Los aeropuertos modernos se diseñan teniendo en cuenta el miedo atávico a volar que subsiste en el inconsciente del individuo, aun en el de los más curtidos viajeros. Lo había leído, escuchado tal vez. Susana V. echó un vistazo alrededor recordando la idea, y aunque no observó en principio nada tangible que la concretase, pensó que debía ser cierto, más porque la asespsia de aquellas instalaciones despejaba al viajero de cualquier emoción, incluido el supuesto temor a despegar los pies de la tierra, que porque le ofreciese otras sensaciones alternativas más reconfortantes. Nada facturó porque nada llevaba excepto las ropas con las que hoy se vistió y el pequeño bolso que siempre cuelga de su hombro. Antes de embarcar hizo una última llamada telefónica, con la remota esperanza de encontrar a quien iba a buscar sin necesidad de tomar el avión. Hola hija, no, no ha llamado nadie preguntado por ti; ¿vienes a cenar? En los aeropuertos, como en las antesalas de las consultas médicas, la espera es siempre impaciente y aprensiva, sobre todo si se está solo. Los pasajeros, como los enfermos, aguardan para ponerse en manos ajenas, una puerta se cerrará tras ellos y entonces su voluntad, su entendimiento y su experiencia serán en vano. No se puede saltar, no se puede salir de un avión en marcha. Lo que le ocurra a la nave le ocurrirá contigo dentro. Susana V. siguió el razonamiento hasta concluir que, una vez en su interior, el avión te lleva a donde él va, aunque uno se arrepienta a medio camino y ya no quiera dirigirse allí. Supuesto absurdo sin duda para cualquiera de sus compañeros de vuelo, para cualquier pasajero. No para ella, tal vez.

En la sala de embarque, miró una vez más el panel luminoso: su vuelo tenía ya quince minutos de demora. Es la nieve, oyó decir a alguien. Está nevando en Madrid, es cierto, ya nevaba sobre el taxi que la llevó hasta el aeropuerto, ahora lo recordaba, que nevaba entonces y que había cogido un taxi, como un sueño, como una sombra de la realidad, aun cuando era la realidad misma. Había despertado sola en la habitación de un hostal barato, le había llamado desde la cama pero él no contestó. No puede ser verdad, no te has ido. No, por favor, por favor. Desde el amanecer conversaron tumbados en la cama, observándose mutuamente, descubriendo ante el otro el anverso de sus respectivas vidas. Ernesto empleó frases oblicuas cuando se refirió a las razones y el propósito de su viaje, no hay mucho que explicar, quiero recorrer Europa en tren, nada más. Apenas desveló una intención, apenas murmuró el nombre de dos ciudades como próximos destinos. Al levantarse decidiría a cuál de las dos se dirigiría. Quédate en Madrid unos días, viajas sin rumbo, qué más te da. Él le apartó el pelo de la cara, o quizá le acarició un pecho o la besó en los labios, durante toda la noche repitió uno de esos tres gestos antes de contestar a una pregunta. No, no más de tres días en el mismo lugar, fue la única regla que me puse, no tengo mucho más tiempo. Te enseñaría la ciudad, lo pasaríamos bien, dime que por lo menos lo vas a pensar. Entonces él le metió la mano entre las piernas, eso sí lo recordaba bien. Ella apretó los muslos, buscó su boca. Ernesto se durmió antes y Susana V. pasó una hora mirando al techo, tratando de encontrar razones para convencerlo y temiendo no tener tiempo suficiente para usarlas. Preguntándose qué tenía aquel tío, uno más, atractivo e interesante pero uno más, lo había conocido apenas diez, once horas atrás, le gustó desde que lo vio solo en el bar, tal vez algo excéntrico, no hay mucha gente que viva viajando sin rumbo y sin compañía. Bien entrada la mañana, Susana V. se rindió al sueño. Último aviso para los pasajeros del vuelo IB3106 con destino a Lisboa: embarquen, por favor.

Apartó la vista de los folios y se quitó las gafas, sonreía. Hace casi cuarenta años, Albert. El número de vuelo te lo has inventado, eso no lo recuerdo, no puedo habértelo dicho, ni tampoco a mi hija, de eso estoy segura. Susana V. es aún una mujer bella, Mónica ha heredado cada uno de los rasgos de su rostro. Sentí una especie de absurda envidia retrospectiva a cuenta de aquel Ernesto. Me halaga que te interese mi pequeña historia, me dijo; sírvete algo mientras sigo leyendo.

Permítanme ayudarlas, señoritas, estamos a punto de salir. Dejan su equipaje en manos del maletero, que las acompaña hasta su compartimento. Allí saludan a su único ocupante, un joven de larga y cuidada melena negra. Ernesto contesta al saludo sin apenas mirarlas y baja de nuevo la vista hacia el libro que hojea. Había confiado en viajar solo, pero a última hora las dos pelirrojas aguaron su pequeña suerte. Ellas susurran palabras en su idioma mientras se acomodan, sin duda celebrando que el tren va a iniciar su marcha. El aire en el compartimento de un tren nocturno a punto de partir reverbera levemente como una tenue llama y esculpe todos los sonidos, sobre todo las voces, que suenan allí íntimas y puras, perfectas, como recién estrenadas para la ocasión. Una de ellas, la más alta, rebusca en la mochila hasta dar con una caja de chocolates y antes que a su compañera se la ofrece abierta a Ernesto. ¿Eres español, te gusta viajar en tren? Lo ha preguntado en un castellano correcto pero con un marcadísimo acento centroeuropeo, tal vez quiere practicar el idioma o le apetece conversar. Le devuelve fugazmente la mirada mientras contesta con una sonrisa exigua. No, gracias; soy italiano, me gusta mucho el tren. Probablemente ha conseguido no parecer extraño ni descortés, solo tímido o reservado. Tal vez no vuelva a dirigirse a él, comprenderá que no tiene ganas de hablar. Quiere dormir hasta llegar a Barcelona. Cualquier sitio es bueno para empezar a acabar. Dormir, viajar, vagar, huir.

Susana 3Frases oblicuas, una intención apenas desvelada, dos nombres de ciudades en un susurro. Una vez en el avión, Susana V. vuela hacia su destino aunque se arrepienta a medio camino y ya no quiera dirigirse allí. Rechaza la breve cena prefabricada, a pesar de que no ha probado bocado en todo el día, y vuelve a mirar por la ventanilla porque encuentra consuelo, no sabe por qué, en el extraño magma de luces y sombras en que la nave se sumerge en su ascenso. A la caída de la noche de un día de nieve, el avión que busca su altura de crucero expone al pasajero a un túnel de sombras, destellos de tenue luna, vahos que se cruzan, siluetas que mueren antes de nacer y jirones fugitivos de la gran nube que todo lo absorbe, como una niebla serena y madura que no baja a la tierra porque pertenece a otro mundo, el reino de los cielos por el que se desplaza lenta y segura, ensimismada en su propia intimidad. El avión la rebasa por fin y Susana V. puede observarla desde arriba, renacida en su propia corporeidad por la luna llena a la que ahora nada estorba y le parece efectivamente ensimismada y serena, consciente de su naturaleza de nube, fiel a su posición en el orden antiguo de las cosas, las nubes en el cielo, vagando, los hombres en la tierra, viviendo. Los aviones te llevan a donde ellos quieren y lo hacen por un camino extraño a los pies. Dos ciudades, dos nombres de ciudad: Lisboa, Barcelona. Memoria de románticos paseos por el Chiado, le contó Ernesto, visité la ciudad hace unos años, con una novia antigua. También conozco Barcelona, pero en este caso los recuerdos son un poco amargos, no lo pasé bien, una tontería, quizá mañana te lo cuente. Mientras me visto decidiré cuál de las dos será la próxima parada en el camino.

Despertó sobresaltada a media tarde y cuando constató que se había marchado sin despedirse pasó una hora sentada en el suelo, desnuda, secándose las lágrimas inesperadas. ¿Por qué no, qué puedo perder? Se vistió rápidamente y llegó hasta la estación con la remota esperanza de encontrar alguna pista. Los últimos trenes del día a Lisboa y Barcelona habían partido. Descubrió entonces que en la zozobra se abría paso una lucidez y una intuición en las que confió como nunca. Alguien ha debido verle si ha estado aquí. Nadie le recordaba en las taquillas que expendían billetes para Lisboa y para Barcelona. Respiró hondo y miró a su alrededor. No creía que tuviese hambre, no habría comprado nada para el viaje; nada de comer, pero quizá… Entró en la tienda de libros más cercana a los andenes y vio dos dependientes, un hombre y una mujer joven, quizá de su misma edad. Quiso atenderla él, pero Susana V. se dirigió a la chica. Alto, el pelo muy largo, con barba, es muy guapo. La librera sonrió. Sí, ha comprado un libro, uno como este, hace una hora, más o menos. Era una especie de guía poética de la capital portuguesa, un libro de muchas imágenes y poco texto que igual podía servir para el nostálgico que para el visitante primerizo. Susana tuvo la tentación de besar a la chica, pero sólo le compró el libro. Desde la misma estación llamó al aeropuerto. Aún quedaba un vuelo para Lisboa.

¡Cómo nieva! Arrecia la tormenta y mengua en proporción inversa la velocidad del convoy. El sueño de los viajeros dormidos, mecido al ritmo hipnótico del traqueteo de los vagones sobre los raíles, se aligera a medida que la cuna de hierro va frenando su vaivén. Hace tiempo que Ernesto mira sin ver la nieve que cae sobre los campos oscuros. Sólo la voz aún somnolienta de la joven centroeuropea le arranca de sí mismo. ¡Cúanta nieve! repite divertida. Cada vez cae más fuerte, es cierto. El tren va a detenerse, se para por la tormenta, no parece que haya ninguna estación a la vista. La chica se ha levantado, mira por la ventanilla para comprobarlo. Su amiga duerme hecha un ovillo en el duro asiento. El ritmo del tren agoniza sobre el raíl como un poderoso animal que súbitamente se sintiese tan viejo y cansado que ha decidido no dar un paso más y detenerse para reposar, aun a costa de perderse de la manada. Ruido de hierro contra hierro, ecos lejanos de las voces de consigna, de aviso y de instrucciones de los operarios del tren, y finalmente un golpe leve y seco, el último estertor, muestra a los viajeros la realidad de la noche oscura.

Dentro del vagón, la penumbra y el absoluto silencio sobrevenido elevan la densidad del aire y purifican los sonidos, incluso los más tenues. Ernesto, que todavía lleva el libro abierto en el regazo, puede percibir el eco de la respiración de las dos mujeres, la dormida y la que mira por la ventanilla, y escucha incluso, eso le parece al menos, las telas que rozan la piel y los huesos recuperando su sitio. ¿Te gusta la nieve, en Italia nieva? En el ambiente recogido del compartimen­to, la voz de la chica suena tan íntima que le parece mentira que se dirija a él. Sus ropas están descompuestas y el pelo rojo le cae desarreglado sobre la cara. Apenas se había fijado en ella hasta ahora. Es, desde luego, la misma mujer que subió al tren, la misma desconocida que le ofreció chocolate, pero ahora parece tan distinta, tan real y cercana como la propia noche, una de tantas y ahora expuesta en su verdadera dimensión por un tren que se detiene a mitad de su camino. Las noches y las desconocidas son en principio unas iguales a las otras, aparecen y desaparecen con el mismo ritmo sostenido con que el tren hace su camino, con la misma inercia de siglos vienen y se van, como parte del paisaje que sirve de fondo permanente al discurrir del tiempo de cada uno de nosotros. A veces los trenes se detienen en medio del campo y muestran la verdadera naturaleza de las cosas. Cesa el ruido de fondo y percibimos que esta noche es la de hoy, única e irrepetible. Cesa el vaivén, deja la rueda de girar un instante y la desconocida se hace carne, notamos incluso que respira y  se mueve. Ernesto observa a la chica mientras ella mira por la ventanilla conteniendo un bostezo a duras penas, y le asalta la extravagante idea de que solo ha visto así a una mujer, tan real y cercana, cuando ha despertado con ella en la misma cama.

Creo que estaremos aquí mucho tiempo. Lo ha dicho sonriéndole, alejándose de la ventanilla y volviendo a su asiento. Se arrebuja en él, al lado de su amiga dormida, abrazándose a sí misma porque siente frío y ya no puede contener el bostezo. Vuelve a mirarle con los ojos húmedos por el sueño roto, sonriéndole de nuevo. Me había dormido profundamente;  ¿tú has dormido? No, he estado leyendo, contesta Ernesto mostrándole el libro. ¡Ah! ¿Qué estás leyendo? Debe tener su misma edad, pero le habla como una niña que ha encontrado un juguete con el que distraerse en el rato de espera. A veces los desconocidos sonríen, por cortesía o por costumbre, y no por ello dejan de ser desconocidos, pero otras veces esa sonrisa es distinta y detiene la rueda y entonces miramos para ver. Es un libro sobre Lisboa. ¡Lisboa! ¡Nunca he estado en Lisboa, debe ser una ciudad muy bonita! En cierta forma, ha despertado conmigo, no en mis brazos, pero sí a mi lado. A lo mejor, piensa Ernesto, todo consiste en eso, en despertar juntos, sin nada más, sin caricias ni besos.

El avión lleva al viajero hasta la ciudad que escogió, aunque se arrepienta a medio camino y dude de la elección. ¿Qué busca un viajero sin rumbo? Señorita ¿quiere cenar ahora? No gracias, no tengo hambre. Susana V. apoya la cabeza en el respaldo del asiento. Tragó saliva, cerró los ojos e intentó dejar la mente en blanco para descansar. Estaba segura de haber elegido bien. Ernesto tomaría el camino hasta Lisboa, un lugar en el que había sido feliz, le habló con detenimiento de aquellos paseos por el Chiado, pero nada quiso contarle de su estancia en Barcelona. Incluso había comprado antes del viaje un libro sobre la capital portuguesa. Llegaría  en tren hasta allí y ella le estaría esperando en la estación. Susana compró un libro igual, lo llevaba en el regazo. Lo hojeó brevemente, y recordó su primera impresión al ver su título y su portada, una guía que puede servir a turistas y a nostálgicos, tanto a quienes van por primera vez como a los que la echan de menos. Cerró el libro, algo desazonada. ¿Qué busca un viajero sin rumbo? Susana se irguió en su asiento, pulsó el timbre para llamar a la azafata y le dijo: discúlpeme, quiero saber a qué hora llegaremos a Lisboa y, sobre todo, a qué hora a partir de ese momento puedo coger un avión hasta Barcelona. Esperaba tener que dar más explicaciones, no debían ser frecuentes a bordo preguntas de esa naturaleza, pero la azafata, la misma que se preocupó por su cena, le dirigió una insólita y cálida sonrisa de amiga fiel, asegurándole que en un par de minutos volvería con la información. Lo siento, no hay vuelos a Barcelona desde Lisboa hasta el mediodía de mañana. Demasiado tarde. ¿Puedo ayudarla, se encuentra bien? Susana V. tomó su mano y hundió sus ojos en los de ella, apenas unos segundos. Perdóneme, dijo soltándole la mano y bajando la mirada. Pero la mujer se la recogió y volvió a mirarla con una inexplicable intimidad: No hay nada que perdonar, llámeme si vuelve a necesitar algo. Sintió vértigo y angustia y por primera vez fue consciente de que no se puede saltar de un avión en vuelo hacia su destino. Acarició el libro con la yema de los dedos, abrió la boca para tomar aire y perdió la vista de nuevo en la negrura del exterior.

Vio en la ventanilla el rostro reflejado de la azafata. Le traía café caliente. No había pedido nada, pero lo aceptó porque vio en sus ojos que debía hacerlo. Tómatelo, le dijo, y Susana se dio cuenta de que la había tuteado. Lo hizo a sorbos, procurando arrastrar con cada uno de ellos un pedazo de angustia. Recordaba la voz de Ernesto, sus gestos, su tacto. ¿Dónde vas, qué estás buscando? Cerró los ojos para intentar dormir y en cuanto lo hizo la mirada dulce de la azafata se apoderó de su duermevela. Volvió a acariciar el libro con los dedos y la sonrisa ahora le pareció la de la dependienta que se lo había vendido. Estuvo a punto de besarla, recordó. Su rostro se mezcló en el humo del café con el de la azafata hasta el punto de que ahora, con los ojos cerrados, confundida y agotada, no era capaz de discernir cuál de ellos pertenecía a cada una. Se abandonó al cansancio y los pulsos secretos de su cerebro evocaron ahora el instante en que el avión salió de la gran nube y ella pudo contemplarla desde arriba. La vencía el sueño y los rasgos de las mujeres se superponían a la imagen de la gran nube, los ojos de la azafata, la boca de la vendedora de libros se fundieron con los jirones de nube en el goteo de consciencia que precedía al sueño. Antes de dormirse, le pareció que la fusión se completaba y surgía un tercer rostro de mujer, uno nuevo y diferente que no recordaba porque nunca lo había visto. El vaso de café, vacío, cayó de sus manos cuando se durmió. ¡Ayúdame, por favor!

SusanaEn la noche sin viento, los copos vírgenes surcan el aire inmóvil con la misma trayectoria vertical de siglos. Nada se mueve excepto la nieve indiferente, nada se escucha salvo los ruidos que Ernesto quiera hacer. Las jóvenes duermen de nuevo enfrente de él. Tal vez nunca despierten, tal vez la nieve nunca cese. Puede observarlas impunemente, mirar sin ser visto. Podría, si quisiera, hablar sin ser escuchado. Limpia de vaho el cristal y deja la mirada prendida del extraordinario resplandor de la gran nube que le separa del cielo. Por un instante, involuntariamente, piensa en Susana, lo único que deja atrás. Quizá debí quedarme con ella, dos días más no le hubiesen hecho daño. Le sorprende el balbuceo de la chica, inquieta en sueños, con el gesto crispado. Se acerca un poco a ella para escuchar: no hay duda, solo repite continuamente la misma frase, un rumor angustiado en su propio idioma: helfen Sie mir, helfen Sie mir! Súbitamente abre los ojos al tiempo que se agita violentamente y agarra con fuerza las manos de su compañera dormida. Bitte helfen Sie mir! dice una vez más, confundida, alterada. ¡Ayúdame, por favor! Su amiga apenas se remueve en el asiento, qué sueño tan pesado, pero Ernesto la tranquiliza, es solo una pesadilla, y ella retorna sudorosa a la propia consciencia; mira a un lado y a otro para recomponer la situación anterior al mal sueño, sonríe algo ruborizada, sí, sí, discúlpame, no recuerdo qué estaba soñando. Un altavoz informa a los viajeros de que las previsiones apuntan a una hora más de espera, quizá dos. El tren llegará con retraso a Barcelona.

Susana V. dejó los folios sobre la mesa. Se quitó las gafas, me dirigió una sonrisa que me pareció condescendiente. Le pones mucha imaginación, chico. Sí, tal vez las cosas en ese tren sucedieron así, cómo voy a saberlo. Las muchachas eran alemanas, de eso no me cabe duda. Te voy a contar algo que no te dije al principio, que no puedes saber porque nunca se lo conté a nadie, ni siquiera a Mónica. Supongo que por pudor -hablaba dirigiéndose a sí misma una sonrisa indulgente- pero ahora ya no me importa: Un par de meses más tarde puse un anuncio en varios periódicos alemanes para intentar localizarlas. No contestó nadie, naturalmente, cuántas veinteañeras viajarían en tren por aquella España de los setenta. Era lo único que sabía de ellas. Alemanas, pelirrojas ambas. Ni siquiera entiendo todavía para qué quería encontrarlas. Me halaga que te interese mi pequeña historia, me dijo de nuevo. Voy a seguir leyendo.

Continuará

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3 comentarios en “Susana (parte 1º)

  1. Hay problemas para insertar comentarios, al parecer. Mis disculpas para quien lo haya intentado. Voy a mantener una conversación amistossa con el Señor WordPress para que lo arregle lo antes posible. Gracias, estimado público.

  2. Casi parece un sueño. Madrid-Lisboa-Barcelona buscando una quimera. Por cierto, he escrito un post no islandes pero que puede interesar a un psicologo. A ver que te parece. Espero desenlace de tu historia, a ver que le acontece a Susana

  3. Buen consejo el que le diste a esa señora, Porcia. No creo que haya que esperar demasiado para saber qué le acontece a Susana. Gracias por la lectura y la espera, saludos.

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