Ver parte 1ª

¿Vas a escribir ahora sobre mí? Tiene gracia. Fátima estaba realmente guapa, contenta, quizá más satisfecha consigo misma de lo que había estado en mucho tiempo. Se lo dije o quizá sólo lo pensé, no lo recuerdo aunque apenas han pasado tres semanas: los años te han sentado bien. Dio un sorbo al café sin mirarme. Aquella era otra cafetería, más pequeña, más moderna e impersonal que la que seis años atrás acogió durante tantos atardeceres nuestras meriendas compartidas. Hacía buen tiempo y nos sentamos en la terraza. Dejó la taza en la mesa y encendió un cigarrillo mirándome con media sonrisa y media desconfianza bien disimulada, preguntándose sin duda qué estaba haciendo yo allí, por qué la había asaltado apenas minutos antes para invitarla a un café en la puerta del hotel en el que acababa de presentar su nuevo libro, por qué la había esperado en la calle para decirle algo que sin duda podía haberle comunicado por teléfono o por mail. Hola Fátima, tienes un instante, quiero decirte algo. Me saludó con una sonrisa sincera y me abrazó como a un viejo amigo al que probablemente no esperaba volver a ver a solas, sentados de nuevo frente a frente en la mesa de una cafetería, más de seis años después. Se despidió de la gente con la que estaba y aceptó la invitación con aparente naturalidad que no logró esconder del todo la curiosidad por saber qué hacía allí su viejo compañero.

Ernest Descals – Cretas

Yo abandoné mucho antes que ella aquel gabinete de Arturo Soria en el que ambos empezamos a trabajar juntos. Lo hice sin dar explicaciones a nadie, comenzando por mí mismo, probablemente porque esas explicaciones no existen o aún sigo buscándolas. De un día para otro, desaparecieron de mi vida las larguísimas jornadas en los despachos y los atardeceres junto a Fátima. Durante meses, periódicamente, me llamó y escribió discretos correos electrónicos en los que nunca hizo una sola pregunta. Sólo para saber si estás bien. Nunca contesté a esos mensajes. Tiene gracia, ahora quieres escribir sobre mí. Estaba muy guapa, tenía el pelo más largo y apenas usaba maquillaje. Encendió un cigarrillo y me miró a los ojos sin apenas fijarlos. Me busco en todo lo que escribes desde que abriste ese blog, Albert. Nunca antes de ese día en que fui a buscarla para anunciarle que escribiría sobre ella le había hablado de mis cintas, ni mucho menos del lugar de la red en el que ahora transcribo algunas de ellas. No quise preguntar cómo había sabido de su existencia, no concedí mayor importancia a ese pequeño misterio, algún remoto amigo común quizá o más bien un puente de conocidos, a veces las noticias, incluso las más intrascendentes, vuelan a través de esos puentes.

Escribo sobre las mujeres que he conocido y no he olvidado, las que han significado algo para mí. Lo tomó como un cumplido hueco y así me lo devolvió, con un fugaz “gracias” apenas audible; luego bebió un sorbo de café y esbozó una sonrisa que mezclaba cierta ironía y cierto reproche que quizá era sólo incredulidad: tú y yo nunca nos hemos conocido, Albert. Dejó la frase en la mesa como un recordatorio frío, al mismo tiempo que la taza de café, y no quise, porque entendí que ella tampoco lo deseaba realmente, enredarme en una conversación que ya habíamos tenido alguna vez tiempo atrás. Sus palabras se quedaron allí, sobre la mesa de plástico de la terraza de la cafetería, junto a las dos tazas y el tabaco. Seguía mirándome con curiosidad disimulada, tratando de averiguar tal vez qué había todavía en el hombre que tenía enfrente de aquel otro que casi siete años atrás tanto la divertía y la distraía en la intimidad de la mesa de otra cafetería, al fondo junto a la ventana. Del mismo que tanto daño le hizo una tarde en su propio despacho.

Ernest Descals – Kursaal

Muchos años después de mi espantada sin explicaciones, Fátima volvió a escribirme una nueva carta para interesarse por mí, para felicitarme la Navidad y hacerme una breve consulta técnica, probablemente sin la menor esperanza de recibir otra cosa a cambio que la callada por respuesta, la misma que ya había recibido para sus periódicos mensajes durante tantos años en los que me olvidé de buscar explicaciones para ese silencio y hasta del propio silencio. Me contaba en su mail que se había ido de Arturo Soria para abrir su propio gabinete en una zona más céntrica de la ciudad, y que el negocio marchaba bien. Probablemente porque esas explicaciones no existen o aún sigo buscándolas, todavía no he entendido por qué en esa ocasión sí contesté a su mensaje. Me disculpé por la larga e inopinada ausencia, le deseé un feliz año nuevo, le di los datos que necesitaba y le conté vagamente que todo iba más o menos bien, que seguía sin trabajo fijo, que había vuelto a mudarme de casa. A través del correo electrónico reanudamos el contacto perdido y al cabo de un mes estábamos de nuevo trabajando juntos, en el gabinete que ella abrió y dirigía. Fue más que un placer trabajar a sus órdenes, pero desde entonces jamás nos vimos fuera de aquellos despachos. No hubo más cafeterías ni atardeceres de risas ni intimidad.

¿Y sobre Sonia, sobre lo que pasó en el archivo, sobre eso vas a escribir? No esperó respuesta, rio ahora con ganas en su silla de plástico de diseño de aquella terraza de cafetería de diseño. ¿Ya no tomas bollos de chocolate? preguntó abriendo la sonrisa; es tu hora de la merienda. Yo nunca he dicho que la del archivo fuese Sonia, le dije. Yo no fui, te lo juro, tú sabes que yo no hago esas cosas, contestó riendo con más ganas. Hace meses que dejamos de trabajar juntos, esta vez de mutuo acuerdo y en buena armonía, sin portazos ni desplantes por mi parte. Hace tiempo que trabaja exactamente en lo que siempre quiso y no se atrevió a poner en práctica, dejar el contacto con los pacientes y encerrarse en su casa para escribir artículos para prensa y libros basados en años de experiencia profesional que ahora son un éxito de ventas. Me regaló un ejemplar y me preguntó entre risas si quería una dedicatoria. Sí, claro, le dije. Me miró un instante en silencio con el bolígrafo en la mano y después escribió, sobre su firma, una frase entrecomillada: “Para Albert, desde la distancia adecuada”.

Qué duro eres siempre conmigo. Lo dijo hace un año, en septiembre de 2010, al final de la jornada de trabajo, sentada en la mesa de su despacho de su propio gabinete, mientras yo permanecía de pie, después de haber entrado allí y haber cerrado la puerta detras de mí para pedirle explicaciones por un absurdo roce laboral, después de una chiquillada por su parte que tomé como una afrenta personal. No, la gran Fátima no era perfecta; quiso llamar mi atención en el momento y el lugar menos oportunos. Perdóname, no sé en qué estaba pensando, me dijo al verme entrar. Fui allí para volcar toda mi ira sobre ella, para ser más cruel de lo que probablemente he sido nunca con nadie, con la misma persona que me había dado trabajo y había aguantado mis continuos desplantes sin un reproche y se había partido la cara para mantenerme en mi puesto contra viento y marea. Qué duro eres siempre conmigo. Lo dijo en voz baja, sin la menor estridencia y sin apartar los ojos de los míos. Lo siguiente que dijo lo escuché dándole la espalda, antes de salir de aquel despacho. Hay cosas que duelen de verdad, Albert, no porque no sean ciertas, sino porque es innecesario decirlas, por mucho que yo también lo sepa, que nunca fui lo suficientemente interesante para ti más allá de cuatro risas en la mesa de un bar. A mí no me ocurrió así, quizá no has pensado en eso. A mí me hubiese gustado que pasara lo que tú siempre has evitado que sucediera.

En aquella última planta del edificio de Arturo Soria en el que Fátima y yo empezamos a trabajar juntos como parte de aquel equipo de seis había una pequeña sala dedicada a los armarios archivadores que contenían las historias de los pacientes y otros datos, a una pequeña biblioteca, un improvisado ropero y un armarito con máquina de café, agua y zumos que la mujer florero se encargaba de reponer diariamente. Las tardes allí eran interminables, y siempre había tiempo para una renunión improvisada o una consulta más fuera de hora. Casi al anochecer de un día de junio terminé mi sesión semanal con el almirante y cuando se marchó acudí a esa sala para guardar su abultado historial, convencido de ser el único que quedaba ya en esos despachos. Se quitó los zapatos sin duda antes de entrar, porque no la escuché llegar por mi espalda. Había visto marcharse a la jefa y a Roberto un par de horas antes, de modo que supuse que Fátima, Sonia y la mujer florero habían acabado también su trabajo y me habían dejado solo en la planta, era raro el día en que al menos uno de nosotros no veía allí caer la noche. Aturdido por el día sin tregua, con ganas de terminar y salir a respirar, abrí el cajón para devolver a su sitio el expediente y antes de cerrarlo sentí las palmas de sus manos tapando suavemente mis ojos.

Quise girarme, pero las manos sujetando apaciblemente mi cabeza y un escueto y apenas audible “no” susurrado en mi oído me persuadieron para prestarme a la broma o a la adivinanza. Aquella pequeña e inocente emboscada podía proceder de cualquiera de ellas; la mujer florero apenas hablaba con nadie y no tenía conmigo, deduje apresuradamente, la confianza suficiente para gastarme esa broma, pero no la descarté y fue de hecho su nombre el primero que pronuncié, tal vez por el vago recuerdo de un par de meses antes, cuando sintió temblar el suelo y anudó sus ilustres brazos alrededor de mi cuello. Sólo tuve por respuesta una risa alegre y menuda que no logré identificar. Las tres tenían más o menos la misma estatura y ni a Fátima ni a Sonia las había tenido jamás tan cerca como para que su tacto o su aroma me permitiesen reconocerlas. La mano izquierda continuó tapando mis ojos mientras los dedos de la derecha comenzaban a deslizarse dulcemente por mi rostro, deteniéndose en los labios, dedos largos de uñas cortas que llegaron hasta mi cuello al mismo tiempo que la boca lo acariciaba y el pecho se apretaba contra mi espalda. No era una travesura inocente y el desconcierto me llegó mucho antes que la excitación. La chilena jamás había tenido ningún interés en mí -nunca lo tuvo en ninguno de nosotros- pero sí hubo siempre por parte de Sonia veladas insinuaciones o requiebros espontáneos, y fue esa tal vez la razón que me llevó a descartar que aquellas manos fuesen las suyas, las mujeres que tienen verdadero interés en un hombre que no les corresponde no suelen emprender maniobras directas que las dejen expuestas al rechazo definitivo y sin vuelta atrás, despojadas de la ilusión platónica o la expectativa; en realidad era bastante más lógico y probable que fuese aquélla, que nada esperaba ni quería de mí y nada arriesgaba por tanto buscando una tarde distinta en la sala del archivo.

Dos dedos se deslizaron despacio sobre mis párpados con la intención evidente de cerrarlos y cuando la dueña de esos dedos estuvo segura de que yo había aceptado el juego, de que no abriría los ojos ni me giraría hacia ella, usó las dos manos para desabotonar mi camisa, para acariciar mi pecho y jugar con mis pezones. Escuché su respiración acelerada mientras lamía, casi mordía, mi cuello y mis hombros. Ni la chilena ni Sonia habrían conseguido  jamás provocar la excitación a la que aquella mujer me estaba llevando, ninguna de las dos lo hubiese logrado por sí sola si mi imaginación no se hubiese rendido sin condiciones a la tercera y remota posibilidad. Saber de quién eran realmente las manos y la boca que me acariciaban y el cuerpo que se apretaba contra el mío dejó de importarle a mi entendimiento cuando el deseo decidió por su cuenta que eran las de Fátima. “Espera”, dijo en un susurro en mi oído cuando sus manos dejaron caer mi camisa al suelo y se apartaron por un instante de mi cuerpo; nunca la había escuchado tan cerca de mí, casi jadeando, a aquella distancia y en aquellas circunstancias no podía recococer su voz del mismo modo que meses atrás ella no reconoció la mía cuando la llamé por teléfono y me tomó por otro. No me giré, no abrí los ojos pero supe a través de los sentidos afilados por la excitación y el levísimo rumor de sus dedos lo que estaba haciendo, y apenas segundos después sentí sus pechos desnudos pegados a mi espalda. No pude hablar, no quise repetir mil veces su nombre para desahogar el deseo insoportable, Sonia o la chilena se llamaban Fátima, no concebía ni contemplaba ninguna otra posibilidad, aquellos pezones como piedras calientes recorriendo mi espalda eran los suyos, y eran suyas las manos que acariciaban mi polla y suyos los labios que recorrían mi cuello. Me masturbó gimiendo de excitación en mi oído, jadeos ininteligibles que yo decidí que eran mi nombre mil veces repetido, hola Albert, hola Fátima, tú y yo, aquí y ahora.

Ernest Descals – Cantavieja

Casi se atragantó de la risa con el sorbo de café. ¿De verdad te corriste encima del archivador? Empezaba a anochecer en la terraza de aquella cafetería de diseño. No contesté más que con una mirada para esperar en silencio un gesto que la delatara. ¿Qué, qué me miras? Yo no fui y tú lo sabes, esa fue Sonia, dijo sin parar de reír. Las mujeres que tienen verdadero interés en un hombre que no les corresponde no suelen emprender maniobras directas que las dejen expuestas al rechazo definitivo y sin vuelta atrás, despojadas de la ilusión platónica o la expectativa, pensé de nuevo mientras ella reía. La recordé sentada en el sillón de su despacho, en septiembre del año pasado, procurando aparentar una serenidad que sin duda le resultaba imposible: “a mí me hubiese gustado que pasara lo que tú siempre has evitado que sucediera”. Fátima ya sólo sentía curiosidad por mí, si es que antes había sido algo distinto. Curiosidad tal vez únicamente por saber qué estaba haciendo yo allí, por qué quería escribir sobre ella ahora y había ido a buscarla para contárselo personalmente.

Sólo un par de horas antes de aquel encuentro con Fátima tras casi siete años sin estar a solas en una cafetería, Mónica había llamado a mi teléfono móvil. No había vuelto a hablar con ella desde que nos encontramos por casualidad en la primavera pasada, en la terraza de El Castellano, después de su viaje a Japón. Sólo quería saber si asistiría a su boda, me lo preguntó con el mismo tono cordial, pragmático y neutro con el que lo habría hecho con cualquiera de sus primas o sus compañeros de trabajo. No, respondí, tengo cosas que hacer. Como quieras, dijo. ¿En qué andas, mucho trabajo? ¿Sigues escribiendo en internet? Sí, aún tengo el blog abierto. Hubo un silencio y después preguntó: ¿has escrito ya sobre Fátima? Lo pasabas muy bien en aquellas tardes de la cafetería ¿verdad? No fue una pregunta, sino un reproche a destiempo. No tenía ganas de hablar con ella, pero entendí que había llamado para algo más que para preguntarme si podía contarme entre los invitados o para interesarse por mis escritos. ¿Sabes quién es Juanjo, no? Juan José H.Z., había leído ese nombre junto al suyo en aquella tarjeta sepia. No, no lo sabía y no quería saberlo, pero ella sí quería enterarme. No lo conocía personalmente, pero Mónica me había hablado de él tiempo atrás y entendí que lo que en su momento me contó sobre su relación con él fueron sólo medias verdades. Lo dejó caer como una piedra en un pozo para aliviarse a sí misma, para liberarse del peso de la media mentira. Qué seas feliz, Mónica, fue todo lo que le dije. Nada más colgar salté al coche. Sí, claro que escribiré sobre Fátima, pensé mientras conducía a toda velocidad por la Castellana, será la próxima sobre la que escriba y voy a decírselo ahora mismo. Había visto días antes en el periódico el lugar en el que presentaría su nuevo libro. Mónica no había preguntado por Susi, ni por Diana ni por Amparo ni por ninguna otra, sino por Fátima. De nuevo por Fátima, siempre por Fátima. Sólo es una amiga, una compañera de trabajo, le decía invariablemente cada vez que en broma o en serio me preguntaba por ella.

Sólo un minuto, quiero decirte algo, le había dicho cuando la abordé en la puerta del hotel en el que acababa de presentar su libro. El minuto se convirtió en dos horas de conversación. Después de casi siete años, durante esas dos horas no fuimos dos desconocidos, sino dos viejos amigos que se reencuentran. Quizá porque yo nada le importaba ya, me habló de detalles de su vida que nunca me había contado. No hizo preguntas ni puso condición alguna para que escribiese sobre ella. Lo pasamos bien en aquellas tarde de la cafetería de Arturo Soria ¿verdad? Ya habíamos abandonado la terraza de diseño y caminábamos para buscar un taxi para ella. Se detuvo súbitamente antes de contestar. Yo me llevé todas esas tardes a la cama, Albert. Todo era pasado, las risas, los desplantes, las chiquilladas, la crueldad y las confesiones. Tú siempre me gustaste, yo creo que lo sabes, le dije de pie sobre la acera, frente a la puerta del hotel. Llevó su mano derecha hasta mi rostro, me lo acarició suavemente mientras esbozaba una sonrisa melancólica. La gran Fátima, la psicóloga más respetada, la mujer con la que todo el mundo quiere estar, la más envidiada, querida y deseada. Te gustaba, me dijo sin dejar de acariciarme la cara. Vi en sus ojos una soledad infinita que jamás había visto antes en su mirada, que me turbó cuando susurró la última frase antes de girarse y abandonarme. No lo entiendes, Albertet, no me conoces de nada. Yo no quiero gustarle a los hombres. Yo necesito que los hombres se vuelvan locos por mí.

Todo es pasado, las risas, los desplantes, las chiquilladas, la crueldad y las confesiones, y yo me buscaré en todo lo que Fátima escriba.

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21 comentarios en “Fátima (parte 2ª)

  1. Parece que escribiendo, se deja esa constancia temporal de aquello que queremos mantener en el recuerdo.
    A veces novelado, es la posibilidad de moldear a nuestro gusto la historia.
    ¿De verdad, la gente quiere que se escriba sobre ellos si no nos ajustamos a la realidad? ¿y si, haciéndolo o no, no salen bien parados?

  2. A ti te gusta quedarte con dudas? jo..yo no lo soportaría, no va con mi manera de ser, si alguien me viola me gustaría por lo menos verle la cara jajaja.
    Me ha gustado mucho, me lo tengo que leer mas veces porque me he liado con Mónica jajajaja
    Muchos besitos Albert.

  3. Es que no era una duda, él decidió que fuera Fátima y no otra. A mí también me ha despistado la súbita y fugaz aparición de Mónica en la historia. Por lo demás, me ha gustado mucho, muchísimo aunque he de releerlo.
    Un beso, Chico Guapo.

  4. quizás es porque Monica si vio lo que Fatima era pal niño.. mucho antes que él mismo

    digo yo.. no se..

    una historia preciosa..no todas las historias de sentimientos (no digo amor) tienen un final apoteosico.. muchas ni siquieran tienen final,,porque nunca empezaron..

    te daria un abrazo.. fijate..

  5. Es una bonita lección la de Fátima y Mónica, o yo lo creo así, que espero que hayas aprendido, que algunas mujeres no muestran sus sentimientos por intensos que sean. “Las mujeres que tienen verdadero interés en un hombre que no les corresponde no suelen emprender maniobras directas que las dejen expuestas al rechazo definitivo y sin vuelta atrás, despojadas de la ilusión platónica o la expectativa”. Eso lo saben otras, como Mónica, por eso te abrió los ojos, porque ella sabía que Fátima no era sólo una compañera de cafés y bollitos de chocolate compartidos.
    Algunas mujeres demuestran su interés dejando a sus compañeros tras la presentación de su libro y marchándose de nuevo contigo, aunque en este caso fue casi más por curiosidad, o por querer recordar un sentimiento, o a lo mejor por querer revivir una tarde de cafés y bollitos de las que disfrutaba contigo.
    En cuanto al juego a “ciegas”, creo que ambos, fuese quien fuese ella, tuvistéis lo que queríáis, tú un encuentro con Fátima y ella un encuentro contigo.
    Besitos mañaneros

  6. Ya honey pero no vale decidir, si no era, no era jolines jajajaja. Vale ..que yo me acuesto todas las noches con Nicholas Cage?? pues no..asi no vale jajajaja.
    Realmente no era o si era? no lo sabe, se ha quedado con la duda jajajajaja.
    Además si lo piensas bien..bufff es horrible pensar que tu quieres que sea alguien y que realmente no es, es otra ahhhhh y encima la otra no te gusta y te está tocando ahhhhh si lo piensas bien es lo peor de lo peor.

  7. es lo bueno que tiene el pensamiento libre, que amoldamos losresultados a nuestras conveniencias particulares.
    yo tampoco me hubiera quedado con las ganas de saber quien me la menea, a no ser, pienso ahora mismo, que me diera mucho miedo no ver a quien realmente quisiera que lo hiciera.
    pienso tambien que el comentario de Monica está fuera de lugar, creo que hay cosas que se pueden pensar sin decirlas, sobre todo esas que se dicen sabiendo que van a joder gratuitamente

  8. AHHHHHHHHH jajajaja que el tal Juanjo era el marido de Fátima, el que se casaba con Mónica jajaja por eso fuiste corriendo a verla al hotel , pillinnnnnn!! jajajajaja
    Mas besitos…vaya novela…jajajajaja oleee Albert jajajaja

  9. “Todo es pasado, pero …..yo me buscaré en todo lo que Fátima escriba sobre mi”. Ese es el final de tu relato.Si forma solamente parte de tu pasado.. ¿ para qué te vas a buscar en todo lo que Fátima escriba ? No hace falta que me respondas;), contestate a ti mismo
    Un beso, guapo

  10. Uff Tesa, tu comentario daría para una tesis doctoral. Escribir es en buena medida fijar el pasado, sí, y cada uno se enfrenta a él de un modo distinto. Yo volvería tu pregunta del revés: ¿de verdad hay gente que quiere que se escriba sobre ellos si SÍ nos ajustamos a la realidad? Respuesta: hay de todo, y supongo que la actitud que mantienen (mantenemos) al respecto depende del miedo que se le tenga al pasado, es decir, a uno mismo. Y obviamente, también depende de la confianza que pongan en quien escribe. Hay gente que concede absoluta libertad, otros que manifiestan su rechazo frontal y hay por último, y estos son los más problemáticos, quienes ponen tantas condiciones, tantos límites, que ni siquiera dan ganas de empezar la historia. Si yo te contara…

    Invisibla, gracias. Yo diría que Jonei y Chof ya han contestado por mí a la pregunta que planteas, así que nada que añadir. Ah sí, una cosa: no no no, lo has entendido mal: Mónica con quien se va a casar es con Nicolas Cage, que a su vez es el mayordomo de Fátima; del asesino todavía no sabemos nada jajajaja. Muchos besos.

    Jonei, gracias. Las apariciones de Mónica, se aparezca donde se aparezca y del modo en que lo haga, son de todo menos súbitas y fugaces. Lo que yo te diga. Un beso, chica guapa.

    Lunera sí, das en el clavo. Con un matiz importante, eso sí: lo que vio, dices tú; lo que creyó ver, digo yo. Aunque es cierto que al final todo es lo mismo: lo que se cree ver es lo que realmente se ve. Lo del “final apoteósico” me ha abrumado un poquito: muchísimas gracias, guapa. Venga ese abrazo casto.

    Ok, Chof, yo doy por aprendida esa lección si tú te estudias esta: algunos hombres tampoco. En cuanto a lo que Mónica sabía o no, te digo lo mismo que a Lunera: quizá lo sabía, quizá sólo creía saberlo. Supongo que Fátima accedió esa tarde a tomar café por curiosidad, por amabilidad, porque le gusta estar conmigo o por todo junto a la vez. Por revivir sentimientos no, no lo creo en absoluto. Besos.

    Marpart, el pensamiento es libre pero el deseo (tú lo llamas “conveniencia”) es una pequeña prisión. Mónica, como Fátima, como tú y como yo, tampoco es perfecta. Abrazos.

    Basito: para saber qué pasó realmente, en general. Y en particular, por si alguna vez cuenta si la del archivo fue o no ella 🙂 Me quedaré con las ganas, seguro, entre otras cosas porque los asuntos sobre los ahora escribe son mucho más interesantes y enjundiosos que cualquier cosa que pueda decir sobre mí, al fin y al cabo una gotita en su particular océano. Un beso, guapísima.

  11. Que manera de jorobarme los culebrones jajajaja
    AAh!! una cosa, me niego a que Mónica se case con Nicholas Cage, no sé pero esa mujer no me cae bien, lo siento.

    Besitos de una pobre e invisible mujer incomprendida jajajajajajaja muackssss

  12. cambia aporteosico por,,no se,, bueno jajaj yo que se..
    habré tenio un momento invi jajajajajajaja

    .. y que sepas que me has hecho recordar una historia,, que fue sin serlo o que pudo haber sio pero no fue… total,, que mañanita mas melancolica..ays.. le llamo? le escribo?.. total,, pa qué?…

  13. uys voy con retraso, nuevo post y yo sin leerme los comentarios de ésta…
    a ver, dije mujeres porque era de Fátima en cuestión de quien se hablaba, pero yo soy de los que creen que no somos tan diferentes al fin y al cabo.La lección aprendida, la moraleja, que muchas veces es mejor disfrutar de la compañía de alguien que te agrada que intentar algo más y joderla… (vaya, hoy vengo malhablada)
    Besos retrasados.

  14. Chof, tú lo has dicho: al fin y al cabo no, pero al principio sí, muy diferentes. Y solemos olvidarlo, los hombres esperan de las mujeres que sientan y se comporten como ellos y viceversa, y eso no es posible en muchos sentidos. Las lecciones las aprende la cabeza, en todo caso. De cuello para abajo nunca escarmentamos. Besos, guapa.

  15. No Albert, no te lo pienso recordar y espero que a ti se te olvide, jajajaja de Cage encuentro un monton de fotos y yo para mi cumple había pedido una foto de “ventanas” asi que no te salgas por la tangente jajajajaja.

    Be Si Tos.

  16. Balees jajaja lo reconozco, de primeras leí por encima y entré al trapo, soy muy impulsiva pero que le vamos a hacer….
    Si… Has dicho Navidad no cumple!! jajaja admito otro regalo ainsss jajaja
    Besitos

  17. Ahhhhhhh cuando le di a publicar lo vi!! El iPhone me lo ha cambiado lo juro por snoopy!! VALE con Vvvvv jajaja ahhhhhhh que me da algo !!
    Mas de todo con besos

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