El 20 de junio de 2009 recibí una carta manuscrita y anónima en mi despacho. Les hablé de ello en esta entrada de abril de 2010 y reproduje los primeros folios de esa misiva. “Quizá continúe transcribiendo su contenido, no lo he decidido aún”, les dije entonces. La carta está estructurada, por así decirlo, en capítulos, apenas hilados entre sí por breves párrafos en los que su misteriosa remitente se limita a introducir alguna breve reflexión sobre las razones por las que son precisamente esos episodios y no otros los que eligió para glosar su vida. Creo que lo más apropiado, teniendo en cuenta el tiempo pasado desde que ustedes tuvieron oportunidad de leerlo, es que reproduzca lo que entonces les dije al respecto. Fue lo siguiente:

El texto que antecede está traducido por mí mismo del catalán, idioma en el que la carta está escrita. La recibí hace menos de un año. Iba dirigida a mí, identificado en las señas con mi nombre y mi primer apellido, y enviada al gabinete en el que trabajo, es decir, a mi domicilio profesional, que puede encontrarse sin mucha dificultad en algunas guías y webs especializadas. La carta se extiende durante al menos diez folios más, manuscritos por ambas caras. La persona que la escribió me conoce, sin duda alguna: alude a Isabel, de quien a ustedes les hablé aquí, y recuerda las asambleas del último año en la Facultad, de las que yo también guardo buena memoria. En los folios que siguen, menciona algún otro dato aislado más sobre mi familia, mi lugar de residencia o mis actividades en Barcelona, detalles suficientes para que no quepa duda alguna al respecto.

Pero yo no recuerdo a ninguna Laia, que es como la remitente dice llamarse y como, de hecho, firma la carta y figura en el dorso del sobre que la contenía: su nombre de pila, sin ningún otro dato. No recuerdo haber estado jamás en el Retiro con ninguna mujer catalana llamada así ni de ninguna otra manera, a excepción de la mareta y mi hermana Marta en las escasas ocasiones en que me han visitado, menos aún tumbado sobre la hierba. En los folios que siguen, la tal Laia no vuelve a referirse a mi persona. Se limita a contar su vida, o por mejor decirlo, algunos aspectos de su vida. Los más sórdidos, probablemente. No tengo la menor idea de quién es ni por qué se dirigió a mí, ni sé si realmente la conozco, ni puedo intuir siquiera qué significado tiene ese relato imaginario de una tarde compartida en el Retiro; tampoco entiendo qué quiere o qué pretende de mí, porque nada manifiesta a ese respecto, aparte del escueto e inexplicable “et trobo a faltar, Albert”. A pesar de que obviamente la necesita, no pide ayuda, ni tampoco compresión o benevolencia, ni ningún tipo de respuesta, que en realidad sería imposible, porque no hay dato alguno, ni en la propia carta ni en el sobre que la contiene, que haga posible su identificación. Ninguno de los amigos que aún conservo en Barcelona de aquella época universitaria, ni mi hermana Marta ni la propia Isabel, a quienes mi hermano Carles se ocupó de preguntar en mi nombre, han sabido dar pista alguna de la misteriosa Laia.

Nada más he sabido de ella. El texto completo de la carta está literalmente volcado en dos de mis cintas. Quizá continúe transcribiendo en este blog su contenido, no lo he decidido aún. La que Laia cuenta en esa carta no es precisamente una historia feliz; ni siquiera, de hecho, puedo saber si es una historia verdadera, aunque es bien cierto que así lo parece; pero la considero interesante por múltiples razones y quizás muy elocuente en algún sentido.

Como les dije entonces, quizá continúe transcribiendo en este blog el resto de la carta, pero no pretendo engañarles: no es probable. Los episodios que la tal Laia sigue contando en esa carta son, al menos para mí, mucho más difíciles de asimilar y, probablemente, su contenido excede con creces lo que ustedes, amables lectores, están dispuestos a asumir. Pero ella quiere que lo haga. A finales del pasado noviembre recibí un segundo mensaje suyo, esta vez por correo electrónico. No podría reproducir su contenido aunque quisiera, la remitente lo envía a través de un servicio web que encripta el mensaje minuciosamente para que solo pueda leerse una vez, sin posibilidad de copiarlo o imprimirlo, y por supuesto elimina cualquier información sobre IP o encabezado, haciendo imposible su rastreo. Mi amigo Julio el inmoral, experto en estas cuestiones, me confirmó que quien lo escribió tomó muchas y muy acertadas precauciones para permanecer en el anonimato.

Era un mensaje no demasiado largo del que recuerdo el título en mayúsculas, “Transatlanticism”, y el tono general indefinible, oscilante entre una abrumadora y desconcertante intimidad, el laconismo más extremo y una aspereza próxima a la brusquedad. También algunos detalles de su contenido. La remitente firma de nuevo como Laia, sin añadir ningún otro dato. Dice haber hallado este blog fa només uns dies, per pura casualitat y manifiesta su sorpresa por encontrar en él la reproducción de su carta de hace casi cuatro años. Ja estic millor, no et preocupis, escribe para encabezar un párrafo en el que inexplicablemente da por sentada mi supuesta inquietud por su persona o su estado. Me da consejos sobre cómo retomar mi relación con Mónica y me recomienda lugares donde vivir en Barcelona, de nuevo mostrándose segura de conocer mis preocupaciones e intenciones. Me amonesta o me felicita por detalles concretos que ha leído en los textos de este blog y termina refiriéndose a mis dudas sobre la publicación del resto de su carta: fes-ho, si et plau, dice secamente en un tono que entonces interpreté como suplicante y ahora, escribiendo sobre ello, se me antoja más bien imperativo, incluso desafiante.

Desliza un detalle trivial que da pie a deducir que escribe desde algún lugar de América Latina. Ignoro si se trata de un despiste o una información calculada, y en este último caso no alcanzo a entender la intención. Al pie del texto, justo antes de su firma, escribe de nuevo en inglés y en mayúsculas: “I need you so much closer”. El título del mensaje y esa frase final son sin duda lo más inquietante del texto, y no precisamente por su significado desnudo: Laia alude, sin duda alguna porque lo contrario sería una casualidad impensable, a uno de los temas de una banda norteamericana que cuento entre mis favoritas, y que de hecho suelo cantar -más bien destrozar- a menudo acompañado de mi guitarra. Mucha de mi gente cercana conoce mi gusto por esa canción. O bien quien dice llamarse Laia está en contacto con alguno de ellos o, si alguien me está gastando una broma pesada, desde luego se toma demasiadas molestias y tiene una admirable inventiva que ya quisiera para mí mismo. Hay gente realmente inverosímil en el mundo. Vayan con cuidado ahí fuera y pasen un buen fin de semana.

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7 comentarios en “Atlántico

  1. ¿Ya te has quitado de cantaora, Pepa? No había visto carrera musical más corta desde la de Jesulín de Ubrique. Es al revés, niña, si me dices que has sido tú es cuando de verdad me hubiese quedado tranquilo. Aunque sea quien sea muy nervioso tampoco es que me tenga el asunto, pa qué mentir. Besos.

    1. porque?, yo seria una loca menos loca? o es que hemos estao en el retiro y yo nomacuerdo??, podria quizas olvidar que te he tenio a mi vera?…hay pan pal desayuno?…
      dejo tu compañia y la de tus vecinos por un rato, a ver si duermo un poquillo…stoymolia…….
      (con el movil no se poner el nik)
      besozzzzzzz

  2. Desde luego, tu post nos lleva a la intriga y nos despierta la curiosidad. Podría ser una buena introducción de una novela.
    Queremos leer esa carta… ¿quién es esta Laia? ¿por qué sabe de ti? ¿qué buscaba al escribirte?
    🙂

  3. Albert, dice que «hay gente realmente inverosímil en el mundo», y lo que ha escrito se parece más al inverosímil mundo que hay en la realmente gente. Me ha gustado mucho la canción, no conocía al grupo.
    Tesa, aprovecho para saludarla ahora, ya que no lo he hecho por su entrevista, a pesar de haberla leído en esta sala acogedora que tiene Albert. Encantada de conocerla. Y saludo también a Pepa, que nunca falla.

  4. Tesa, gracias. Te regalo este post en justa correspondencia por aquel otro que yo te tomé prestado para recordar a mi querida Dasypodidae. Con que me dediques la novela me doy por satisfecho.

    Pepa, por qué va a ser: porque serías una cuerda haciéndose pasar por loca, y los realmente peligrosos son los opuestos, los locos que se hacen pasar por cuerdos, como yo mismo sin ir más lejos. Pan para el desayuno siempre hay: con tener una bolsa de pan de molde, que ahora las hay de centeno y avena y todo lo que uno se pueda imaginar, se le puede untar el tomate y el aceite igual. No es lo mismo pero si no hay ganas de ir a la panadería, puede valer. Duerme, duerme negrita, que tu mama están en el campo ♪♫

    Procu, sinceramente, no sé si el texto está a la altura de esa magnífica vuelta de tuerca que usted le ha dado. Gracias. La canción es estupenda, sí. Un lector y sin embargo amigo me ha recordado hoy oportunamente que el tema aparecía acompañando esta escena de una de mis series de TV favoritas.

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