Regreso al libro después de una semana de ausencia. El marcapáginas de Barnes&Noble sobre la 80. Ya he conocido a Beatriz Noguera, siete días y seis mil kilómetros atrás pude contemplarla a mis anchas a través de la memoria del ya no tan joven De Vere. Quise leer en el avión, pero me quedé profundamente dormido nada más despegar y desperté sobre las costas portuguesas, ya no merecía la pena retomar la lectura y además el azul luminoso invitaba a olfatear la Península, nunca me canso de mirar mi país, recuerdo haberlo pensado así en ese momento y probablemente jamás llegaré a verbalizarlo ante nadie: los viejos y estúpidos complejos.

“Era muy alta, casi tanto como su marido, y con tacones lo sobrepasaba. También era grande de constitución y de huesos, lo cual frenaba la solidaridad de otras mujeres y la compasión de los hombres, resultaba arduo imaginar que alguien de aspecto tan saludable y potente precisara protección de ninguna clase, ni consuelo. Al recrearme en su figura me acordé del viejo piropo infantil y levemente grosero, ‘maciza’, y se me ocurrió que en realidad era bastante preciso y bien hallado”. Hace calor en el jardín de Cristina. Ella trabaja en cuclillas sobre sus hortensias, descalza y con el pelo recogido, la falda a medio muslo, el broche del sujetador levemente anotado en su espalda bajo la blusa blanca de faena. He llegado al momento en que Beatriz recuerda -tal vez, quién sabe en realidad lo que pasó por su cabeza en ese instante- la frase de Hamlet que da título al libro. No sé cómo percibe que he levantado los ojos de las páginas, apenas un segundo después gira la cabeza sonriéndome con un tallo firmemente sujeto, me admira su capacidad para sacarlo del tiesto sin provocarle el menor daño, sé que la planta se siente segura en sus manos. Lo estoy terminando, le digo, no quiero detenerme ¿a ti cuánto te queda? Acabar esto, ducharme y vestirme, una hora como mucho. Yo creo que me da tiempo. Si dejas de mirarme a lo mejor, contesta apartándose el flequillo con el antebrazo mientras calibra en silencio mi mirada sin abandonar la sonrisa: Luego me dices qué quieres que me ponga, hoy voy a darte el capricho. Regresa a sus hortensias y yo a mis párrafos, a las palabras que el ya no tan joven De Vere dirige a quien aún lo era: “Cáptalo todo intensamente, mira con atención a esa mujer y guárdalo a buen recaudo, porque más adelante te lo reclamaré, y me lo tendrás que ofrecer como consuelo”.

Susi leyó el libro antes que yo. Fui a verla la misma tarde en que aterricé en Madrid y me lo dijo durante la charla, casi sin venir a cuento, con un destello de gracia impostada en los ojos que la delató, se le notó el esfuerzo por aligerar la mirada: ¿Has leído la última novela de Marías? Me ha encantado. Llegará el momento en que lo verás de otro modo, le dijo su médico. Cuando hayas olvidado los dolores de ahora, cuando no te impidan dormir ni pensar con claridad. Entonces entenderás que no has perdido calidad de vida, sino todo lo contrario. Te acostumbrarás, preciosa. Me llamó así, “preciosa”, me contó suavizando otra vez el gesto. ¿De qué te extrañas? A ese tío le gustas, te lo he dicho mil veces. Seguro, mi traumatólogo está loquito por mis huesos, me contestó dedicándose una breve sonrisa de autocompasión. Conozco a ese doctor, en aquella consulta decisiva la acompañó su hermana pero yo lo hice durante años, tantas consultas siempre con él, desde el principio le habló con absoluta franqueza, hasta el punto de insinuarle en esa última cita que esto no habría sucedido si se hubiese cuidado más. “A veces propiciamos que ocurra lo que más tememos porque la única manera de librarnos del pavor es que el mal haya acontecido ya. Que esté en el pasado y no en el futuro ni en el reino de las posibilidades”. Hoy, después de terminar el libro que ella leyó mucho antes, la imagino en el instante de estrenar su silla de ruedas y pienso que tal vez -quién lo sabe- se le pasó por la cabeza en el trance lo mismo que a Beatriz Noguera en el suyo: Así empieza lo malo y lo peor queda atrás.

Me llama Amparo para contarme que Rot ha muerto. La noticia me sorprende ultimando la mudanza. Estoy en Nueva York, ya me contarás los detalles, esto te va a costar un dineral. No me escucha, se atropella encadenando justificaciones, disculpas y lamentos, no vuelvo a decir una palabra, la dejo desahogarse hasta que por fin me pregunta dónde quiero que lo entierre. Era tuyo, Amparo, tú decides, no tienes que consultarme nada. No, no, quiero que sea donde tú me digas, por lo menos eso. Me acuerdo de sus ladridos de protesta cada vez que me veía encaramarme a la grupa de Amparo o de su mirada alerta y hasta penetrante en los primeros minutos de cada partido que el Barça jugaba en la tele, nunca supe, ni sabré ya, a qué obedecían aquellas extravagancias en perro tan sensato y cabal, tan breve como leal compañero para mí y sobre todo para ella más tarde. Amparo acaba por contagiarme su melancolía. En el carrizal del río, le digo por fin, que te ayude tu hijo, cava bien profundo y déjale al lado una de tus coronas de abrótano. Mientras doblo ropa recuerdo los arrebatos estacionales de aquel río que nunca fue persona de fiar. Una de las próximas primaveras, bajo el ojo vigilante de la luna centinela y fría, el río se lo arrebatará a la tierra, aguas abajo hasta Aranjuez y desde allí una larga travesía por mi país hasta llegar al suyo, un breve intermedio en el estuario bajo el puente en Lisboa y oportunas corrientes que transportan plácidamente a aquel rojo peluche hasta los acantilados de Cork, de vuelta a casa. Debería contárselo a Mónica, pensé entonces. Aún no lo he hecho. Me envió un mail desde Amsterdam, me mandaba fotos de la niña y me contaba demasiadas cosas y demasiado pesadas para tantos kilómetros de distancia. No contesté entonces ni lo haré, tal vez le diga que no recibí ese correo, que debió perderse en el ciberespacio. Ni siquiera sabe que he vuelto. Para qué. Resulta arduo imaginar que alguien de aspecto tan saludable y potente precise protección de ninguna clase, ni consuelo.

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16 comentarios en “Beatriz Noguera

  1. lo empecé a leer hace un tiempo y lo abandoné porque no me enganchó. ahora, leyéndote, creo que le daré otra oportunidad, por si me perdí algo. sin embargo, lo que quería decir realmente es que hola, bienvenido a tu casa (y que ya podrías quedarte unos días) y que siento la muerte de rot.

  2. Eso mismo pensaba yo mientras te leia.. que se se comenta a esto? que palabras soy capaz de ordenar y dotar de un minimo sentido para corresponder a tanta..belleza? sensibilidad?elegancia?generosidad?..no se, quillo..no se..
    Asi que iba a escribir un simple “hola”, y va la señorita de arriba y se me adelanta….

    Notas:1. leyendote me gustaria leer ese libro, pasamelo. 2. No sabes (o si) lo terriblemente doloroso que resulta a veces ser tan robust@ por fuera, mientras te rompes en cachitos por dentro y nadie lo ve, porque nadie lo espera.
    3. Cambio el “hola” por un “gracias”.

  3. Hola, Hilia. Creo que Marías aburre o hipnotiza, siempre y sin término medio. Yo diría que te perdiste algo muy grande, pero claro, yo soy de los hipnotizados. Muchas gracias, por la bienvenida, por los deseos (a ver si me estabilizo en algún lado, sí) y por el sentimiento.

    Me ruborizas, niña. Mucho.
    1. Te lo dejo encantado. Pero me acuerdo de que no te gustó “Corazón tan blanco” y Marías, de un modo u otro, siempre escribe la misma novela. Y que no pare nunca.
    2.Sí me hago una idea, sí.
    3.Gracias a ti, siempre.

  4. Me alegro de verte de nuevo enredando por tu casa. Habrá que agradecérselo a Marías o a las olas de calor consecutivas (lo que antes llamábamos “verano”). Espero que sigas en ello, Albert.

  5. Hola, Driesde. Una grata sorpresa verte por aquí. El calor y Marías me provocan el mismo efecto, muy cierto: me abren los poros y me suavizan el cutis. Me gusta tu avatar. Yo también espero seguir contando con tu presencia. Gracias, saludos.

  6. No te sientas acomplejado porque te guste el olor ni de tu tierra ni de tu gente.
    Hace un par de días sonreí sin mucho afán al ver una dedicatoria en un viejo libro invitándome a no olvidar mis raíces, que sin ellas no sería nada decía sin saber lo innecesario de tal consejo.
    Me encanta mirar quien se ríe cuando en mi pueblo respiro hondo y digo “huele a mi gente”, es que siempre me fascinaron los rostros de cretinos.

    Siento lo del perro, estoy convaleciente del mismo trauma. Intento ver lleno ese espacio con las 8 patitas que me quedan dándome vueltas alrededor pero no lo consigo.
    Para mí también es momento de asumir las dolorosas y lógicas bajas de la vida, las esperadas y las que no lo eran tanto. Momento de ir organizando todo ante una posible baja propia, nunca se sabe, para facilitar en lo posible el asunto a aquellos que se queden en este pisto de necios que estamos cocinando a fuego rápido y del que no me está gustando nada ser partícipe.

    Ya ves, con este aspecto tan aparentemente saludable y potente….jajajjaja… me jodería que me protegieran y detestaría que se pudiera pensar que mereciera consuelo…jajajaj……….

    Un gusto leerte, saludos.

  7. “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la Hemiplejía moral”.

  8. De acuerdo, sin complejos: a ti sí que da gusto leerte. Y más: envidio tu coraje. Desde siempre, probablemente desde que te leí por primera vez. Asocio inconscientemente tu presencia o tu recuerdo a esa palabra, que tanto me gusta y tan pocas ocasiones para usarla ofrece ahora ese pisto de necios del que hablas: coraje. Gallardía, generosidad, franqueza, naturalidad. Cojones. Inconscientemente, decía. Me doy cuenta ahora leyéndote una vez más y no quiero perder la ocasión de dejarlo escrito, precisamente por lo de ir organizándolo todo, nunca se sabe.

    “No es mío”, no sé de qué hablas, o más bien a cuento de qué lo traes aquí. Pero ahí se queda, por qué no.

  9. Llegué a este blog a través de otro, empecé a picotear entre las “cintas escogidas” y ahora navego a salto de mata por el resto de las entradas. Me entretiene y me interesa la lectura, a menudo los textos provocan sonrisas, congojas, reflexiones y por qué no decirlo, también resultan estimulantes en otro sentido. A veces todo eso a la vez. Sobre este último, me asombra en particular la habilidad y la discreción para deslizar la clave de la trama del libro de Javier Marías sin que aquellos que no conocen la historia que cuenta puedan detectarlo. Supongo que no me equivoco y que entiendes a qué me refiero. Es un placer leerte. Intuyo por textos anteriores y por los comentarios que he llegado al blog en un momento de reapertura o “impasse” y te animo también a que continúes. Nada más. Gracias por la lectura. Y si me lo permites, un beso.

  10. L., bienvenida. Me dirijo a ti como mujer por el beso final, espero estar en lo cierto. Gracias por lo que dices de los textos, eres muy amable. Te agradezco especialmente lo que comentas sobre este, porque efectivamente me divirtió introducir ese pequeño guiño para los que sí han leído la novela, entre quienes evidentemente te cuentas. De modo que no, no te equivocas: no es casualidad. Las historias de Marías, tan minimalistas y tan abrumadoras al mismo tiempo, la trama cabe en una línea pero contiene toneladas de experiencia e inteligencia. Aprovecho tu comentario para enlazar aquí la (para variar) muy certera reseña que Josepepe escribió hace tiempo, abajo va. Gracias de nuevo, un beso.

    http://caminodesantiago.canalblog.com/archives/2014/10/11/30742328.html

  11. Pasión por la novela. Y por las hortensias. Sintonía total.

    Antes, cuando los navegantes se acercaban a Europa desde América lo primero que veían eran los Picos de Europa. Ahora, lo que vemos son los braseros que la población portuguesa enciende por la noche en las costas en forma de ciudades para dar la bienvenida al soñoliento viajero.

  12. Las hortensias están acusando el duro verano mesetario, eso asegura la dueña, pero mi ojo poco entrenado las ve de momento igual que siempre. Lo que dices de los navegantes antiguos y los fuegos modernos me ha recordado a Formentera. En algunos de los muchos periodos de hambruna que la isla ha padecido durante siglos, uno de los recursos que usaban los escasos habitantes era encender hogueras dispuestas de tal modo que imitasen el faro de Sa Mola y apagar éste, con el fin de desorientar a los barcos y estrellarlos contra las escolleras. Días después de la rapiña llegaba la autoridad desde Ibiza, restauraba el faro y trasladaba a todo el que encontraba, culpable o inocente, hacia uno de los peñascos que hay en Es Freus, el canal que separa ambas islas. El nombre de ese islote recuerda todavía hoy -con poca delicadeza- a aquellos salteadores que al menos visitaban el cadalso con la panza llena: Des Penjats.

    1. Qué historia, Albert. Picaresca de la desesperación en estado puro. Merece un sitio en los «Momentos estelares de la humanidad», de Zweig, que cita el joven Sámuel y me han entrado ganas de leer… en Formentera.

      1. El libro de Zweig lo leí hace muchos años, Sámuel todavía no habría nacido. Fue por obligación académica pero mantengo un recuerdo imborrable, en especial del capítulo dedicado a Núñez de Balboa. Formentera es un lugar muy pequeño pero muy denso, con multitud de capas superpuestas que entremezclan la realidad más descarnada y la irrealidad más impenetrable. Julio Medem usó la isla como metáfora -con poca fortuna en mi opinión- en su “Lucía y el sexo”. He hablado muy poco de Formentera en este blog, quizá sea el momento de empezar a remediar eso empezando por las capas más ligeras. Ahora hace tiempo que no voy, pero la siento tan propia que me otorgo el derecho a darte la bienvenida si finalmente decides visitarla.

      2. Gracias, Albert, a ver cuándo vamos. Un amiga sentía una verdadera pasión por dos islas que visitaba a menudo, Formentera y Cuba, y la pobre acabó por morir en una tercera, La Española (RD-Haití), que visitaba por primera vez. Espero leer a Zweig durante este agosto, a ver si comento algo.

  13. Sintonía total, decías en un comentario anterior, y vuelvo a leerte y no resisto la tentación de quedarme con la última palabra. Dos veranos, dos, estuve en el mismo mes en ambas islas, Formentera y Cuba. De esta última, después de un peregrinaje por medio mundo para burlar al castrismo (esto también debería contarlo con detalle), llegó mi añorada Dafne, de la que he hablado es estas páginas. Nunca he estado en la República Dominicana, pero desde hace años Santo Domingo viene a visitarme en carne y hueso casi todas las semanas. Brindamos con Brugal por tu amiga. Te gustará Zweig, y espero que en el comentario sobre el libro me reconozcas como merezco el riesgo de predecirlo y el mérito de haber acertado.

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