Andy Smith – Basket

Si un hombre quiere ir a Nueva York, llegará allí a menos que algo o alguien se lo impida.  Leí esa frase en uno de los muchos manuales para aspirantes a guionista que devoré cuando descarté hacerme famoso por medio de la fotografía y el vídeo y decidí que escribir películas era un modo más sencillo y gratificante para ganarse la vida. Como ya les he contado en alguna ocasión, mis pequeñas dificultades con el castellano durante mi más tierna juventud me hacían invariablemente decantarme por mi idioma materno a la hora de escribir. Mi hermano Carles me acabó convenciendo con su habitual pragmatismo: qui collons va a voler a Hollywood un guió escrit en català?  Medité sobre ello y terminé por decidir que Carles tenía razón, que no sólo en Los Ángeles, sino probablemente tampoco en Madrid lograría triunfar como guionista. Sé que existen los traductores, pero cuestan dinero y además la excusa me venía de perlas para ocultarme a mí mismo mi falta de talento.

Bien. El caso es que la frase citada, la que encabeza este texto, hizo en su momento cierta fortuna entre los jóvenes aspirantes a escritores decididos a triunfar en el mundo del cine. ¡Cierto, se trata de esto, esa es la esencia de una película!, nos decíamos unos a otros entusiasmados por haber descubierto la piedra filosofal. Supongo que el autor, un brasileño cuyo nombre ya no recuerdo, podría haber escrito igualmente Sant Sadurni d’Anoia o Villalpando sin que la frase perdiese ni un ápice de sentido, pero comprendo que finalmente se decantase por Nueva York.

Yo era un hombre que no quería ir a Nueva York. Pero las circunstancias me obligaron -el brasileño no contó con esta posibilidad- y, para mi disgusto, nada ni nadie me lo impidió. Me obligó el trabajo con el que finalmente, mal que bien, me gano la vida. Les mencioné, ciertamente de pasada, el asunto que allí me llevó cuando les hablé de mi querida y desafortunada Teresa; se trataba de un encargo privado y muy bien remunerado, un espinoso enredo familiar que me mantuvo ocupado durante meses y que nos exigió viajar un par de veces a la ciudad de los rascacielos. Ella, como les conté, era esposa y madre y aun así se ofreció ante mis reticencias para hacer el primer viaje. No tuve más remedio, por justa correspondencia entre compañeros y porque mi presencia allí era realmente necesaria para acabar con éxito el encargo, que hacer yo el segundo.

Yo era un hombre que no quería ir a Nueva York porque allí vive mi hermana. Por razones que serían complejas de explicar y que no vienen al caso, Teresa acabó conociendo a Marta y dándole con toda naturalidad la noticia de que en poco más de una semana yo también viajaría allí. Teresa lo hizo, obviamente, porque nada sabía de la compleja relación que siempre ha existido entre mi hermana y yo.

Marta me recibió con desenvoltura, como si nada bueno ni malo hubiera habido nunca entre nosotros más allá de haber crecido en el mismo hogar. Habían pasado más de cinco años desde la última vez que nos vimos, aunque en ese tiempo nos felicitamos los cumpleaños por correo electrónico y por esa misma vía tuvimos alguna que otra comunicación puntual e intrascendente. En el avión pensé mucho en las Nocheviejas de Vallvidrera. Me recogió en el aeropuerto y dejé en su apartamento mi maleta y las cartas, fotografías, viandas y objetos varios que la mareta me encargó llevarle cuando le dije que iba a encontrarme con ella. Se lo dije porque no estaba seguro de que Marta no acabaría por hablarle en algún momento de nuestro encuentro, y no quería exponerme a su ira si en buena lógica deducía que yo se lo había ocultado y la había privado, por tanto, de enviarle a su hija los paquetes que con tanto entusiasmo preparó para ella. Mi viaje tuvo, en consecuencia, una escala en Barcelona, en la que además recogí una buena cantidad de cosas que sus amigas quisieron también hacerle llegar. Mi padre y Carles solo me encargaron una forta abraçada para ella.

Trisha Lamoreaux – New York traffic

Se había divorciado un año antes del empresario californiano que conoció en Barcelona, el que tan apropiado les pareció a mis padres entonces. La pequeña fortuna que le proporcionó esa separación y su bien remunerada ocupación en la ciudad la disuadieron de volver a España y le permitieron seguir ocupando aquel apartamento en soledad. Cuando terminé de deshacer mi pequeña maleta, la vi de pie en el salón, secándose los ojos con el dorso de una mano mientras miraba la foto que sostenía en la otra, una de las que había en el paquete que prepararon sus amigas de Barcelona, que no me dejó ver, porque la apretó contra su pecho antes de girarse hacia mí. Eran las doce de la mañana y mi entrevista con la supuesta loca, hija de la familia que me encargó el trabajo que me llevó hasta Nueva York, estaba concertada para el día siguiente. Avui estàs en el centre del món, digue’m què vols fer, me dijo Marta forzando una sonrisa mientras volvía a guardar la foto. Estaba encantada de tener la oportunidad de volver a hablar durante un par de días en su propia lengua; lo confesó mientras almorzábamos en un pequeño restaurante muy cercano a su apartamento y a Washington Square, el lugar en el que Harry se apeó del coche de Sally. Era mi primera visita a Manhattan. Caminar y hacer fotos, eso quiero hacer, le dije durante la comida, que pasamos charlando sobre la familia y los amigos comunes, sobre los respectivos trabajos, sobre Barcelona, Madrid y Nueva York. Cuando me preguntó si seguía grabando mis cintas, vi en sus ojos color lavanda la misma sonrisa ladina que tan frecuentemente se asomaba a ellos quince o veinte años atrás, cuando aún vivíamos en la misma casa, cuando pasaba las páginas de los tebeos antes de que yo pudiera leerlos del todo y me obligaba a escuchar la música que a ella le gustaba, cuando tuvo el capricho de enseñarme a tocar la guitarra sin contar con mi voluntad. Me preguntó por Mónica. Eludí la pregunta pidiendo más vino y le hablé de Susi. ¿Una peluquera?, dijo intentando disimular el gesto de perdonavidas que tan bien le conocía.

Después de comer, mi hermana quiso enseñarme algunos rincones que evidenciaban especialmente el cosmopolitismo bohemio del Village, su barrio, y luego me llevó al lugar del Soho en el que trabajaba, con el fin de que sus compañeros conociesen a su hermano más joven. Jamás imaginé a Marta hablándole a nadie de mí en Nueva York, de modo que me sorprendió que alguno de ellos me saludase llamándome espontáneamente por mi nombre de pila. Like Einstein, or like Camus?,  me preguntó una elegante rubita con minifalda que parecía salida de una película de Woody Allen; se trata, me dijo, de respetar la pronunciación original de cada idioma. Es importante, no es agradable escuchar el propio nombre mal pronunciado, concluyó sin soltarme aún la mano que me agitaba levemente. Son buena gente excepto la rubia, me dijo Marta cuando ya habíamos abandonado el lugar: no da un palo al agua y mira a todo el mundo por encima del hombro. I a més és un putot verbenero, añadió muy seria minutos después, cuando ya caminábamos buscando Broadway Avenue para subir hasta el centro.

Matthew Bates – Soho, NYC

El día entero consistió en una larguísima y deliciosa caminata. Hice todas las fotos posibles, desde todos los ángulos y encuadres, del Flatiron, del Empire State, del MetLife y del Chrysler Building. Marta se empeñó en inmortalizarme en la puerta del Madison Square Garden para regalarle la imagen al papa, dijo, que seguro que le hará ilusión, que todavía me acuerdo del boxeo en la tele y de los discos rayados de Sinatra, añadió riendo. Nos divertimos hablando de la infancia mientras descansábamos del trote sentados en la escalinata de la New York Public Library. Tal vez la conversación nos dejó melancólicos o introdujo cierta tensión, porque en buena lógica lo que tocaba era seguir con las anécdotas de la adolescencia o la primera juventud, pero ambos hemos preferido siempre evitar hablar de esos tiempos. Lo cierto es que el camino hasta Times Square transcurrió casi en silencio, pero pude percibir como Marta gozaba de mi asombro, de mi afán por hacer fotos de todos los rincones. Se ofreció divertida para posar junto al Naked Cowboy, y las risas con él y a su costa nos devolvieron el ánimo.

Decidimos no seguir subiendo, porque ya era tarde y ella estaba muy cansada. En la misma plaza cogimos un taxi, pero en el trayecto le pedí un último y pequeño regalo: paremos un momento en el puente de Brooklyn, me gustaría hacer fotos con esta luz. Claro que sí, me dijo acariciándome la mano. Llegamos hasta la mitad del puente esquivando a los ciclistas, a los joggers y a los estudiantes de las escuelas de fotografía; de vez en cuando vagan toda la noche por aquí cargados con los trípodes, buscando la foto perfecta para el examen trimestral, me contó Marta. Hoy nos ha tocado encontrarlos, añadió; ya verás como quieren hacernos fotos. ¿A nosotros? ¿por qué?, pregunté sorprendido. Mi hermana ensayó otra de sus sutiles sonrisas: porque somos guapos, tonto; y no como los guapos de aquí: estos niños tienen el ojo entrenado, distinguen perfectamente el atractivo al que están acostumbrados del europeo, y es éste el que les llama la atención, el que quieren para sus fotos. Marta estaba agotada. Nos sentamos, sacamos un par de cigarrillos y miramos el río y la ciudad en silencio. La visión del skyline de Manhattan desde aquel lugar y en aquel momento, desde la mitad del Brooklyn Bridge en aquel apacible anochecer, me trajo a la memoria una sensación que, paradójicamente, no recordaba haber tenido conscientemente. El centre del món. Qué extraño, dije sin estar seguro de si realmente había verbalizado esas palabras o seguían en mi pensamiento.

Marta sacó del bolso una gorrita violeta de cuadros escoceses que se ajustó mientras me miraba. El color honraba al de sus ojos. ¿Qué es extraño? preguntó con una sonrisa satisfecha; disfrutaba sin duda observando la catarata de sensaciones que la ciudad que había elegido para vivir estaba provocando al germanet. Mientras trababa de concretar la respuesta, una delicada voz femenina interrumpió el hilo de mis pensamientos. Excuse me. Era una jovencita de evidente origen asiático que transportaba una pesada mochila sobre un hombro. No se dirigía a mí, sino a mi hermana; le pedía permiso para fotografiarla con el skyline de fondo. Ho veus? sóc una noia catalana molt maca, me dijo riendo antes de acceder solícita, incluso cordial. La china dejó la mochila en el suelo y extrajo de ella un trípode que desplegó mientras sus ojos estudiaban el rostro, la figura y el atuendo de su improvidada modelo. La fotografió durante más de quince minutos en todos los modos, lugares y poses que su instinto de aspirante a fotógrafa le fue dictando. Finalmente dio por terminada la sesión y expresó a Marta su infinito agradecimiento con palabras y gestos interminables mientras recogía el instrumental, pero antes de devolverlo a la mochila, su adiestrada mirada se posó en mí, recorrió de nuevo el rostro de Marta y acabó concentrándose en la línea del cielo de Manhattan. Se dirigió de nuevo a ella: perdona, se me acaba de ocurrir otra foto, la última, lo prometo, dijo con tanta amabilidad y simpatía que Marta no tuvo más remedio que volver a aceptar. Lo que quieras, le dijo sonriendo. La fotógrafa volvió a dirigirme sus ojos durante unos segundos en completo silencio, concentrada en su idea. Luego volvieron a Marta: ¿te importaría besarle?, preguntó con una impostada resolución que no logró ocultar del todo cierto azoramiento en su voz. Marta soltó una espontánea carcajada que debió escucharse en Brooklyn; he’s my brother, le aclaró con gestos que mezclaban la guasa y la disculpa.

Gail Eisenfeld – Brooklyn Bridge

Ouch!  La china, probablemente, tuvo la tentación de meterse ella misma en la mochila junto con el instrumental. I’m sorry, I’m so sorry!, decía una y otra vez llevándose las manos a a la cara. Marta la tranquilizó insistiendo en que no pasaba nada, y luego me sonrió mientras la fotógrafa recogía sus cosas, quizá ya más frustrada por su idea malograda que avergonzada por el patinazo. ¿Dime, qué es extraño? volvió a preguntarme Marta; no me contestaste. Yo no había dejado de pensar en ello desde que la chica nos interrumpió, porque la rara vibración que me provocó estar allí en aquel momento seguía presente en mi cabeza. ¿Has estado en Marruecos? le pregunté a mi hermana. No, dijo ella, intuyendo con toda seguridad que aquella pregunta era el inicio de alguna de las atolondradas e insondables reflexiones que ya me conocía. Lo vi en sus ojos, pero no percibí en ellos la condescendencia con la que alguna vez se había prestado a escucharme, sino interés, confianza y verdadero afecto. Me animó a seguir y lo hice en voz baja, con los ojos atrapados en la ciudad ya anochecida; aquí, como en las terrazas de los cafés de la plaza de Djema el Fna en Marrakech, he tenido la misma sensación, exactamente la misma. Encendí otro cigarrillo. Algo así, continué, como la certeza de haber llegado al centro de algo, de poder abarcar el mundo entero de un solo vistazo; no me ha pasado en ninguna otra parte. Hay un hilo que conecta este lugar y aquél en mi percepción; lo interesante sería saber qué hilo es ese, concluí. Marta, en completo silencio, me dirigió la sonrisa más dulce que le recordaba.

La estudiante no había terminado de cerrar el bolso cuando mi hermana se dirigió a ella. Espera, le dijo, no te vayas. La chica, desconcertada, pasó los ojos veloces por nosotros, de uno a otro varias veces, y finalmente casi como un autómata volvió a montar la cámara en unos segundos, expectante. Marta acarició mi rostro con su mano cálida. Quien hace un cesto hace ciento, hermanito, me dijo en perfecto castellano sin dejar de acariciar mis mejillas, mi cabello, mis labios. La última vez que la escuché hablar en español fue más de diez años atrás, después de las uvas de Nochevieja, encerrados en el aseo del piso superior de la casa paterna en Vallvidrera, mientras todos los demás reían y bailaban en el salón. Entonces lo hizo para recitar exactamente la misma frase, el mismo refrán que en nuestro idioma no se presta al equívoco fonético que tanto la había divertido siempre. Allí, en su ciudad, en el puente de Brooklyn, después de tantos años, repitió esas palabras con cierta melancolía pero sin asomo alguno de remordimiento o pesadumbre. Se quitó la gorra, acercó sus labios a los míos, los rozó y yo respondí.

Oh yes, oh yes!, decía la china, más entusiasmada a cada instante con las imágenes que su cámara captaba, pensando sin duda que ya tenía el aprobado en el bolsillo.

Ver parte 2ª

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11 comentarios en “Marta (parte 1ª)

  1. Sí claro, existe. Pero, prescidiendo del sentido “amplio” con el que mayoritariamente se usa el término y, por cierto, de algunos comportamientos en el mundo animal, el cainismo en sentido estricto es realmente muy poco frecuente si no hay serias patologías de por medio. Lo habitual es que el “supuesto” odio entre hermanos (o padres e hijos, aunque aquí hay más matices) sea solo una de las caras de la moneda. A estos efectos, amor y odio suelen ser únicamente distintas manifestaciones del mismo fenómeno. Hablo, claro, del tiempo y el mundo que nosotros vivimos; en otros lugares o en otras épocas, los lazos familiares tienen (pueden tener) una naturaleza distinta.

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