Me tuteaba, pero jamás me llamó por mi nombre, sino por mi apellido. Cada miércoles a las cinco, la anciana abría personalmente la puerta y me tendía delicadamente la mano. Aprendes rápido y bien, me dijo esa tarde sonriendo cuando comprobó que mi desenvoltura con el besamanos había mejorado. Luego en el vestíbulo Julia, sólo algunos años más joven que ella, se acercaba por mi espalda, me pedía permiso, me ayudaba a quitarme el abrigo y lo doblaba cuidadosamente sobre su antebrazo; me abría la puerta del salón y me invitaba a pasar con un suave gesto de la mano libre. ¿Café como siempre, Señor?

Carlos solía recibirme leyendo junto al ventanal, aprovechando la luz mortecina de las tardes de invierno. Dejaba el libro sobre la mesa auxiliar y me señalaba mi asiento. Esa tarde no leía. Aún miraba por la ventana, dándome la espalda mientras Julia cerraba la puerta para dejarnos solos. Me senté después de estrecharle la mano y hablamos de libros y de inviernos, haciendo tiempo hasta que la criada volviese con la breve merienda para ambos. Cuando nos quedamos solos, empecé como suelo: ¿cómo te encuentras, quieres hablar de algo en especial? Miró un instante hacia las puntas de sus zapatos; no era habitual, jamás separaba sus ojos de los míos durante la hora larga de sesión. Levantó la cabeza, me clavó sus ojos oscuros y lo dijo con firmeza: sí, de algo especial. Muy especial.

Es una breve historia, no te aburrirá. Además, eres el protagonista, añadió con la desagradable sonrisa con que acostumbraba a dirigirse a mí. ¿Cuántas sesiones llevamos? Siete con la de hoy, contesté. Bien, dijo, va a ser la última. Revolví el azúcar con el café y me recliné sobre el respaldo. Fuma si quieres, añadió, yo también lo voy a hacer si me das uno. Carlos no fumaba, pero encendió el cigarrillo con la maña de un viejo consumidor. Te escucho, le dije. Aún tardó unos segundos en empezar a hablar. La historia comenzó hace un año, aproximadamente. Cada tarde, en la soledad de mi dormitorio, cabalgaba durante horas sobre el lomo tibio de una Loba Blanca. Era su nick. Yo me llamaba Prometeo para ella, y empecé a amarla sin conocer su rostro ni su voz, ignorando su nombre, su ocupación o su lugar de residencia. El café de Julia era realmente excelente, me concentré en saborearlo mientras el chaval hablaba. Pactamos no darnos detalles personales: sin nombres, sin ocupaciones, sin edad, sin domicilios. Así no se rompería la magia, nos decíamos. Carlos hablaba mirando hacia la ventana. Cada día caminé de su mano invisible por una ciudad distinta, leí a través de sus desconocidos ojos libros de los que nunca había oído hablar o escuché de su voz invisible historias que me hacían reír hasta olvidarme de mí mismo. Sobre las seis y media, antes de que tu compañera Diana llegara, apagaba el ordenador y en la negrura de la pantalla vacía contemplaba un instante mi propio reflejo, mi rostro ajado de silencio y mis piernas inertes, desarmadas sobre esta silla. Loba Blanca me hablaba de su afición a la montaña, de su gusto por nadar o andar en bicicleta y yo contestaba que también disfrutaba de esos placeres. Inventé mi propia vida para poder contársela. Nunca reuní suficiente valor para decirle la verdad.

Me serví otra taza de café. Diana era tan puntual como tú. Llegaba cada tarde a las siete. Supongo que la conoces mejor que yo. Sólo somos compañeros, le dije. Hacía su trabajo con palabras tan amables como frías, tan cordiales como distantes. Como tú, más o menos. No era la primera vez que Carlos ponía en duda mi solvencia profesional o mi forma de trabajar. Nunca me importó, en realidad: Diana ya me había advertido sobre su brutal sinceridad y aquellas visitas a domicilio se cobraban muy bien. Sigue, le dije ofreciéndole otro cigarrillo. Siguió. A pesar de esa austeridad tan profesionalmente disimulada, o quizá precisamente por ella, tengo que confesar que antes de conocer a mi Loba Blanca, todas mis fantasías pertenecían a Diana, pero desde entonces fue ella, mi mágica amante del ciberespacio, la única actriz del teatro de mis sueños. Guardo de esas tardes las emociones que mezclaban la ilusión de compartir con ella un par de horas y la despótica certeza de que su mundo de libertad era para mí territorio prohibido. No me atrevía a decírselo. Temí al principio que la súbita revelación quebrase sin remedio aquella inesperada y poderosa empatía que nos mantenía unidos a través del teclado, y más tarde tuve miedo de que su amor confesado se deslizara sin remedio hacia la turbación o la compasión. Cuando la intimidad se hizo tan honda que convirtió en insoportable el deseo de conocer, quise contemplar al menos sus ojos, y le pedí que enviase a través del correo electrónico una fotografía.

Carlos ya no hablaba para mí, sino para sí mismo. “Una historia de la que eres protagonista”, recordé, pero lo cierto es que me podía más la impaciencia por salir de allí que el deseo de entender cuál era mi papel en aquella aburrida historia de amores por internet que ya había oído mil veces de mil pacientes distintos. ¿Eres consciente de que quizá la magia se rompa sólo con ver nuestros rostros? me preguntó mi Loba. Asumo ese riesgo ¿y tú? Déjame pensarlo, me dijo. Al día siguiente, me saludó en la sala de chat con esta frase: mira en tu buzón, acabo de mandar la foto, te espero aquí. Con la extraordinaria agitación que puedes imaginarte abrí su mensaje. Ante mis ojos aturdidos apareció en la pantalla de mi ordenador la hermosa Diana, tu compañera, mi psicóloga de aséptica sonrisa. Carlos se giró para mirarme, sonrió satisfecho al comprobar mi sorpresa y continuó hablando. Tardé unos minutos, Albert, en asumir la jugada que el azar había puesto en mis manos; permanecí una larga hora frente a mi pantalla, mirando su fotografía; en París, delante de la Torre Eiffel, posaba sonriente ante la cámara. Era Diana, sin duda alguna: sus ojos fríos, su mismo gesto amable pero distante. El azar juega, sin duda, con cartas marcadas. Esa tarde no volví al chat.

Diana llegó apenas media hora más tarde y me saludó con las mismas palabras de siempre, con la misma cordialidad profesional con la que ocultáis la compasión hacia vuestros pacientes. Yo no tenía compasión ni sentimiento alguno hacia Carlos, pero nada dije y aguardé en silencio a que siguiera hablando. Lo hizo acercándose más a la ventana. Diana ni siquiera reparó en mi desconcierto, en mi ánimo agitado y confuso. Empezó como siempre, como tú más o menos: ¿cómo estás, chico? Venga, hablamos de lo que quieras. Aguardé en vano un gesto diferente, una vacilación en su voz, pero no hubo nada, absolutamente nada distinto a cualquier otra tarde anterior. Me debatía entre la confusión, la ira y una recién nacida cautela. ¿Cómo podía ser esa mujer mi Loba Blanca, en qué lugar de su corazón de hielo albergaba la vitalidad, la alegría, la pasión que me había demostrado? ¿O quizá todo era fruto de una maldita e improbable casualidad, podía haber en el mundo, en el mismo país, otra mujer tan parecida a ella? No sé en qué momento la interrumpí: Diana ¿me permites una pregunta? Por supuesto, me dijo. ¿Te gusta internet, sueles chatear? Tu compañera contestó con absoluta naturalidad, parecía incluso agradecida de que fuese yo quien por una vez propusiese uno de los triviales temas de conversación que frecuentábamos.

Pues la verdad es que no mucho, no soy muy aficionada. Tengo ordenador en casa pero no tiempo libre. ¿Tú sí lo haces? Sí, alguna vez. Es bueno comunicarse, ¿verdad? Aunque sea a través del ordenador. Es útil para la gente que sale poco de casa, por la razón que sea, dijo con exquisito tacto, pero entendí lo que en el fondo quería transmitir: es bueno para los minusválidos como tú. Sí, es entretenido, respondí lacónicamente. Tengo otros pacientes a los que también les gusta el chat, me dijo Diana. Conocen gente y lo pasan bien. Siguió hablando tirando de manual, del mismo que el tuyo y el de tantos otros, ya sabes que Diana no fue la primera, mi abuela se empeña desde hace años en que los psicólogos me vienen bien, en que charlar una hora a la semana con un profesional alivia mi soledad. No es cierto, bien lo sabes, pero no me importa complacerla. Diana peroraba sobre los beneficios de la comunicación con otras personas, pero a partir de ese momento yo sólo escuchaba mis pensamientos, disparados a partir de una súbita idea. No sé por dónde discurría su aséptico monólogo cuando la interrumpí con toda la amabilidad y la simpatía de que soy capaz: ¿conoces París, Diana? no sé por qué me ha venido a la memoria la ciudad. Sí, he estado varias veces, me dijo, es una ciudad maravillosa. Siguió hablándome, contando sus viajes a París y otras ciudades europeas. Contuve mi ansiedad, la dejé acabar su historia y me dispuse de nuevo a tirar de aquel débil hilo, con el mismo esfuerzo de quien jala la cuerda del pozo intuyendo que lo que trae el cubo no es agua, sino puro barro. ¿Tienes fotos de París? me gustaría verlas. Sí cómo no, el próximo día te las traigo, se las he dejado a una amiga. Una amiga, pensé. Una amiga, dije en voz alta. Sí, bueno, una paciente, una chica con tus mismos problemas. Deberíais atreveros a viajar, hay gente peor que vosotros y lo hace.

No quería saber más. La interrumpí de nuevo desviando la conversación hacia otro lugar. No quise darle la ocasión de pronunciar su nombre ni ningún otro detalle. Ya sabía de mi Loba Blanca mucho más de lo que nunca hubiese querido saber. Entendí que, si continuaba viendo a Diana cada tarde, no podría evitar escuchar su nombre o cualquier otro dato que ella deslizaría con naturalidad en su anodina charla, que quizá ya hubiese deslizado anteriormente sin que yo lo hubiese advertido. No podía seguir recibiendo a Diana. Al día siguiente llamé a vuestro gabinete para prescindir de sus servicios con una excusa vulgar, y esa misma tarde volví al chat. Mi Loba me esperaba. Perdóname, ayer tuve problemas inesperados, escribí. No hay perdones, no hay excusas, somos libres, no lo olvides, me contestó a través del teclado. Me gustó tu foto; eres, no sé, distinta a lo que había imaginado. Gracias, escribió; ya sabes que me debes una fotografía tuya.

Esa misma tardé volví a llamar a tu gabinete para pedir un nuevo psicólogo, un hombre. Necesito los cuidados de un profesional, ya lo sabes, mi abuela tiene razón, dijo Carlos acentuando su acostumbrada sonrisa sardónica. El resto de la historia ya la intuyes. Me bastaron dos tardes para persuadirte de que me hablases de tus viajes y me dejases ver las fotos. Nadie niega nada a un parapléjico solitario, menos aún si cobra por escucharle ¿verdad?. Lamenté en silencio que aquélla que me estaba sirviendo iba a ser mi última taza del café de Julia, era realmente excelente. Todo ha vuelto a ser como antes, dijo Carlos. Envié la fotografía que ella me pidió. Prometeo vuelve a cabalgar sobre el lomo de su Loba, pasamos horas hablando de lo que hacemos, de nuestros proyectos y nuestros sueños, intercambiamos fotos de nuestros viajes y reafirmamos nuestro compromiso de no conocer detalles personales, para no romper la magia, dijimos una vez más. Ahora no puedo vivir sin ella, Albert. Supongo que debería pedirte permiso para seguir usando tus fotos, o perdón por haberlo hecho ya. Dejé la taza sobre la mesa, recogí mi paquete de cigarrillos y me levanté de mi asiento. No, no tienes que hacerlo, dije sin girarme mientras abría la puerta del salón; mañana te enviarán la factura.

Una semana después me acosté con Diana por primera vez. Como les conté cuando les hablé de ella, la tarde en que se quitó la ropa delante de mí pensé que era distinta a todas las demás, quizá una mezcla de todas ellas, quizá la esencia concentrada de todas las mujeres del mundo.

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18 comentarios en “Prometeo

  1. A ver si me he enterado jajajaja. Diana no fué muy profesional dejando a su paciente femenina las fotos de París. La casualidad hizo que dos pacientes vuestros coincidieran en un chat.

    Conclusion..los chats estan llenos de enfermos mentales? ahhhh que me estoy asustando jajajajaja

    Estoy loca? jajajajaja

    Por cierto..el tal Carlos, me cae fatal…jajajaja

    Muchos Besitos

  2. bonita triste historia triste…
    aunque me ha recordao un poco a esas pelis en las que el tontito de gafitas se queda con la goridta miope también, y el niño mono, con la chica perfecta… (pero eso solo ha sido al leer el ultimo parrafo..)

    un beso…..

  3. no creo que Carlos fuera un enfermo mental .. en el sentido más rotundo de la palabra..creo que lo era en el mismo modo en que lo somos todos alguna vez…

  4. No, Carlos no era un enfermo mental, sólo un minusvalido triste, lleno de amargura, protegiendo su sueño a costa de lo que sea.

    Chico Guapo, a pesar del montaje de una historia sobre otra, tortuoso, te descubres aquí mucho más de lo que crees.

    Un beso y saludos a la afición.

    P.D. Invi, loca, lo que se dice loca, no estás pero…. jajajajaaaajajaj

  5. Como que Carlos no es un enfermo mental? es un esquizofrénico con muy mala leche..anda que no se le ve jajajaja

    Rubia…loca yo?? mmmm voy a tener que pedir cita en algún gabinete? mmm que pena..nunca me podría tratar Albert, como dice mi amiga Susi, tb psicólga….no se puede tener de paciente a un amigo.

    Aunque si lo pienso bien…jajajaja Albert no es mi amigo!!! jajajaja

    Albert? me das cita? jajajajajajaja

    Besitos a todos

  6. ¿por qué nos son tan necesarios los psicólogos? Ya estemos sin poder salir de casa con sueños cibernéticos o seamos jóvenes con éxito, creo que los necesitamos cualquiera…

    Besos a todos y uno especial para el jefe, claro.

  7. Hola:

    La vida este llena de casualidades, cruces originados por esas casualidades, causalidades que emergen de esos cruces originados por esas casualidades, etc., etc.

    Albert, me da la impresión de que, al poner tus recuerdos sobre el papel, has obviado un hecho importante en la historia. Sin eso, aunque tu lo conozcas y por ello no te extrañe lo que ocurre, los lectores se quedan con la impresión de “demasiadas casualidades”. El hecho, que intuyo obviado, creo que esta relacionado con uno de los aspectos del tratamiento de Carlos. Es muy común que en un tratamiento psicológico hacia alguien de las características personales y vitales de Carlos, su terapeuta intente que salga del mundo en que esta encerrado. Como la salida física es muy difícil, una recomendación sobre “salidas virtuales”, es decir, del uso de Internet como medio de comunicación y como ventana a otras experiencias ajenas, es una opción.

    Dentro de esa recomendación terapéutica es lógico, normal, que ante la ignorancia del paciente sobre ese mundo virtual, el profesional, ademas de indicarle que lo use, le de pistas sobre algún sitio. Por ejemplo: “en esta pagina, http://www.viajesyaventura.ex, encontraras relatos de experiencias de viajeros y, ademas, el mismo sitio dispone de foro y chat”. Esa misma recomendación, de la misma pagina, podría haber sido hecha a una paciente con las mismas características que Carlos. De ese modo, en el inmenso mundo de la red, el posible encuentro y las subsiguientes cabalgadas lobunas son más fácilmente asumibles como posibles.

    Es curiosa la elección de nicks. El de “Prometeo” es transparentemente comprensible (un héroe humano en lucha desigual contra los dioses, condenado a estar eternamente amarrado a una roca, mientras un águila le picotea incesantemente el hígado, etc.). Pero… “Loba Blanca” es mucho más sugestivo, más, en cierto sentido, posiblemente complicado. Yo me he decantado por una referencia a Jack London y a su “Colmillo Blanco” (libre pero esclavo; aparentemente domesticado, pero con el corazón salvaje; independiente, pero fiel, etc., etc.). Podría haber otra inspiración, relacionada con la novela romántica y quizás fuera más correcta, pero como lector, escojo la primera (privilegios de lectura… jajaja).

    El relato de esta experiencia, añadiendo ese antecedente elíptico, me resulta fascinante. Esa extraña y arriesgada lógica de Carlos (“ya que ella me mandó una foto de su psicóloga, yo le mando una foto de un psicólogo del mismo gabinete. Pero, con el peligro de que, al igual que yo he tenido a los dos como terapeutas, ella también podía haberlos tenido e identificar la foto que le envío”). La experiencia, si hubiera incluido esa vuelta de tuerca (ya, ya, se, la realidad es como es), que tu, Albert, hubieras reconocido, aunque no se lo hubieras dicho a Carlos, a esa paciente como una anterior tuya, que luego se la pasaste a Diana, hubiera disparado la imaginación de los lectores.

    Por un lado, sabríamos algo que Carlos no sabe (o no sabe seguro, aunque sí sabe que existía la posibilidad): que “Loba Blanca” hubiera reconocido la foto como la de su psicólogo anterior. Y eso, en el lado de “Loba Blanca” podría crear infinidad de posibilidades, incluyendo un espejo de lo que pensó Carlos inicialmente y durante gran parte de la conversación con Diana o que “Loba Blanca” pudiera atar cabos, aunque tuviera muy pocos datos, y descubrir que “Prometeo” es más alma y cuerpo gemelos suyos de lo que aún creía.

    ¿Seguiría el juego, dando ambos por buenas las fotos y las experiencias que se cuentan? ¿llegara la relación a un punto critico, donde se desvela, pase lo que pase, la realidad?. Hay numerosas variables posibles.

    ¿Y “Diana”?. Ya se que Diana no es un nick, es un nombre real. Pero no me negaras que es una curiosa coincidencia. Diana la cazadora cruel, envuelta en una historia entre “Loba Blanca” y “Prometeo”. En fin, Albert, siento decírtelo, pero ahí el intruso aparentas ser tu. A no ser, claro, que estés más en el lado de “Prometeo” y “Loba Blanca” que en el de Diana (en esta historia, en otras, según el hipervínculo incluido en el texto, más que cerca, estabas dentro de ella), y tengas una vida virtual donde utilizaras un nick relacionado con alguno de ellos. ¿Quien sabe?… cruces, casualidades, causalidades…

    Un saludo.

    Pd: Baso, esta vez me ha sido imposible cumplir con mi “cuota”. Mis disculpas, pero te toca “estirarte” más en tu comentario, cuando lo hagas, si lo haces, para restablecer el “equilibrio”. Beso apreciado procedente del otro hilo y reenviado por partida triple desde este.

  8. Me encanta, me encanta que me psicoanalicen mis lectores, y sin cobrarme un euro 🙂 Gracias a todos por las atentas lecturas y/o relecturas.

    Rubia ¿en qué sentido me descubro? Casi mejor déjalo: dada tu probada agudeza para leer entre líneas y sobre todo para el retrato psicológico (lean Divinas y Hermosas, señores, es un consejo gratis), probablemente me dirías cosas que no sé. Hay quien, con toda la lógica y la legitimidad del mundo, faltaría más, pretende conocerse mejor a sí mismo. No es mi caso. Un besazo.

    Invisibla, si de algo huyo cuando escribo o transcribo recuerdos y cintas, es precisamente de sacar conclusiones. Sí, el azar jugó un papel importante en esta historia de Carlos (“estas cosas pasan todo el tiempo”, ya sabes), aunque no el principal: Sanan da en el clavo más abajo y ofrece alguna pista al respecto. Por lo demás, Carlos no era precisamente un tipo de trato fácil, efectivamente. ¿Diana no fue muy profesional? No, probablemente, pero yo tampoco. Yo, como cuento en el texto en que hablo de ella, fui el encargado de evaluarla en ese sentido; sobre este caso, obviamente, corrimos un tupido velo que a todos nos convenía. Tu amiga Susi se quedó un poco corta: no es conveniente (de hecho es altamente desaconsejable) tratar no sólo a amigos y familiares, sino a gente que simplemente conoces o incluso de la que sólo has oído hablar previamente. No te aceptaría en mi consulta, además, porque tu caso es irresoluble 🙂 Un beso.

    Lunera sí, supongo que es lógico que se te vengan a la memoria ese tipo de pelis de gafotas y niños monos. Pero Carlos estaba muy lejos de ser tontito (menos aún un enfermo mental, efectivamente), y Diana todavía más lejos de ser perfecta. Lo único coincidente es que yo un niño mono sí soy 🙂 Besos castos.

    Nerea, supongo que los psicólogos son tan necesarios como los traumatólogos. Nadie pretende arreglarse un brazo roto por sus propios medios, pero sí hay quien pretende arreglar otras cosas sin ningún tipo de ayuda. Prejuicios, supongo. Beso especial, secre.

    Sanan, ya lo sabes: lo más difícil siempre es elegir qué contar y qué dejar al entendimiento del que lee. No siempre se tiene la suerte de contar con lectores tan atentos como tú. No sé por qué eligieron esos nicks, pero tus referencias, tus suposiciones, tienen bastante lógica. Carlos era extraño y arriesgado en todo, y ese amor al riesgo le pasó factura. Y sí, la realidad es (fue) la que es. No deberías pedir disculpas por lo de “intruso”, sino todo lo contrario: si algo procuro en estos textos en mantenerme en un segundo plano todo lo que me sea posible. Lo tomo pues como un elogio involuntario. El voluntario (“fascinante”) te lo agradezo muchísimo, y me alegro de que te haya dado para pensar en historias alternativas. Un abrazo.

    Gracias a todos de nuevo. Es un auténtico placer teneros aquí.

  9. personalmente me he despistao un poco con la mezcla del relato. Seguramente es debido a que tengo algunas cosas que ordenarme en el coco ocurridas hoy, pero me quedo con una de esas primeras conclusiones que suelen ser acertadas….
    me gusta Carlos, a mi me hubiese encantado gorrearte un par de cigarros y mirandote a los ojos mandarte a tomar por culo…..pagando, por supuesto, pagando…

    jajaja iba a decir que era broma, pero joder, faltaria a la verdad….jajaja

    saludos y un abrazo

  10. Oye Lunera, lo de chavalito me ha gustado. “Las cintas del chavalito”: sí señor, suena de puta madre. Un día de estos.

    Bueno, Marpart, en el fondo se trata de eso. Muchos vienen a que alguien les escuche como mandan todo a tomar por culo; a veces en ese todo incluyen al propio terapeuta. Ellos se quedan como Dios y yo cobro. Todos contentos. Por cierto, un dato: tu comentario es de los totales el nº 666, the number of the beast. Sólo te podía tocar a ti 🙂 Un abrazo.

  11. COMENTARIO 668:

    He leído más despacio tu relato y ahora con la mente más clara creo que lo he ordenado. Pero no pienses que te voy a pedir perdón por haberte mandado alli, muy al contrario incluso te hago un dedito ya que si bien por esta vez no lo mereces, me juego la churra a que en otras ocasiones mereces eso y más, y esas cosas, como todo lo bueno, tienen un precio que en ocasiones se paga con gusto.
    Gilipolladas aparte, en ocasiones me pregunto qué coño hago metido en un medio en el que la inmensa mayoria de la gente da rienda suelta a su “vida ideal” sin evaluar, o lo que es peor, importandoles una puta mierda el daño anímico que pudieran ocasionar a otros.
    Ojo, no te hagas jaleos, me lo pregunto conociendo perfectamente la respuesta, asumiendo el riesgo y pidiendo cartas.

    Sigo trabajando, voy a mandar una oferta, terminaré de ilustrarla con unas fotos trucadas secuenciadas y convenientemente aderezadas con unas frases que no dicen toda la verdad…. preparo las respuestas posibles ante las más que probables interpelaciones que puedan poner en riesgo la manipulación ….y la vida sigue, supongo que como siempre.

    Un abrazo Albert.

  12. No sé a qué medio te refieres; internet, supongo. No creo que a “la inmensa mayoría de la gente” le importe una puta mierda el daño que puedan ocasionar a otros. Tú tampoco te lo crees, y por eso sigues pidiendo cartas. Suerte con la oferta, un abrazo.

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