Marquesa de Merteuil: – Tengo un amigo que, como vos, se encaprichó de una mujer que no le convenía. Cada vez que se lo hacíamos notar, insistía con la misma pertinaz obstinación. “¡No puedo evitarlo!”, decía. Se estaba convirtiendo en el hazmerreír de todo el mundo. Decidimos hablarle seriamente. Le explicamos que su nombre corría el riesgo de quedar asociado con aquella frase para el resto de su vida. ¿Y sabéis lo que hizo?

Vizconde de Valmont: – Estoy seguro de que vais a decírmelo.

Marquesa de Merteuil: – Fue a ver a su amante y le anunció que iba a abandonarla. Como supondréis, ella protestó airadamente, pero a cada cosa que ella decía, a cada objeción que hacía, él simplemente replicaba: ¡No puedo evitarlo!

La sutil sugerencia de la Marquesa no cayó en saco roto. El Vizconde ya tenía la fórmula infalible. Su entregada amante, Madame de Tourvel, hizo mil sacrificios y renuncias para vivir junto a él la vida feliz que Valmont le había prometido. Se enamoró de ella, pero el perverso juego de poder con la Marquesa le condenó a enterrar ese amor en favor de su reputación y el miedo al ridículo, a caer en desgracia en su poderoso círculo social. Estaba decidido: iría a ver a su amante y le anunciaría que iba abandonarla, y a cada cosa que ella dijera, a cada objeción que hiciese, él simplemente respondería: “No puedo evitarlo”.

De todas las infamias recientes, probablemente la más irritante sea escuchar, desde hace tres años, ese “No puedo evitarlo” una y otra vez como respuesta, como único argumento, tan perverso como irrebatible. Amistades peligrosas, juegos de poder, engaño y traición que acaban mal para los personajes del drama, quienes probablemente se hicieron en algún momento la fatídica pregunta: “Cómo hemos podido llegar a esto”. La película termina con tres últimos planos inolvidables: la cándida y desdichada Tourvel muerta de agotamiento y dolor sobre su lecho; la sangre de Valmont mezclándose con la nieve; y, por fin, el rostro de la Marquesa mientras se desmaquilla ante el espejo, definitivamente caída en desgracia, señalada como culpable de una fatal cadena de acontecimientos a la que todos, absolutamente todos y cada uno de esos dedos acusadores, y más decisivamente el conjunto de ellos, habían contribuído en mayor o menor medida, desde la acción o la omisión.

Creo que ya no hace falta que les aclare expresamente que Las amistades peligrosas está entre los relatos que ocupan un lugar destacado en los particulares altares de un servidor. He leído la historia, la he visto representada en un escenario y creo no equivocarme si afirmo que no me he perdido ni una sola de las adaptaciones al cine que de ella se han hecho. La de abajo es la mejor, sin duda, la que Stephen Frears rodó en 1989, con su habitual maestría en el diseño visual de las secuencias y un elenco de actores irrepetible.

No permitiré, créanme, que el rostro de ningún político u opinador profesional (¿qué diferencia hay?) acabe por sustituir al de John Malkovich en la formidable escena que pueden ver en el vídeo. Pero no lo ponen fácil. Estoy a un solo “No puedo evitarlo” más de retar a duelo a quien vuelva a pronunciarlo. Deséenme suerte. Y, por supuesto, disfruten del fin de semana.

 Madame de Tourvel: – Solo os habéis retrasado cinco minutos pero pasé tanto miedo… siempre pienso que nunca volveré a veros.

Vizconde de Valmont: – ¡Ángel mío!

Madame de Tourvel: – ¿Os ocurre a vos lo mismo?

Vizconde de Valmont: – Sí. En este mismo momento, por ejemplo, estoy bastante convencido de que no volveré a veros nunca más.

Madame de Tourvel: 
– ¿Qué?

Vizconde de Valmont: – Me aburro tanto ¿sabéis? No puedo evitarlo.

Madame de Tourvel: – ¿Qué queréis decir?

Vizconde de Valmont: – Al fin y al cabo solo han sido cuatro meses, y como os digo… no puedo evitarlo.

Madame de Tourvel: – ¿Estáis diciendo que ya no me amáis?

Vizconde de Valmont: – A mi amor le ha sido muy difícil sobrevivir a vuestra virtud. No puedo evitarlo.

Madame de Tourvel: 
– Se trata de esa mujer, ¿verdad?

Vizconde de Valmont: – Tenéis razón. Os he estado engañando con Emilie, entre otras. No puedo evitarlo.

Madame de Tourvel: – ¿Por qué me hacéis esto?

Vizconde de Valmont: – Hay una mujer. No Emilie, otra mujer. Una mujer que adoro. Y me temo que insiste en que os abandone. No puedo evitarlo.

Madame de Tourvel: – ¡Mentiroso, mentiroso!

Vizconde de Valmont: – Es cierto, soy un mentiroso. Es un hecho. Ni más ni menos irritante que vuestra fidelidad. Y lo cierto es que no puedo evitarlo.

Madame de Tourvel: – ¡Basta, no volváis a decir eso!

Vizconde de Valmont: – Lo siento. No puedo evitarlo. ¿Por qué no os buscáis otro amante? Haced lo que queráis. Yo… no puedo evitarlo.

Madame de Tourvel: – Queréis matarme…

Vizconde de Valmont: – Escuchad. Escuchadme bien. Me habéis dado un gran placer, pero sencillamente no consigo lamentar abandonaros. Así es la vida. Yo no puedo evitarlo.

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