Ver parte 1ª

No, no pienso mandarte ninguna foto. Por lo menos de momento, así que confórmate con esto:

Tengo el pelo oscuro, casi negro, y algunas canas, que no pienso teñirme. Mi pelo sigue siendo estupendo, rizado y cómodo para un desastre como yo. Tengo la nariz y las orejas pequeñas. Me gustan mi nariz y mis orejas: eso tuve que decírtelo en la otra carta. Si me pongo frente al espejo y me miro con detenimiento, empiezo a detectar arrugas de expresión en la frente y a los lados de la boca y también en el cuello. Los ojos marrones, no grandes. Los labios tampoco son carnosos, aunque tú te los imagines así. Hombros anchos, que he nadado mucho. Piel blanca con algunos lunares, sobre todo en la espalda y el cuello. Con el sol me salían pecas (cuando tomaba el sol). Pecho grande, demasiado para mi gusto. Sigo teniendo cintura, y mis caderas tiran a generosas, aunque estoy trabajando en ello. Mi culo me gustaba cuando era más joven; ahora prefiero no mirármelo mucho. No me quejo de mis piernas, aunque tengo algo de celulitis y no la había tenido en toda mi vida. La edad no perdona, es la puta verdad. Ya sé que todavía está lejos, pero temo la menopausia: engordar, ponerme hecha una foca. Peleo, como casi todas las mujeres de mi edad, con tres o cuatro kilos de más. Y que conste: me ha costado muchísimo escribir todo esto, y aun así he sido brutalmente sincera. ¿Te das cuenta de lo idiota que soy? Un beso.

No, no era cierto, Marta no fue sincera en esa carta, al menos no “brutalmente”. Todo lo que dice es verdad excepto los detalles que se refieren al tamaño y el color de sus ojos. Aún hoy me pregunto por qué mintió precisamente en eso, cuando el color lavanda de sus pupilas ha sido siempre el rasgo de mayor atractivo de su ya agraciado rostro. He crecido con ella y lo he escuchado mil veces desde que éramos niños, cuando nos visitaban o nos llevaban a visitar a señoras y a señores a los que había que besar por obligación, aunque oliesen a vieja o pincharan. Qué ojos tiene esta niña, por Dios. Lo escuché tantas veces que llegó a molestarme, porque a Carles y a mí también nos alababan los nuestros, pero siempre después y siempre menos. Los tuyos también son muy bonitos, Alberto, me decía la madrina mientras me tendía los brazos. Odiaba que me llamase así, pero nadie tuvo nunca el coraje para corregirla y así me sigue llamando hoy, en las escasas ocasiones en que la visito cuando voy a Barcelona.

Els teus ulls em tornen boig. Así, de esa forma que entonces me parecía a mí tan ridícula y fastidiosa, la saludaba siempre mientras la abrazaba un novio que tuvo a los diecisiete y del que se hartó antes de cumplir la mayoría de edad. Com vas amb la guitarra, Albert? me preguntaba con una sonrisa idiota después de besarla con lengua en mi propio cuarto, delante de mí. Aquel chulo me caía tan mal que me daban ganas de estamparle la guitarra en la cara, pero mi hermana siempre contestaba antes que yo, mirándome de reojo, divirtiéndose con la pequeña reprimenda: aprèn de mica en mica. De mica en mica s’omple la pica, solía decir él agarrando la guitarra sin mi permiso para tocar las únicas cuatro notas que se sabía, el inicio del Smoke on the water de Deep Purple. He escuchado elogiar el color de los ojos de mi hermana a hombres y a mujeres, durante toda mi vida y en todos los idiomas. El californiano con el que acabó casándose aprendió a decirlo en catalán y en castellano: es por tus ojos, Marta, es por tus ojos, le decía en uno de aquellos arrebatos que tanto enternecían a mi mareta cuando ella se lo contaba.

Mientras Marta se duchaba esa mañana, vi su portátil sobre la mesita del salón y quise aprovechar el momento para cumplir con la promesa que hice a Julio el Inmoral antes de salir de Madrid, la de mandarle algunas de las fotos que tomé el día anterior en las calles de Manhattan. El ordenador se desperezó lentamente y me mostró sin pudor la página de Marta en Yahoo, su correo privado, su carta a medio redactar en correcto español. Como el Vizconde de Valmont, no pude evitarlo. Me dio tiempo a leer esa autodescripción y un par de líneas más en las que prometía que, la próxima vez que viajase a España, pasaría por Valladolid. Apenas me dio tiempo a cerrar el ordenador cuando salió de la ducha con una toalla en la cabeza a modo de turbante y un tarro de crema hidratante en la mano. No percibí la celulitis ni los tres o cuatro kilos de más de los que hablaba al vallisoletano, y pude comprobar que se había borrado los trazos tribales de los hombros y la nalga derecha, los que ella misma había elegido y se hizo tatuar para posar ante mi cámara de vídeo en aquella primavera en el Maresme de la que les hablé hace tiempo. Sin mucha dificultad, percibió en mi rostro la turbación que inevitablemente sentí después de leer, casi involuntariamente, su correo privado, pero ella atribuyó mi aturdimiento a otra cosa. Con la crema a medio untar en su cuerpo, me miró acompañando su sorpresa con una de las sonrisas más veteranas de su amplísimo catálogo de gestos. No em diguis que ara et fa vergonya veure’m nua, dijo intentando abortar la risa espontánea.

Què estàs mirant, nen? Un verano, mi abuela andaluza le pidió a mi mareta que no nos cortara el pelo ni a Marta ni a mí hasta que ella llegase a Barcelona para pasar la Navidad con nosotros. Guiada por su proverbial sentido del espectáculo, no le explicó a qué obedecía ese ruego extravagante, pero su hija le hizo caso y en Nochevieja a Marta le llegaba el pelo a la cintura y yo estaba encantado con mi melena. Nunca había visto cajas tan grandes ni tan largas como las que mi padre y mi hermano Carles la ayudaron a sacar del tren que la traía desde Málaga. El papa tuvo que ponerle la baca al coche para transportarlas hasta Vallvidrera. Después de las uvas -a Carles le dejaron beber cava, pero Marta y yo brindamos con Fanta de naranja- la abuela nos reunió a los tres hermanos en un rincón del salón. A él le dio un pequeño paquete que sacó de un cajón, que Carles se apresuró a desenvolver; era una cartera de piel de bolsillo, que mi hermano agradeció con un abrazo y con visible desilusión, porque los regalos de la abuela habían sido mucho más rumbosos otras navidades. A mí me gustan los hombres con cartera, dijo ella, y tú ya eres un hombre. Apenas me dio tiempo a ver como le cambiaba el gesto a mi hermano cuando la abrió, porque la abuela nos atrajo a los dos pequeños hasta sus brazos. Y vosotros, nos dijo en voz baja con aquel acento que a mí tanto me gustaba escuchar, me vais a dar un capricho: el día de Reyes tendréis lo vuestro, pero hoy el regalo va a ser para mí; subid a la buhardilla y abrid las cajas. Carles todavía no había terminado de contar el fajo de billetes de mil pesetas cuando la mareta nos acompañó escaleras arriba.

Què estàs mirant, Albert? Marta estaba muy disgustada, probablemente porque aquel traje de faralaes verde agua moteado de lunares rojos le parecía tan ridículo o exótico como un disfraz de payaso o un kimono y ya no estaba para juegos de niña, que iba a cumplir catorce en apenas un mes. La mareta la ayudó a hacerse el moño, la regañó y la previno para que cambiase la cara antes de bajar al salón, y le dejó el encargo de ayudarme a vestirme con mi traje de bailaor marengo con lazo rojo, chaleco negro y tacones. Se desnudó tirando su ropa al suelo con muy mal genio, miró una vez más su traje de gitana como quien mira a un traidor y decidió ayudarme a mí antes para darle tiempo a su furia. Ya había visto muchas veces a mi hermana así, completamente desnuda o en bragas como estaba entonces, pero cuando terminó de abotonarme el chaleco y anudarme el lazo, me miré en el espejo y me sentí tan distinto, tan hombre, que los pechos de Marta me llamaron la atención por primera vez. Aquellas miradas furtivas le cambiaron un poco el humor, porque casi se reía cuando lo dijo: què estàs mirant, Albertet? t’agraden les meves mamelles? Lo percibí en sus artera mirada antes de que llevase la mano a mi nuca para acercar mi cara a su pecho desnudo: iba a usarme para su particular desagravio, para desahogar su rencor hacia aquellos lunares y aquellos volantes, para vengarse de la abuela y del resto de los invitados que nos esperaban abajo, para resarcirse con la satisfacción de demostrar al mundo -el único mundo que tenía a mano era yo- que no era una niña, que ya no estaba para divertir sino para divertirse. Se reía, me manoseaba la melena y me lo decía al oído en voz muy bajita mientras apretaba mi cabeza contra sus pechos: no tan fort nen, més de mica en mica.

De mica en mica s’omple la pica. Marta y yo crecimos desde entonces vengándonos juntos del mundo, en su dormitorio o en el mío o encerrados en el cuarto de baño cuando no estábamos solos en casa y la sed de venganza acuciaba. Siempre hay una primera vez y en mi caso sucedió sobre su mano derecha, para su disgusto y mi sorpresa. Me dio un coscorrón con la mano limpia y corrió a lavarse con abundante jabón, mirándome recelosa como si el culpable de aquella cosa sucia fuese mi capricho o mi voluntad y no su propia mano o la intempestiva naturaleza. Nunca nos besamos hasta la noche del Brooklyn Bridge, nunca me dejó hacerlo si el ardor me llevaba a intentarlo: besarse está muy feo entre hermanos, tontet, me decía apartando bruscamente la cara y apretando un dedo contra mis labios.

Con la toalla envolviéndole el el pelo y el bote de crema en la mano, finalmente no pudo aguantar la risa y estalló en unca carcajada cuando vio mi cara de desconcierto después de leer su carta al de Valladolid. No me digas que ahora te da vergüenza verme desnuda. La reunión con la hija de la familia rica, el recado que me había llevado hasta Nueva York, tuvo lugar en en el living room totalmente acristalado de un apartamento más que lujoso de la calle 73 W, muy cerca del American Museum of Natural History y aún más del lugar en el que John Lennon recibió los cuatro tiros que acabaron con su vida. Cuando, al anochecer, salí de aquella casa con el encargo cumplido, decidí caminar un rato por Central Park antes de tomar un taxi. Marta ya estaba en su apartamento cuando llegué. ¿Qué quieres hacer para celebrar tu última noche en Nueva York?, preguntó después de besarme en la mejilla. Descansar, le dije tirando la cartera sobre el sofá. Ya lo imaginaba, así que tengo un plan: pedimos unas pizzas y vemos un vídeo. Lo que quieras, contesté. Me guiño un ojo y me ofreció una de sus sonrisas. Mientras yo me derrumbaba al lado de mi cartera, Marta abrió la especie de cómoda sobre la que tenía el televisor y sacó de allí un disco de DVD rotulado a mano en letras rojas con su inconfundible y sinuosa caligrafía: “Maresme, Albert, 1991”. Lo hice convertir a DVD, y lo he visto un par de veces en todo este tiempo, me dijo; me sigue pareciendo bonito, a ver qué dices tú.

Sentí un súbito ataque de nostalgia por la terra que no recordaba haber sufrido nunca antes ni he vuelto a padecer cuando vi de nuevo aquella vieja luz radiante en un encinar sobre el Mediterráneo. Me gustó volver a mirar mi antigua Suzuki y los tatuajes de Marta, sus poses de modelo amateur ante mi videocámara. Qué locos estábamos, dijo riendo y acariciando mi mano. Cuando en el vídeo empezaba a desabotonarse el vestido con los gestos de una improvisada estrella del porno, se giró hacia mí y me dirigió la misma sonrisa dulce de la noche anterior, cuando yo le hablé de mi sensación de haber llegado otra vez al centro del mundo. Me miró un instante en silencio, dejó la cabeza sobre mi hombro y preguntó en voz baja: ¿salgo yo en alguna de tus cintas? Guns of Brixton, la canción que elegí como banda sonora del vídeo con el visto bueno de mi hermana, llenó el breve silencio antes de mi respuesta. No, Marta, todavía no.

Continuará (o no)

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14 comentarios en “Marta (parte 2ª)

  1. Si continuas te vamos a sicoanalizar entre todos…lo sepas…. aunque tambien sabrás que estos inicios en …”la venganza”..no son nada inusuales, aunque procuremos olvidarlos.. no se porqué razón.

    ..y menos mal que has dicho la segunda vez “traje de gitana”.. porque esa cursilada de los faralaes..por dios…

    Decir lo bien escrito que me parece y lo que me gusta.. es repetirme… pero no me pidas más… soy asin de cortita jajajaja

    Una curiosidad: tu abuela andaluza de donde era exactamente??

    Besos castos..y buen día..

  2. Tenía una sensación distinta respecto de Marta, este giro me ha pillado desprevenida por completo, por alguna extraña razón creía que a Albert le caía su hermana Marta un poco gorda. He vuelto a leer Primavera en el Maresme y a ver a la chica del lacoste… me gusta.
    Me encanta, sigue por favor, cárgatelo todo.

    Un beso, Chico Guapo.

  3. Ya, ya te veo lo corta que eres no te joe jajaja. Sabía que lo de los faralaes iba a chirriar. Lo borré y volví a ponerlo varias veces, pero al final me pareció que por escrito no quedaba tan mal y, sobre todo, que no todo el mundo aquí es andaluz y lo de “traje de gitana” a las primeras de cambio iba a resultar confuso. Así que sí, Lunerita, cursi a tope pero necesario. Esas “venganzas”, lo sé por el trabajo, no son inusuales, claro que no. ¿Por qué intentamos olvidarlo? Cada uno se inventa sus propias razones. Mi abuela era de un pueblo de Málaga. Gracias. Besos castos.

    ¿Solo una coleta? Aquella “Primavera en el Maresme”, en realidad, era una especie de prólogo a esta cinta, una dulce introducción al caos. Ya me gustaría a mí cargármelo todo. Casi todo. Gracias, chica guapa.

  4. jajajajajaja me lo has quitao de la boca, menua jajajajaja
    es que los diminutivos aplicados a mi persona,,, pufffff jajajajajajaja

    Albert.. y habías pensao en “traje de flamenca”.. eso creo que yo que lo comprenden hasta en mi añorada aún sin conocerla, Donosti..

    en mi pueblo tambien se dice eso de… “….no tiene manos”..en Jerez., “…se le caen las manos”… toca casi a variante por pueblo.. por eso te pregunté; por la coincidencia.

  5. Que no eras un tipo de fiar ya me constaba, pero que seas capáz de mirar el correo privado de alguien querido te hace del todo repelente…..jajajaja

    Me has jodido un rayo de paseo, pero me ha gustado mucho la descripción de ella, y mucho más me hubiera gustado la sorpresa que me hubiera llevado al conocer la reallidad, me ha merecido la pena…

    Hasta más leer, jodido cotilla.

  6. ¿Ahora despeinada? Vamos a ver: yo aquí entro con raya en medio, trajeado y con pajarita. Exijo una explicación. No me digas que no mola que el administrador exija explicaciones a los contertulios: esto sí que un giro inesperado jajaja.

    Luneraza: traje de faralaes, de flamenca, de gitana…yo creo que me pasé más tiempo decidiendo cuál ponía y cuál quitaba y en qué orden lo colocaba que escribiendo el resto del texto: estás hurgando en la herida, que lo sepas. Tienes que explicar eso de añorar Donosti sin conocerla (exijo una explicación jajaja) pero lo que de verdad tiene pecado es no conocer esa ciudad. Tarde o temprano, por cierto, Donostia saldrá en estas cintas, y más de una vez. “Domingo de Ramos, el que no estrena no tiene manos”. Se lo he oído decir a mi abuela, a mis tíos y a mi madre toda la vida, así que va a ser que el refranillo circula por todos lados de Despeñaperros para abajo.

    Marpart, no pude evitarlo, la sociedad es la culpable, es la naturaleza humana…en cuanto se me ocurra alguna excusa más la añado, te lo prometo jajaja. Eso de renunciar a un ratillo de paseo por leer…no se me ocurre qué mayor elogio se le puede hacer a un escribiente: gracias. Hasta más leer, jodido paseante.

  7. por supuesto que Donosti saldrá en una de tus cintas… acaso crees que no lo esperaba??’…mecagoenlahostiaputa.. que to el mundo ha estao allí menos yo….

    ays.. aguelo por dios.. mira las palabritas que se me están pegando.. curpa tuya es…

    Besos.. …snif.. me voy a mi rincon a acurrucarme…snif.. no estoy pa nadie…

  8. Puede que me equivoque..pero estoy segura de que a Marta no le importa que su hermano mire su correo..no siempre claro..pero entre hermanos se crean esos vínculos especiales indescriptibles.
    Yo con mi hermano tengo una relación afectiva muy especial, no hablamos mucho pero nos decimos todo, eso solo pasa entre hermanos.
    Me ha gustado muchísimo leerte Albert, bueno… siempre lo hago pero no te comento, no suelo relajarme lo bastante como para hacerlo, o me pillas en el sofá por la noche con el iphone y con un dedo no me arreglo para contestarte debidamente.
    Para mi tu blog es lo único estable que puedo leer actualmente….ya sabes los tiempos de crisis….son así jajajajaja . Aunque tampoco eres muy de fiar..que de pronto te desapareces y te tiras seis meses sin escribir…que cojones tenéis los artistas ¡! Ja!
    Muchos besitos

  9. Ahivalahostia que dirían en Donosti… ¿explicaciones? jaaaaaaaaaa imagínate lo que más te plazca pero haz el favor de comprar un sofá nuevo en este tu blog, que si viene Invi ya no cabemos las demás (el culo y eso…) aunque Marpart ya cabe en cualquier sitio, que está hecho un suspiro. Ah, cambio explicación por café, solo y con hielo.
    Lunera pues a mí que tú me llames menúa me pone como una moto, me encanta, lo adoro, exijo que me llames siempre así y olé. Y que sepas que yo sí he estado en Donosti, Donostia e incluso anduve por San Sebastián y que es una preciosidad, sobre todo amaneciendo y que de pequeña mi madre me disfrazaba de flamenca, así lo decía ella que es menorquina, que lo de los faralaes suena cursi porque así lo habéis decidido los sureños pero que está bien dicho y además, es bonito. Y que a mi hermano le vestían de torero… que aún le hago chantaje con esas fotos de los dos en la prehistoria de nuestras vidas pero, Invi, en la vida se me ocurriría contarle a él nada de todo ésto y una vez, el muy cabrón, me abrió una carta de amor de un novio italiano que tenía yo por entonces, muy melosito él y que se estuvo riendo de mí como una semana entera, y que jamás se lo pienso perdonar, así que como para dejarle folgar entre mis tetas, y un huevo de pato viudo. Ea.

  10. por supuesto que faralaes está bien dicho.. si lo dicen en Madrid… fartaria más… jajajajajajajajajajaja

    ea nada,, pues id todos alli,, y contadmelo.. si al final se que no iré jamás… pero que sepais que eso duele tanto como ver a tu marido comerse un plato de lo que sea cuando tu estás a lechuga…

    malajosos….

  11. jajajajjajajjaajja Lune aquí la menua, espero que tu marido nada tenga de menuo eh? jajajajajaajajaja y en los madriles hablamos de pena, cielo y venga cielo, un horror.

    La rubia donostiarra es una cabrona de tomo y lomo, que lo sepáis jajajajjajaj pero yo, la quiero. ;))

    AlbertO, el café? jjajaj

  12. Lunera, ya sabes: en queriendo to se puede, y Donosti va a estar siempre ahí, no la van a cambiar de sitio (espero). Y deja ya la lechuga, mujer.

    Invisibla: “Vínculos especiales indescriptibles”. Son indescriptibles, pero tú lo has descrito perfectamente. Así es. Me basta con saber que me lees. Ya es la segunda vez en este hilo que me dicen que no soy de fiar: me lo acabaré creyendo 🙂 Gracias y besos, guapa.

    ¿Ñoñostiarra? jajaja, me ha encantado, con tu permiso me lo apunto para decírselo a una que yo me sé. Bienvenida. Alberto solo me llamaba la madrina. ¿No serás tú la madrina?

    Ahivalahostia, la menúa: acabo de salir de tu casa ahora mismo. Marchando un sofá con cheslon para todos vuestros culetes (y cafeses bien servidos). San Sebastián es una ciudad agradable amaneciendo, anocheciendo y al mediodía. Por cierto: “Antes del amanecer” y “Antes del atardecer”: exijo que esas pelis salgan en tu blog. Has vuelto a toda mecha, como un Mercedes descapotable con el motor afinadísimo: da gusto leerte rubia. Ea.

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