Joder, qué oferta. Nada más salir de El Corte Inglés, Jaime M. celebra su buena suerte con una caña y una ración de navajas en una cafetería de la Puerta del Sol. Él en una silla y la tablet de última generación en otra contigua. La saca de la bolsa solo para ver otra vez la caja. Casi dan ganas de no abrir nunca el paquete y disfrutar un poco más de la expectativa de sentarse a verificar que cada botón y cada piloto cumplen su función y se ponen a sus órdenes con diligencia japonesa garantizada por un año. Gastar dinero le hace sentirse vivo y libre. Echa un vistazo al periódico mientras saborea el marisco y todo lo que cuenta le parece jugoso e interesante, lejos del hastío que en tantas ocasiones le vence solo con mirar la portada. Según la profecía de un arzobispo irlandés del siglo XVII, el mundo se acabará mañana a las cinco en punto de la tarde. Se detiene en la noticia y considera la posibilidad de que los cálculos del clérigo sean correctos, sin aprensión, encontrando incluso cierto placer intelectual en elucubrar acerca del modo en que afrontaría el mundo las cerca de veinte horas que restan. Devuelve la caja a su bolsa y se dispone a regresar a casa. Hace casi un mes que no bebe cerveza, y ahora tres cañas seguidas…de no ser por eso, jamás hubiese tomado esta calle, porque está seguro de que ser tan cobarde atrae la mala suerte. Los perros huelen el miedo, había oído decir. Cuando no tiene más remedio, atraviesa este barrio enfundado en sí mismo como un calcetín, casi de puntillas, sin apartar la vista del suelo para que nadie malinterprete una mirada, tan encogido que podría atufar a una jauría entera. La soledad maloliente de las calles borra bruscamente la euforia de la compra y el alcohol y le hace súbitamente consciente de que está recorriendo un camino que siempre ha considerado peligroso, precisamente en el peor momento, cuando lleva consigo un objeto de tanto valor. Ya no puede volver atrás. Busca la salida a San Bernardo, y le parece que apenas recorta camino, como en los sueños en que uno anda y no avanza. Percibe pasos detrás de él pero, naturalmente, no se gira, sino que aguza el oído para calcular la distancia con los que ya cree sus perseguidores, aferrado con la fuerza del pánico a la bolsa que contiene la tablet recién comprada. Tres, dos, un metro, un par de individuos le sobrepasan sin fijarse en él, pero Jaime M. ha sentido por un instante toda la adrenalina que es capaz de generar su cuerpo golpeándole las sienes. Al doblar la esquina ve por fin San Bernardo a cien metros, empieza a soltar lastre y recupera su estatura normal, los pies se pegan al suelo y el aire llega a los pulmones. Es el momento de encender un pitillo. Pero antes de que la punta se haya quemado, un hombre derrumbado en el zaguán de un portal le pide fuego. A Jaime M. le tiembla la mano estirada hacia el cigarrillo que el sujeto sostiene solo con los labios. Gracias amigo, gracias. Adiós, de nada, adiós. Espera, espera amigo, déjame ver qué llevas ahí.

Kike Díaz

Pause. Rec. 29/11/2013. Y más negro que mis cojones. Dale donde pone Rec, pasmao. Ahora, ahora. Una plaza aún desenfocada, a través del objetivo de la videocámara integrada en una tablet japonesa de último modelo, manejada por las manos grandes y torpes de Mamadou K. La imagen se va aclarando… a ver, una boca de metro… parece… sí, ahora: es la Plaza de Lavapiés, más bien escasa de transeúntes: debe ser cerca de la medianoche. Un anciano con sombrero camina solo por la plaza y el aparato se acerca a él hasta casi incrustarse en su adusto bigote. Abuelo ¿usted ya sabe que mañana se acaba el mundo? Sí señor, lo ha dicho un cura antiguo, déjeme hacerle foto, señor. El viejo escapa murmurando imprecaciones. Ojo con lo que dices, abuelo, no me hagas enfadar. Sentados en las escaleras que descienden hasta el vestíbulo de la boca de Metro dormitan tres individuos de trazas semejantes a las de Mamadou K. Alguno pone la mano al paso de los escasos viajeros que aún salen del metro. Un poco más abajo, sentada en el primer escalón, una chica rubia vomita sujetándose la cabeza con los codos hincados en las rodillas. La cámara se acerca hacia ella, la rodea y apunta a su rostro oculto entre las manos y el largo cabello suelto: hola guapaaa, qué te pasaaaaa. Está muy pálida, los ojos medio cerrados, hilos de saliva colgando de los labios. Entre sus pies hay un vómito aún fresco que Mamadou K. intenta encuadrar, pero ella se lo impide poniendo la palma de la mano en el objetivo. Déjame en paz, negro de mierda. Sube las escaleras un tipo con maletín, y la tablet se dirige rápidamente a él. Uf,  que buena pareja haces para mi chica señor, mira qué bonita es, tú te la puedes joder ahora mismo, está barata. El del maletín pasa de largo mientras salen del vestíbulo dos hermosas piernas de mujer que la cámara encuadra inmediatamente. La dueña de las piernas se aparta cauta hacia el otro lado, pero Mamadou K., aullando de placer, la persigue andando casi a gatas, intentando enfocar incluso lo que no deja ver la minifalda. Ella, asustada, acelera el paso. Corre, corre, zorrita.

Ana C. olvida pronto el susto, pero le queda en el cuerpo un regusto pringoso de rabia. Ahora, apenas unos pasos alejada de la boca de Metro, piensa en volver y reprocharles la falta de respeto, no tengo nada contra vosotros, bastante tenéis con lo que tenéis, hijos de puta, pero hay mucha gente, yo al menos, que no merece semejante humillación. Pero continúa andando hacia la Plaza de Oriente, y mientras camina se abstrae en cavilaciones acerca de su proverbial falta de reflejos para encarar  desde el primer momento las circunstancias según sus personales normas de conducta. He resistido muda el acoso no por miedo o por prudencia, sino porque nunca he sabido reaccionar a la primera ocasión. A Ana C. le cuesta tanto hablar de su propio carácter que incluso se lo niega a sí misma, pero de no ser por eso, ahora, aproximándose ya a la plaza, se hubiese dicho que la explicación a esos repetidos  bloqueos nerviosos pasa por admitir que ella es una mujer reflexiva, poco inclinada a los actos explosivos o a la acción inmediata. Reparó en que un individuo sentado en la terraza del Café de Oriente observaba sus muslos desde detrás del periódico que sostenía. No usa minifalda con frecuencia, no se siente cómoda. Solo es una concesión más, un gesto generoso hacía la persona a cuyo encuentro acude. Jamás se lo había pedido, pero Ana C. lo sabía, a Laura le gustan especialmente las mujeres jóvenes que enseñan las piernas con estilo, y ella lo tiene, sin duda alguna. Solo una concesión más de tantas. Si había tardado varios minutos en determinar cuál era teóricamente la reacción adecuada ante un pobre idiota que la acosa a la salida del Metro ¿cuánto tiempo y cuántas consideraciones necesitaría hasta poner fin a un año de relación con alguien que la ama y a quien ella ya no corresponde? Ahora tiene a Laura a la vista y la intención de romper esta misma noche se esfuma con cada paso que avanza hacia ella. Ya no hay tiempo de pensar. Quizá si no hubiera ocurrido lo del negro… se había apeado del Metro tan lejos de su destino precisamente para tener tiempo de cavilar. Pensaba hacer el trasbordo en Sol hasta la Plaza de Ópera, pero se dio cuenta de que llegaría demasiado pronto, de que no podría concluir antes de llegar a la cita una reflexión que durante el trayecto estaba siendo especialmente fructífera. Le diría que se había enamorado de un chico. No era mentira. De un compañero de la Facultad. No era verdad. ¿O sí? Ana C. necesita que sea cierto y está dispuesta a creerlo con tal de tener  una razón convincente para abandonarla. Laura había comentado muchas veces, mitad como broma, mitad como serio lamento, la fatalidad de que a Ana le gustaran también los hombres: “Contra eso no puedo combatir, mi niña”. Era cierto, claro que sí. Ningún chico había podido ofrecerle la sutileza de los sabores, los colores y los aromas que Laura desplegaba ante sus sentidos cada vez que se veían, sobre todo al principio, cuando tanto se deseaban, ni había encontrado jamás en sus encuentros heterosexuales la riqueza emocional de la suma de sentimientos y sensaciones tan profundamente comunes, tan exactamente compartidos. Pero, lo siento, Laura, es verdad, tú no eres un hombre, no puedes competir con ellos. Contigo nunca he tenido, nunca tendré, el estímulo punzante del permanente desafío que significa tratar de entenderse y hacer causa común con ellos. Es verdad que con un hombre nunca ha sido tan intenso el placer del tiempo compartido como lo ha sido contigo, pero quizá sí, cómo decírtelo, más extenso tal vez, tan extenso que tiende hacia lo ilimitado, tal vez porque no sabemos, como sabemos de nosotras mismas, a qué distancia ni en qué dirección se encuentra el límite, cuánto se puede llegar  a amar a alguien a quien, en rigor, resulta imposible, para nosotras, llegar a conocer del todo. Es a eso a lo que te refieres ¿verdad, Laura? No sé, yo también empiezo a creerlo. Si esta misma noche tuviera el valor de decírtelo… Se acerca a ella, que fuma mientras vigila las correrías cansinas de Carmela, su perra preñada, por el césped de la plaza. Hola, Laura, que gorda está ya Carmela. Buenas noches, mi niña, qué guapa vienes.

Enrique Díaz Díaz
Kike Díaz

Arturo G. olvidó que se iba a acabar el mundo cuando vio pasar unas bellas piernas de mujer a escasos metros de él. Tiene la costumbre de leer el periódico de noche y ahora se ha detenido en el pequeño suelto que da noticia de la profecía del clérigo irlandés. Ya puestos, mejor que se acabe esta noche, ahora mismo. Me ahorro ver otra vez a la gilipollas esta y a su perra preñada. Es la quinta noche seguida sin resultados que se sienta en el Café de Oriente, y ya temía una sexta cuando observa que los hermosos muslos caminaban en dirección a la interfecta. Por fin apareces, nena. La de la perra no tiene mal gusto, desde luego. Fue el dueño del animal quien le encargó el trabajo: Mi mujer se entiende con otras mujeres, estoy seguro y quiero evidencias; a finales de noviembre salgo de viaje, ahí tiene una oportunidad de obtenerlas. Qué desperdicio. Arturo G. lamenta con cierto cinismo, por elemental solidaridad masculina, los obvios gustos sexuales de tan hermosa joven, aun cuando considera más probable la exactitud de la profecía del arzobispo que la eventualidad de que una mujer de ese calibre se deje siquiera invitar a café por un tipo como él. A Arturo G. no le faltan mujeres, pero desde hace doce años todas cobran. Excepto aquella clienta, madurita despechada a la que ofreció consuelo tras mostrarle pruebas del adulterio de su marido. Paga por comodidad o por pereza, o porque llega un momento en que la soledad se convierte en una inercia difícil de quebrar, eso se dice a veces. Doce años, cuatros meses y veintidós días, para ser más fieles a la memoria de la ignominia: en el verano de 2001, su mujer le abandonó por un tío diez años mayor que él, pero con menos problemas, más dinero, más alegría, más coraje y más rabo, según le detalló ella en la última frase que oyó de sus labios. En fin. Otro gintonic, por favor, que la están peinando. Lo dice de corrido en voz alta y beoda, y el camarero le observa con una sonrisa de condescendencia cruel. Laura acariciaba el pelo de Ana, que miraba incómoda alrededor. Arturo G. manipula discretamente la cámara de vídeo integrada en su reloj de muñeca, por si la cosa va a más allí mismo, pero no ocurre: Ana C. impuso sensatez y apartó la mano de Laura de sus cabellos. Después, seguidas de Carmela, se levantaron para abandonar la plaza y enfilar la calle Bailén. Vuelvo enseguida, dice Arturo G. al camarero ajustándose el reloj. Una grabación entrando en el portal juntas a estas horas le bastará al marido. El tipo pagaba bien, pero procuró mantener el mínimo contacto indispensable, porque le recordaba, aunque nunca llegó a conocerlo, al que conquistó a su mujer. Qué culo tiene la niña. Buenos cuernos te esperan, cabrón. En fin.

Plop, plop, plop… al amanecer cambia la frecuencia del goteo, único perturbador de los silencios de la casa dormida. Cada gota se demora más que la anterior en escapar de la boca del grifo. Clarea en los visillos de la cocina y golpea una más en el borde del plato sucio, ya muy lejana de la anterior. Es la última, el instinto lo sabe. El calor de las telas abandona su vientre deformado cuando se incorpora buscando mejor nido. Camina torpemente por la casa sin luces, girando sobre sí misma en cada rincón, apremiada por la impaciencia de los genes. Finalmente, Carmela dirige los pasos hacia la habitación grande y salta a la cama con el último esfuerzo que le permite su cuerpo. En media hora se completa el amanecer. La tibia luz de otoño se cuela por todas las rendijas de la casa y salpica los párpados cerrados de Laura, que despierta entre el sonido de roces y rumores calientes. Se incorpora despacio, apoyando la espalda en la almohada doblada. La emoción se le agarra al pecho cuando asiste al nacimiento del tercer cachorro a través del prisma de sus lágrimas concentradas en las pupilas, con la cabeza de Ana C., aún dormida, apoyada en su regazo. Despierta, Ana, despierta y mira.

Fue novio de la muerte, en Fuerteventura. Después intentó reengancharse, pero no cumplía los requisitos. Su padre, que reparte bebidas con un camión y ha hecho amistad con el dueño, consiguió colocarle de camarero en el Café de Oriente. Pero un noviazgo de esa naturaleza no se rompe tan fácilmente. Tiene veintidós años, se llama Mauricio T. y cuando termina de servir gintonics, allá por la cuatro de la madrugada, se cita con  los demás miembros de Kolisión en la Plaza de los Cubos. No está rapado, ni falta que le hace. El orgullo de la estirpe se siente en el corazón y se proclama con puños de hierro, botas de puntera de acero y navajas automáticas. ¿Violento yo? El mundo es violento. Tarde o temprano, las alarmas antiaéreas sonarán en Cibeles y el subsuelo de la calle Princesa estará sembrado de minas. Puede que ya lo esté. Mauricio T. desciende por esa calle decidido a participar en la guerra, no importa cuál ni por qué. Sí importa. Yo pienso. Yo sé por qué lucho. Entro en combate por el honor y el futuro de todos vosotros, incluso los que me despreciáis, incluidos quienes me teméis. Sois vosotros los que no pensáis, los que huis hacia delante para no deteneros y mirar alrededor. Alguien debe gobernar el caos. Le esperan en la plaza: Mauri, a las cinco de esta tarde se acaba el mundo, lo dijo un cura hace doscientos años. A alguno se le va a acabar esta noche. Los componentes de la autodenominada Célula de Kombate Kolisión caben en tres automóviles, que circulan juntos a toda velocidad por la calles de Madrid. Esta madrugada, desde la cuatro hasta las ocho de la mañana, han destrozado lunas, teléfonos públicos y semáforos a golpes de bate, han dibujado amenazas en las paredes y finalmente las han plasmado en dos narices rotas y un glúteo apuñalado. Es Mauricio T. quien da las cuchilladas. Los demás han entrado en los coches, pero él, sujetando la navaja ensangrentada, le habla en voz alta a un muchacho de su edad que se retuerce de dolor en el suelo. Vamos, Mauricio, vámonos, coño, sube al coche de una vez. Solo vas a pasar unos días sin poder sentarte. Hay gente en el mundo que sufre mucho, demasiado,  con un dolor infinitamente más profundo e intenso que el tuyo. Nadie se preocupa de ellos, ni siquiera tú te ocupas de tus hermanos. Vuelve a tu tierra, luchad codo con codo contra el desorden. Vamos, Mauricio, viene la pasma, vamos ya. No me odies, no te morirás por una herida en el culo. ¿No te informas, no sabes cuánta gente muere cada día víctima del caos? En cualquier atentado pierden la vida treinta, o treinta y un hombres, según el periódico que leas. En cualquier batalla, mil, o mil cien. Doce mil, trece mil, en cualquier guerra. La unidad, la centena, el millar, son irrelevantes. Somos demasiados, todo el mundo intuye que somos demasiados para que tu vida o la mía tengan sentido. Sólo hay dos bandos, créeme, los que luchan y los que mueren. Hay que elegir.

Enrique Díaz Díaz
Kike Díaz

No es muy profunda, no te preocupes. Pero guarda cama, por lo menos no estés de pie. ¿Tienes quien te venga a recoger? No, señorita. ¿Tienes dinero para un taxi? Puedo prestarte algo, si quieres. Por favor, señorita enfermera, le quedo muy agradecido, pero dispongo de recursos para ir en taxi hasta mi casa. Para bajar las escaleras del metro Eladio M. se agarra fuerte la nalga derecha, la herida, para amortiguar los músculos afectados y evitar que sus pasos los dañen más. Suma a este esfuerzo el intento de mantener la absoluta verticalidad, la digna compostura que se exige en cualquier situación. A todos lados se llega a base de dignidad, suele repetirse. Por eso, después de la cura de urgencia, se ha gastado el dinero que llevaba en el bolsillo en arreglarse el cabello en lugar de en tomar un taxi. Los pelados, además de apuñalarle, le habían cortado con un tajo seco la coleta, la negra y larga mata de pelo que con tanto esmero le trenzaba en Elegido su novia Trinidad, y que aún, desde la distancia, sigue peinando, porque en la cartas siempre le aconseja cómo hacérsela más linda y con menos apuros. Mientras desciende las escaleras siente un agudo dolor en la herida y frío en el cogote, por la falta de costumbre. A las doce de la mañana está ya en el cuarto, limpio y ordenado como ninguno de la pensión que habita. Recoge sus cosas, pulseras de hilo, ponchos y gorros andinos, los coloca minuciosamente en la maleta metálica con que protege las mercancías y se dirige, caminando cada vez con más dificultad, a la entrada de la calle Postas. Escogió ese lugar para vender porque, mal que bien, la Plaza Mayor, que divisa desde su posición, es lo único en Madrid que le recuerda a la Plaza de San Francisco, la plaza de su vida, de la vida de todos los quiteños, sobre todo de los indígenas. Allí pasa la mañana, todas las mañanas y todas las tardes desde hace un año, con los abalorios extendidos sobre una manta, bien a la vista de los ojos de los viandantes. Pasa las horas de rodillas, o apoyado en el glúteo sano, y algunos minutos de pie, siempre evitando cargar el peso sobre el lugar lastimado, soñando con Trinidad, desnuda y complaciente, creyendo distinguir la sombra del volcán Pichincha en los reflejos dispersos de las cristaleras del McDonalds… Veinte euros, señorita, es pelo de llama andina. La chica no compra, pero no puede evitar simpatía hacia ella, quizá porque le ha alegrado la vista enseñándole la piernas con naturalidad, casi los muslos, de tan cortita que es la minifalda. Va acompañada de una mujer madura que la toma de la mano, quizá su madre, y sostiene en la otra un perrito que, seguramente, no le ha dado tiempo a verlo, es tan chiquitín que aún no ha abierto los ojos al mundo. A sus compañeros de acera, que han notado que anda dolorido, les ha dicho que se cayó en las escaleras de la pensión, pero que el médico le quitó hierro. Los hago a medida si le interesa, señor. Duda que el hombre que se ha puesto de rodillas ante él, que ha cogido un gorro y se lo ha calado hasta las cejas, pueda entender algo: parece más bien mareado, como de haber tomado toda la noche en lugar de dormir. Me gusta, te lo cambio por este reloj con cámara de vídeo, dice el señor hablando con dificultad, con los ojos tan tristes que da pena. Quizá a él también le hayan pegado, a lo mejor más duro que a mí. Es una cámara sensible a la luz nocturna, chavalín, vale mucho más que tu gorro, y además, mira, las cuatro y media, falta apenas media hora para que se acabe el mundo. Que le den por el culo al reloj. Eladio M. le acepta el trueque, aun con el resquemor de considerar que se aprovecha de un borracho. Hay que ver, cuánta gente apenada. De súbito, un grito de alerta. Eladio M. cierra la manta y la mete con premura en la maleta. Igual que él, todos sus compañeros se han puesto ya de pie y otean vigilantes la entrada a la Puerta del Sol: falsa alarma. Eran dos policías, sí, pero corrían detrás de un moreno sucio que guardaba bajo el abrigo un ordenador finito de esos modernos, seguramente robado.

No vienen por los vendedores ambulantes, hoy no, pero Eladio M. prefiere irse, ya que ha cerrado la maleta y que dentro está el reloj con cámara, no vaya a haber algún mal entendido con la policía. Así que ya baja las escaleras del metro, ahora más molido que antes, porque a la puñalada y a la dignidad se añade el peso de la maleta, pero contento por la expectativa de que el reloj valga muchos euros. Las cinco menos cuatro minutos. A esas horas, los pasillos del Metro de la calle de su pensión están muy solitarios, porque la gente usa el suburbano para ir o venir de trabajar, y aún no es la hora. Eladio M. dobla una esquina, aliviado porque ya sólo le queda la galería larga para salir, llegar a su habitación y descansar el cuerpo. El único transeúnte en el corredor, resuenan sus pasos en el túnel deshabitado, es un señor que viene desde el otro extremo, desanudándose la bufanda. Jaime M. se alarma al ver que está obligado a cruzarse en la soledad del pasillo mal iluminado con un desconocido de aspecto extranjero que además anda raro. Eladio M., herido y desconfiado, no le quita el rabillo del ojo de encima cuando ambos están a la misma altura. Por fin se rebasan mutuamente. El señor de la bufanda tenía más miedo que yo mismo; ya no queda nada, Eladio, venga, un esfuerzo más, que llegas a la cama. Pobre chaval, qué me va a hacer este, si incluso le cuesta andar. Quizá debía haberle ofrecido ayuda. Jaime M. consulta rutinariamente su reloj: las cinco menos un minuto. Fetichista y juguetón, recuerda ahora la profecía del clérigo británico que leyó de tan buen humor después de comprar la tablet. Siete segundos para la hora en punto; seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno… A su espalda, un terrible estruendo que parece interminable le sobrecoge hasta casi pararle el corazón. Antes de volver la vista atrás, dirige una mirada temblorosa al techo abovedado del túnel, y le cuesta digerir la evidencia de que está intacto. Se gira entonces, convencido de que probablemente es el único superviviente de la catástrofe. A veinte metros de él, Eladio M. yace desparramado en el suelo, con la maleta metálica  tintineando aún por el golpe. Despacio, se incorpora maldiciendo su suerte ante los ojos desconcertados de hombre de la bufanda. No fue nada, señor, mucho ruido, pero sólo un tropezón absurdo. Jaime M., abrochándose el abrigo, solamente acierta a pensar que quizá el fin del mundo se halla lejano, pero que muy probablemente la cuenta atrás ha empezado ya.

Enrique Díaz Díaz
Kike Díaz
Anuncios

9 comentarios en “Para qué contar

  1. Este relato sí que es una cinta, Albert. Una transportadora y envolvente, con grandes travelines y objetos inquietantes. Me ha gustado mucho, y las fotos.

  2. pues si procuro no dice lo de las fotos, ni las veo, de tan absorta en la historia que estaba.. que gueno niño..
    Al principio lo de los muergos me llevo por un instante a los veranos de mi infancia en el patio de la casa de vecinos pero en dos segundos he sido abducida por la historia, las historias, la historia…
    Eso si, un poquillo de miedo cateto ma entrao.. ays las grandes ciudades y sus pequeños habitantes…
    Gracias, besos y buen finde

  3. Según leía me quitaba años, muchos, y caminaba chuleta por la calle el Barco camino de Desengaño deseando encender ese cigarro en la Telefónica, justo antes de desinflarme en Gran Via.
    Habia cosas por alli dentro dificiles de describir fielmente (pensaba yo).

    Muy bueno chaval, me ha encantado.

  4. No conozco al fotógrafo, Procu, lo encontré en la red por casualidad, pero es cierto que tiene gusto y oficio. Si se me llega a ocurrir a mí lo de la cinta transportadora lo pongo de título. Gracias.

    Gracias, Pepa. Muergos. Hacía mucho que no escuchaba la palabra, y ni siquiera sabía que son la misma cosa que las navajas, pero es que tengo que confesar que soy poco aficionado al marisco. Raro que es uno. En cuanto al miedo ese cateto no sé yo eh, la tuya tampoco es precisamente pequeña: ya te conté que di más vueltas que una peonza para encontrar la salida. Besos, buen domingo.

    Qué buena pinta tiene esa historia que apuntas, Miguel Angel. Ese barrio sigue siendo el más lumpen del centro, creo yo. Desde luego putas, camellos y reyertas no le faltan. En la esquina de la calle del Desengaño con la del Barco, o muy cerca de la esquina, ya no recuerdo, tengo yo también una buena historia, un día de estos la cuento si me dan permiso. Gracias, chaval. Abrazos.

  5. “Sevilla le dice al río: tráeme del mar una ola, pa volantes del vestío. Si tú quieres una ola, yo te la traigo, pero si tú me prometes estarme esperando”. Sería la manzanilla. O a lo mejor la que se confunde eres tú, y estás viviendo en el lugar equivocado 🙂

  6. Joder, qué bueno es el texto. Trepidante. El novio de la muerte en Fuerteventura me suena de algo, y ese barrio del que habla Miguel A. ¡pues yo estuve horas metida allí, en una academia que tenía cucarachas hasta debajo de la moqueta! y a veces me meto en un hotel que da a la Gran Vía desde el piso doce, toda la noche y a veces dos noches, hasta que me curo. También conocí lumpen de primera clase A, porque robé una libreta a un poeta en el metro cuando tenía 20 años y me persiguió hasta arriba, -M Sevilla- plaza de Canalejas, pero porque estaba enjamelgado conmigo y algo bebido; un tipo precioso de verdad, de los de “sin mentira en su fuego”, y allí ponía: calle del Pez, número 21; mi pasaporte a la maravilla.
    Me gustas más escribiendo que Jabois haciendo crónica periodística y olé. Piropo chulapo.

  7. Sinpermiso, pero cómo se te ocurre robarle la libreta a un poeta. Y el corazón también, por lo visto: ahora me explico lo de tu nick. A un concierto o un algo en el Patio Maravillas me llevaron una vez, cuando estaba unas calles más arriba, y ni me acuerdo qué hice allí, así de despejado iría. Demasiado chulapo el piropo, pero me quedo con él. Gracias.

    Procuro lo comparó arriba con una cinta transportadora y me pareció inmejorable, pero usted acaba de mejorarlo con la cinta de Moebius, Bolaño. Me gusta mucho esa imagen asociada al texto. Gracias a usted, por la lectura y sobre todo por regalarme esa imagen.

Comentario

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s