“Decís: Cristo dijo esto y Cristo dijo lo otro… pero ¿qué decís vosotros? Y lo que decís… ¿sale del Dios que lleváis dentro?”. Me hizo sentarme en un taburete en el baño, como de costumbre, pero ahora dándole la espalda al espejo. Si te pongo de frente no tengo sitio para moverme, y no hace falta que te mires mientras te lo corto, quisquilloso. ¿Ya no te fías de mí? Todavía no he perdido habilidad en las manos, pero me viene muy bien practicar de vez en cuando para no oxidarme, y tus rizos los conozco de memoria. No era mirarme a mí mismo lo que echaba de menos. Hace años Susi me arreglaba el pelo en ese mismo baño de su casa, una vez al mes, y casi siempre accedía a mi capricho de hacerlo desnuda. Me encantaba mirarla y olerla mientras se movía a mi alrededor, trabajando en mi cabeza. Ahora necesita más espacio porque se mueve con más dificultad. Pero ya no usa las muletas para desplazarse por la casa, y un par de veces a la semana sale a pasear por las calles cercanas.

“Hay un amor que es como un arroyo que se seca cuando la lluvia ya no lo alimenta. Pero también hay otro amor, que tiene la fuerza de un manantial que surge de la tierra. El primero es el amor humano. El segundo es el amor divino, y su fuente está en el cielo.” Esa película no le va a gustar a los críticos, Albert, te lo digo yo, afirmó mientras preparaba el peine y las tijeras. Esa película la estrenaron hace un año, Susita, yo la vi en el cine, y la he traído porque sé que te gustan las películas de ese tío. Ah, vale. Así que los críticos ya han hablado de ella. ¿Y a que no han dicho cosas bonitas? Las críticas fueron tibias en la inmensa mayoría de los casos, con alguna honrosa excepción (“Una película condenada a ser incomprendida en un presente cínico”). Repasé alguna de ellas horas después, cuando llegué a casa. “Para los que crecimos adorando las voces susurrantes y la dimensión sinfónica de las películas de Terrence Malick, la reciente reconversión del cineasta en un estajanovista del cine religioso nos ha dejado en una posición un tanto incómoda. Haríamos un flaco favor a la memoria del gran Malick si no advirtiéramos que, en su nueva película, el cineasta se descubre consumido por su estilo y por una militancia cristiana que deja poco lugar para el misterio.”

Esa era la más sincera, la única que reconocía abiertamente cuál era el motivo del disgusto con una película que solo continúa la línea trazada por otras que esos mismos críticos alabaron ferozmente. Los más hipócritas llaman pedantería y pretenciosidad a lo que antes consideraron maestría artística y hondura intelectual. Esa “militancia cristiana” era ya perfectamente visible en La delgada línea roja y no dejaba lugar a la duda en El árbol de la vida, pero allí se mezclaba con otros conceptos mucho más digeribles -el antibelicismo, un discreto feminismo, la vocación poética- para los prejuicios ideológicos de la gran mayoría de los críticos cinematográficos. Observar como su venerado director aborda sin complejos la idea del amor romántico y el sexo como una manifestación de la gracia divina o invoca abiertamente la figura de Jesucristo les ha dejado “en una posición un tanto incómoda”.

“Amarás, te guste o no. El amor no es solo un sentimiento. El amor es un deber. Debes amar. Tienes miedo de que tu amor haya muerto, pero tal vez está esperando para transformarse en algo superior. Despertad la presencia divina que duerme en cada hombre, en cada mujer. Conoceos uno al otro en ese amor que nunca cambia.” Sí, eso es lo que yo quería decir, sin tanta palabrería como le metes tú, que eso de hablar de Dios los críticos no lo aguantan. Depende. Si el que habla de Dios ya se ha muerto o es un tío raro que no deja claro si reza o blafema, no tienen inconveniente. Lo que les incomoda es que lo haga uno de los suyos y de ese modo, sin medias tintas.

Calla un poco y agacha la cabeza, que no puedo estar mucho rato de pie. Esa cruz no la tenías antes, le dije señalándole una de oro que colgaba de una cadena fina, escapando del escote del camisón. Joder que no. Era de mi madre y me la has visto mil veces. Lo que pasa es que a veces me la he puesto en las orejas y otras en la pulsera. Ahora te has fijado porque no paras de mirarme las tetas. Agacha la cabeza, niño. Sigue escribiéndose por internet con un coruñés que la llama Susiña, ha prometido venir a verla en abril. Una vez me la arrancaste, ahí mismo, en el dormitorio. La primera o segunda noche que viniste aquí. Creo que desde entonces no había vuelto a colgármela del cuello, por si te daba otra vez ese arrebato. Te sentaste en mi tripa, me arrancaste una blusa negra de Guess que ahora uso para limpiarme los zapatos y con ella la cadena. Y te pusiste a escribirme en la piel, con un rotulador rojo que no se me fue ni a la tercera ducha. No recordaba eso en absoluto, sabe Dios en qué vapores andaría flotando. ¿Y qué te escribí? “El silencio de las esferas”, todavía me acuerdo. En el hueco entre las tetas. Antes sí eran redondas. Tanta medicina y tanta cama… se me deshinchan como globos mal atados.

“Nos da miedo elegir. Jesús insiste en que elijamos. Lo único que condena firmemente es evitar la elección. Elegir es comprometerse. Y comprometerse es correr el riesgo, correr el riesgo del fracaso, el riesgo del pecado, el riesgo de la traición. Pero Jesús puede entender todo eso. Nunca nos niega el perdón. El hombre que comete un error puede arrepentirse. Pero con el hombre que vacila, que no hace nada, que entierra su don, con él no puede hacer nada.” Dio la vuelta al taburete rodante, me puso ante el espejo. Me peinó las cejas y mientras las recortaba preguntó distraída: Oye Albert ¿qué haces por fin, vendes el piso o no, dejas Madrid o te quedas? La cruz de oro colgaba justo delante de mi frente. Levanté los ojos, busqué los suyos en el cristal, le temblaron levemente cuando los encontré y esbozó una sonrisa sincera y cansada mientras me acariciaba despacio el pelo aún húmedo. Si me enseñas las tetas, me quedo.

 

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