Ver parte 1ª

–          ¿Dolo? ¿Qué mierda de nombre es ese para una tía?

Fue en la puerta del No se lo digas a nadie, hace seis o siete años, no lo recuerdo bien, cómo podría, si la calle Ventura de la Vega y aun Madrid entero flotaban en ese instante delante de mis ojos. Tinín no estaba mucho mejor, pero supongo que todavía hoy sigue aguantando más entero que yo las madrugadas alcohólicas. La gorila del garito, una morena con una trenza que le llegaba hasta el culo y las espaldas más anchas que las del propio Tinín, pidió no tan amablemente que nos alejásemos un poco más de la puerta. Aún se podía fumar dentro de los bares, pero preferimos salir a encender uno y tomar el aire cuando se apagaron la música y las luces para dar paso al espectáculo de las drag queens sobre el escenario. “Puta bollera”, escupió mi amigo entre dientes ya apoyado en la pared, a dos metros de local. Después, mientras fumaba, se enredó en un largo soliloquio acerca de la desorientación vital y las dificultades para relacionarse adecuadamente de las mujeres de nuestra generación; recuerdo que un par de veces tuve que sujetarle del brazo mientras hablaba, que durante la disertación citó a Emil Cioran, a Jesulín de Ubrique y a Margaret Thatcher, pero no consigo recordar cómo relacionó cada uno de esos nombres con el tema que trataba ni a unos con otros, y mucho menos si inició aquel discurso con algún propósito o si finalmente alcanzó alguna conclusión.

Luego guardó silencio durante unos minutos, tal vez media hora, quién sabe, hasta acabar arrojando sobre las aceras sucias una pregunta al mismo tiempo que la colilla del cigarrillo, sin previo aviso y sin cuento alguno: “¿Qué tía te ha dejado más huella?”. Quizá transcurrió otra media hora hasta que yo contesté, pero aún en ese caso estoy seguro de que mi respuesta consistió únicamente en la pronunciación de un nombre, como un acto reflejo, sin reflexión previa ni razonamiento posterior, ni para él ni para mí mismo.

Nunca hasta esa noche le hablé a Tinín de ella, ni a nadie en Madrid, ni probablemente tampoco en Barcelona después de dejar de verla a solas, de acabar lo nuestro en los últimos días de agosto del 93. En junio, al día siguiente de terminar las clases, se había marchado con su madre y sus dos hermanos pequeños al pueblo del Pirineo del que la familia era originaria y al que regresaban cada verano, dejando al padre solo en Barcelona al frente del negocio, que cerraba apenas quince días por vacaciones. Yo por entonces, como ya les he contado en alguna ocasión, estaba firmemente decidido a forzar mi vocación y mi futuro para convertirme en un fotógrafo de fama mundial, de modo que dedicaba tardes enteras a recorrer en solitario las calles de Sarrià, del centro de Barcelona, de Castelldefells o de El Masnou buscando la instantánea perfecta. A veces me acompañaban el Aurèli o la Montse, e incluso recuerdo haber viajado algunos días con Antonio y la Enriqueta a dedo hasta Peratallada o Pals con la única intención de fotografiar los mejores rincones de Cataluña, o al menos los que yo tenía más cercanos. A donde nunca iba solo era a comprar los carretes o a revelarlos. Cierto que podía haber elegido cualquier otra tienda, pero Dolo me había rogado antes de marcharse que no dejase de visitar la de su padre en su ausencia, porque le hacía ilusión saber que seguía yendo allí, que “era un poco como seguir juntos”. A mí, sinceramente, lejos de provocarme ilusión alguna, me hubiese gustado evitar los saludos más bien socarrones de aquel hombre alto y corpulento que tanto se parecía físicamente a su hija mayor, sus indirectas y sus chistes sobre la posibilidad de que un día aquella tienda fuese mía o la advertencia burlona de que la boda la pagaría enteramente mi familia, que para eso vivíamos en Vallvidrera. Pero, además de las cartas manuscritas, hablaba casi a diario con Dolo por teléfono y me disgustaba la perspectiva de traicionar su ilusión visitando otra tienda o manifestándole abiertamente que su padre me agotaba con sus bromas acerca de lo nuestro. Así que indefectiblemente me hacía acompañar por Aurèli, que inspiraba respeto con sus elegantes maneras de hombre, o por la Montse, que tanto distraía al tendero con sus rotundas formas de mujer.

No era el único miembro de la familia que se entretenía tomándome el pelo. Con demasiada frecuencia tropezaba durante mis paseos con la Neus, un mico de apenas ocho años  que había heredado los modos guasones de su padre del mismo modo que Dolo parecía haber recogido la dulzura, la prudencia y las pecas de su madre. Aquest és el nuvi de la meva germana! canturreaba el mico a sus compañeras señalándome con el dedo bien estirado mientras se alejaba de la Escola Pia de la mano de su madre, que hacía todo lo posible por callarla al tiempo que me saludaba disculpándose azorada. Otras veces se asomaba al balcón cuando yo iba a buscar a la Dolo y me aseguraba con una sonrisa maliciosa que su hermana no estaba en casa, que había salido con otro chico, y así se divertía a mi costa hasta que Dolo aparecía junto a ella dándole un capirotazo mientras me decía que en un segundo estaba lista. Durante los larguísimos miles de segundos que tardaba en bajar, la niña me hacía todo tipo de preguntas y aprovechaba para seguir vacilándome delante de todo el vecindario asomada a aquel balcón cuajado de geranios, petunias  y buganvilla. He visto a Neus en Barcelona este pasado verano. Me contó que ha encontrado un buen empleo en Madrid, que se instalaría aquí esta primavera; apeló con toda naturalidad a nuestra condición de antiguos cunyats para pedirme que le hiciese unos pocos favores con el fin de allanarle el camino. Ya le he buscado un piso de alquiler, sin balcón y en el otro extremo de la ciudad.

El 28 de agosto Dolo regresó a Barcelona. Nos citamos por la tarde, en el bar del Bernat, un compañero de clase que aprovechaba el verano para ayudar a su padre y a sus hermanos detrás de la barra o en el salón, que daba bodas y comuniones y nos alquilaba a buen precio para las fiestas privadas que organizábamos con motivo de cumpleaños, Navidad o fin de curso, y que seguimos usando cuando abandonamos el instituto para reunirnos una o dos veces al año hasta que el número de asistentes decayó tanto que decidimos tácitamente suspender aquella especie de guateques nostálgicos. Yo fui, para qué decir lo contrario, de los primeros en abandonar. Esa tarde llegué puntual, pero Dolo ya estaba esperándome en la mesa del fondo, la de la última ventana. Me costó un instante reconocerla, su aspecto nada tenía que ver con el de tres meses atrás , como si en lugar de en el Pirineo leridano hubiese pasado el verano empapándose de moda y glamour en las calles parisinas. Llevaba una blusa negra y vaporosa de estilo casual con varios botones desabrochados, vaqueros caros, tacones, maquillaje discreto, pendientes grandes y, sobre todo, había sustituido la eterna raya en medio de su humilde melena lisa por un corte a la última, con ondas y mechas y un flequillo que casi le tapaba los ojos.

"La tormenta perfecta - Juan C. Sánchez Ávila
“La tormenta perfecta – Juan C. Sánchez Ávila

–          ¿Dolo? ¿Pero quién cojones se llama así? ¿Eso qué es, catalán? Lo que yo te digo, todas como putas cabras.

Hace tiempo que no frecuento el lugar, pero entonces el No se lo digas a Nadie era de los últimos en cerrar; tenía dos plantas, la de abajo llena de ruido y gente y una superior completamente diáfana donde la música era apenas audible, bien iluminada, con una mesa de billar en el medio y sillones y sofás en los que sentarse a dormitar, acariciarse o charlar. Lo visitaban muchas lesbianas, pero no era exactamente un bar de ambiente, estaba abierto a todo aquel a quien la gorila de la trenza franqueara el paso para apurar allí las últimas copas antes del amanecer. Probablemente clareaba ya en los ventanales de esa planta superior cuando Tinín y yo regresamos adentro con los otros: las chicas y Julio el Comunista bailaban abajo, y los demás jugaban arriba al billar. Me estiré junto a Tinín en uno de los sillones. No estoy seguro de si para entonces había concluido aquella interminable parrafada sobre el difícil carácter de las mujeres de nuestra edad, de modo que ignoro si me escuchaba cuando empecé a hablar con la enésima copa en la mano.

–          Yo me fui de Barcelona para encontrarme a mí mismo y tal, ya sabes, esas cosas que se dicen. Creo que desde que vivo aquí no he pasado un día sin pensar en la Dolors. En el tacto de su coño rodeando mi dedo corazón. En sus tetas grandes y blandas, con los rosetones como galletas; en la izquierda las pecas le dibujaban un pez con la boca abierta buscando alimento en sus pezones oscuros. Me basta cerrar los ojos para oler otra vez su cuello o escuchar el suspiro que le salía cuando agarraba su rostro con las manos y la miraba, antes de besarla, o cuando apoyaba la cabeza en mi pecho bailando las lentas en el salón del Bernat. Se me ha olvidado cómo cojones se llamaba el bar del Bernat; y te aseguro que pasé allí una tarde tras otra, durante años. El salón era más o menos como esta planta, del mismo tamaño. Barcelona es una mierda de ciudad.

–          Espera… ¿tenía un pez en las tetas? No jodas.

–          Siempre pinchaba los discos el Antonio, en todas las fiestas. Para acabar con la tanda de lentas ponía alguna del Loco. Cuando la escuchaba, Dolo se agarraba a mí más fuerte todavía y me miraba con aquellos ojos. Se le veía todo por dentro a través de los ojos. No le temblaban ni nada de eso, los mantenía firmes, pero cuando los clavaba de ese modo en los míos abría una puerta en el fondo de las pupilas y me lo enseñaba todo en silencio. Ese es mi recuerdo más nítido de toda mi vida en aquella mierda de ciudad: verme a mí mismo en el fondo de los ojos de la Dolo. Me fui de Barcelona para encontrarme, porque pensaba que me había perdido. Pero qué va. Ahora me parece que me quedé allí, dentro de ella.

–          ¿Pero el pez se lo había hecho ella, se lo había tatuado? No me entero de nada.

–          Poner algo del Loco en aquellas fiestas era como sacar a pasear al abuelo, un coñazo inevitable. Pero la Dolors era muy familiar,  le encantaba escuchar y bailar esas canciones bien pegada a mí, era parte de lo suyo, de lo nuestro. Era una chica de la calle que vivía su canción. Y yo había nacido para ser una rock and roll star. Sé dónde vive, dónde trabaja, tengo el teléfono de su casa. Y es la última mujer del mundo con la que ahora intentaría algo. La última. Imposible. No imaginas cómo la echo de menos en noches como esta.

–          Un pez en una teta. Hay que joderse. Están todas locas, coño, hazme caso, atrapadas en un limbo entre sus madres y las niñas de ahora.

Creo que Tinín continuó hablando mientras yo bajaba las escaleras. Casi empujando a los que bailaban me acerqué a la cabina de la DJ y le pedí una canción que me prometió a regañadientes para dentro de un rato. Antes de subir de nuevo encontré en la marea de gente a los míos. Abracé a Julio y besé a Mónica, la última rubia que vino a probar el asiento de atrás. Dolo se incorporó al verme entrar en el bar del Bernat, le temblaban las manos cuando se abrazó a mi cuello y buscó mi boca. Le he traído a tu padre tres botellas de ratafia casera, que sé que le gusta; la hacen mis abuelos, verás que rica, me dijo acariciándome la cara. Y para ti tengo una sorpresa para el día de tu cumpleaños. No me soltó la mano en toda la tarde. Me preguntó si la seguía queriendo. Le dije que estaba muy guapa con su nuevo look. Dos días después, cumpliendo mi promesa, anuncié al Aurèli que la Dolo estaba libre. A ella apenas volví a verla fuera del instituto hasta el día en que la encontré esperando un taxi en la Travessera de les Corts, más de una década después, pero he sabido que tuvo un novio en Sort durante mucho tiempo, al que abandonó hace apenas dos años. Con Aurèli he seguido siempre en contacto, sé que ha tenido sucesivas parejas y que ha pasado largas temporadas solo, viviendo siempre en Sarrià. En la Navidad del 94 el dueño de la tienda de fotografía ganó una auténtica fortuna en la lotería, cerró el negocio y toda la familia se trasladó al Pirineo. Dolo regresó poco después a Barcelona para cursar los estudios con los que hoy se gana tan bien la vida, y acabó por instalarse definitivamente de nuevo en la ciudad cuando encontró trabajo.

Anoche llamé al Aurèli para contarle de una vez que tengo un blog en internet, que he escrito sobre él, sobre Dolo, sobre todos los demás de aquellos años. Prefiero pensar que no encontré el momento adecuado para hacerlo. Es cosa mía, estoy seguro de que no le importaría saberlo, de que incluso le vendría bien recordar las historias de la adolescencia para distraer el hastío y la zozobra de los días en Barcelona. ¿No has visto la lista de diputados del Parlament, verdad? Me lo preguntó con una especie de triste sorna; échale un vistazo a los nombres, continuó. Y de paso al organigrama de la dirección de CiU, o al Consell de eso que llaman Assemblea Nacional Catalana; verás viejos conocidos. El millor de cada casa. Quítate esa idea de volver por aquí, psicólogo, quédate en Madrid, hazme caso; y así de paso le echas una mano a la Neus, concluyó casi riendo. No recuerdo cuándo empezó a llamarme así, “psicólogo”, en lugar de por mi nombre; supongo que al mismo tiempo en que yo empecé a dirigirme a él como “abogado”.

Antes de colgar estuve a punto de contarle lo del blog, pero sustituí esa pequeña confesión por un ruego: Oye, pregúntale a tu mujer de mi parte si aún conserva el disco de Nirvana que le regalé por su cumpleaños. Entonces sí rio con ganas. ¿Y eso por qué? Está durmiendo al niño, en cuanto cuelgue se lo pregunto; y ya me explicarás a qué viene ese interés por un puto disco; ¿qué pasa, se te ha perdido el tuyo y quieres que te lo prestemos? Cuando colgó reía a carcajadas. Los visité en su casa de Gavà varias veces el verano pasado. Dolo me recibe siempre con una sonrisa franca, con besos fuertes en las mejillas y un abrazo cariñoso. Al principio me temblaban las manos cuando entraba en aquella casa. Nunca he entendido a qué viene ese sofoco por verla de nuevo después de tanto tiempo, cuando lo que toca, o al menos eso debe pensar ella mientras me saluda, es recordar lo nuestro con alegre nostalgia.

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7 comentarios en “Dolo (parte 2ª)

  1. ¡Hombre Albert¡.yo no sé como serán tus amigos,, pero no creo que al marido de Dolo le haga mucha gracia saber que tienes un blog en el hablas del coño de su mujer ¿no crees? ;)))
    Cada día escribes mejor.
    Un beso

  2. y si te lo preguntan ahora.. la respuesta seguiria siendo la misma???
    gracias…muchas.

    nota: aunque la lluvia se empeñe.. aqui huele a cera y a azahar por todas las esquinas.. siento mucho que os lo perdais..me voy pa la calle…besoss

  3. Bueno, Baso, en realidad hablo de mi dedo jeje. Lo sé, lo sé, sólo los tontos vemos un dedo cuando éste señala a un coño 🙂 Muchas gracias, guapa. Un besazo.

    Lunera, tú debías haberte dedicado al periodismo. A las entrevistas, concretamente. No, ahora la respuesta sería otra. De nada. Echo de menos el olor a cera y azahar, mucho, tengo que volver alguna Semana Santa a Andalucía. Besos, niña.

    1. pues mira, mañana sábado (que dice el hombredertiempoquesalenelparte, que va a ser día mugueno) vuelven a sus templos las hermandades que se refugiaron en otros ajenos por causa de la lluvia, y con música y todo, en contra de la opinión del purismo cofrade…. acin que, fin de semana de semana santa pero más baratita en una bonita localidad gaditana… te pilla cerca alguna parada de autobú???

  4. Una cosa que tenemos en comun es el tener un amigo tan bruto que se hace indispensable tenerlo de referencia.
    Y la que no tenemos es fiarse de un abogado…

    Saludos a todos

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