No somos capaces de valorar correctamente nuestras obras, ni siquiera nuestra propia persona, porque carecemos de la perspectiva suficiente y necesaria para hacerlo. Es el lugar común, el tópico que, como tantos otros, simplifica en sentencias un tanto banales realidades mucho más complejas. Lo que no suele considerarse es que eso sucede también con los otros. Si estamos tan cerca de nosotros mismos que la distancia impide un enfoque apropiado, la lógica más elemental conduce a pensar que la proximidad debe ser también un factor decisivo cuando se trara de mirar a los demás. Si están demasiado lejos el retrato será por fuerza de trazo grueso. Si demasiado cerca, las líneas resultarán poco menos difuminadas que cuando dirigimos la mirada hacia nosotros mismos. Quizá la clave esté, por tanto, en encontrar la distancia adecuada.

Ernest Descals – Cafetería interior

Yo conocí a Fátima muy poco antes de empezar a trabajar juntos. Ella era una de los seis que emprendimos aquella pequeña aventura laboral en la última planta de un edificio en la zona noble de Madrid. La jefa me la presentó apenas unos días antes. Madrileña de mi misma edad o quizá un par de años mayor pensé entonces, nunca estuve seguro de eso hasta que lo supe hace unos días, la última vez que hablé con ella, después de tantos años sin hacerlo. Atareados cada uno en su rutina, nos veíamos poco al principio. Después, como otros que allí trabajaban, empezó a acompañarme ocasionalmente algunos atardeceres, en la cafetería en la que yo solía detenerme a la salida del despacho antes de regresar a casa. A partir de aquellas breves meriendas a basé de café y bollos de chocolate y de las reuniones de los viernes de todo el equipo alrededor de la mesa de cristal ovalada dibujé espontáneamente su retrato. Excelente profesional, liderazgo natural. Siempre de buen humor y con inauditos reflejos para el diálogo multibanda. Inteligente, de pensamiento y conversación fluidos y muy activa en todas las reuniones, resultaba inmediatamente atractiva para los hombres y en consecuencia sospechosa para la mayoría de las mujeres. Alejada de cualquier tipo de fanatismo, habitualmente conciliadora en todas las discusiones. Más culta de lo que quería aparentar y más interesada en la dimensión humana que en la social o política de cualquier asunto que se debatiese. Probablemente también más coqueta y, paradójicamente, más pudorosa de lo podía parecer al primer vistazo. Extraordinariamente intuitiva y dotada para el análisis fino de las personas y las circunstancias, Fátima pronto se convirtió en la estrella de aquel gabinete.

En aquellos atardeceres de la cafetería hicimos buenas migas y más de una vez alargamos la merienda para estar un poco más solos y un poco más juntos. Siempre cálida y dotada de un extraordinario sentido del humor, era fácil entenderse con ella con una sola mirada o completar espontáneamente la broma que el otro había iniciado. A pesar de la manifiesta y creciente complicidad de aquellas tardes, Fátima y yo jamás hablamos de cuestiones personales, de nuestras respectivas circunstancias, más allá de intercambiar de pasada escuetos datos sobre nuestro estado civil -estaba casada, tenía dos niños- o algunas trivialidades sobre horarios y costumbres. Nunca nos hablamos de dónde vivíamos ni dónde habíamos estudiado o trabajado antes de conocernos, menos aún de nuestros respectivos pasados, preocupaciones presentes o planes de futuro. Fuimos siempre de manera más o menos preconcebida o consciente dos absolutos desconocidos que disfrutaban durante una hora o dos a lo sumo de la compañía que mutuamente se procuraban durante ese tiempo, sin compartir nuestros respectivos mundos ni acaso nuestras propias personas. Hablábamos de las aficiones comunes, nos divertiamos a costa de sacarle punta a las cosas del trabajo o de cotillear de nuestros compañeros, sobre todo de la mujer florero y de la meliflua Sonia, que más de una vez me había tirado los tejos sin demasiado disimulo, y de los propios pacientes,  especialmente del jovencito gafotas -así llamábamos a uno que compartimos durante un tiempo-, y quizá muy especialmente a costa uno del otro, esos eran de hecho los ratos más divertidos, los que pasábamos ofreciéndonos mutuamente argumentos para reírnos de nosotros mismos, uno del otro o cada uno de sí con el concurso activo y el aplauso del otro.

Ernest Descals – Cafetería club

Fátima y yo fuimos intimando tarde a tarde, merienda a merienda, sin pretenderlo ni quizá desearlo. Nunca cayó en el pecado mortal de pedir bollos para ella, pero invariablemente acababa por olvidadar la preocupación por su línea y pellizcar los míos hasta dejarme con hambre. Seguimos entonces sin saber nada uno del otro, sin informarnos de nuestros respectivos mundos, pero el puro cansancio o el desánimo pasajero del día sin tregua atenuaban a veces las ganas de reír y obligaban a asomarse siquiera a las personas, al hombre y a la mujer que hasta entonces tal vez no se habían percibido como tales. La descubrí alguna vez con la mirada un poco perdida o pensando en otras cosas, distraída de la conversación y las risas, y a ella probablemente le sucedió en otras ocasiones respecto a mí. En tantas tardes de chocolate  y bromas compartidas siempre hablamos mirándonos a los ojos, pero estoy seguro de que fue en alguna de aquellas pausas propiciadas por el desaliento o la fatiga cuando cruzamos las miradas por primera vez. No hubo secretos ni confidencias, ni siquiera comentarios, sobre la vida propia o preguntas sobre la del otro, pero después de tanto tiempo de mesa compartida en la ventana del fondo de la cafetería, nos dimos quizá involuntariamente la oportunidad de reconocernos. Un breve silencio o lánguidas sonrisas, no lo recuerdo, pero sí que sin una sola palabra nos presentamos uno al otro, hola Fátima, hola Albert. La juerga continuó cada tarde y siguió siendo de hecho lo más habitual, pero también nos acostumbramos a esos espacios de intimidad, de sonrisas exclusivas y miradas conscientes: tú y yo, aquí y ahora.

Fátima -tuve entonces la ocasión de retratarla en primer plano- era tan intensa como susceptible en esas distancias cortas. Con la misma agudeza y la misma discreción con que participaba en las reuniones de trabajo de los viernes o se reía del mundo semanas atrás, con esa misma convicción y esa misma intensidad se entregó a la confianza y al afecto personal. No es necesario, por supuesto, ni tal vez siquiera conveniente, alejarse ni acercarse premeditadamente para ver mejor, para encontrar la distancia adecuada. No hay, en principio, motivo alguno que nos obligue a juzgar a los demás. Pero a veces sucede accidentalmente, en ocasiones el puro azar nos convierte en testigos de aquello de lo que habitualmente participamos o compartimos. Vemos a nuestra esposa charlando con sus amigas y por un instante nos parece otra distinta a la que se acuesta con nosotros, y probablemente no hay padres que no hayan tenido en algún momento la sensación de contemplar a los hijos que criaron como extraños cuando los ven arreglarse para salir a disfrutar de sus propias noches. La perspectiva se amplía y los trazos quedan definidos ante los ojos acostumbrados a las líneas difuminadas del objeto habitualmente cercano.

Una noche la llamé a su teléfono móvil, la jefa me dio su número con el encargo de que nos coordinásemos para solucionar un pequeño e inesperado contratiempo a la mañana siguiente. Nunca habíamos hablado por teléfono y la saludé con un escueto hola, sin identificarme, antes de empezar a contarle, pero no me dio tiempo a seguir, me interrumpió inmediatamente: hola Luis, qué tal, cómo estás, cuéntame ¿pasa algo? A veces sucede accidentalmente, en ocasiones el puro azar nos convierte en testigos de aquello de lo que habitualmente participamos o compartimos. Aquel “Luis” con el que me saludaba me llevó a intuir inmediatamente que me estaba confundiendo con el jovencito gafotas, el chaval que había sido paciente mío y entonces lo era suyo; Fátima me habló alguna vez de un par de llamadas intempestivas, ella había accedido a darle su teléfono personal porque el chico le caía bien y no quiso desairarlo cuando él se lo pidió por si alguna vez necesitaba hablar con su terapeuta fuera de la consulta. Yo no pude -no quise- resistir la tentación de sacarla de su error para gastarle una pequeña broma, para reírme un poco a su costa. Quizá mi voz, intenté recordarlo en ese instante, se parecía a la de aquel Luis, o tal vez la hora de la llamada convenció a Fátima de que quien llamaba era su paciente, de modo que me hice pasar por él convencido de que detectaría la broma en menos de un minuto. Hola Fátima cómo estas, le dije, es que necesitaba hablar un poco y como me diste tu teléfono pues si no te importa quería contarte una cosa. Jamás había visto a Fátima fuera del trabajo o de la cafetería, nunca compartí con ella ninguna otra circunstancia ni situación, ni sabía por tanto cómo trataba a sus pacientes o de qué  modo se relacionaba con la gente en general.

Ernest Delcals – Café Tortoni

Estaba ocupada sin duda, quizá dándole la cena a los niños o pasando la velada con su marido o algunos amigos, no podía saberlo, pero me pidió un instante para alejarse de las personas con las que estaba y poder así atenderme -atender al jovencito gafotas- adecuadamente. Sí, dime, ya estoy contigo, cuéntame, dijo al cabo de apenas treinta segundos. A pesar de mostrarse tan educadamente solícita, seguía sin duda pendiente de lo que hasta ese instante la hubiese mantenido ocupada; parecía distraída o impaciente. Es que hoy no me encuentro muy bien y he pensado mucho en ti, le dije impostando un tanto la voz para que no pudiese reconocerme, para que la diversión a su costa durase todo lo posible. Aquella confusión inicial, estaba seguro, nos proporcionaría muchos días de carcajadas en la cafetería. Bueno, para eso te di mi número, para que me llames cuando lo necesites, continuó ella después de una breve pausa; cuéntame ¿ha pasado hoy algo especial, sabes por qué te encuentras más inquieto? Sonaba cariñosa y cercana, su paciente Luis sin duda así lo habría percibido pero yo reconocí su tono y sus frases como propias del manual básico de una profesional eficiente; al fondo se escuchaban risas de niños y conversaciones de adultos, sin duda mi llamada había interrumpido un momento grato o quizá simplemente rutinario con su familia o sus amigos, pero aún así prestaba la atención suficiente y necesaria a su supuesto paciente en apuros.

Sí Fátima, le dije, creo que hoy ha pasado algo especial. Cuéntame, Luis, te escucho. Procuré retener con claridad la forma de expresarse de aquel chaval con problemas de autoestima que después de un tiempo conmigo prefirió cambiar y probar con la gran Fátima, la estrella de aquel gabinete en el que ambos trabajábamos. Es que verás, ya llevo mucho tiempo viéndote y me has ayudado muchísimo, pero hasta hoy no me he dado cuenta de una cosa, dije reproduciendo lo más exactamente que pude el modo en que imaginé que el jovencito gafotas se habría dirigido a ella en tal circunstancia. Sabes que me gusta ayudarte y verte mejorar, para mí es una gran satisfacción, contestó ella tirando de manual. ¿Quieres que te cuente la cosa que me ha pasado? le preguntó aquel Luis al que yo estaba suplantando accidentalmente y por pura diversión. Sí, claro, cuéntamelo, ya verás como te sientes mejor después de decírmelo. Es que me da un poco de vergüenza, continué, porque tiene que ver contigo y a lo mejor no te hace gracia o te enfadas un poco. La imaginé al otro lado del teléfono, pidiendo con gestos paciencia o disculpas a la gente con la que estaba pasando la noche. Dime Luis, no tengas miedo, yo no me voy a enfadar contigo nunca.

Ernest Descals – Cafetería en Madrid

Seguí hablando y en un instante percibí que aquella suplantación ya no me divertía tanto como me interesaba. Accidentalmente había encontrado la distancia adecuada, la perspectiva suficiente y necesaria y la curiosidad o el interés me llevó a aprovecharlas para ver a Fátima como nunca la había visto. La cosa que ha pasado, que me ha pasado hoy, es que me he dado cuenta de que a lo mejor estoy un poco enamorado de ti, le dije seguro de que al jovencito gafotas podía perfectamente haberle sucedido eso, haberse sentirse atraído por su terapeuta y haber encontrado en una llamada telefónica el momento propicio para hacerle esa confesión intempestiva con la que quizá no se hubiese atrevido cara a cara. Me gustaría que fueras mi novia, añadí. Fátima se alejó aún más de la gente con la que estaba, pude percibir claramente como las voces de quienes la acompañaban se hacían ya apenas audibles para mí. Pero Luis, cariño -aquello se salía del manual- esas cosas nos pasan a veces a todos, confundimos los sentimientos; sé que te gusta estar conmigo y que te sientes agradecido, pero eso no es amor, no puede serlo. Jamás, ni en nuestros pequeños ratos de intimidad en la cafetería, Fátima había usado ese tono tan dulce y tan delicado conmigo. El Luis falso -yo mismo- continuó hablándole, asegurándole con la inocencia y la torpeza que yo recordaba  a aquel chaval en su trato conmigo que estaba seguro de que lo que sentía era verdadero amor. Fátima, quizá ya irritada o impaciente, no emitió la menor señal de ese estado de ánimo sino todo lo contrario; se mostró cercana y comprensiva, quizá realmente más conmovida que sorprendida, y habló a su falso paciente con una ternura que yo jamás le había conocido, ni en su trato conmigo ni con otros.

Aquélla era Fátima, la otra Fátima o quizá la verdadera o más probablemente sólo la que conmigo nunca necesitó ser. Yo soy mucho más mayor que tú, Luis, yo soy una mujer casada y con hijos, una viejita para ti, cuando te enamores de verdad seguro que será de alguna chica de tu edad…la interrumpí: no me importa que seas mayor, para mí eres la más guapa de todas. Tú tienes toda una vida por delante y eres muy buena persona, tendrás montones de chicas que se tirarán de los pelos por ser tu novia y lo pasarás muy bien con ellas; la vida de la gente de mi edad es muy tediosa y a veces un poco triste, créeme, seguro que te aburrirías mucho conmigo. La perspectiva se amplía y los trazos quedan definidos ante los ojos acostumbrados a las líneas difuminadas del objeto habitualmente cercano. Tenía un retrato de Fátima que no había buscado y sólo al final de la conversación, cuando la sensación de estar escondiéndome para verla como un mirón por el ojo de la cerradura empezó a abrumarme, descrubrí la broma y le pedí disculpas. Contestó con una carcajada interminable: pero que cabrón eres, Albertet.

Conozco a Fátima desde hace muchos años y aunque hemos pasado larguísimas temporadas sin saber uno del otro, el contacto nunca cesó del todo. Con ella he pasado inolvidables tardes de risas, intimidad y confianza, y con ella fui más cruel de lo que probablemente he sido nunca con nadie. Qué duro eres siempre conmigo, fue todo lo que me dijo entonces en voz baja, a modo de reproche que ni siquiera llegó a serlo. Nunca le hablé del impacto que me causó verla desde otra distancia, diferente a la acostumbrada. Ni siquiera la pasada semana, cuando volvimos a compartir un rato de merienda después de tanto tiempo sin hacerlo, acerté a decirle que entonces, cuando me confundió con su paciente Luis, pude constatar que a veces las apariencias no engañan y que en ocasiones sí, en ocasiones todo lo que reluce es oro puro.

Ver parte 2ª

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40 comentarios en “Fátima (parte 1ª)

  1. Creo que los hombres necesitáis ese punto de envidia sana para admitir a las mujeres con las que trabajáis. Sobre todo para respetarlas y subirlas a un peldaño más.
    Para admirar y sentir cariño por una compañera de trabajo que encima te birla los clientes, es necesario hacer ese ejercicio con el lápiz y con las distancias, para poder juzgarla e intentar buscar ese punto negro que te conforme y te haga pensar..ha sido solo suerte..no es tan buena…
    Lo peor es cuando, como en este caso, la compañera no tiene “ tara” o si la tiene es lo suficientemente inteligente para que no se la encuentres jajajajaja
    Me voy a esperar..pero creo que esta historia acaba en sexo y además la encuentras la tara, jajajaja
    Muchos Besitos

    P.D. Si..tienes razón, el blog está más despejado ahora, es más cómodo… pero el negro y el rojo me siguen pareciendo agresivos jajajaja

    1. Invi, te prometo que no es por darte caña, de verdad,.pero releete..”Admitir a la mujeres con las que trabajais, respetarlas….”. Si no fuera porque sé que eres mujer y no muy mayor, diría que ese comentario lo ha hecho Paco Martinez Soria jajajaja. Revisate ese puntito machista….
      Un beso

  2. Reflexivo primer párrafo. Algunos profesionales necesitáis tener muy clara la distancia entre el cliente y vosotros mismos.Si se está muy lejos el trazo no es grueso,es duro.S si se está demasiado cerca se enciende la luz roja,” Peligro, emociones”. Tiene que ser dificil no trasladar tanta mesura a vuestras relaciones personales.

    Cambiando de tema totalmente, no sabes como me ha recordado tu relato a mis largos y añorados cafés con mis compañeros de trabajo de otra torre de Madrid.Gracias `por hacerlo.

    Un beso, guapo

  3. Hola.. a mi me gustaba más antes.. pero bueno la apariencia del blog no es lo importante, lo que compartes con nosotros, si lo es.

    Invi, eso mismo esperaba yo jajajaja este muchacho (o señor) nos tiene ya muy mal acostumbradas jajajajaja

    Chiquillo (o señor) bonito texto.. no profundizo porque no tengo animo…ya luego o mañana, o.. yo que se..

  4. Es el más reflexivo de los retratos que te he leído pintar, quizá porque no hay sexo y como si de alguna manera, te sintieras deudor de esa mujer a causa de una cuenta que ella seguramente ignora por completo. Me parece una pincelada tierna untada de aceite balsámico, de esos que suavizan y liman asperezas de la memoria y que son tan necesarias a veces, como el respirar. Una especie de homenaje cálido.
    Lo de hacerte pasar por otro tiene su gracia sin dejar de ser una cabronada supina, menos mal que se lo reconociste al final. Yo te hubiera matado porque todos, sin dejar de ser quién somos, nos comportamos de manera diferente según la persona y la circunstancia; sin dejar de ser uno mismo.
    Lo de la crueldad me intriga, esperaré a la segunda parte, porque esa es la deuda que pareces tener con ella ¿qué demonios le hiciste?
    Como siempre, maravillosamente escrito ¿te cuento de nuevo lo de la novela que tienes aquí?
    Invi, fijo que ni siquiera es guapa, sólo resultoncilla jajajjajajjaajjajajja.

    Un beso, Chico Guapo

  5. Hola, soy Ernest Descals, el pintor de los cuadros con que ilustras el artículo, y te quiero agradecer que hayas escrito mi nombre como autor en todas las pinturas, cosa que a menudo muchos no hacen aunque si toman las imágenes.Gracias y felicidades por tu Blog.

  6. Bien pensado, Chof. Besos.

    Invisibla, no sé lo que necesitan los hombres, líbreme Dios de erigirme en representante de todos ellos. Yo, por mi parte, te cuento (te adelanto) un dato objetivo que quizá te despeje esa sensación de que en algún momento tuve celos profesionales de mi compi o que de algún modo la subestimé por el hecho de ser mujer: con el tiempo, Fátima salió de aquel gabinete y puso su propio negocio; me ofreció trabajar con ella, no lo dudé y así lo hice durante un tiempo, a sus órdenes. Fue un auténtico placer dejarse dirigir por ella. Por lo demás, me temo que la “tara” me la encontró ella a mí. Sobre el negro y el rojo: no sé si te refieres a eso, pero a mí también me incomoda que mis comentarios salgan destacados en ese color; creo que se puede jugar con los colores, de modo que echaré un vistazo. Besos.

    Baso (o Ñoña: ya rumiaba yo que erais la misma, pero hasta que lo ha dicho Invisibla arriba no lo tenía claro, así de despistadillo ando): pues sí, te parecerá mentira pero nunca me había planteado eso, lo de trasladar inconscientemente esa necesidad de mantener la distancia adecuada a nuestras propias relaciones personales. Es muy probable que suceda, sí. Joder, creo que me vas a tener toda la tarde pensando sobre ello jaja. Me alegro de que el texto te haya recordado buenos momentos. Besos, guapa.

    Lunera, gracias por eso que dices. Ya verás como te acaba gustando, eso espero, que sigas viniendo y leyendo. Lo de profundizar o no, pues eso, como te pille. Besos castos, chiquilla (o señora).

    “Un homenaje cálido”. Supongo que sí, pero también supongo que eso es lo que también he intentado con (casi) todas las demás, hasta ahora por lo menos. Las hay de las que no guardo buen recuerdo, irán saliendo. “Deudor”: pues no sé si es la palabra, pero sí, para que lo voy a negar, tengo la sensación de que ella siempre se portó conmigo mucho mejor que yo con ella; quizá en la segunda parte esto se entienda mejor; le hice daño, no sé si mucho o poco pero se lo hice, sin cuento y sin necesidad. Todos somos siempre el mismo y sólo tenemos comportamientos distintos dependiendo de la persona o la circunstancia, de acuerdo; la cuestión es que ese comportamiento distinto ante otras personas y circunstancias no son visibles para nosotros; a mí me conmovió el modo en que mi compi trató a un (casi) desconocido que ella percibió como vulnerable; bien podía haberse desentendido de él, no haber cruzado la línea entre la profesional y la persona, y no dudó en hacerlo, en implicarse personalmente para evitar hacerle ni la más mínima pupa a alguien a quien nada debía. Me alegro de que te gusten los cuadros: son de un pintor que siempre me ha encantado. Un beso, chica guapa.

  7. Qué sorpresa y qué gran honor, Sr. Descals. Por Dios, las gracias tengo que dárselas yo a usted, junto con una disculpa, por supuesto: he usado sus pinturas sin ningún tipo de permiso previo, y muy probablemente algún otro artista me hubiese pedido que las retire. Como digo arriba, siempre me gustó su trabajo y vi en este texto el momento propicio para manifestar de algún modo mi admiración. Sus cuadros son, sin duda, lo mejor del artículo. Disculpas de nuevo, muchísimas gracias por su generosidad y, por supuesto, enhorabuena por su trabajo. Un placer.

    1. Por cierto que antes me he olvidado, siempre que quieras puedes disponer de mis imágenes cuando lo creas oportuno, y si en algún momento puedes y quieres insertar algun link a alguna de mis Webs, te lo seguiré agradeciendo.Saludos y a tu disposición.Ernest Descals.

      1. Muchas gracias de nuevo, Ernest. Aprovecho tu generosidad para anunciarte que sí, que muy probablemente no podré resistir la tentación de contar de nuevo con tu trabajo para ilustrar algunos textos. Desde este momento, pulsando en cada una de las fotografías que reproducen tus cuadros puede accederse a webs donde disfrutar de tu obra. Además, me he tomado la licencia de incluir un enlace a otra de tus páginas en mi blogroll. Déjame repetirlo: ha sido todo un honor haber contado con tus visitas. Gracias.

  8. Invi, yo no creo que los hombres necesiten un punto de envidia para admitirnos como compañeras. Yo trabajo con hombres, es decir, sólo con hombres, todos mis compañeros los son y en los 11 años que llevo aquí trabajando me he encontrado de todo, desde aquellos que me tratan como una igual, salvo por el detalle de que yo no conduzco un camión, (ya me gustaría), hasta aquellos que casi no me dirigen la palabra. En algún caso he creído ver más timidez que desdén. Con otros comparto conversaciones, cafés, risas, bromas… he visto más reacciones raras entre sus respectivas esposas si alguna vez nos hemos juntado a cenar. Creo que las mujeres somos más puñeteras en ese aspecto.
    Yo creo que son algunas mujeres las que tienen la sensación de que tienen que ser mejores para ser aceptadas cuando en realidad lo que todos, nosotras y ellos, deberiamos hacer es dar lo mejor de nosotros mismos para ser aceptados como un compañero en el que puedes confiar, en cuestiones de trabajo, claro está.
    A mí me ha gustado el artículo, he creído ver admiración por el trabajo de Fátima y gusto por su persona sin ser la mujer de alguien, la madre de alguien, la amiga de alguien, sólo por los ratos compartidos siendo lo que ella quería ser cuando pellizcaba los bollitos de chocolate de Albert. Eso es lo que yo he visto, aunque ¿quién soy yo para intentar averiguar lo que él sentía? Esa es mi impresión.

  9. A ver Chof…que solo quería sacar punta al post de Albert jajajaja . Yo también veo todo eso que tu vez…pero tengo que picarle un poco y además…él me deja..jajajaja
    Y Chof….otra cosa..yo no hablo de compañeros de trabajo yo hablo de empleados y de clientes. Lo peor es ir a un cliente con 22 años como consultora y que al principio de una entrevista te suelten eso de ..que me vas a enseñar bonita…y tener tragaderas y demostrarle tanto..que al final de la entrevista te reconoce que no tiene ni ..idea de nada (por no decir un taco) y que agradece todo lo que ha aprendido. En fin..así son los hombres jajajaja
    Muchos besitos

    Honey seguro que es solo resultona…ni lo dudes jaaaaaaaaaaaaaaaaaa 😉

    Estimado Ernest Descals, que a mi también me encantan sus cuadros que son maravillosos..a ver si mi amiga Honey le invita a redecorar alguna vez la cabecera de su blog, que me encantaría ver su arte por las mañanas. Muchos Besitos
    Lunera parece que no lo ha pillado…es que para pedirle un scaneo de su partida de nacimiento no hace falta ser tan diplomática, jolines jajajajaajjaa

    P.D. Si Albert..por Dios…cambia el rojo jajajajaja que para leerte me pongo gafas de sol, jaaaaaaaaaaaaaaaa mas besito para ti. Aunque una “señora” me ha dicho que tu foto es la que aparece en la parte donde hablas de ti y el blog..por supuesto que no me lo he creido..o debes ser hermano del hombre de negro del hormiguero. A que solo es una foto para ilustrar? Jajajajaja.

    Cada vez me parezco mas a Marpart, contesto a los lectores de Albert jajajajajaa prometo no hacerlo muy a menudo 🙂

  10. yo no tengo experiencia de trabajar de igual a igual con una mujer, no puedo opinar por tanto.
    de lo que si opino es de tu broma, Albert, para mi una broma despreciable la cual soy incapaz de asimilar si soy yo el engañado. La verguenza al descubrirse o ser descubierto debe ser tremenda y humillante.
    supongo que es otro punto mas en tu contra que contribuye a verte como un tipo despreciable….(espero que no te enfades, es por darle realismo al comentaro)

    abrazos

  11. Lunera, sigo sin pillarlo. Dame un pista, mujer.

    “En algún caso he creído ver más timidez que desdén”. Lo has clavado, Chof: señoras, ténganlo en cuenta cuando crean que un señor las mira por encima del hombro: algunos vamos de duros porque no nos queda otra. “Gusto por su persona”: pues sí, buen resumen, ahí también diste en el clavo. Más allá de eso, lo de averiguar qué sentía yo está difícil, lo reconozco: primero tendría que averiguarlo yo mismo, y todavía no lo he conseguido. No me recuerdes lo de los pellizcos en los bollos: salía de allí con más hambre de la que entraba. Gracias, Elena.

    Invisibla, seguro que las gafas de sol te sientan divinas de la muerte. No sé quién es el hombre negro del hormiguero, pero me temo que sí, que el de la foto soy yo. Ya sé que ilustrar no ilustra mucho, pero es lo que hay. Además, le tengo cariño a esa foto. Besos.

    Marpart, no te preocupes, juro por mis niños que nunca te llamaré haciéndome pasar por un jovencito tímido para decirte que estoy enamorado de ti. O sí, no sé, no me des ideas que hay días que me levanto con el colmillo retorcido. Por lo demás, si Fátima se sintió avergonzada o humillada por aquella broma, lo disimuló de puta madre, porque hubo semanas de cachondeo a costa del asunto. Abrazos.

  12. no hombre no, fatima no tenia porque sentirse mal coño, tu eras el que deberias haberte muerto de verguenza por tal comportamiento.

    aunque me da la sensacion de q careces de ese registro, jajaja…un abrazo

  13. Invi y no crees q el que duda de tus aptitudes puede que sea simplemente un capullo que dudaría de las de un sr. mayor que él porque “probablemente esté para reciclarlo”, de uno más joven “porque es un niñato, de uno de su edad “porque él es el mejor del mundo mundial”, de una mujer “porque debería estarle lavando los calzoncillos a su marido”…, vamos un inseguro que fijo que si le presentasen a su sombra le diría “y tú que miras!? Pues eso, que capullos los hay por todas partes, de todos los sexos y de todas las edades. No sabes tú la de veces que me han colgado a mí el tfno al contestar porque en los registros de algunos no entra que una mujer conteste en lo que tradicionalmente ha sido un empresa de “machos”, o los que simplemente decían “es que por qué me contestas tú al tfno si yo no quiero hablar contigo?” Vamos que yo me los he cruzado de todos los colores y a alguno que hasta que (sorry de antemano) no le mandé a tomar por culo no se dió cuenta de que yo estaba trabajando y no ligando en la barra de una discoteca.

  14. Cómo eres, Invi, estoy segura de que a Albert le encanta que usemos de su espacio para un pequeño debate o lo que sea menester. Que luego huela a humo, a risas, a conversación y a mucha humanidad 😉 A mí me encantaría que eso mismo pasara en el mío, ya pasó hace algún tiempo.

    Voy a visitar de inmediato las webs del Sr. Descals, pero por puro placer, ya sabes que las ilustraciones de nuestro blog, son fotografías y ya que Albert va a hacer un buen uso indudable de semejante fuente de placer, no voy yo a copiarle.

    P.D. Yo jamás he tenido problema alguno con un hombre en el trabajo por el hecho de ser yo una mujer, más bien ha sido al contrario “la mujer es una loba con la mujer”. Ahí es na.

    Besos a todos.

    1. Ernest, me alegro de que te parezca bien como ha quedado. Gracias por el link en tu web, por supuesto. Ya sabes dónde encontrarme. Mi mail está al final de la página, a tu entera disposición. Un placer. Albert.

  15. Eso, eso, Ernest, como dice Invisibla,…allí nos tienes….
    Por cierto , Honey e Invi, ¿cuánto tiempo sin veros, no?juassssss

    Espero que encontraras enseguida la respuesta a tus reflexiones sobre las distancias en las relaciones personales y no te saliera mucho humo de la cabeza por pensar,Albert, jajaja
    Un beso a todos.
    Basoñoña

  16. Basonona? (No tengo gnes) me encantaaaaaaaaaaa, te pega, te pega… Es verdad que la torta que no nos vemos, hoy te he puesto falta.
    Ernest, amigo, gracias.
    Perdona tantisima intrusion, chico guapo.
    Un beso gordo

  17. Marpart, te lo has ganado definitivamente: un jovencito (o jovencita) se va enamorar de ti. Cuando menos te lo esperes. Un abrazo.

    Chof, tu blog está sabroso, en todos los sentidos. Hace años hice un viaje inolvidable por Las Batuecas y la Sierra de Francia. La Alberca es la leche, claro, pero está puesto como un escaparate, demasiado volcado al turismo. A mí me impresionaron Miranda del Castañar o Sequeros. Y, en otro sentido, Casas del Conde. Gracias por enseñar el blog y por esos recuerdos.

    Lunera, o sea que lo de la partida de nacimiento iba en serio. Ya te vale. Besos castos.

    Ñoñostiarra, todavía estoy en ello, y lo que me queda. Besos, guapa.

    Jonis, le dices a Invisibla que seguro que me gusta que huela a humanidad y luego me pides perdón por oler a humanidad. El espacio de los comentarios, ya lo he dicho alguna vez, no es mío. Pintad lo que os dé la gana, por supuesto. Besos, rubia.

    Tesa, gracias. El mérito es de ese pedazo de mujer estupenda.

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