A algunos de ustedes, especialmente a quienes tan amablemente escuchan conmigo mis cintas desde el principio o con cierta regularidad, les sonará sin duda la fotografía que encabeza este texto. No le den vueltas: la han visto aquí, en este mismo blog, concretamente en un post de agosto del pasado año. Les dije entonces que, en su momento, sería un placer contarles dónde pasé ese verano, a qué lo dediqué y qué me aconteció durante aquellos plácidos y soleados días. Créanme que lamento defraudar en buena medida las, por otra parte, improbables expectativas, porque todo eso de lo que pretendía hablarles, el relato de mi particular verano de 2010, se quedará solo en la puntita. En primer lugar, porque me resulta ahora un pequeño pero absurdo desperdicio ocupar siquiera unos minutos del verano de todos ustedes hablando de otro que ya se fue. Y en segundo lugar, y de modo destacado, porque he recibido calabazas en toda la regla.

No tengo problema alguno en contarles dónde pasé los días que transcurrieron desde finales de mayo hasta mediados de agosto del pasado año: en el lugar que ven arriba, alojado en uno de los escasos hostales de que dispone la isla. Tampoco hay inconveniente en compartir con ustedes el motivo que me llevó hasta allí, el que me retuvo durante tres meses en tan recogido y especial lugar: pretendía por entonces, ya les he hablado de ello alguna vez, proporcionarle contenidos y formas definitivos a la redacción de una novela sobre un cuarentón en crisis al que su médico de cabecera confunde con un periodista. Como también les he dicho en alguna ocasión, conozco mis limitaciones y hace tiempo, por tanto, que renuncié a ser un gran escritor, pero nada dije de ser un pequeño escritor. Arreglé, pues, las cosas en el gabinete donde trabajo y me embarqué con destino al lugar más remoto y tranquilo que pude entonces imaginar.

Pero sí hay reparos, y bastante serios, en lo que respecta al tercer punto, a lo de construir un relato más o menos minucioso de lo que ocurrió durante aquellos meses. Ayer mismo me comuniqué con las tres, Araceli, Beatriz, Penélope, para informarles de mi intención de narrar y publicar en este blog nuestro particular verano compartido. A Penélope le encantó la idea, pero aun así condicionó su permiso expreso a lo que dijesen las otras dos. Beatriz me escuchó con atención y le pareció que no había motivo alguno para negarme el beneplácito y que además, por muy modesta que sea esta casa, sería positivo para su negocio que aquí se hablase de él. Pero como, al parecer, las mujeres conceden sus permisos como van al baño, en comandita, se remitió también a lo que al respecto manifestasen su compañera y su empleada. Le informé de que ya contaba con el consentimiento expreso y entusiasmado de esta última, de Penélope,  y pude entonces percibir su risa al otro lado de la línea: pues te queda el hueso más duro de roer, ya lo sabes, me dijo antes de preguntar por el estado de mi novela y mandarme mil besos.

Araceli puso objeciones desde el principio, condicionó su conformidad a cuestiones muy concretas y finalmente, en eso habíamos quedado, me envió por mail una minuciosa lista con dos columnas: en la primera, que tituló “Esto sí” en grandes letras mayúsculas, enumeró las cosas de las que podía hablar. La segunda de esas columnas, como ya habrán adivinado, la tituló “Esto no” en letras aún más mayúsculas y resaltadas en negritas. Comprobé con decepción que en esta última había escrito los detalles que constituyen las vértebras del relato, la esencia de la historia que, a lo largo de cuatro capítulos  -iba a ser la cinta más larga que hasta ahora he trasncrito-, pensaba ofrecerles a ustedes.

Araceli y Beatriz se conocieron siete años atrás en un bar de Malasaña. Como quizás alguno de mis  lectores no tiene el placer de conocer esta ciudad, al menos con detalle, me permito aclararles que Malasaña era entonces, y sigue siéndolo, uno de los más célebres y frecuentados barrios de copas -más de botellón ahora, al parecer- de Madrid. Pasado el tiempo alquilaron y compartieron un piso en Argüelles, y pasado aún más tiempo decidieron abandonar la capital para construir juntas un futuro que les ilusionaba. Lo encontraron en esa isla que pueden ver arriba, donde con empeño y esfuerzo consiguieron rehabilitar un antiguo caserón de pescadores para convertirlo en alojamiento para los escasos turistas que visitan el lugar. Durante el primer año y con poco éxito, lo regentaron únicamente entre ellas dos, pero con los años el número de visitas fue creciendo, y al tiempo que comprobaban con satisfacción que su inversión empezaba a amortizarse, percibieron también que necesitaban ayuda en las tareas, al menos de una persona más.

Penélope nació y vivió toda su vida hasta entonces en un lugar de La Mancha de cuyo nombre, seguro que lo imaginan, no quiero acordarme. Es prima lejana de Beatriz y por entonces estaba sin trabajo. La contrataron por un ajustado salario que Araceli fijó y Penélope acabó por aceptar, de modo que hace tres años se embarcó también -allí solo se puede llegar en barco- hasta la escueta isla donde su prima vivía y trabajaba. Su disposición a la labor y su maña con las tareas domésticas liberó a la pareja de las fatigas que hasta entonces venían pasando para mantener el hospedaje en condiciones apropiadas para sus clientes. Destinaron pues algunas de las más de dieciséis horas diarias que dedicaban al negocio a descansar, a disfrutar puntualmente de los breves encantos de la isla y a otros menesteres. Araceli consiguió por fin concretar su gran sueño: convertir una habitación del hostal en una sala de masajes que ofreció como reclamo adicional a sus huéspedes, sala de la que ella se encargó en exclusiva, retomando por tanto el trabajo del que vivía en Madrid, antes de unirse a Beatriz, antes de planear un futuro para las dos en aquel lugar remoto.

A ninguna de las tres, por supuesto, las conocía previamente cuando llegué a aquel hostal con mi maleta y mi ordenador portátil como única compañía. Me impuse una férrea autodisciplina: trabajaría durante toda la mañana en mi novela hasta la hora de comer, descabezaría luego una breve siesta y volvería a la tarea hasta bien caída la tarde, hasta la hora en que el sol abrasador y los alisios conceden una tregua a la isla y permiten, a pie o en bicicleta, explorar los senderos y los volcanes extintos y disfrutar de sus playas y calas prácticamente vírgenes. Lo conseguí durante el primer mes: me afanaba durante todo el día a solas en mi habitación, pegado a mi portátil, y al atardecer salía a pasear para acabar ahuyentado los calores en las frescas aguas del Atlántico. Beatriz me acompañó alguna vez en aquellos paseos y aquellos baños, me sirvió de improvisada guía para conocer los lugares más interesantes y apartados, me contó curiosidades sobre el origen y la historia de la isla que me fascinaron y me llevó a las mejores calas, a las más despobladas, a aquéllas cuya existencia ignoran los todavía escasos turistas.

Era un placer escuchar tumbado en la arena junto a ella aquellas historias sobre erupciones volcánicas, corsarios y pescadores, sobre Humboldt y la púrpura, mientras el ya tímido sol se detenía a mirar nuestros cuerpos desnudos. No hay amistad posible entre un hombre y una mujer, le dijo Harry a Sally durante años; la compañía conduce al deseo y finalmente éste acaba por imponerse. En aquellos atardeceres junto a Beatriz, tuve ocasión de constatar lo equivocado que estaba Harry. No solo porque ella estaba enamorada, sino sobre todo porque no sentía la menor atracción ante el cuerpo desnudo de un hombre, jamás hubo opción alguna al deseo entre nosotros. Me gustó verificar que mi inconsciente y mi cuerpo aceptaban aquella evidencia sin el menor reparo y actuaban en consecuencia. En un lugar completamente aislado del mundo, charlando al sol o jugando en el agua con una bella mujer desnuda, nunca sentí deseo por Beatriz. Comprobé en mis propias y desnudas carnes que el sexo imposible, el deseo ausente, pueden ser tan hermosos y satisfactorios como su presencia o su consumación.

Penélope se interesaba diariamente por mis progresos en mi trabajo. Búscale una amante a tu cuarentón, me aconsejaba invariablemente cuando yo le confesaba mis pequeños atolladeros, mis dificultades para desarrollar la historia. Siempre sonreía cuando se afanaba en los trajines, cuando llevaba las sábanas de un lugar a otro o servía la comida en el pequeño restaurante del hostal. Alguna vez, muy pocas, nos acompañó a Beatriz y a mí en aquellas caminatas al atardecer y en los baños en las calas del norte. Ella nada me contó sobre la isla porque nada sabía; pasaba los días y las noches prácticamente enteros dentro del hostal, ganándose sobradamente su escueto sueldo. Pero sí me contó cosas que para mí fueron informaciones incluso más valiosas y amenas que las de Beatriz. Penélope conoció durante un breve tiempo, cuando ambos eran todavía adolescentes, a uno de mis ídolos cardinales, al cantante y alma mater de un grupo de rock de Plasencia que tantos buenos ratos me ha hecho pasar con su música, que tanta inspiración me ha brindado para mis relatos cortos y aun para la novela que traía entre manos y para mi propia guitarra, la que a veces aporreo junto a Tinín y Julio el Inmoral. Has hecho bien en no traerte la guitarra, me decía ella cuando le confesaba mi pequeño disgusto por no tenerla a mano en alguno de aquellos atardeceres. Te hubiese distraído, concluia, y es lo último que necesitas.

Araceli me convenció para ayudarme en mis laberintos literarios a base de masajes en la habitación de la última planta. Créeme, lo necesitas y te vendrá bien, me decía escudriñando sabe Dios qué en el fondo de mis pupilas o en el rictus de mi boca. Prueba unos cuantos días y si no conseguimos nada, lo dejamos. Durante veintiocho tardes seguidas, el ritual consisistió exactamente en lo mismo. Me hacía tumbarme desnudo sobre la camilla que ocupaba el centro de la sala, primero bocarriba para transitar por mi cuerpo, desde los pies hasta la cabeza, usando una piedra pulida de un extraño color rojizo que a mí me pareció entonces un trozo de basalto, tan abundante en la isla. Los primeros días la piedra se deslizaba a la perfección por todo mi cuerpo hasta que llegaba el pecho; allí, invariablemente, se detenía por sí sola, se atascaba en algún lugar del itinerario que seguía guiada por las manos de Araceli, o quizá era la propia roca la que guiaba sus manos, aún hoy tengo dudas. Me lo temía, dijo ella una tarde con los ojos concentrados en su carísimo pedrusco -más de mil quinientos euros, traído directamente desde Shanghai- mientras lo desplazaba muy despacio y muy levemente sobre mi pecho. Después me tumbaba bocabajo, me bañaba con aceites y esencias de cuya naturaleza nunca supe nada, y salía de la habitación durante exactamente cuatro minutos para dejarme a solas y conseguir así que aquellos ungüentos hicieran su efecto. En los últimos días, la piedra china resbalaba perfectamente sobre mi pecho. Nunca olvidaré su bellísima sonrisa de volcán en flor cuando comprobó que los efectos de su, para mí, incomprensible  terapia, habían dado resultado.

Penélope fue la única de ellas que vino a despedirme al pequeño embarcadero de la isla. Me besó en los labios,  me revolvió el pelo y susurró unas palabras en mi oído: “no te pases la vida buscando una frase que tal vez no exista”. Ayer, al final de nuestra conversación telefónica, me dijo que Robe había sacado nuevo disco. Lo sé, le dije, lo tengo desde el primer día en que salió a la venta. Me lo imaginaba, dijo, y casi pude ver su eterna sonrisa al otro lado del teléfono. Luego añadió unas palabras pensando sin duda en el título de ese disco: todos somos material defectuoso, tú y yo, tu cuarentón, Araceli y Beatriz y el resto del mundo; pero seguro que ya lo sabes, añadió, y si no lo sabes yo te lo digo. No lo olvides nunca.

En mi respuesta por mail de ayer a Araceli le confirmé que aceptaba sus condiciones. El resultado del acuerdo final es el censuradísimo texto que ustedes están leyendo. Antes de despedirme, les deseé suerte y envié dos virtuales pero sentidos besos en las mejillas, uno para ella y otro para Beatriz. A Penélope, le rogué, hazle llegar esta frase, la reconocerá y la agradecerá; la transcribí en la carta pensando en su sonrisa de cenicienta feliz y en nuestro ídolo común, aquel chaval extraño que ella conoció en su adolescencia: “Al camino recto, por el más torcido, vengo derecho para hablar contigo de nuestros defectos constitutivos”.

Transcurrido casi un año, hoy estoy convencido de que entre las cuatro, Penélope, Beatriz,  Araceli y aquella remotísima y afortunada isla, salvaron la vida de ese cuarentón sin amantes al que su médico de cabecera confundió con un periodista. Gracias, princesas.  Va por vosotras.

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17 comentarios en “Araceli, Beatriz, Penélope

  1. Qué bonito Albert…esta vez te envidio yo.
    Voy a buscar una Isla desierta para irme a descansar unos….tres meses pero preguntaré primero si está regentado por tres hombres, creo que es el número perfecto para no aburrirme, eso si, no quiero que dos de ellos sean gays jajajaja
    Muchos Besitos….te deseo un verano apasionante. MI deseo es un poco egoísta, quiero que nos lo cuentes cuando vuelvas.

  2. El material defectuoso es el más interesante, no me cabe la menor duda.
    Lástima de censura, se nota la historia mucho más apasionante de lo que ya lo es, que es mucho, pero da pábulo a la imaginación descontrolada, que es a lo que dan lugar los buenos narradores.

    Ya sabes lo que tienes ahí, no? una buena novela¡¡¡¡ jajajajajaj
    Un beso, Chico Guapo pero defectuoso.

  3. Durante la lectura de las primeras lineas de tu post me surgió la esperanza de encontrarme con una historia mezcla de “Lucia y el sexo”, “Belle Epoque” y “Barton Fink”. Pero… ¡Ah!, al llegar a la errata o expresión, voluntaria o involuntaria, de “Y en segundo lugar, y de modo destacado, porque he recibido calabazas en toda la regla. “, mi creencia se demostró vana.

    Si se trata de una expresión voluntaria, aun mantengo esa llamita de esperanza de que sea un paréntesis temporal (por la propia duración de la supuesta razon de las calabazas), la censura, vuelta de tuerca pirandelliana, del personaje a ciertos aspectos del texto del autor (aunque, a fin de cuentas, tu seguramente tendrás más datos para valorarlo). Si se trata de una expresión involuntaria, pues, mala suerte, parece que la censura parcial de esos aspectos tan sospechosamente interesantes, será mucho más duradera.

    También es verdad es que tengo una querencia especial por las historias que sugieren, utilizan elipsis y dejan a la imaginación del lector (en este caso, tórrida imaginación de este humilde lector) completar a su gusto el puzzle.

    Volviendo a las mentadas por mi, en comentarios a otros posts, relaciones mentales que surgen, con vida propia, al leer un texto. Este en concreto, de microcosmos isleños, me ha traído a la mente el Campeonato Mundial de Billar Artístico a Cuatro Bandas. Como tantos y tantos extraños vericuetos mentales por donde me hacen transitar los textos, en este caso, tampoco logro identificar con claridad el post con esa referencia mental.

    Huelga decir, se desprende del comentario, que la historia me gusta y, curiosamente, pensándolo bien y cambiando mi impresión inicial, me gusta así, tal como esta.

    Un saludo.

  4. Gracias, Invisibla. Me temo que este verano será mucho más tranquilo para mí, y desde luego bastante más aburrido: la jefa no ha olvidado aquellos tres meses sin currar, y me va a pasar factura. Aprovecho para mandarle un saludo y decirle cuánto la quiero: no podría vivir sin ella, sin sus cheques concretamente. Tomo nota de eso de los tres hombres para ti sola: te mandaría un beso, pero no sé dónde dártelo, esos tres me han dejado sin hueco 🙂

    Trenzita, menos mal que te gusta el material defectuoso, porque me temo que no hay otro. Me parece que es al revés, que es la novela la que me tiene a mí; a ver qué hace conmigo. Un beso en esa imaginación descontrolada, chica guapa imperfecta. Gracias.

    Sanan, eso del billar ha sido ajustadísimo, pero me ha puesto nostálgico: tantos agujeros, un solo palito…Aprovecho para decirle a Araceli que la quiero mucho y que en su lista no venía nada sobre billar 🙂 Medem, Trueba, los Cohen, Pirandello: eso sí que es billar a cuatro bandas. La censura, me temo, será por los siglos; en la próxima reencarnación lo contaré todo, lo prometo. Ahí a la izquierda, te lo recuerdo, tienes material para esa tórrida imaginación. Me alegro de que al final, después de las idas y venidas, haya acabado por gustarte. Gracias.

    Por cierto, Invisibla te ha llamado ladrillo. Yo que tú le daría unas cachetadas en su invisible culete, pero espera tu turno que ya somos cuatro para ella sola 🙂

  5. Persona sensata esta Araceli, me gusta.
    De todos modos te pido un favor, cuando te haga falta un ayudante, te ruego cuentes conmigo, soy capáz de asumir el rol necesario para vivir tan de puta madre, siendo un abnegado trabajador que cumple con las tareas encomendadas de forma envidiable.
    En cuanto al material defectuoso llevado a la comparativa que te refieres, no es el más interesante, sencillamente es el único que hay.

    Un saludo.

  6. Incluso mis textos cortos parecen largos. Lo sé, lo sé, ya lo decía mi abuela Ángeles: “este niño, cuando protesta, parece el ensayo de una cuadrilla de plañideras”. Desde esa tierna edad, por aquel entonces tenia yo no más de dos meses, me ha perseguido toda mi vida la acusación de “pestiño”.

    Por eso y por que ante una critica constructiva quedo desarmado e indefenso (y pocas criticas tan constructivas existen como las que califican de “ladrillo” un texto), solo me queda pedir disculpas (incluso pido disculpas a futuro, el que avisa no es traidor) por las indigestiones que mis pesados “pestiños” provocan en ciertos delicados estómagos.

    Nunca logro el “termino medio”, o son demasiado cortos (micros) o son demasiado largos (macros) o, como dije antes, lo peor, un guisote de los dos. Sin embargo, tras todos estos años de convivir con esa terrible tara, me consuelo pensando que nada es para siempre y, en previsión de eso, ya tengo redactado mi epitafio.

    Admiro la osadía de Albert, proponiendo cierto tipo de cosas que, he de suponer que aún no ha tenido ocasión de intentar poner en práctica, son prácticamente imposibles. Incluso un no-fan de Marvel, como soy yo, sabe que además de la invisibilidad, la mujer invisible tiene el poder de crear y utilizar campos de fuerza. Eso, traducido a la proposición de Albert, significa que el supuesto cachete en el invisible culete, se convertiría en un autocachete de consecuencias imprevisibles (dependiendo de la energía del campo de fuerza y de su puntería).

    Por suerte, al haber recibido la crítica constructiva, ese experimento de acción-reacción ni me va, ni, sobre todo, me viene.

    Un saludo.

  7. jajajaja SX!!! Muy bueno!

    ….. vale, me rindo ante tan elocuente pestiñazo.

    Muchos besitos tambien para ti….sanan.ex

    P.D. Albert..sabes si puedes conseguir que wordpress no deje a los comentaristas escribir mas de X palabras?..yo que tu lo investigaría por si acaso…jajajaja

  8. Ya veo, ya, una rendición táctica, envidia de Sun Tzu. Pero la estremecedora verdad se filtra a través de tu mensaje: Invisibla, formas parte de la legión de conspiradores sin corazón que intentan hacerme “límite mecanográfico”. ¡Ah, Ingrid Bergman, como te entiendo a veces!. A pesar del abismo tecnológico que nos separa, en el fondo es lo mismo, tu “luz de gas” y mi “límite mecanográfico” buscan el mismo objetivo: volvernos más chavetas aún.

    De todas formas, los limites están para saltárselos, incluso aplicando un premeditado “fraude de ley”. El límite de blogspot, ese tan curioso de los 4.096 caracteres, se salta “capitulizando” los comentarios (como muy bien han sufrido anteriormente en el Blog Divinas y Hermosas y ahora lo sufren en el Blog Sala Ciencia). Pero incluso ese pequeño obstáculo puede servir de válvula de seguridad. No concibo ponerme a “capitulizar” mi récord en comentarios extensos (unas 44 páginas en un comentario sobre el 11M, en respuesta a otro comentario también kilométrico. Eso pasó en cierto foro, sin límite o por lo menos yo no se lo encontré, de tamaño de publicación. Por razones obvias omito nombrarlo, no se si deje muy gratos recuerdos en él. Pero, eso sí, una huella imborrable o costosa de borrar, desde luego.

    Un saludo ilimitado.

  9. ¿Cuál era el entrenador de fútbol que leía textos de Sun Tzu a sus jugadores antes de cada partido, para motivarles? Joder mi memoria, se está quedando sin bytes. Con lo que me reí en su momento cuando me enteré. Por cierto, Sanan, de críticas constructivas también sé yo un rato: cuando quieras intercambiamos experiencias.

    “Celestino cizañero”: me gusta, lo usaré de nick en mi próxima reencarnación 🙂 Invisibla, no te queda duda, investigaré ese límite. Para eliminarlo en caso de que exista, naturalmente. Un beso.

  10. Ojalá que se llame Amapola
    que me coja la mano y me diga
    que sola
    no comprende la vida
    y que me pida
    más, más, más, dame más.

    Ojalá que empezara de cero
    y poderle decir que he pasado la vida
    sin saber que la espero
    sin que me pida
    más, más, más, dame más.

  11. Joder Marpart, discúlpame, ahora veo que no te agradecí tu desinteresadísima oferta de colaboración. En qué andaría yo pensando. Eso de que “trabajas” de forma envidiable se lo dirás a todas 🙂 Y sí, eso mismo le decía yo a la rubia de la trenza arriba, lo mismo que Penélope me decía a mí, lo mismo que dice Robe Iniesta: todos somos material defectuoso. Disculpas de nuevo. Abrazos.

  12. Me gusta que me contestes, siempre y cuando lo hagas porque te de la gana, ni por cortesia ni por cumplir, conmigo estás cumplido y no sería yo quien pidiera tal cosa… prefiero que lo hagas por el hecho que mencioné…conmigo no tengas problema.

    Uno de Julio, para mi siempre un mes cabrón, de “trabajo” extra, y no precisamente del que peor hago de los dos, para mi desgracia…

    Buen finde y feliz mes.

  13. En realidad, la petición de disculpas debería haberlas dirigido a mí mismo, por mi torpeza. Leí tu comentario, tu broma, y redacté inmediatamente la respuesta, pero sólo en mi cabeza; no plasmarla luego por escrito fue simplemente un lapsus. No tengas dudas, antes que la cortesía van mis ganas de contestar a lo que escribís.

    Como, ya lo he dicho en alguna ocasión, sueles poner el dedo en la llaga, voy aprovechar para largar un pequeño discursito a partir de tu último post. A mí suele gustarme obtener alguna respuesta (más tardía o más temprana, eso me da igual) para los comentarios que voy dejando por ahí, en los blogs que visito, de modo que claro, también hay algo de cortesía o de justa correspondencia cuando soy yo quien recibe esos comentarios, sean del tipo que sean.

    He tenido suerte en ese sentido desde que el blog está abierto: no abundan precisamente ese tipo de post a los que uno le da pereza contestar. Los únicos comentarios decididamente estúpidos que se han escrito en este blog fueron algunos, un par de ellos, a propósito de la entrada que dediqué a Esperanza Aguirre. No me apetecía, pero ni un pelo, tener a la gente que escribió esos post como comentaristas o lectores, pero aún así contesté. Cómo no voy a contestar, por tanto, a quienes sí me gusta ver por aquí, o incluso a desconocidos que se toman la molestia de redactar dos, quince o cuatrocientas líneas para hablar de lo que yo he escrito, sea sólo para saludar, para decir que les gusta o que no, para aportar puntos de vista o para ponerme a parir.

    En mi caso, durante mucho tiempo, el 1 de julio solía ser el día más esperado del año: verano, vacaciones. Este año no tocan vacaciones todavía, pero el verano no falta a su cita puntual. Es la hora de salir a pasear, seguro que ya te has dado cuenta. Abrazos.

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