cintura. La sostiene como puede contra su pecho y así baila hasta que le fallan las fuerzas y el cuerpo inerme se le escapa lentamente hasta el suelo. En él último momento logra sujetarla por los hombros y da con ella en brazos el último paso, el paso del dolor que ha de encontrarnos de rodillas en la vida, frente a frente y nada más. Siente en la nuca el gélido aliento y se le curvan los huesos hasta derrumbarse sobre su mujer.

Abajo, en la ciudad extramuros, la pareja que se despide cada noche se demora hoy un poco más en los besos aprovechando la niebla. La chica se sobresalta cuando las puertas del balcón de arriba se abren súbita y bruscamente, como si un golpe de viento brutal las hubiese empujado desde dentro exhalando un objeto pequeño, una especie de aparato de plástico ennegrecido enlazado a un cordón que apenas tienen tiempo de ver porque se esfuma en la niebla en su vertiginoso descenso. Será posible abuelo, casi me da, tenga cuidado, joder, que hay gente debajo. Qué estará haciendo el viejo, un poco de respeto, hombre. Deja, le dice ella, olvídalo y vuelve a besarme. Disfrutan de sus cuerpos, del azúcar de las caricias y el calor de los alientos, piel sobre piel en un rincón invernal y nocturno, un pedazo de la ciudad exterior común a los solitarios, los nostálgicos, los felices y los amantes que se besan abrazados haciéndose promesas, en la certeza de que siempre, cualquier noche, será buena para jurar amor eterno.

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7 comentarios en “Encadenados

  1. Tristemente bello…
    Me lo he tenio que leer casi tres veces, no lo entendia bien.. ahora ya creo que si, pero me faltan las palabras, estoy ahí revolviendo el baulillo de mis culturas, y no encuentro más..gracias..
    nota1. este mediodia, al pasar por el puesto de Hassan, en lugar del buenos dias o el hola que lleva diciendome hace años me ha dicho “tienes carita de cansá”, como debo estar pa que me halla dicho tantas palabras juntas…es por eso que me ha costao entenderlo, por eso solamente…
    nota 2. volveré a leerlo seguro, porque me encanta..

  2. Bonito. Me ha recordado en algunos momentos, o más bien en un momento muy concreto, una balada antigua de un grupo de mi tierra. No sé si los conoces o los recuerdas, Tahúres Zurdos. Gracias por la lectura. Un beso.

  3. “Tantas palabras juntas”. Qué arte, el tuyo y el de Hassan. Lo saludas de mi parte. Con esa galvana encima, te agradezco todavía más (fíjate que no he dicho “aún más”) que entres, que leas y releas y que comentes. Gracias, guapa, de verdad, a ti y a tu baúl. Saludámelo también, al baúl. Ya te he dicho que me gusta mucho verte aquí ¿no?

    Navarrica pues. Claro que conozco a Tahúres, y he seguido un poco la carrera de Aurora en solitario, y hasta creo intuir a qué canción te refieres. Sabrás disculparme si meto la pata, pero apostaría por esta que pongo abajo. Gracias, un beso.

      1. Me chivan que Aurora Beltrán batió algún récord de precocidad con esta canción, porque al parecer la compuso con doce o trece años. Lo cierto es que yo no tenía muchos más (bueno sí, bastantes más) cuando escribí la primera versión de este relatillo. Y se nota tanto en la canción como en mi texto, claro, ambos pecan de esa especie de intensidad reconcentrada que ataca en la adolescencia (a ella en la infancia). Pero bueno, si la Beltrán la sigue cantando, pues yo también tengo derecho a rescatar mis cosas de los cajones, darles una manita de pintura y sacarlas a pasear. Así que ya ves, acierto pleno por tu parte, la canción se adapta al texto como un guante. Gracias por caer en la cuenta de esta pequeña coincidencia, o curiosidad o lo que sea, me ha hecho ilusión.

  4. Mi madre tiene un chisme de esos siempre perdido por ahí. Me ha gustado mucho, Albert, y las fotos. Vi Winter’s bone hace tiempo, me encantó. (Otro día voy y vengo y te digo un montón de cosas que no me gusten).

  5. Gracias, Procu. Así de cerca todavía impones más, que lo sepas. Me alegro de que coincidamos otra vez en una película después del periodo de desencuentros: ese seco retrato de los hillbillies norteamericanos es una pequeña obra maestra y una clara señal, otra más, de que su actriz protagonista, la rubia de moda, agarra al vuelo los buenos personajes estén donde estén, en Hollywood o en pequeñas producciones independientes como esta, bien por ella. Me alegro también de que te haya gustado el cuentecito y te tomo la palabra, te espero aquí para ponerme a parir cuando toque. A tu madre le das la enhorabuena de mi parte por su niña, que le ha quedado estupenda.

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